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viernes, 23 de octubre de 2015

Egiptología.

            Ciencia histórica moderna.  Según el diccionario de la Real Academia, es el “estudio de la civilización del antiguo Egipto”.
            La egiptología es de origen francés.  Hasta principios del siglo XIX sólo podía saberse del antiguo Egipto lo que relataba la Biblia o lo que habían escrito algunos autores griegos y romanos, quienes ignoraban la escritura jeroglífica y sólo conocían los aspectos exteriores de la civilización egipcia.  Desgraciadamente, la obra escrita en griego por el sacerdote egipcio Manetón, fuente valiosísima, había sido groseramente mutilada y tergiversada por los copistas judeo-cristianos.
            Un ejército de la república francesa mandado por el joven general Napoleón Bonaparte conquistó Egipto en 1798.  Varios sabios agregados a la expedición trajeron a Europa descripciones y dibujos de las ruinas egipcias, pero ninguno de ellos pudo descifrar los jeroglíficos.  La escritura egipcia era un muro de misterio contra el cual venían chocando inútilmente las hipótesis de los hombres de ciencia.  En realidad fueron tres las escrituras creadas por los antiguos egipcios, que recibieron los nombres de jeroglífica, hierática y demótica.  La última de ellas, de mayor sencillez para la contabilidad que las anteriores, alcanzó gran difusión en Egipto en el último período de su historia.



En septiembre de 1801, después de capitulación de Alejandría, los franceses, tras dura resistencia diplomática, debieron entregar a Inglaterra las antigüedades egipcias que habían ganado.  El general Hutchinson se encargó del transporte, y Jorge II cedió al Museo Británico todos los ejemplares preciosos que tenían ya un valor de primer orden.  Sin embargo, en Francia no se había dejado de copiar ni un solo ejemplar.  Uno de los sabios participantes en la expedición, Domingo Vivant Denon, publicó en 1802 su Viaje por el Bajo y el Alto Egipto.  Algo más tarde apareció la monumental obra francesa en veinticuatro volúmenes con magníficas ilustraciones titulada Descripción del Egipto, que mostraba al mundo una civilización hundida en las tinieblas del pasado.  Pero los monumentos se mostraban sin decir apenas nada sobre sus constructores, porque los jeroglíficos seguían mudos.
            El superdotado Juan Francisco Champollion, sabio precoz, se sintió atraído por todo lo referente al Egipto misterioso cuando era todavía niño.  Había nacido en diciembre de 1790, en plena Revolución.  Estudiando en el Liceo de Grenoble, adquirió a los doce años de edad una gramática de la lengua copta, derivación del antiguo idioma egipcio que aún se hablaba en el valle del Nilo, al menos para usos litúrgicos. A esa misma edad escribió su primer libro, de tema un tanto chocante, ya que era una Historia de Perros Célebres.  En 1807, antes de su salida del Liceo, este joven de diecisiete años escribió un ensayo titulado Egipto bajo los Faraones, del cual hizo un esbozo en forma y proyectó el primer mapa histórico del país, cuya pobre información sacada de las fuentes disponibles presentó en forma de conferencia pronunciada ante la Academia de Grenoble.  Luego se trasladó a París para estudiar las piedras e imágenes depositadas en el Museo de Louvre.  Un oficial de la expedición de Bonaparte, al excavar trincheras para defenderse de los ingleses, había encontrado en Roseta, junto a la desembocadura occidental del Nilo, una piedra antigua conteniendo tres inscripciones en escritura griega, demótica y jeroglífica.  Se trataba de una dedicatoria de los sacerdotes de Menfis a Ptolomeo V en el año 196 antes de JC.  Los humanistas, a través del griego, se enteraron del contenido, pero no pudieron descifrar una sola frase del texto jeroglífico.  Champollion, que fue nombrado profesor de Historia en la universidad de Grenoble en 1809, perdió su cátedra por la reacción monárquica que siguió a los Cien Días.  Viviendo prácticamente en la pobreza, se consagró de lleno al desciframiento de la piedra de Roseta con la firme voluntad de no dejar la tarea hasta obtener completo éxito.  Inició su trabajo estudiando los nombres rodeados de un cartucho, por ser bien sabido que los que tenían tal adorno heráldico eran de reyes, y a partir de ellos fue desentrañando el resto de los jeroglíficos.  Además se convenció de que la lengua usada por los autores se parecía mucho a la copta que él había estudiado.  Las bases del descubrimiento las expuso por escrito el año 1822, en forma de carta dirigida a Dacier; y dos años después hizo un Compendio del Sistema Jeroglífico.  Como les ocurre a todos los innovadores, algunos sabios viejos, representantes de la anquilosada ciencia oficial, pusieron en duda sus descubrimientos, pero al fin tuvieron que rendirse a la evidencia.  Sus méritos se reconocieron plenamente en 1826, al ser nombrado conservador del departamento egipcio del Louvre.  Efectuó también un viaje a Egipto que duró de julio de 1828 a diciembre de 1829.  En las canteras de Menfis reconoció y confirmó a primera vista los trabajos de las distintos períodos; en Sakara dio con el nombre del rey Onnos y lo situó cronológicamente en la época más antigua; en Mit Rahine descubrió dos templos y una necrópolis completa, y en Tell El Amarna señaló que la construcción gigantesca que Jomard había designado como granero era en rigor el gran templo de la ciudad.  Champollion murió en 1832, a los cuarenta y un años, después de un intenso trabajo mental que quizá adelantó su muerte.  Dejó cuatro obras que se publicaron póstumamente: una Gramática Egipcia, un Diccionario Jeroglífico Egipcio, sus Cartas de Egipto y Nubia y el libro de los Monumentos de Egipto y Nubia.
            Al conocer las reglas para la lectura de los jeroglíficos, muchos hombres se dedicaron al estudio del antiguo Egipto, y gracias a Champollion pudo desarrollarse la ciencia egiptológica.  Hoy pueden leerse con exactitud los textos egipcios.  La egiptología, nacida en Francia, siguió recibiendo de ella muchos de sus hombres importantes, como De Rougé, Amelineau, Chabás, Mariette, Grebaut, De Morgan, Maspero, Moret y Montet.  Entre los egiptólogos de otros países, podemos citar a los alemanes Lepsius, Brugsch, Ebers, Dumichen y Meyer, los italianos Belzoni y Farina, los ingleses Flinders Petrie y Howard Carter y el norteamericano Breasted.  Durante décadas, empero, muchos egiptólogos no se distinguían demasiado de los coleccionistas de antigüedades e incluso se parecían a los vulgares ladrones de tumbas.  Albright habla de “los daños causados a la egiptología por el bandidaje organizado de Belzoni y Passalacqua, o por el cerrado monopolio de Mariette y la brutal expoliación de las tumbas reales por parte de Amelineau...” [1].
            Juan Bautista Belzoni, célebre viajero y aventurero de impresionante estatura, que medía dos metros, había nacido en Padua en 1778.  Su primer trabajo de juventud fue el de aprendiz en una barbería.  Estuvo en Roma, donde un desengaño amoroso le impulsó a entrar en un convento capuchino, pero no tardó en abandonar la vida monacal.  Luego ejerció diversos oficios en París, Amsterdam, Venecia y Londres.  Ya casado con una inglesa, Sara Banne, y al parecer convertido al protestantismo, viajó a Málaga, Madrid y Lisboa como artista de circo.  En 1815 se trasladó a Egipto, donde fracasó ofreciendo el invento de una noria hidraúlica al jedive Mahomet Alí.  Entró al servicio del cónsul británico Henry Salt, dedicándose a la explotación de las antigüedades.  En compañía de éste, subió a la cúspide de la gran pirámide: “El panorama que divisamos entonces era de una belleza tal que la pluma trataría en vano de describir”.  Encontró diversas estatuas, destacando el busto colosal de Ramsés II, de 60 toneladas, que había sido descubierto por el suizo Juan Burckhardt en el Rameseum en 1813 y que él se encargó de enviar a Inglaterra.  Marchó al Valle de los Reyes en 1816 y extrajo el sarcófago de Ramsés III, que fue transportado a Alejandría; pero Salt se lo vendió a unos franceses.  Entonces se independizó del inglés, pasando coleccionar por cuenta propia.  Puesto de acuerdo con Burckhardt, el mismo año 1816, gestionó el permiso del gobierno para excavar en Abú Simbel.  Los nativos, que también se dedicaban al lucrativo comercio de antigüedades, les permitieron desenterrar las estatuas, pero no les dejaron penetrar en el templo.  Antes de irse, el italiano grabó su nombre en aquel santuario.  De nuevo en el Valle de los Reyes, descubrió la tumba de Seti I. Belzoni recogía todo cuanto se le presentaba, desde minúsculos escarabeos hasta obelisco, y no reparaba en medios para conseguir sus deseos.  Se sabe que más de una vez hizo saltar la tapa de los sarcófagos, ritualmente sellados, por el expeditivo procedimiento del ariete.  Toda aquella labor se realizaba en una época en que Egipto, ya famoso como un enorme almacén de objetos preciosos, era saqueado sin orden ni concierto.  En marzo de 1818, con la ayuda de Hermenegildo Frediani, exploró la pirámide de Kefrén y logró penetrar en su cámara mortuoria.  Luego, cumpliendo un encargo del magnate inglés Bankes, remontó otra vez el Nilo para recoger el obelisco hallado en la isla de Filé, provocando una gran polémica por la propiedad de la pieza.
            Belzoni, después de una estancia en su patria y de un viaje a Rusia, donde el zar Alejandro le regaló un anillo, se trasladó con su esposa a Londres en 1820, para publicar un libro sobre los descubrimientos egiptológicos.  Al año siguiente montó una exposición sobre Seti que atrajo mucho público, y aprovechó el éxito para vender numerosas piezas de su botín en Londres y París, donde repitió la exposición en 1822.  Por último, en 1823, volvió a Africa.  Pero su destino ya no era Egipto: quería penetrar en el Sudán y llegar a la misteriosa ciudad de Tombuctú, célebre centro del comercio de oro y esclavos en la Edad Media.  Se embarcó en Tenerife a bordo del bergantín Swinger, que lo dejó en la costa de Gana; alcanzó Benín el 28 de noviembre, pero murió de disentería en Guato el 3 de diciembre. Su esposa, que no le había acompañado en este último viaje, vivió muchos años en Londres y se trasladó a la isla de Jersey en 1870, donde falleció. No tuvieron ningún hijo. El explorador británico Richard Burton viajó a Guato en 1862, pero no pudo encontrar su tumba y expresó la sospecha de que hubiera sido envenenado por el cacique Oyea, con objeto de robarle.
            El humanista Alejandro de Humboldt, otro gran viajero de carácter diferente, fue quien sugirió al rey de Prusia que concediera en 1842 los medios necesarios para una expedición científica a Egipto.  Esta misión, encomendada a Carlos Ricardo Lepsius, se calculó que duraría tres años, hasta 1845 ó 1846.  En las dos grandes capitales del Norte y del Sur, Menfis y Tebas, los alemanes trabajaron respectivamente seis y siete meses.  Hallaron restos de unas 30 pirámides, así como otra clase de tumbas, las mastabas, hasta entonces ignoradas por la Arqueología, de las cuales Lepsius reconoció personalmente 130.  Exploraron el Rameseo, cuya limpieza había sido iniciada por Salt y reanudada por Champollion, fueron los primeros en efectuar mediciones en el fantasmal Valle de los Reyes y dieron con la figura de Akenatón en Tell El Amarna.  La expedición volvió con un tesoro para el Museo Egipcio de Berlín, y el estudio de sus notas produjo gran número de publicaciones egiptológicas, especialmente la lujosa obra Monumentos e Inscripciones de Egipto y Etiopía, doce tomos ilustrados que fueron saliendo de las imprentas entre 1849 y 1859.  Otras dos obras de Lepsius lo confirman como uno de los fundadores de la moderna egiptología científica: la Cronología de Egipto en 1849 y el Libro de los Reyes Egipcios en 1850.
            El vizconde Emmanuel de Rougé, nacido en 1811, estudió Derecho y lenguas semíticas.  Más tarde se consagró a la gramática egipcia, donde fue el continuador y perfeccionador metodológico de Champollion.  Tradujo la inscripción de Amosis, que publicó en 1851, dedicando doscientas páginas a explicar detalladamente el sentido de sus signos.  Asimismo dio a conocer los papiros hieráticos que contenían el Poema de Pentaur y el Cuento de los dos Hermanos.  Buscó la manera de demostrar que el alfabeto fenicio derivaba de la escritura hierática egipcia, pero no lo consiguió a entera satisfacción.  Se le premió nombrándolo conservador honorario de las antigüedades egipcias del Louvre.
            Augusto Mariette, profesor de liceo en Bolonia del Mar, estudió por su propia cuenta la gramática de Champollion publicada en 1835, como había hecho De Rougé.  Dicen que se sintió fascinado por el misterio de Egipto contemplando una momia colocada en la biblioteca de su colegio.  Los primeros trabajos egiptológicos los hizo, igual que Champollion, examinando las antigüedades del Louvre, donde ocupó un modesto empleo, hasta conseguir en 1850 que el gobierno francés le enviara con una misión a Egipto.  Mariette vio que este país, sin sospecharlo, organizaba un fabuloso saldo de antigüedades, vendiendo a bajo precio cosas de muchisimo valor.  Hombres de ciencia, excavadores, turistas y todos los que por cualquier causa pisaban el suelo egipcio parecían poseídos por el afán de coleccionar.  Los obreros indígenas que trabajaban con los arqueólogos hacían desaparecer todos los pequeños objetos y los vendían a los extranjeros.  Además de esto se destruía sin reparo.  A pesar del ejemplo de Lepsius, volvían a imperar los métodos del tiempo de Belzoni.  Mariette reconoció en seguida que era necesario conservar lo hallado y se puso a excavar en beneficio de la ciencia, aunque no dejó de cometer eventualmente algunas brutalidades.  Una buena suerte, siempre fiel, acompañó sus trabajos.  A poco de iniciarlos, descubrió el Serapeum de Menfis, cuya necrópolis conservaba las momias de los bueyes Apis.  No muy lejos del Serapeum, halló la tumba profusamente decorada del rico terrateniente y cortesano Ti, más antigua que la gran pirámide.  Cerca de Sakara vio sobresalir en la arena la cabeza de una esfinge y no tardó en descubrir toda una avenida de 134 esfinges, por la cual debieron desfilar en otros tiempos suntuosas procesiones.  Cumplió, desde luego, su misión inicial y trasladó valiosas muestras de arte al Louvre, donde estuvo algunos años como conservador adjunto; pero volvió a Egipto impulsado por Lesseps y en 1857 el virrey Mahomet Said Pachá le nombró director del nuevo departamento de Antigüedades.  Algún tiempo después, se abrían al público las salas del museo nacional de Bulak [2].  Así, durante treinta años, estuvo explorando diversos puntos de Egipto, mandando limpiar de arena los monumentos de Menfis y de escombros los grandes templos tebanos, extrayendo numerosos objetos que hoy pueden contemplarse en las salas del gran museo de El Cairo... Augusto Mariette, premiado con el título de bey, murió en 1881.  Recibió sepultura a la entrada de su museo, en un sarcófago de piedra propio de un personaje faraónico.  Sus sucesores al frente del Museo Egipcio, que sería trasladado de lugar en 1902, fueron también franceses: Grebaut, De Morgan, Loret y Maspero.
            Francisco José Chabás, comerciante de vinos de Chalons del Saona, fue otro egiptólogo aficionado, lo cual no resta ningún mérito a sus trabajos.  Después de haber estudiado en solitario las lenguas latina, griega y hebrea, tomó contacto con De Rougé en 1852, cuando tenía treinta y cinco años, y aprendió su método de desciframiento.  Tradujo varios papiros, inició sus Misceláneas Egiptológicas en 1862 y se afanó por investigar las relaciones de Egipto con los hiksos, los hebreos y otros pueblos antiguos.  Publicó sucesivamente Viaje de un Egipcio por Asia en el Siglo XIV antes de Nuestra Era, en 1866; Los Reyes Pastores de Egipto, en 1868; Estudio sobre la Antigüedad Histórica según las Fuentes Egipcias y los Monumentos Prehistóricos, en 1872; e Investigaciones sobre la XIX Dinastía y los Tiempos del Exodo, en 1873.
            Amigo íntimo de Chabás fue Teódulo Deveria, perteneciente a una familia de artistas y dibujante él mismo.  Cuando Mariette dejó el Louvre, ocupó su puesto como conservador adjunto.  Visitó el país del Nilo y copió, entre otros, los bajorrelieves de Abidos.
            Jacques de Morgan, nacido en 1857, fue nombrado director de Antigüedades en 1892.  Descubrió cerca de Nagada una construcción predinástica de 54 metros de longitud y 27 de anchura.  Escribió unos Estudios sobre los Orígenes de Egipto en 1896 y al año siguiente se trasladó a Persia.  Murió en 1924.
            El judío francés Gastón Maspero, antiguo profesor del Colegio de Francia, fue el principal continuador de la obra de Mariette, a cuya muerte ocupó el cargo de director general de las antigüedades egipcias, con toda clase de facultades concedidas por el gobierno del país, y lo mantuvo hasta 1887.  Volvió a desempeñarlo en el período comprendido entre 1899 y 1914, comienzo de la I Guerra Mundial, y murió en París en 1916.  Bajo su dirección continuaron sin descanso las excavaciones, saliendo a la luz nuevos monumentos y papiros.  Maspero escribió algunas obras interesantísimas sobre la civilización egipcia, aunque actualmente están superadas.  Lo que más se aprecia son sus Cuentos Populares del Antiguo Egipto.
            Hoy todo el producto de los trabajos arqueológicos ya no está en el museo de Bulak, cuyo emplazamiento junto al Nilo se consideró malsano y cuya capacidad no daba para más.  Maspero creó en plena ciudad de El Cairo el llamado Museo Egipcio, vastísimo palacio rodeado de jardines que tiene frente a su fachada un monumento dedicado a Mariette.  Es en este museo cairota donde se puede conocer directamente el arte multicolor de los egipcios.  Se ven por todos sus salones oro y colores.  Hasta las estatuas de madera y alabastro están pintadas con una frescura de tintes que hacen dudar de su origen remoto.  Además de la policromía de estatuas y muebles, la piedra empleada por los antiguos artistas de una variada gradación de colores naturales a este interesante museo.  La diorita, el alabastro, el esquisto verde, la calcárea blanca y amarilla, el asperón rojo y los granitos rosados y grisáceos de las diferentes canteras del alto Nilo, de las tierras sudanesas o de las costas del mar Rojo, alternan con la madera como materiales estatuarios.  Casi todas las cabezas de las esculturas tienen ojos de vidrio con un redondel de ébano y metal que imita la pupila dándole una fijeza enigmática e inquietante.  En el museo hay colosos de varios metros de altura, que llegan con su mitra faraónica al techo de los salones, y muchas esfinges, con rostro de mujer y cuerpo de león.  Alineada en armarios de cristal existe toda una humanidad de estatuillas talladas en madera.  Hay que hacer notar que la pintura no progresó en Egipto como la escultura.  Cortó su desarrollo la influencia sacerdotal, exigiendo una actitud hierática al cuerpo humano, un convencionalismo de pintura sagrada en las escenas de la vida cotidiana.  Todos los personajes tienen la cara de perfil, el tronco de frente, con los dos hombros iguales, y brazos y piernas igualmente de perfil.  Se pueden admirar pinturas y bajorrelieves que representan diversas escenas de la vida ordinaria de los antiguos egipcios.  En todo bajorrelieve que representa al faraón éste aparece siempre gigantesco en comparación con el tamaño de las personas que le rodean.  Resulta interminable la asamblea de reyes y princesas cinceladas en el granito que representan a las flotas faraónicas en sus avances por el mar Rojo, o a la reina negroide de Punt saliendo al frente de sus súbditos para ofrecer árboles de incienso a los marinos egipcios; dioses fluviales con los pies apoyados en cocodrilos; episodios de guerra, burilados con una paciencia admirable en las piedras más duras; choques sangrientos entre enemigos montados en carros que se disparan flechas a granel.  En el museo hay sarcófagos en abundancia, algunos pesadísimos, de sobria ornamentación, imponentes por las toneladas que representa su masa en una sola pieza.  Hay mesas de ofrendas dedicadas a los muertos, tumbas sostenidas por gacelas de piedra, cuya forma ligera contrasta con la mole de granito rojo convertida en sarcófago, y una variedad desconcertante de ataúdes antropomórficos, cajas de madera pintada, existentes en todos los museos de Europa, imitando el contorno del cuerpo humano y que tienen en la parte correspondiente a la cabeza una copia policroma de la cara del difunto.  También hay carros faraónicos que todavía se mantienen sobre sus ruedas.  Las joyas de algunas reinas llenan vitrinas enteras: collares de ristras múltiples, anchos brazaletes, sortijas, pendientes.  Uno de los tesoros más preciados lo constituyen las pertenencias de la reina Aah-Hotep, madre de Kamosis y Amosis, los dos valerosos príncipes que acabaron con el dominio hikso [3].  Los faraones también usaban alhajas, y algunas de las más famosas pertenecieron al fastuoso Ramsés II.  Abundan platos y copas de oro.  El antiguo Egipto apenas conoció la plata, y todo es oro y bronce.
            Las momias de Seti I y Ramsés II, se hallan en el Museo de El Cairo junto a las de otros personajes importantes.  El cadáver de Ramsés fue colocado por orden de Maspero en una caja de cristal de uno de los salones.  Tenía los dos brazos, con sus envoltorios de vendas, cruzados en aspa sobre el pecho y las manos tocando sus hombros.  No se sabe como se realizó el prodigio.  Lo cierto es que, debido quizá a la dilatación que produce el calor sobre ciertas materias, la momia de Ramsés II, sin perder su inmovilidad yacente, levantó una de sus manos, dando una bofetada a la cubierta de cristal.  Todos los guardianes egipcios del museo, que habían mirado con cierta alarma la llegada del terrible personaje, no perdiéndole de vista un momento, se dieron cuenta inmediatamente del despertar del faraón.  Corrieron despavoridos hacia las puertas, luchando por quien escaparía el primero, y algunos rodaron escaleras abajo. A otros hubo que curarlos por haberse arrojado de cabeza a través de las vidrieras de las ventanas al jardín inmediato.
            Uno de los descubrimientos egiptológicos que han tenido mayor resonancia fue el hallazgo de la tumba de Tutankamón en 1922 por el inglés Howard Carter, con el apoyo financiero de lord Carnarvon, en un escondrijo del Valle de los Reyes.  Aunque los antiguos ladrones de tumbas habían logrado localizarla e incluso penetrado en ella, el tesoro estaba intacto.  Entre otros objetos, había una máscara de oro del faraón.  El mobiliario de la tumba se envió al museo, donde da tanta apariencia de frescura como las imitaciones modernas.  En 2014 la máscara fue rota de un golpe en la barbilla y reparada por los empleados usando un pegamento vulgar.
            Las muestras que se exponen del Egipto posterior a los faraones, sometido a la influencia grecolatina, son también de gran valor.  La momia, el sarcófago antropoide, la estela, las estatuas de faraones sentados y los dioses con cabeza de animal desaparecen para dejar paso a sirenas pulsando liras, imágenes de Serapis y Afrodita, cabezas de prisioneros gálatas, esculturas sagradas cristianas, vírgenes coptas de un tallado ingenuo y rudo, capillas que recuerdan el arte bizantino y todo lo que los anticuarios descubrieron en el convento de San Apolo, en Bauit, fundado durante los primeros tiempos del cristianismo triunfante.





[1]  William Foxwell Albright: La Arqueología de Palestina, en 1949, con correcciones efectuadas en 1959.
[2]  Cuyo nombre Mariette escribía en francés Boulaq.
[3]  La momia de esta reina fue descubierta por Mariette en Gurna en 1859.

sábado, 21 de abril de 2012

El Antiguo Egipto. Corrección de Errores en su Cronología.


"Este artículo será ampliado en breve, dando más datos y haciendo mayores precisiones."
En este ensayo vamos a demostrar que la cronología generalmente aceptada para la historia del Antiguo Egipto es errónea. Y lo vamos a hacer por activa y por pasiva.
- Por activa: basándonos en el llamado Ciclo de Sotis, que debido a su carácter astronómico es de una exactitud absoluta.  Utilizando tan sólo tres fechas sotiacas, las correspondientes a Sesostris III, Amenofis I y Tutmosis III, podemos desmontar la cronología egipcia hoy dominante.
- Por pasiva: haciendo seguidamente una serie de comprobaciones, las cuales nos mostrarán que determinados sucesos de Egipto, Israel, Mesopotamia y Asia Menor no pueden haber ocurrido en las fechas dadas por las cronologías al uso, pues comparando unas con otras se ve que son inaceptables, además de estar en contradicción con las fechas sotiacas ya calculadas.

Funcionamiento de los Calendarios

El Ciclo de Sotis es fundamental para el conocimiento del Antiguo Egipto.  Deriva del calendario usado por dicha civilización, y esto nos obliga a dar una pequeña explicación sobre el funcionamiento de los calendarios, imprescindible para entender las correcciones que deben efectuarse en la cronología egipcia.
Así como el día es originado por el movimiento rotatorio de la Tierra, el mes se basa en la Luna y el año en el Sol.
La evolución de las fases de la Luna, llamada lunación, es el origen de la idea del mes.  Dura 29 días, 12 horas y 44 minutos, o dicho en términos decimales 29’5306 días [1]. Por ello, los antiguos calendarios lunares alternan meses de 29 y 30 días.
El año solar o trópico es el tiempo de la evolución completa del Sol en sus relaciones con la Tierra, verbigracia dos pasos consecutivos del Sol por el equinoccio de primavera: 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos, o dicho de otro modo 365’2422 días.  Se trata del año natural, que contiene las cuatro estaciones y es el adecuado para la agricultura.  Ya hemos dicho que los meses son de carácter lunar; pero en teoría puede hablarse también de meses solares: son los doce signos del Zodiaco.
Por contraposición, tampoco hay años lunares; pero teóricamente puede haberlos, sumando doce lunaciones.  Esto da una duración de 354’3671 días, lo cual produce un desfase de casi 11 días con respecto al año trópico.  El calendario lunar, usado por los israelitas, los fenicios y los arameos, obligó a estos pueblos a efectuar ajustes con meses intercalares, de manera que algunos años tenían trece meses.  Así surgió lo que algunos autores llaman calendario lunisolar.  Los musulmanes, que siguen el calendario lunar puro de los antiguos árabes, no realizan ajustes, y por eso el mes de Ramadán, dedicado al ayuno, se va desplazando continuamente a lo largo del año, pasando por todas las estaciones.
Los antiguos egipcios siguieron otro sistema, basado en el Sol.  Calcularon la duración del año en 365 días. Y al comprobar la absoluta independencia entre los movimientos del Sol y de la Luna, decidieron prescindir de ésta, creando un calendario puramente solar.  Se inventaron doce meses iguales de 30 días, que ya no coincidían con las lunaciones, y añadieron a final de año los 5 días restantes, llamados en griego epagómenos.
Ptolomeo Filadelfo quiso reformar el calendario egipcio introduciendo cada cuatro años un sexto día epagómeno, por saberse ya perfectamente que el año duraba algo más de 365 días.  Pero la idea no triunfó hasta Julio César, que creó el calendario juliano en el año 46 antes de JC asesorado por el astrónomo griego Sosígenes.  Este calculó que el año duraba 365 días y 6 horas; y la fracción sobrante decidió acumularse añadiendo un día a febrero en los años bisiestos.  El error de Sosígenes era inferior a 12 minutos, y tardó en ser advertido.  La tardía rectificación fue implantada por el papa Gregorio XIII con la ayuda de un jesuita alemán, el padre Clavio, experto matemático.  Se suprimieron diez días del año en curso, que era 1582, pasando directamente del 4 al 15 de octubre.  Cada cuatro años hay un bisiesto, pero cada cuatro siglos el calendario gregoriano suprime tres bisiestos.
Conclusión: si el grado de perfección de un calendario viene dado por su capacidad para determinar la duración del año natural, ninguna de las soluciones expuestas supera a la de los mayas.  Porque:
El calendario egipcio da 365
El calendario juliano da 365’25
El calendario gregoriano da 365’2425
El calendario maya da 365’2421
Y la duración real del año es 365’2422

El Ciclo Sotiaco

Sabemos que los egipcios fijaron el comienzo del año observando la elevación heliaca de la estrella Sotis o Sirio, que tras 70 días de invisibilidad debida a su conjunción con el Sol, surgía de Oriente en la aurora, a la derecha del primer rayo solar, coincidiendo con algo muy importante para su agricultura: el desbordamiento del Nilo.  Esto ocurría en el Alto Egipto a finales de junio, cinco días antes que en el Delta.
Sin embargo, había un problema: como el año astronómico no dura 365 días, sino un poco más, pasados cinco años la elevación de Sotis se producía con un día de retraso. Los egipcios se dieron cuenta del error cometido. Pero no modificaron su calendario y resolvieron el problema de un modo lateral, consignando por separado dos fiestas diferentes: la del Año Nuevo y la de Sotis.  La primera valía a efectos puramente cronológicos y civiles; la segunda era una fiesta móvil que servía para organizar las faenas agrícolas.  Los egipcios determinaron el período sotiaco, es decir, el tiempo necesario para que las fiestas de Año Nuevo y de Sotis volvieran a coincidir: 1.509 años civiles suyos, equivalentes a 1.508 años astronómicos.
La creación del calendario egipcio debe situarse por fuerza al comienzo de un ciclo sotiaco, y este comienzo es anterior a Menes, el primer faraón.  Menes llevó las dos coronas blanca y roja porque unificó los dos reinos existentes en su tiempo: el Alto y el Bajo Egipto. A ello alude precisamente el nombre del patriarca bíblico Misraím, supuesto fundador de Egipto después del Diluvio según el Génesis, porque tiene terminación hebraica de dual y significa los Dos Egiptos [2].  Cada reino poseía su propio calendario de 365 días.  El día de Año Nuevo era el 1º del mes tot en el Alto Egipto y el 1º del mes mesori en el Bajo Egipto.  Los últimos ciclos sotiacos terminaron, respectivamente, los años 139 y 284 de la era cristiana.  Esto significa que el calendario del país alto, el más antiguo de los dos, debió aparecer en torno a una de las siguientes fechas: 1370, 2878, 4386 y 5894 antes de nuestra era [3].  Se ha comprobado que en las dos fechas más modernas ya existía.  La tercera fecha es la más probable y la cuarta es posible pero poco probable.  Por la misma razón, el calendario del Bajo Egipto arrancaría de 4240 o de 5748.
Los egiptólogos, ateniéndose estrictamente a lo establecido por Eduard Meyer, profesor de la universidad de Breslau a finales del siglo XIX, colocan erróneamente el comienzo de los ciclos del calendario más antiguo en 1321, 2781, 4241 y 5701. Ya hemos dicho que la duración exacta del ciclo es de 1.508 años astronómicos.  Sin embargo, los egiptólogos usan 1.460 años, error generado por hacer el ajuste con arreglo al calendario juliano.  Pero como la estrella Sotis no está obligada a obedecer los decretos de Julio César, su período sotiaco de 1.460 años es absolutamente imaginario.  Ahora debemos preguntarnos: ¿A qué pudo deberse el error de un intelectual tan brillante?  La respuesta es que Meyer se dejó engañar siguiendo una tesis correcta en sí misma: los “años julianos” pueden utilizarse tranquilamente para el fechado de la Antigüedad, porque los errores “son muy pequeños”.  Esto es verdad cuando nos limitamos a consignar la serie de los años que van desde nuestra época hasta por ejemplo el año 6000 antes de JC, en que sabemos que ya existía la ciudad de Jericó, o incluso más allá. En estos intervalos, el reinado de cualquier faraón, o de cualquier soberano asirio o caldeo, o de cualquier personaje bíblico, fechado según el calendario juliano, da siempre un error inferior a un año.  Sin embargo, ya no es igual cuando queremos observar las desviaciones de la fiesta de Sotis: entonces sí se producen errores importantes, como vamos a demostrar acto seguido.
Un texto descifrado por los egiptólogos indica que en el año 7 de Sesostris III la elevación heliaca de Sotis se produjo el día 16 del octavo mes.  Jean Vercoutter, profesor de la universidad de Lille, dice que fue el 1877 antes de JC. No nos explica cómo ha llegado a este resultado, pero no hace falta.  Para nosotros es fácil rehacer su cálculo, porque sabemos que se ha basado en la tesis de Meyer: la elevación se produjo a los 226 días de iniciado el año; luego hay una desviación de 226 días; si el calendario egipcio se desvía 0’25 días cada año juliano, dividiendo 226 entre 0’25 salen 904 años; y si Sesostris pertenece al ciclo sotiaco del año 2781, tenemos que 2781 - 904 = 1877.  Pero este cálculo ¡es totalmente incorrecto!  Operando con exactitud, lo que debemos hacer es lo siguiente: primero dividir 226 entre 0’2422, porque el año egipcio se desvía 0’2422 días con respecto al año astronómico, que es el verdadero; esta división da 933; teniendo luego en cuenta que el ciclo sotiaco de Sesostris no comienza en 2781, sino en 2878, debemos restar 2878 - 933 = 1945.  El profesor Vercoutter se ha equivocado en 68 años.  Esto poniéndonos en el mejor de los casos... porque si Sesostris perteneciera al ciclo sotiaco anterior (posibilidad remota pero no absolutamente descartable) habría vivido en 3453.  Aplicada la prueba del carbono 14 a un trozo de la barca funeraria del faraón, ha dado un intervalo de fechas entre 1900 y 1450, lo cual parece avalar el cálculo de los egiptólogos.  Pero no sirve para avalarlo.  Sólo sirve, en puridad, para descartar el ciclo sotiaco más antiguo.

Corrección de Errores Cronológicos en la Historia de Egipto

Ahora vamos a enfrentarnos al problema del fechado absoluto. Los antiguos escribas de Egipto y Mesopotamia solían fechar los sucesos por el año ordinal del reinado vigente, sin dar su cronología dentro de una era prefijada, como hacemos nosotros con la era cristiana.  Por lo tanto, para fechar correctamente, debemos averiguar el número de años de cada reinado e irlos sumando uno tras otro hasta llegar a Alejandro Magno, pues sabemos que éste entró en Egipto el año 332 antes de JC.
El problema es que no sabemos los nombres de todos los reyes ni las duraciones de sus reinados.  La historia del sacerdote egipcio Manetón, escrita precisamente con dicho objeto para Ptolomeo Filadelfo, daba el número de reyes que habían ido sucediéndose y los agrupaba en 31 dinastías, terminando la última con Darío III Codomano, el vencido por Alejandro.  Desgraciadamente su obra fue destruida, igual que las historias escritas por Filón de Biblos y por el caldeo Beroso.  Recordemos la sentencia del monje bizantino Jorge Sincelo: “Manetón de Sebenitos, sumo sacerdote de los malditos templos egipcios en la época de Ptolomeo Filadelfo, escribe a este Ptolomeo el mismo tipo de mentiras que Beroso...”  Los datos de Manetón copiados por otros autores son fragmentarios y no siempre coinciden.  Así vemos, por ejemplo, que Flavio Josefo da a la dinastía XV de los hiksos seis o siete reyes (no está clara la lectura correcta) con 260 años de duración; Julio Africano escribe seis reyes con 284 años; y el obispo Eusebio de Cesárea, que la numera como XVII, sólo cuenta cuatro reyes con 103 años...
Gracias al desciframiento de los jeroglíficos, han podido leerse las listas reales del Papiro de Turín, la Tabla de Abidos y la Tabla de Sakara; pero la información sigue siendo incompleta y los huecos han debido ser rellenados por los egiptólogos con hipótesis racionales.  Por otra parte, a medida de que avanzaba la egiptología desde Champollion, iban dominando las llamadas “cronologías cortas”.  Hoy día ya nadie se cree que Menes, el primer faraón, hubiera vivido hacia el año 5670 antes de JC, como pensó Champollion; Mariette y Lenormant lo rebajaron al 5004, Brugsch al 4455, Chabas al 4000, Lepsius al 3892, Breasted al 3400, Moret y Bosch Gimpera al 3315, Meyer al 3180, Vercoutter al 3000 y Scharff, Neubert y Albright al 2850. Posteriormente otros han hecho rebajas mayores, pero son ya desmesuradas.
El cuadro básico de la Historia de Egipto que suele aceptarse es el siguiente:
Imperio Antiguo: desde 3000 hasta 2250 antes de JC, gobierno de las seis primeras dinastías.
I Período Intermedio: de 2250 a 2100, o según Vercoutter de 2200 a 2040.  Abarca dos dinastías de Menfis y otras dos de Heracleópolis.
Imperio Medio: de 2100 a 1790, o según Vercoutter de 2040 a 1786 (este autor piensa que la dinastía XI de Tebas empezó realmente en 2060, pero que tardó veinte años en vencer a los reyes de Heracleópolis).  Abarca las dinastías XI y XII.
II Período Intermedio: de 1790 a 1580, o según Vercoutter de 1786 a 1567, con varias dinastías oscuras y la dominación de los hiksos.
Imperio Nuevo: de 1580 a 1080, aunque Vercoutter retrasa su comienzo al 1567 y Jean Yoyotte al 1550.  Comprende las dinastías XVIII, XIX y XX.
III Período Intermedio: de 1080 a 670, dinastías XXI y siguientes.
Epoca Tardía: de 670 a 332, desde la dinastía XXVI de Sais hasta la llegada de Alejandro.
Este cuadro implica una cronología corta, adaptada más o menos a la enseñanza de Meyer. Las hay todavía más cortas, pero no vamos a tomarlas ni siquiera en consideración.
Haremos nuestras correcciones a partir del Imperio Medio.  Del Antiguo no podemos hablar, por falta de información astronómica.  Hasta ahora, las fechas sotiacas que los egiptólogos han logrado descifrar son muy pocas.  No obstante, sin necesidad de esperar nuevos hallazgos, contando ya con tres fechas sotiacas bien determinadas, las de Sesostris III, Amenofis I y Tutmosis III, podemos desmontar la cronología egipcia hoy dominante.
El año 7º de Sesostris III corresponde al 1945 (y no al 1877 que decía el profesor Vercoutter).  Luego el comienzo de su reinado fue en 1952.  El comienzo de su dinastía XII puede desplazarse hacia el 2080; y habiendo empezado el Imperio Medio con la dinastía anterior, la XI, puede remontarse muy bien al 2200 (recordemos que Breasted lo situaba hacia 2160, bastante más aceptable que las fechas de los egiptólogos contemporáneos).
El final del Imperio Medio pretenden fecharlo en 1790 ó 1780.  Como esto último se acerca demasiado a la invasión de los hiksos, los partidarios de las cronologías cortas son incapaces de ubicar los nombres de los numerosos faraones que cita el Papiro de Turín o que aparecen grabados en diversos monumentos, los cuales apenas tienen cabida en el tiempo. Todos ellos cabrían perfectamente si desplazáramos a Sesostris III al ciclo sotiaco anterior, pero esto ya lo hemos rechazado debido a la datación radiocarbónica [4]. El comienzo de este II Período Intermedio puede que sea 1859.  La fecha es hipotética.  Pero el final, que viene dado por la victoria de Amosis sobre los hiksos, no nos cabe duda de que ocurrió en 1622.
Las otras dos fechas sotiacas disponibles pertenecen a la dinastía XVIII fundada por Amosis.  Tenemos que el año 9º de Amenofis I y un año indeterminado de Tutmosis III son respectivamente 1594 y 1524 (no 1536 y 1469 como dice Vercoutter).  Luego es imposible que el Imperio Nuevo haya empezado en 1580 (como decía Meyer) y menos aún en 1567 ó 1550 (como dicen Vercoutter, Yoyotte y otros muchos).  Sabiendo las duraciones de los reinados de esta dinastía, con errores máximos de cinco años, si retrocedemos en el tiempo llegamos al año 1622.
Aplicando el mismo método de sumas y restas en sentido opuesto, podemos fechar el comienzo de la dinastía XIX fundada por Ramsés I hacia 1369, y el de la XX fundada por Setnakte hacia 1234.  El reinado de Ramsés III, hijo de Setnakte, que es fundamental para el sincronismo con el hundimiento del imperio hitita, puede que se extendiera desde 1231 hasta 1199.  Sin embargo, los partidarios de las cronologías afirman que Ramsés III empezó a reinar cuarenta o cincuenta años más tarde [5].

Validación por Comparaciones con otras Cronologías

Empezaremos viendo posibles paralelismos con la cronología de la Biblia, que es bastante aceptable si hacemos abstracción de los mitos que recoge y prescindimos de las fechas arbitrarias dadas para la Creación del Mundo y el Diluvio Universal.
En la Biblia encontramos una oscura referencia a la era de Tanis, que se compara con Hebrón.  Por era de Tanis quizá no deba entenderse el nacimiento mismo de Tanis o Avaris, sino la reconstrucción de un templo de Set en Avaris por un hikso llamado en egipcio Nubti (Set de Oro), que quizá sea el Salatis de Manetón, fundador de la XV dinastía.  Como Horemheb celebró el cuarto centenario de Set en la segunda mitad de su reinado, Vercoutter sitúa a Salatis en el año 1320 + 400 = 1720.  Pero si nos adecuamos a la cronología corregida de acuerdo con las fechas sotiacas, debe ser 1375 + 400 = 1775, con un error posible de cinco años.
Según la cronología bíblica, el israelita José fue nombrado primer ministro del Faraón en 1711 y murió en 1631.  El libro del Génesis hace a los patriarcas muy viejos, y es dudoso que José llegara a vivir 110 años, como se pretende.  En cualquier caso, este supuesto ministerio de 80 años pertenece a la dominación hiksa. Y ciertamente nos llama la atención una curiosa coincidencia: 80 = 44 + 36, suma de los reinados de Bnon y Apaknan, hiksos segundo y tercero según lo copiado por Flavio Josefo de Manetón.
La Biblia dice que posteriormente otro faraón persiguió a los israelitas, pero que Moisés pudo sacarlos del país en 1487.  Este suceso debe situarse bajo la XVIII dinastía, después de la expulsión de los hiksos.  Cabe suponer que algunos invasores o amigos de los invasores, entre ellos los israelitas [6], permanecieron en el Delta, donde su vida ya no resultaría muy agradable.  Sólo tendremos en cuenta dos hipótesis modernas sobre el faraón del Exodo: la del egiptólogo herético André Pochan y la del doctor Freud. El primero, siguiendo a su manera los datos de Manetón, dice que el año del Exodo es el último de Tutmosis IV, para él 1462.  Según nuestras cuentas, Tutmosis IV reinó entre 1481 y 1471, lo cual se acerca más a la cronología bíblica.  La hipótesis de Freud, que como ya sabemos no era egiptólogo, sino psiquiatra, relaciona intuitivamente el Exodo con la revolución religiosa de Akenatón, que pudo reinar entre 1433 y 1413.
Los egiptólogos sitúan a Akenatón más tarde: Drioton de 1372 a 1354, Yoyotte de 1364 a 1347, etc.  Sabemos que Akenatón mantuvo correspondencia con Burna-Buriasch II de Babilonia.  La profesora Joan Oates, de Cambridge, coloca a este rey coseo entre 1359 y 1333, sincronizando con los egiptólogos.  ¡No podía faltar más!  Todos ellos van haciendo sus arreglos cronológicos observándose unos a otros, para no perder el compás. Y como la cronología egipcia está mejor asentada que la babilonia, sus criterios predominan.  Pero qué confianza ofrece la datación de Joan Oates, basada en sus propias fuentes asiáticas.  Ninguna.  No sabemos la duración ni la sucesión exacta de los reyes coseos, y tampoco está bien trabado el enlace con sus predecesores paleobabilonios, el más importante de los cuales fue Hammurabi, fechado por Joan Oates entre 1792 y 1750.  Ella misma no se lo cree del todo, pero traslada sus dudas a una nota a final de libro, de esas que nadie suele leer, diciendo: “Un contrato escrito en Babilonia y fechado en el 10º año del reinado de Hammurabi asocia los nombres de éste y de Schamschi-Adad en el juramento. Si la subida al trono de Hammurabi se sitúa en 1792, entonces Schamschi-Adad debía seguir vivo en 1782, pero según la lista asiria de reyes esto es imposible. Estas discrepancias no podemos resolverlas basándonos en los datos actuales...” [7].  Conclusión: ninguno de los dos está bien fechado.  Si ahora leemos a Fritz Hommel, un asiriólogo de finales del siglo XIX que disponía de menos documentación cuneiforme que los actuales, pero que era mucho más agudo, veremos que sincronizó a Puzur-Asur de Asiria con Burna-Buriasch de Babilonia en torno a 1440, y probablemente se acercó mejor a la fecha real [8].
Volviendo al tema del Exodo, por mucho que se fuerce la cronología bíblica, es imposible situarlo bajo Ramsés II o bajo su hijo Meneptah, de la XIX dinastía, como pretenden algunos.  Meneptah, precisamente, se alaba de haber vencido al pueblo de Israel en Tierra Santa, no en Egipto.  Esto habría ocurrido hacia 1280, en la época de los Jueces, pero el libro de los Jueces no lo menciona.  El egiptólogo Cerny dice que, no obstante, la Biblia conserva el recuerdo de este faraón mediante un topónimo, Fuente de las Aguas de Neptua, que puede leerse Fuente de Meneptah.
Ahora debemos dar un salto hacia Asia Menor y recordar la fabulosa guerra de Troya.  La mitología griega cita un rey de Egipto llamado Pólibo, que habría hospedado a Menelao y Helena, empujados por los vientos hacia la desembocadura del Nilo cuando volvían a Grecia.  De los residuos de Manetón consta que éste conocía la leyenda, y que la asoció con Seti II, hijo de Meneptah; pero Julio Africano lo copió mal: “Tuoris, que Homero llama Pólibo, esposo de Alcandra, y en cuya época fue tomada Troya, reinó siete años”.  Confundió al rey con la reina.  Pólibo y Alcandra son Seti II y su esposa Tuosra, leída Tuoris.  El profesor Cerny afirma que luego ocupó el trono un niño, hijo de Seti II pero no de Tuosra, el cual murió bastante joven, y la dinastía concluyó con el reinado de la misma Tuosra.  Todo ello pudo suceder, según Cerny, entre los años 1214 y 1294, o quizá mejor entre 1260 y 1235.  ¿Coincide este período con la guerra de Troya?  Suele escribirse que Troya cayó en 1184, fecha sacada de una fuente clásica; pero Movers, voz discrepante en la segunda mitad del siglo XIX, corrigió este dato llevándolo hasta 1208.  Otros se han inclinado incluso por fechas todavía más antiguas, acercándose a la nuestra [9].
El incendio de Hatusas, seguido de la difusión de la siderurgia entre los Pueblos del Mar, habría ocurrido en 1230 o poco después.  Gurney dice que el último rey hitita, Supiluliuma II, fue entronizado hacia 1205 y que reinó algunos años, hasta ocurrir el desastre.  Repasando la Biblia, vemos que en la segunda parte de la época de los Jueces, el pueblo de Israel fue dominado por los filisteos, que llegaron con armas de hierro [10].  Debido precisamente a la dominación filistea, la tierra de Canaán se llamó Palestina.  La Biblia no aclara cuándo irrumpieron los filisteos, pareciendo inferirse de su lectura que fue hacia 1200.  En cualquier caso, fue después de la victoria de Ramsés III sobre los Pueblos del Mar, que obligó a los filisteos sobrevivientes a instalarse en la franja de Gaza.  Los textos egipcios la colocan en el 8º año de Ramsés III, hacia 1223 pensamos, aunque los egiptólogos dan fechas comprendidas entre 1190 y 1162.
Finalmente, existe el dato de que el faraón Sesonk, llamado Sesak en la Biblia, venció al rey Roboam, hijo de Salomón.  La cronología bíblica fecha a Roboam entre 971 y 954, y la invasión egipcia corresponde al 5º año, luego sería 966.  Los especialistas en historia bíblica lo han retrasado algo, para acomodarse a los egiptólogos, que fechan el reinado de Sesonk entre 950 y 929, o un poco más tarde.
 José Luis Clemente. 





[1]  La evolución rotatoria lunar dura menos que la evolución de sus fases, como han calculado los astrónomos modernos, pero no influye para nada en los calendarios lunares.
[2]  En singular sería sería Misr, como todavía dicen los árabes, o Musur, como se lee en los textos cuneiformes de Asiria.  Uno de los reyes asirios que invadieron Egipto se tituló en lengua acadia “Sar Musuri ua Paturuschi ua Kuschi”, o sea, rey de Egipto, del Alto Egipto y de Etiopía.
[3]  Estamos retrocediendo exactamente desde el año 138, no desde el 139, de Cristo.
[4]  No obstante, debemos recordar que el egiptólogo herético André Pochan situaba la XII dinastía entre los años 3320 y 3160.
[5]  La entronización de Ramsés III se fecha por Drioton en 1190, por Cerny en 1182 y por Rowton en 1170.
[6]  Quizá no las doce tribus de Israel, sino sólo la tribu de Leví y alguna otra.  Pero esto es imposible saberlo.
[7]  Joan Oates: Babylon, 1979, 1986.
[8]  No perdemos de vista que hubo dos Burna-Buriasch, y que el segundo fue contemporáneo de Asur-ubalit, pero también pudo serlo de Puzur-Asur; porque entre Asur-ubalit y Puzur-Asur sólo hay otro rey asirio.
[9]  Por ejemplo, John Deyme de Villedieu dice que fue hacia 1240, y aunque sólo se trata de un divulgador aficionado, recogemos su opinión a beneficio de inventario.
[10]  Según la Biblia, llegaron desde la tierra de Kaptor, que algunos leen como Capadocia y otros la consideran una variante de Keftiú, nombre egipcio de Creta.