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sábado, 19 de octubre de 2019
sábado, 24 de agosto de 2019
sábado, 23 de marzo de 2019
Entrevista a Pio Moa sobre Fernando Paz.
"Pienso que Pío Moa acierta en su análisis sobre Fernando Paz. No hace falta estar completamente de acuerdo con alguien, para defender la tan cacareada libertad de expresión. Todo mi apoyo desde este blog a Fernando Paz".
P. La izquierda y gran parte de la derecha se ha alzado contra el negacionismo de Fernando Paz respecto al Holocausto y los juicios de Núremberg. ¿Tiene ud algo que decir al respecto?
Creo que Paz tiene razón en lo principal. Según lo entiendo, no niega el Holocausto, es decir, la persecución genocida contra los judíos, en cierto modo implícita en la ideología hitleriana. Solo expone dos cuestiones de principio que están siendo vulneradas por la mayoría de los historiadores y los políticos. En primer lugar, que aquel suceso histórico, como todos los sucesos históricos, está sometido a la crítica y la revisión. Si negamos esto, vamos de cabeza al totalitarismo. En segundo lugar, que hay elementos de dicha persecución evidentemente revisables, como el de los seis millones. Es una cifra redonda mil veces citada. En torno a cuatro de esos seis habrían sido asesinados en Auschwitz, pero desde hace tiempo se sabe que la cifra real allí fue de 1,3 millones o algo así, con lo que la cifra global tendría que haber descendido en consecuencia. Pero se sigue repitiendo casi como una cifra mística. Coincido con Paz en esto, pero por mi parte no puedo decir más al respecto porque la visceralidad de que está cargado el asunto obligaría a una investigación a fondo que no estoy en condiciones de emprender, al menos hoy por hoy.
P. De todas formas, tanto Vox como Fernando Paz pueden haber cometido un error, Vox por seleccionarlo y Paz por meterse en política.
El error estaría en plantear mal el caso. Paz se equivocaría si quisiera justificarse, dando autoridad moral a sus acusadores. Podría empezar con algo parecido a esto: “Ustedes me llaman negacionista sabiendo que es falso. Es decir, ustedes mienten. Y mienten porque es prácticamente lo único que saben hacer bien”. Y seguir desde ahí con una polémica que podría resultar iluminadora. Paz es un intelectual. ¿Debe mezclarse en política directa? Eso es una decisión personal. Tiene pleno derecho, pero la elección es suya. Claro que la política se parece a un pozo de víboras y desenvolverse en ella requiere mucho temple si no quieres convertirte en una víbora más.
P. ¿Y en cuanto a los juicios de Núremberg, otro punto del ataque a Paz?
Aquí, de nuevo, tiene razón. No solo porque son tan revisables como cualquier otro hecho histórico, sino porque él propone una cuestión de enorme transcendencia y de muy difícil solución, si es que tiene alguna: de acuerdo con la ley natural, los líderes nazis tendrían que ser castigados, pero de acuerdo con el positivismo que hoy rige en todas las actitudes morales y legales, y por supuesto entre los jueces de Núremberg (salvo los soviéticos, que tenían otro enfoque), no podrían serlo. Esos juicios han recibido muchas críticas y en Años de hierro he expuesto algunas. Empezando porque los regímenes representados por los jueces habían cometido a su vez bastantes de los crímenes achacados a los nazis. Por cierto que la acusación de “revisionismo” que suelen hacer los del nuevo Frente Popular ya demuestra su pensamiento totalitario: la revisión es un principio metodológico en toda ciencia. Pero ellos quieren presentar como una especie de sacrilegio cualquier discrepancia o crítica de sus teorías, que a menudo son simplemente estúpidas.
P. Hay un tercer frente contra Paz, el de su ataque a los autores de las ideologías “de género”.
Por mi parte estoy muy de acuerdo con la crítica de Paz a esa gente. Son verdaderos perturbados que se vienen imponiendo totalitariamente a base de manipular la idea de libertad, el victimismo, etc. Lo dicho no quiere decir que esté de acuerdo en todo con Paz, pero en estos puntos fundamentales, sí.
P. Alguna gente se ha extrañado de que Vox no recurra a usted y le ignore, teniendo en cuenta que es usted uno de los intelectuales que desde hace más tiempo han apoyado a ese partido.
Sí, algunas personas me lo han comentado. No sé si se debe a que siempre dejé claro que mi apoyo a Vox era desde fuera y crítico, o a que temen que algunas de mis posiciones, como la revisión del franquismo, les resulten perjudiciales políticamente. En este último caso cometerían un error, aunque todavía subsanable, porque la cuestión de Franco es la cuestión básica de la democracia en España. Es decir, de su regeneración o de su completa degeneración a manos del nuevo frente popular, que incluye hoy también al PP. Pero me ha llamado la atención que en ningún caso me citen, a pesar de que en diversos temas me he adelantado a ellos, como a casi todos. Es un fenómeno curioso.
piomoa.es
miércoles, 2 de noviembre de 2016
Julián Marías o la sensatez. Pío Moa.
Julián Marías ha sido uno de los personajes más interesantes y menos típicos de la intelectualidad española desde hace 60 años. Y no sólo como filósofo, sino también como comentarista político e historiador; y por esa razón ha sido postergado sistemáticamente por esa caterva de intelectuales chillones, demasiado politizados y ávidos de fondos públicos, que parece llenarlo todo. Su España inteligible sería rechazada por muchos “historiadores profesionales” enredosos y pesados, pero arroja luz donde otros sólo embrollan. Uno no puede menos de recordar la época en que todo escritor o escribidor deseoso de pasar por progresista debía manifestarse marxista o muy respetuoso con el marxismo; y los desprecios que desde tales alturas recibía Marías, un pensador liberal y cristiano, amante de la verdad y de una sensatez que a algunos les parecía roma. Pero su agudeza previsora se manifestó, entre otras muchas ocasiones, ya en 1978, al criticar ciertos defectos de la Constitución derivados de una excesiva ansiedad por el consenso: “Los compromisos, en el menos grato sentido de la palabra, a su vez comprometen la realidad política de España”. Ahora mismo lo estamos comprobando duramente. También enseñó: “No hay que tratar de contentar a quienes no se van a contentar”
Marías sufrió también las primeras furias y, luego, las restricciones del franquismo. Él había contribuido, al lado de Besteiro, al golpe de Casado contra Negrín, y por tanto podía esperar que los vencedores le dejasen en paz. Pero no fue así. Sus memorias ofrecen el retrato de un tiempo dominado por el afán de dar un “escarmiento ejemplar” a las izquierdas revolucionarias, y no sólo a ellas. Un compañero de estudios a quien él creía amigo le denunció por envidias u otros sentimientos oscuros. La denuncia no podía ser más ponzoñosa: “Tan falsa como incomprobable: yo habría sido colaborador de Pravda, nada menos; acompañante voluntario del bandido Deán de Canterbury; no lo había visto en mi vida (…) Se añadía que yo debía conocer toda la trama de la propaganda roja, hábil insinuación que revelaba la esperanza de que me extrajeran tan preciada información por los procedimientos usuales”. Todo dependía de la rectitud o el fanatismo de los jueces. Tuvo suerte: “Un alférez jurídico iba a tomarme declaración; me contó que habían asesinado a su padre en Madrid; pero era bien nacido (…); me dijo que me iba a leer la denuncia para poder responder a los cargos (…) Al despedirse me dijo: ‘No le doy la mano porque nos ven y pueden pensar que tenemos alguna relación; pero espiritualmente estoy con usted’”.
Salió libre, pero no sin antes haber probado el hacinamiento y pésimas condiciones de detención de aquellos días, y una temporada de cárcel donde, de vez en cuando, moría a balazos algún preso en improbables intentos de fuga. Allí las autoridades le encargaron dar cursos de alfabetización a los presos iletrados, y de francés a los más cultos.
Estas experiencias las narra Julián Marías sin el rencor, y mucho menos la incitación al rencor, frecuentes en infinidad de libros y testimonios retorcidos. Lo señalo porque estoy preparando un libro sobre los años 40, años en verdad apasionantes, muy alejados de los tópicos con que nos los presentan los mismos que tan demostrablemente han mentido sobre la república y la guerra. De las penurias y represiones de entonces escribe Marías: “Todo esto es verdad; lo que no lo es, en absoluto, es la imagen lacrimógena que suele pintarse ahora de esa época. A pesar de todo, había una tremenda gana de vivir, en gran parte por el contraste de la paz –incluso de aquella paz—con el horror sin mitigación de la guerra. Los españoles tienen fuerte vitalidad, apetitos, incluso cierta estoica indiferencia ante las adversidades. Entonces gozaban de la vida con una intensidad que acaso no se ha dado después. La escasez, la dificultad de conseguir las cosas, les daba más valor”.
Hoy se habla sin tregua del duro destino de los vencidos, pero en realidad el número de los que se sentían así fue escaso: muy pocos siguieron identificándose con un Frente Popular cuyas tropelías habían contemplado, que había sucumbido en medio de masacres entre sus propios partidos, y cuyos dirigentes habían huido con enormes sumas saqueadas al tesoro artístico e histórico español, a los particulares y hasta a los montes de piedad. Esos pocos se ampliaron con las víctimas la represión inmisericorde de los primeros años, pero la inmensa mayoría de quienes habían luchado con las izquierdas o los separatistas, o les habían votado, pusieron todos sus afanes en reconstruir sus vidas en las difíciles condiciones de la época, sin nostalgias.
“El pueblo español –observa Marías-- no se sintió aplastado, sino vivo y entero; por eso fue posible la creación, en todos los órdenes, a pesar de todas las trabas, en parte espoleadas por ellas. Los que no tenían capacidad o no se atrevían han tratado de persuadir de que no se podía. Y es frecuente que los que más abominan de los cuarenta añosestuviesen adscritos con entusiasmo a su fase más dura y opresiva, al lado de la cual todo lo posterior fue venial”.
Sin necesidad de estar de acuerdo con cada palabra del filósofo, cuando uno lee frases como éstas sabe que está ante un testigo veraz, y también entiende los motivos de la persistente falsificación de la historia. El ambiente iba a resultar duro para Marías y tantos más, pero no aplastante. El régimen le manifestó su hostilidad, pero no le impidió vivir y escribir, dictar cursos o ser elegido a la Real Academia. He aquí una anécdota, de 1953: “Me llamó por teléfono el ministro de Información, Arias Salgado; me dijo que deseaba hablar conmigo, al día siguiente, a las siete. Saqué del bolsillo la agenda, la puse junto al aparato e hice sonar sus hojas: ‘Mañana a las siete –le dije–. Sí, estoy libre, con mucho gusto’ (…) Me recibió amablemente, me dijo que me leía con admiración; insistió en que nos hablásemos de tú. Después de larga conversación me dijo que mi artículo no iba a publicarse, porque era ‘muy polémico’. Le dije que no hacía más que rectificar una serie de falsedades. Insistió en la peligrosidad de la polémica. ‘¿Y por qué no bajas el telón un artículo antes?’, le pregunté. Como se mantuvo en su posición, le dije, literalmente: ‘Bueno, veo que en España no hay libertad más que para calumniar, y como eso no me va a interesar nunca, no tengo nada que hacer’. Protestó amablemente (…) Al llegar a casa, metí el artículo en un sobre de avión y lo mandé a La Nación de Buenos Aires, donde se publicó enseguida”. ¿Puede imaginar alguien algo así en Cuba, la URSS o cualquiera de aquellos regímenes tan admirados por la oposición antifranquista?
Las memorias de este escritor fundamental nos informan y explican más que muchos libros de historia: “Desde fines de 1955 empieza algo nuevo. Una generación muy joven queda muy influida por el marxismo, lo cual quiere decir que fue muy poco liberal (…) Forman grupos, y lo primero que hacen es fingir que son ellos los que empiezan: de ahí data la negación o el silencio sobre todo lo que se había hecho antes. Todavía se sigue hablando monótonamente del ‘páramo intelectual’ de España en aquellos años. En mi artículo ‘La vegetación de páramo’ di una impresionante lista de libros independientes y valiosos publicados en España precisamente entre comienzos de 1941 y la muerte de Ortega”.
La muerte de este testigo lúcido, veraz y sensato es una gran pérdida intelectual, porque tales cualidades son, por desgracia, muy poco frecuentes.
Marías sufrió también las primeras furias y, luego, las restricciones del franquismo. Él había contribuido, al lado de Besteiro, al golpe de Casado contra Negrín, y por tanto podía esperar que los vencedores le dejasen en paz. Pero no fue así. Sus memorias ofrecen el retrato de un tiempo dominado por el afán de dar un “escarmiento ejemplar” a las izquierdas revolucionarias, y no sólo a ellas. Un compañero de estudios a quien él creía amigo le denunció por envidias u otros sentimientos oscuros. La denuncia no podía ser más ponzoñosa: “Tan falsa como incomprobable: yo habría sido colaborador de Pravda, nada menos; acompañante voluntario del bandido Deán de Canterbury; no lo había visto en mi vida (…) Se añadía que yo debía conocer toda la trama de la propaganda roja, hábil insinuación que revelaba la esperanza de que me extrajeran tan preciada información por los procedimientos usuales”. Todo dependía de la rectitud o el fanatismo de los jueces. Tuvo suerte: “Un alférez jurídico iba a tomarme declaración; me contó que habían asesinado a su padre en Madrid; pero era bien nacido (…); me dijo que me iba a leer la denuncia para poder responder a los cargos (…) Al despedirse me dijo: ‘No le doy la mano porque nos ven y pueden pensar que tenemos alguna relación; pero espiritualmente estoy con usted’”.
Salió libre, pero no sin antes haber probado el hacinamiento y pésimas condiciones de detención de aquellos días, y una temporada de cárcel donde, de vez en cuando, moría a balazos algún preso en improbables intentos de fuga. Allí las autoridades le encargaron dar cursos de alfabetización a los presos iletrados, y de francés a los más cultos.
Estas experiencias las narra Julián Marías sin el rencor, y mucho menos la incitación al rencor, frecuentes en infinidad de libros y testimonios retorcidos. Lo señalo porque estoy preparando un libro sobre los años 40, años en verdad apasionantes, muy alejados de los tópicos con que nos los presentan los mismos que tan demostrablemente han mentido sobre la república y la guerra. De las penurias y represiones de entonces escribe Marías: “Todo esto es verdad; lo que no lo es, en absoluto, es la imagen lacrimógena que suele pintarse ahora de esa época. A pesar de todo, había una tremenda gana de vivir, en gran parte por el contraste de la paz –incluso de aquella paz—con el horror sin mitigación de la guerra. Los españoles tienen fuerte vitalidad, apetitos, incluso cierta estoica indiferencia ante las adversidades. Entonces gozaban de la vida con una intensidad que acaso no se ha dado después. La escasez, la dificultad de conseguir las cosas, les daba más valor”.
Hoy se habla sin tregua del duro destino de los vencidos, pero en realidad el número de los que se sentían así fue escaso: muy pocos siguieron identificándose con un Frente Popular cuyas tropelías habían contemplado, que había sucumbido en medio de masacres entre sus propios partidos, y cuyos dirigentes habían huido con enormes sumas saqueadas al tesoro artístico e histórico español, a los particulares y hasta a los montes de piedad. Esos pocos se ampliaron con las víctimas la represión inmisericorde de los primeros años, pero la inmensa mayoría de quienes habían luchado con las izquierdas o los separatistas, o les habían votado, pusieron todos sus afanes en reconstruir sus vidas en las difíciles condiciones de la época, sin nostalgias.
“El pueblo español –observa Marías-- no se sintió aplastado, sino vivo y entero; por eso fue posible la creación, en todos los órdenes, a pesar de todas las trabas, en parte espoleadas por ellas. Los que no tenían capacidad o no se atrevían han tratado de persuadir de que no se podía. Y es frecuente que los que más abominan de los cuarenta añosestuviesen adscritos con entusiasmo a su fase más dura y opresiva, al lado de la cual todo lo posterior fue venial”.
Sin necesidad de estar de acuerdo con cada palabra del filósofo, cuando uno lee frases como éstas sabe que está ante un testigo veraz, y también entiende los motivos de la persistente falsificación de la historia. El ambiente iba a resultar duro para Marías y tantos más, pero no aplastante. El régimen le manifestó su hostilidad, pero no le impidió vivir y escribir, dictar cursos o ser elegido a la Real Academia. He aquí una anécdota, de 1953: “Me llamó por teléfono el ministro de Información, Arias Salgado; me dijo que deseaba hablar conmigo, al día siguiente, a las siete. Saqué del bolsillo la agenda, la puse junto al aparato e hice sonar sus hojas: ‘Mañana a las siete –le dije–. Sí, estoy libre, con mucho gusto’ (…) Me recibió amablemente, me dijo que me leía con admiración; insistió en que nos hablásemos de tú. Después de larga conversación me dijo que mi artículo no iba a publicarse, porque era ‘muy polémico’. Le dije que no hacía más que rectificar una serie de falsedades. Insistió en la peligrosidad de la polémica. ‘¿Y por qué no bajas el telón un artículo antes?’, le pregunté. Como se mantuvo en su posición, le dije, literalmente: ‘Bueno, veo que en España no hay libertad más que para calumniar, y como eso no me va a interesar nunca, no tengo nada que hacer’. Protestó amablemente (…) Al llegar a casa, metí el artículo en un sobre de avión y lo mandé a La Nación de Buenos Aires, donde se publicó enseguida”. ¿Puede imaginar alguien algo así en Cuba, la URSS o cualquiera de aquellos regímenes tan admirados por la oposición antifranquista?
Las memorias de este escritor fundamental nos informan y explican más que muchos libros de historia: “Desde fines de 1955 empieza algo nuevo. Una generación muy joven queda muy influida por el marxismo, lo cual quiere decir que fue muy poco liberal (…) Forman grupos, y lo primero que hacen es fingir que son ellos los que empiezan: de ahí data la negación o el silencio sobre todo lo que se había hecho antes. Todavía se sigue hablando monótonamente del ‘páramo intelectual’ de España en aquellos años. En mi artículo ‘La vegetación de páramo’ di una impresionante lista de libros independientes y valiosos publicados en España precisamente entre comienzos de 1941 y la muerte de Ortega”.
La muerte de este testigo lúcido, veraz y sensato es una gran pérdida intelectual, porque tales cualidades son, por desgracia, muy poco frecuentes.
sábado, 22 de octubre de 2016
martes, 19 de julio de 2016
lunes, 18 de julio de 2016
Debate sobre el 18 de Julio III.
martes, 12 de julio de 2016
Debate sobre el 18 de Julio.
domingo, 17 de abril de 2016
14 de abril de 1931: golpe de los monárquicos contra la monarquía. Pío Moa.
En la madrugada del 12 al 13 de abril de 1931, los miembros del “gobierno provisional” republicano salían contentos de la Casa del Pueblo de Madrid, donde habían seguido la jornada electoral. Miguel Maura caminaba con Largo Caballero y Fernando de los Ríos, el cual dijo que el triunfo en las capitales de provincia les daba esperanzas para las elecciones generales previstas para octubre. Maura miró a Largo y “con asombro vi que asentía. Recuerdo la vehemencia con que les hice ver el error en que estaban, anunciándoles que antes de cuarenta y ocho horas estaríamos gobernando”. Me llamaron iluso y nos despedimos. Al día siguiente seguía sin convencer a sus compañeros “Me miraban como a un pobre iluso o a un demente que soñaba despierto. Puedo afirmar que durante todo el día 13, el único del Comité que creyó y obró seguro de la victoria definitiva, fui yo, a pesar de los rumores y las alarmantes noticias, en su totalidad falsas, que los correligionarios despistados nos traían sobre la inminente reacción del rey y del ejército contra nosotros”
En realidad, el gobierno estaba resuelto a no tolerar las indecisiones de los republicanos. A medianoche del 12 al 13 los ministros se reunieron informalmente en Gobernación con el general Sanjurjo, jefe de la Guardia civil. Según Lerroux, Romanones le preguntó si podría responder de sus fuerzas para controlar posibles desórdenes. Sanjurjo respondió : “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella” “Todo estaba perdido”, asegura Romanones. Berenguer, ministro de la Guerra, faltó a la reunión, pero no mostró menos resolución que los otros. Sin consultar a sus colegas envió un telegrama a las autoridades militares de provincias haciéndoles notar la “derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones” e instándolas a “seguir el curso lógico que les impone la suprema voluntad nacional”. En suma, antes de que amaneciera, Romanones, Sanjurjo y Berenguer, llevados de un vehemente deseo de “acatar la voluntad nacional” habían desahuciado por su cuenta y riesgo al régimen que teóricamente defendían, y que casualmente había ganado las elecciones.
Al amanecer del día 13, Romanones acudía a palacio: “Yo no acertaba con la fórmula de afirmar que todo estaba perdido, que no quedaba ya ni la más remota esperanza y, sin embargo, hablé con claridad suficiente, interrumpiéndome el rey con la frase: “Yo no seré obstáculo en el camino que haya que tomar, pero creo que aún hay varios caminos”. Y observa Maura con justeza: “Ya en la mañana del 13, antes de que el Gobierno hubiese deliberado y antes de que la calle mostrase síntomas de efervescencia, el Romanones estaba decidido a forzar las etapas para que el monarca abandonase la lucha". Y por la tarde Aznar hacía su famosa declaración sobre el país que se acostaba monárquico y se levantaba republicano, que en la práctica era un llamamiento a los republicanos a tomar la calle.
Por la tarde del día 13 se formaron grupos partiendo del Ateneo y de la Casa del Pueblo, que trataban de congregar a más gente mostrando un telegrama falso, según el cual el rey había huido precipitadamente a hacia París. La consigna de “¡Ya se fue”! ¡Ya se fue!" iba congregando por la calle a más y más gente, que afluyó a la Puerta del Sol y al Palacio de Oriente. Apenas hubo incidentes, porque las fuerzas de orden público permanecieron pasivas.
Por la tarde del día 13 se formaron grupos partiendo del Ateneo y de la Casa del Pueblo, que trataban de congregar a más gente mostrando un telegrama falso, según el cual el rey había huido precipitadamente a hacia París. La consigna de “¡Ya se fue”! ¡Ya se fue!" iba congregando por la calle a más y más gente, que afluyó a la Puerta del Sol y al Palacio de Oriente. Apenas hubo incidentes, porque las fuerzas de orden público permanecieron pasivas.
A primera hora de la mañana del 14, Romanones enviaba al rey esta nota: “Los sucesos de esta madrugada hacen temer a los ministros que la actitud de los republicanos pueda encontrar adhesiones en elementos del Ejército y fuerza pública (...) y se produzcan sangrientos sucesos. Para evitarlo (...) podría V. M. reunir hoy al Consejo (...) y el mismo reciba la renuncia del rey, para hacer ordenadamente la transmisión de poderes”. La nota tiene un aire intimidatorio, y observa de nuevo Maura: “Los sucesos de esta madrugada... ¡No sé cuáles pudieron ser, porque ninguno digno de ser recordado había surgido en el curso de la noche! Pero era lógico que había que apoyar en algo extraordinario el argumento que motivaba la nota”.
Lo anterior lo copio de mi libro Los personajes de la República vistos por ellos mismos. Si hubiéramos de personalizar los elementos más decisivos de aquellas jornadas los encontraríamos en Miguel Maura y el conde de Romanones. Maura olió enseguida la quiebra política y moral de la monarquía y arrastró a sus colegas del “gobierno provisional” a tomar el poder, que, como él señala, “nos regalaron”. Romanones, fue quien desde dentro del gobierno intimidó principalmente al rey para que se marchase (sin contar la extraña conducta de Berenguer, Sanjurjo, Aznar y otros). Solo La Cierva advirtió al monarca: “El Rey se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la Corona evitarán que se viertan lágrimas y sangre en España. Es lo contrario, señor”.
Maura había sido monárquico hasta poco tiempo antes, y Romanones parecía un pilar de la monarquía. ¿Por qué obró de esa manera? El socialista y masón distinguido Juan Simeón Vidarte expone en sus memorias una pista casi nunca citada, pero interesante, ya que no demostrativa:
"Cuando salimos en unión de Marcelino Domingo de su despacho, le pregunté a éste si don Gregorio [Marañón] era o había sido masón, ya que con tanta libertad se habló con él del trabajo en las Logias. Domingo me informó de que Marañón fue iniciado en secreto por su suegro Miguel Moya, cuando éste era Gran Maestre. Estas iniciaciones constan en un libro especial que lleva la Gran Maestría, y sólo figuran en él los nombres simbólicos. El caso del ilustre médico y escritor era semejante al del conde de Romanones, quien también había sido iniciado en secreto por Sagasta y quien siempre cumplió bien con la Orden (…) "Ya comprenderá usted, terminó Domingo, que muchas veces nos interesa que no se sepa que son masones algunos políticos de nuestra confianza". Fallecidos, lo mismo el conde de Romanones que el querido y admirado doctor Marañón, me encuentro en libertad para revelar estos secretos" (Vidarte: No queríamos al rey. Grijalbo, 1977. Páginas 227-8).
Se de ello lo que fuere, es cierto que la masonería consideró la II República como un régimen propio. También lo es que Marañón criticaría la frivolidad de quienes, como él mismo, habían contribuido a traer aquel caos. Con la experiencia de lo hecho, llamaría a los líderes republicanos “cretinos criminales”, en quienes “Todo es latrocinio, locura y estupidez”, "estupidez y canallería", “Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España (…). Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos y por haber creído en ellos”.
"Cuando salimos en unión de Marcelino Domingo de su despacho, le pregunté a éste si don Gregorio [Marañón] era o había sido masón, ya que con tanta libertad se habló con él del trabajo en las Logias. Domingo me informó de que Marañón fue iniciado en secreto por su suegro Miguel Moya, cuando éste era Gran Maestre. Estas iniciaciones constan en un libro especial que lleva la Gran Maestría, y sólo figuran en él los nombres simbólicos. El caso del ilustre médico y escritor era semejante al del conde de Romanones, quien también había sido iniciado en secreto por Sagasta y quien siempre cumplió bien con la Orden (…) "Ya comprenderá usted, terminó Domingo, que muchas veces nos interesa que no se sepa que son masones algunos políticos de nuestra confianza". Fallecidos, lo mismo el conde de Romanones que el querido y admirado doctor Marañón, me encuentro en libertad para revelar estos secretos" (Vidarte: No queríamos al rey. Grijalbo, 1977. Páginas 227-8).
Se de ello lo que fuere, es cierto que la masonería consideró la II República como un régimen propio. También lo es que Marañón criticaría la frivolidad de quienes, como él mismo, habían contribuido a traer aquel caos. Con la experiencia de lo hecho, llamaría a los líderes republicanos “cretinos criminales”, en quienes “Todo es latrocinio, locura y estupidez”, "estupidez y canallería", “Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España (…). Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos y por haber creído en ellos”.
En cualquier caso, la república nació con plena legitimidad, ya que fueron los monárquicos quienes dieron un golpe de estado contra la monarquía, despreciando y engañando a sus propios votantes y regalando el poder a los republicanos. Con ello retrataron su falta de fe en sí mismos, y realmente la monarquía quedó tan desprestigiada que si no fuera por Franco habría tenido muy pocas posibilidades de volver. Un caso único en el siglo XX, tanto el modo como se hundió como su reinstauración.
¿Cuál es la razón de aquella asombrosa quiebra moral? Principalmente la legitimidad. Los republicanos esgrimían la bandera de la democracia, que en el siglo XX se ha ido convirtiendo en la única legitimidad generalmente aceptada, mientras que los monárquicos y la derecha, aunque liberales, desconfiaban de ella, si bien la aceptaban (la Restauración fue uno de los primeros regímenes de Europa en adoptar el sufragio universal, y la CEDA aceptó igualmente la república, si bien a disgusto). Lo chusco, por así decir, del caso es que lo que llamaban democracia las izquierdas era algo directamente opuesto a lo que normalmente se entiende por tal. De modo extremadamente simple, la democracia consistiría en que mandaran ellos, pues para eso eran "el pueblo". Los monárquicos se sentían sin respaldo político-moral, sencillamente. En un libro próximo, para la Feria del Libro, La guerra civil y los problemas de la democracia en España, abordo estas cuestiones, que creo nadie ha abordado algo en serio todavía.
¿Cuál es la razón de aquella asombrosa quiebra moral? Principalmente la legitimidad. Los republicanos esgrimían la bandera de la democracia, que en el siglo XX se ha ido convirtiendo en la única legitimidad generalmente aceptada, mientras que los monárquicos y la derecha, aunque liberales, desconfiaban de ella, si bien la aceptaban (la Restauración fue uno de los primeros regímenes de Europa en adoptar el sufragio universal, y la CEDA aceptó igualmente la república, si bien a disgusto). Lo chusco, por así decir, del caso es que lo que llamaban democracia las izquierdas era algo directamente opuesto a lo que normalmente se entiende por tal. De modo extremadamente simple, la democracia consistiría en que mandaran ellos, pues para eso eran "el pueblo". Los monárquicos se sentían sin respaldo político-moral, sencillamente. En un libro próximo, para la Feria del Libro, La guerra civil y los problemas de la democracia en España, abordo estas cuestiones, que creo nadie ha abordado algo en serio todavía.
viernes, 1 de abril de 2016
Qué terminó y qué empezó el 1 de abril de 1939. Pío Moa.
Aquel día perdieron la guerra un conglomerado de separatistas, stalinistas, anarquistas, marxistas y jacobinos. Y la perdieron en la forma ¡tan reveladora! de furiosos choques armados entre ellos mismos. Lo que deja a cualquiera estupefacto es que aquella alianza de golpistas, totalitarios y racistas (pues los separatismos vasco y catalán se basaban en un racismo no por estrafalario menos dañino) haya querido pasar por democrático y engañado a tanta gente. Este absurdo distorsiona de principio la mayoría de los análisis de aquella contienda y de sus consecuencias, y distorsiona también la política actual.
Claro que los vencedores tampoco eran demócratas. Pero es que la democracia no jugó ningún papel en aquella guerra. Lo que tenía de democrática la caótica república fue herido por la insurrección izquierdista de octubre del 34, y rematado por las fraudulentas elecciones de febrero del 36 y el violento proceso revolucionario que siguió. Por esta razón, los nacionales que se alzaron contra dicho proceso no creían en una democracia liberal que había desembocado en el desastre y que estaba en crisis en toda Europa. Las razones de la guerra no fueron una democracia ya destrozada por izquierdas y separatistas, sino los valores más fundamentales de la supervivencia de la nación española y de la cultura cristiana, raíz también de la cultura europea.
Lo que terminó aquel día tan señalado fue un largo proceso de desintegración social y nacional comenzado con la crisis subsiguiente al “Desastre” del 98,marcada por un desatado terrorismo anarquista, agitaciones y huelgas revolucionarias y provocaciones secesionistas que derrumbaron el régimen liberal de la Restauración. La breve dictadura de Primo de Rivera contuvo tales derivas, pero a continuación la II República elevó a un nivel más alto el frenesí político. El mismo Azaña caracterizó a sus partidos como “incompetentes, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”; otros eran simplemente totalitarios, hasta empujar a la mitad de la sociedad a someterse a un despotismo nunca visto, o rebelarse. Hubo rebelión y finalmente victoria en una difícil lucha.
Y lo que empezó ese 1 de abril fue la paz más larga que haya vivido España en varios siglos, hasta hoy mismo, aunque perturbada por el terrorismo comunista del maquis y el separatista de la ETA y otros, añorantes del aquel Frente Popular felizmente vencido.
No fue una paz estéril, pues con el nuevo régimen España se remozó de arriba abajo, superando las taras de la miseria, el analfabetismo y graves desigualdades sociales y regionales, características de la época anterior. España pudo eludir la guerra mundial, deseada por los vencidos y que habría multiplicado las víctimas y los destrozos. El régimen llamado franquismo supo vencer al intento comunista de volver a la guerra civil mediante el maquis. Supo derrotar el criminal intento de hambrear masivamente a los españoles propiciado por Moscú, Londres, Washington y otros por medio del aislamiento internacional. En Años de hierro he tratado con una óptica más objetiva los difíciles años de la posguerra.
En fin, los vencedores del 1 de abril supieron reconstruir el país sin ayudas como las que beneficiaron a Inglaterra, Francia o Alemania, y luego alcanzar una de las cotas de desarrollo más altas del mundo, poniendo en pie una economía próspera y sana con muy poca deuda y desempleo. Supieron defender la soberanía nacional contra viento y marea y dejar un país libre de los odios brutales de la república, políticamente moderado y más culto que nunca antes (o después, si vamos a eso). Supieron, en fin, crear condiciones para una democracia viable, no convulsa o caótica, y organizar el tránsito a ella sin graves traumas... Son verdaderas hazañas históricas que devolvieron a España la confianza en sí misma después de tantos años de autodenigración e ineptitud. No voy a extenderme, porque ya lo he hecho en el libroLos mitos del franquismo, que puede leer quien tenga interés.
Pues bien, hoy es el día en que unos políticos que se sienten herederos de los vencidos en la guerra o ajenos a los vencedores tratan de destruir todo lo construido mintiendo, calumniando y amenazando a la nación; partidos cuyas señas de identidad son la corrupción, la demagogia, la hispanofobia, el terrorismo o la colaboración con él, y una violencia mal contenida por ahora. Con la misma desenvoltura que los del Frente Popular se proclaman demócratas, cuando en realidad son más bien parásitos de una democracia que no les debe nada. Este uno de abril debe ser la ocasión para reflexionar sobre el mal camino y la degradación a la que llevan tales partidos y políticos a la democracia y a la nación.
Claro que los vencedores tampoco eran demócratas. Pero es que la democracia no jugó ningún papel en aquella guerra. Lo que tenía de democrática la caótica república fue herido por la insurrección izquierdista de octubre del 34, y rematado por las fraudulentas elecciones de febrero del 36 y el violento proceso revolucionario que siguió. Por esta razón, los nacionales que se alzaron contra dicho proceso no creían en una democracia liberal que había desembocado en el desastre y que estaba en crisis en toda Europa. Las razones de la guerra no fueron una democracia ya destrozada por izquierdas y separatistas, sino los valores más fundamentales de la supervivencia de la nación española y de la cultura cristiana, raíz también de la cultura europea.
Lo que terminó aquel día tan señalado fue un largo proceso de desintegración social y nacional comenzado con la crisis subsiguiente al “Desastre” del 98,marcada por un desatado terrorismo anarquista, agitaciones y huelgas revolucionarias y provocaciones secesionistas que derrumbaron el régimen liberal de la Restauración. La breve dictadura de Primo de Rivera contuvo tales derivas, pero a continuación la II República elevó a un nivel más alto el frenesí político. El mismo Azaña caracterizó a sus partidos como “incompetentes, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”; otros eran simplemente totalitarios, hasta empujar a la mitad de la sociedad a someterse a un despotismo nunca visto, o rebelarse. Hubo rebelión y finalmente victoria en una difícil lucha.
Y lo que empezó ese 1 de abril fue la paz más larga que haya vivido España en varios siglos, hasta hoy mismo, aunque perturbada por el terrorismo comunista del maquis y el separatista de la ETA y otros, añorantes del aquel Frente Popular felizmente vencido.
No fue una paz estéril, pues con el nuevo régimen España se remozó de arriba abajo, superando las taras de la miseria, el analfabetismo y graves desigualdades sociales y regionales, características de la época anterior. España pudo eludir la guerra mundial, deseada por los vencidos y que habría multiplicado las víctimas y los destrozos. El régimen llamado franquismo supo vencer al intento comunista de volver a la guerra civil mediante el maquis. Supo derrotar el criminal intento de hambrear masivamente a los españoles propiciado por Moscú, Londres, Washington y otros por medio del aislamiento internacional. En Años de hierro he tratado con una óptica más objetiva los difíciles años de la posguerra.
En fin, los vencedores del 1 de abril supieron reconstruir el país sin ayudas como las que beneficiaron a Inglaterra, Francia o Alemania, y luego alcanzar una de las cotas de desarrollo más altas del mundo, poniendo en pie una economía próspera y sana con muy poca deuda y desempleo. Supieron defender la soberanía nacional contra viento y marea y dejar un país libre de los odios brutales de la república, políticamente moderado y más culto que nunca antes (o después, si vamos a eso). Supieron, en fin, crear condiciones para una democracia viable, no convulsa o caótica, y organizar el tránsito a ella sin graves traumas... Son verdaderas hazañas históricas que devolvieron a España la confianza en sí misma después de tantos años de autodenigración e ineptitud. No voy a extenderme, porque ya lo he hecho en el libroLos mitos del franquismo, que puede leer quien tenga interés.
Pues bien, hoy es el día en que unos políticos que se sienten herederos de los vencidos en la guerra o ajenos a los vencedores tratan de destruir todo lo construido mintiendo, calumniando y amenazando a la nación; partidos cuyas señas de identidad son la corrupción, la demagogia, la hispanofobia, el terrorismo o la colaboración con él, y una violencia mal contenida por ahora. Con la misma desenvoltura que los del Frente Popular se proclaman demócratas, cuando en realidad son más bien parásitos de una democracia que no les debe nada. Este uno de abril debe ser la ocasión para reflexionar sobre el mal camino y la degradación a la que llevan tales partidos y políticos a la democracia y a la nación.
domingo, 31 de enero de 2016
viernes, 11 de septiembre de 2015
Holodomor y Gran hambruna. Pío Moa.
Holodomor se llama a las grandes hambrunas de Ucrania en los años 30, provocadas por la colectivización y la política staliniana de castigo al campesinado burgués o pequeño burgués. Se calcula que perecieron 4-5 millones de personas (algunas estimaciones duplican la cifra, y otros la reducen a la mitad. En todo caso fue una mortandad tremenda). Ucrania tendría por entonces unos 30 millones de habitantes pereciendo uno de cada siete u ocho habitantes. La Gran Hambruna irlandesa, 85 años antes del Holodomor, mató a en torno a 1- 1,5 millones de personas de una población estimada en 8 millones, es decir, una proporción semejante o superior a la de Ucrania (para hacernos una idea, la guerra civil española causó algo más de 260.000 víctimas mortales en una población de 24 millones, y el hambre de posguerra menos de 4.000, en total algo más de una víctima por cada 100 personas). Hubo además otros dos millones o más de irlandeses forzados a emigrar en condiciones a menudo atroces.
Las semejanzas entre Holodomor y Gran Hambruna van más allá de lo meramente cuantitativo: ambas provinieron de unas políticas que, sin tratar de provocar deliberadamente el hambre, llevaban a ella. En un caso fue la colectivización, en el otro la ocupación de las mejores tierras irlandesas por ingleses y otros protestantes, reduciendo a la gran masa de los irlandeses a la miseria y a una subsistencia paupérrima a base de patatas. La colectivización, una idea absurda, se hacía no obstante con la intención de mejorar la producción y las condiciones de vida del campesinado, aunque diera los resultados contrarios. La expropiación de las tierras de los irlandeses se hacía con la intención de mejorar las condiciones de vida… de los ocupantes.
En los dos casos había grandes depósitos de alimentos (cereales, carne, etc.), protegidos por guardias armadas para que las víctimas no tuvieran acceso a ellos: mientras el hambre cundía dramáticamente, Irlanda exportaba productos agrarios, con gran beneficio para los terratenientes foráneos. Los emigrantes, hacinados en pésimas condiciones en barcos insalubres, fueron otra fuente de beneficios para los navieros ingleses. En los dos casos, además, hubo una propaganda culpando a las víctimas de su propia situación, incluso opiniones lamentando que la cosa no fuera a más, para acabar de una vez con el “problema” irlandés o la resistencia de los campesinos “kulaks” en Ucrania.
Estos son los datos globales. ¿Podemos hablar de genocidio en los dos casos? Parece que sí. Falta, sin duda, la intención abierta de exterminio, con lo que aquellas terrible hambres pueden achacarse a circunstancias no deseadas. Pero en ninguno de los dos casos se intentó siquiera imponer medidas efectivas que paliaran la catástrofe, lo que viene a ser algo muy parecido, una especie de genocidio hipócrita. Los hechos han dado lugar, sobre todo en el caso de Irlanda, a abundante literatura exculpatoria, difuminando o haciendo borroso el balance global para centrar la atención en tales o cuales detalles contradictorios (como “había también algunos terratenientes católicos que explotaban a sus colonos”, o “ingleses que simpatizaban con los irlandeses”, o “medidas de beneficencia”, o “los astilleros de Belfast marchaban muy bien”), que de ningún modo alteran dicho balance, sino que constituyen más bien una muestra más de hipocresía.
Lo mismo ocurre cuando se denigran las luchas por la independencia de Irlanda. La isla fue conquistada a sangre y fuego, esclavizados muchos de sus habitantes y despojados la mayoría, lo cual no queda desmentido por el hecho de que hubiera ingleses compasivos, o que algunos se volvieron nacionalistas irlandeses; o irlandeses muy prestos a colaborar con los invasores o a disculparlos (como pasó en España cuando la invasión francesa, o en Francia con los nazis en la SGM). También está claro que Irlanda solo se sacudió el “suave yugo” inglés por medio de la lucha armada y no por una acción pacífica y constitucional que Londres sabía manejar muy bien a su favor, partiendo de su posición de fuerza (y cuando no consigue manejarla, simplemente impone la fuerza desnuda, según vemos en Gibraltar). . Y es evidente que si en el Ulster ha mejorado la situación de los católicos y se les ha concedido un poco de autonomía, se debe en medida importante a la lucha armada del IRA, aunque muchas de sus acciones sean repulsivas y condenables. Como otras de sus contrarios. El hecho es que la violenta ocupación de Irlanda y reducción de la mayoría de sus habitantes a la miseria, un resultado de lo cual fue la Gran Hambruna, ha motivado un lógico resentimiento histórico entre la mayoría de los irlandeses, que les llevó en su momento a liberarse de sus “protectores”.
piomoa.es
domingo, 21 de junio de 2015
El libro se divide en tres secciones. La primera dedicada a la II república, la segunda a la guerra civil y la tercera dedicada a la época posterior a 1945.
Pío lleva una lucha en solitario por la verdad histórica y Franco y el franquismo es tremendamente polémico, debido a la propaganda constante en contra. Con Pío Moa se está haciendo lo mismo que con Ricardo de la Cierva, se le está erradicando, o al menos, intentándolo.
A pesar de ello, no ceja en el empeño y sigue publicando libros, todos ellos muy interesantes. Este libro da un gran argumentario para poder luchar contra la estolidez reinante.
El libro es de fácil lectura y muy ágil, debido a que los capítulos son cortos, pero muy precisos. Aquellos que quieran saber que Franco salvó a la II República en 1934, como manejó la situación tremendamente sensible durante la II guerra mundial, así como saber en que situación se encontraba España en los años cuarenta y cincuenta, este es libro. La obra termina con una serie de anexos que van desde la situación de Franco con los judíos hasta la canción dedicada a Franco por Víctor Manuel.
Un gran libro, altamente recomendable, que además de leerse con gran rapidez, se puede utilizar de consulta.
Pío lleva una lucha en solitario por la verdad histórica y Franco y el franquismo es tremendamente polémico, debido a la propaganda constante en contra. Con Pío Moa se está haciendo lo mismo que con Ricardo de la Cierva, se le está erradicando, o al menos, intentándolo.
A pesar de ello, no ceja en el empeño y sigue publicando libros, todos ellos muy interesantes. Este libro da un gran argumentario para poder luchar contra la estolidez reinante.
El libro es de fácil lectura y muy ágil, debido a que los capítulos son cortos, pero muy precisos. Aquellos que quieran saber que Franco salvó a la II República en 1934, como manejó la situación tremendamente sensible durante la II guerra mundial, así como saber en que situación se encontraba España en los años cuarenta y cincuenta, este es libro. La obra termina con una serie de anexos que van desde la situación de Franco con los judíos hasta la canción dedicada a Franco por Víctor Manuel.
Un gran libro, altamente recomendable, que además de leerse con gran rapidez, se puede utilizar de consulta.
lunes, 18 de mayo de 2015
miércoles, 13 de mayo de 2015
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