Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo de la Cierva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo de la Cierva. Mostrar todas las entradas
martes, 28 de abril de 2020
ZP, Tres años de gobierno masónico , Ricardo de la Cierva.
sábado, 5 de diciembre de 2015
Ricardo de la Cierva, la soledad de la verdad. Pedro Fernádez Barbadillo.
"No hace mucho falleció Ricardo de la Cierva. Sirva el siguiente artículo de Pedro Fernández Barbadillo como recuerdo a tan insigne historiador al que generaciones de españoles debemos nuestra formación histórica, que sin él, hubiera sido dificilísmo de encontrar."
Desde hace más de 30 años, las universidades y los periódicos españoles están tomados por una tribu de apaches dedicada a arrancar la cabellera de todo aquel valiente que penetre en su territorio en busca de bisontes, de nuevas rutas o siquiera de agua.
Ricardo de la Cierva (1926-2015) fue uno de esos aventureros a los que los apaches-funcionarios persiguieron, porque se enfrentó a la toma de las cátedras de Historia por Manuel Tuñón de Lara y su escuela y porque disponía de datos (fue ministro de Cultura en 1980) sobre las oposiciones que esta tribu ganaba. El historiador, catedrático de Granada y de Alcalá de Henares, llegó a acusar a sectores de la izquierda y del Opus Dei de repartirse los puestos (España: la sociedad violada, pág. 101):
En estos últimos tiempos hemos asistido, desde los Departamentos de Historia, a un pacto inconcebible entre un grupo del Opus Dei y un grupo de la izquierda cultural para conseguir, mediante reparto, el mismo objetivo. Siento muchísimo tener que denunciarlo, pero no puedo silenciar lo que veo.
La fiereza de esos apaches se puede calcular leyendo las páginas que Ángel Viñas dedica al presunto enriquecimiento de Franco en la guerra civil en su último libro: Viñas dedica más insultos y reproches a Stanley G. Payne y Jesús Palacios por su biografía del caudillo que a éste, porque el libro no se somete a su canon ni acepta su descubrimiento (yadesmontado por el historiador Moisés Domínguez) de que Franco hizo matar al general Amado Balmes en vísperas del alzamiento.
Los apaches de El País no han podido contenerse y publican unobituario que quisiera ser un aventamiento de las cenizas del enemigo quemado. El autor del texto, que no se atreve a firmar, atribuye a Ricardo de la Cierva "ideología franquista". A la vez, oculta que en 1974 dimitió de su cargo en el Ministerio de Información cuando Arias Navarro destituyó a Pío Cabanillas y que fue una de las firmas principales de El País en sus primeros meses; sin duda esto último lo ha hecho el autor para evitar a los cada vez más escasos lectores el freído de sus sesos con la contradicción de que un franquista hubiese manchado las páginas del diario progresista. Y la verdad es que en El País había mucho, mucho franquista y falangista: Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, José Luis López Aranguren y el propio Juan Luis Cebrián. Los no franquistas, como Ricardo de la Cierva, Julián Marías y Federico Jiménez Losantos, acabaron expulsados.
En los años 70 y 80, De la Cierva estuvo atronadoramente solo en la universidad española. Y era el único académico que se atrevía a pronunciar una blasfemia como ésta: el socialismo español nunca fue democrático. Si hoy muchos conocemos esa verdad es porque él la difundió antes contra viento y marea. De la cobardía de la academia le compensó el cariño del público, que convertía sus libros en best-sellers y leía sus artículos en ABC y Época (también fue expulsado del Ya por una Conferencia Episcopal que en la década de los 80 estaba controlada por obispos progresistas).
¿Qué es lo que le llevó a esta posición tan poco prudente para los funcionarios que cuentan los sexenios como el avaro sus monedas? Muy probablemente el asco a esa "mentira antifranquista" descrita por Hermann Tertsch y el amor por la verdad que él había vivido y que conocía por los documentos.
De autor a editor
Ricardo de la Cierva disfrutó de una vida excitante para un profesor universitario español. Fue jesuita y se salió de la orden porque en 1964 se enamoró de Mercedes Lorente, a la que dedicó todos sus libros. Aconsejó a Adolfo Suárez, que le nombró ministro de Cultura (1980). Trató de organizar en AP un rearme cultural que diese la batalla al que él llamabaFrente Popular de la Cultura, pero Manuel Fraga fue el primero en rendirse. Fundó su propia editorial, Fénix, a causa de problemas con su editor habitual, Planeta, y también con Plaza y Janés (que él atribuyó a los masones en una entrevista en la revista Generación XXI):
Creé la editorial porque tanto Planeta como Plaza y Janés me pusieron trabas por escribir sobre la masonería. Varios amigos me dijeron: vas a vivir el fracaso del autor que se hace editor.
Durante los años siguiente escribió y publicó más libros sobre la leyenda rosa de Santiago Carrillo, las intimidades de los reyes borbónicos, las relaciones entre Franco y el Conde de Barcelona y, por supuesto, la masonería y su participación en la política española (decía que tan absurdo era atribuir todos los motines, magnicidios y guerras al poder masónico, como hacen los integristas, como escribir historia contemporánea de España sin citarla), así como su infiltración en la Iglesia católica. Incluso abrió una librería, Castellana 45, que cerró hace poco debido a la crisis del sector del libro.
Como investigador, uno de sus grandes libros, 1939. Agonía y victoria, sobre los tres últimos meses de la Guerra Civil, recibió el premio Espejo de España en 1989. El político socialista Enrique Múgica y el historiador democristiano Javier Tusell abandonaron el jurado del premio y acusaronal libro de "neofascista"… únicamente por reproducir las Actas de la Junta de Defensa del coronel Casado y del socialista Besteiro. Una vez establecido el consenso académico, las partidas de apaches corren detrás de los que lo niegan dando gritos y agitando las lanzas.
Su gran servicio a la Iglesia católica fueron los libros en los que desenmascaró la Teología de la Liberación como un movimiento marxista que buscaba destruir la fe de Cristo, cuando se difundía en la televisón pública y en muchos colegios y púlpitos religiosos. Los dos más resonantes fueron Jesuitas, Iglesia y marxismo: la teología de la liberación desenmascarada (1986) y Oscura rebelión en la iglesia: jesuitas, teología de la liberación, carmelitas, marianistas y socialistas (1987). Estoy seguro de que Dios se lo habrá recompensado.
(¡Y yo que creo que en el fondo los apaches de la universidad odiaban a Ricardo de la Cierva por envidia, porque, sin entrevistas en la RTVE de José Calviño y Rosa María Mateo ni reseñas en El País, vendía miles de ejemplares de sus títulos, mientras que los primeros sólo colocaban un puñado en las bibliotecas públicas…!)
Desde hace más de 30 años, las universidades y los periódicos españoles están tomados por una tribu de apaches dedicada a arrancar la cabellera de todo aquel valiente que penetre en su territorio en busca de bisontes, de nuevas rutas o siquiera de agua.
Ricardo de la Cierva (1926-2015) fue uno de esos aventureros a los que los apaches-funcionarios persiguieron, porque se enfrentó a la toma de las cátedras de Historia por Manuel Tuñón de Lara y su escuela y porque disponía de datos (fue ministro de Cultura en 1980) sobre las oposiciones que esta tribu ganaba. El historiador, catedrático de Granada y de Alcalá de Henares, llegó a acusar a sectores de la izquierda y del Opus Dei de repartirse los puestos (España: la sociedad violada, pág. 101):
En estos últimos tiempos hemos asistido, desde los Departamentos de Historia, a un pacto inconcebible entre un grupo del Opus Dei y un grupo de la izquierda cultural para conseguir, mediante reparto, el mismo objetivo. Siento muchísimo tener que denunciarlo, pero no puedo silenciar lo que veo.
La fiereza de esos apaches se puede calcular leyendo las páginas que Ángel Viñas dedica al presunto enriquecimiento de Franco en la guerra civil en su último libro: Viñas dedica más insultos y reproches a Stanley G. Payne y Jesús Palacios por su biografía del caudillo que a éste, porque el libro no se somete a su canon ni acepta su descubrimiento (yadesmontado por el historiador Moisés Domínguez) de que Franco hizo matar al general Amado Balmes en vísperas del alzamiento.
Los apaches de El País no han podido contenerse y publican unobituario que quisiera ser un aventamiento de las cenizas del enemigo quemado. El autor del texto, que no se atreve a firmar, atribuye a Ricardo de la Cierva "ideología franquista". A la vez, oculta que en 1974 dimitió de su cargo en el Ministerio de Información cuando Arias Navarro destituyó a Pío Cabanillas y que fue una de las firmas principales de El País en sus primeros meses; sin duda esto último lo ha hecho el autor para evitar a los cada vez más escasos lectores el freído de sus sesos con la contradicción de que un franquista hubiese manchado las páginas del diario progresista. Y la verdad es que en El País había mucho, mucho franquista y falangista: Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, José Luis López Aranguren y el propio Juan Luis Cebrián. Los no franquistas, como Ricardo de la Cierva, Julián Marías y Federico Jiménez Losantos, acabaron expulsados.
En los años 70 y 80, De la Cierva estuvo atronadoramente solo en la universidad española. Y era el único académico que se atrevía a pronunciar una blasfemia como ésta: el socialismo español nunca fue democrático. Si hoy muchos conocemos esa verdad es porque él la difundió antes contra viento y marea. De la cobardía de la academia le compensó el cariño del público, que convertía sus libros en best-sellers y leía sus artículos en ABC y Época (también fue expulsado del Ya por una Conferencia Episcopal que en la década de los 80 estaba controlada por obispos progresistas).
¿Qué es lo que le llevó a esta posición tan poco prudente para los funcionarios que cuentan los sexenios como el avaro sus monedas? Muy probablemente el asco a esa "mentira antifranquista" descrita por Hermann Tertsch y el amor por la verdad que él había vivido y que conocía por los documentos.
De autor a editor
Ricardo de la Cierva disfrutó de una vida excitante para un profesor universitario español. Fue jesuita y se salió de la orden porque en 1964 se enamoró de Mercedes Lorente, a la que dedicó todos sus libros. Aconsejó a Adolfo Suárez, que le nombró ministro de Cultura (1980). Trató de organizar en AP un rearme cultural que diese la batalla al que él llamabaFrente Popular de la Cultura, pero Manuel Fraga fue el primero en rendirse. Fundó su propia editorial, Fénix, a causa de problemas con su editor habitual, Planeta, y también con Plaza y Janés (que él atribuyó a los masones en una entrevista en la revista Generación XXI):
Creé la editorial porque tanto Planeta como Plaza y Janés me pusieron trabas por escribir sobre la masonería. Varios amigos me dijeron: vas a vivir el fracaso del autor que se hace editor.
Durante los años siguiente escribió y publicó más libros sobre la leyenda rosa de Santiago Carrillo, las intimidades de los reyes borbónicos, las relaciones entre Franco y el Conde de Barcelona y, por supuesto, la masonería y su participación en la política española (decía que tan absurdo era atribuir todos los motines, magnicidios y guerras al poder masónico, como hacen los integristas, como escribir historia contemporánea de España sin citarla), así como su infiltración en la Iglesia católica. Incluso abrió una librería, Castellana 45, que cerró hace poco debido a la crisis del sector del libro.
Como investigador, uno de sus grandes libros, 1939. Agonía y victoria, sobre los tres últimos meses de la Guerra Civil, recibió el premio Espejo de España en 1989. El político socialista Enrique Múgica y el historiador democristiano Javier Tusell abandonaron el jurado del premio y acusaronal libro de "neofascista"… únicamente por reproducir las Actas de la Junta de Defensa del coronel Casado y del socialista Besteiro. Una vez establecido el consenso académico, las partidas de apaches corren detrás de los que lo niegan dando gritos y agitando las lanzas.
Su gran servicio a la Iglesia católica fueron los libros en los que desenmascaró la Teología de la Liberación como un movimiento marxista que buscaba destruir la fe de Cristo, cuando se difundía en la televisón pública y en muchos colegios y púlpitos religiosos. Los dos más resonantes fueron Jesuitas, Iglesia y marxismo: la teología de la liberación desenmascarada (1986) y Oscura rebelión en la iglesia: jesuitas, teología de la liberación, carmelitas, marianistas y socialistas (1987). Estoy seguro de que Dios se lo habrá recompensado.
(¡Y yo que creo que en el fondo los apaches de la universidad odiaban a Ricardo de la Cierva por envidia, porque, sin entrevistas en la RTVE de José Calviño y Rosa María Mateo ni reseñas en El País, vendía miles de ejemplares de sus títulos, mientras que los primeros sólo colocaban un puñado en las bibliotecas públicas…!)
lunes, 11 de noviembre de 2013
Ricardo de la Cierva, el erradicado. Pío Moa
Durante un debate televisivo, una catedrática de Historia contemporánea se jactaba de que Ricardo de la Cierva había sido “erradicado” de la actual historiografía profesional. “¡E-rra-di-ca-do!”, repitió con énfasis y mal disimulado cabreo, para aplastar a un colega que había tenido la malhadada idea de citar al historiador, convertido en tabú en la Universidad y en la mayoría de los libros de Historia: o se le silencia o se le despacha con alguna frasecilla displicente. Así entienden el debate intelectual esos pésimos historiógrafos, inquisidores vanidosos que se ensalzan a sí mismos como “serios” y “científicos”.
Contra Ricardo de la Cierva todo ha valido, desde las descalificaciones insultantes en la prensa al cúmulo de rumores personales y profesionales, calumniosos como suelen serlo, y en todo caso ajenos a cualquier pretensión de prueba, tan frecuentes en círculos universitarios y académicos, muy dados, por lo común, al chismorreo insidioso y muy poco al intercambio y discusión de ideas que debieran serles propios. El bajo nivel científico de nuestra universidad se manifiesta en sus trabajos, pero también en esa actitud esterilizante y cerrada al debate –aunque a veces, cuando se abre un poco, casi resulta peor–, mezcla de beatería de secta, de ansiedad de cada cual ante la posibilidad de ser “pirateado” (pues la tendencia a parasitar ideas ajenas está muy difundida), y de miedo a quedar en evidencia fuera de los clanes aquiescentes.
Quien, rompiendo el tabú –algo difícil, sobre todo para un estudiante–, compare los libros de Ricardo de la Cierva sobre la Guerra civil y otros hechos de nuestra Historia, con los de esas erradicadoras lumbreras, nota enseguida la superioridad del erradicado. El cual no les supera por sus tesis sino, ante todo, por el cúmulo de datos y documentación decisiva en que las apoya, y que sus enemigos (pues lo son, y no simplemente adversarios intelectuales) pasan sistemáticamente por alto o les dedican referencias vagas, y lo hacen precisamente por su valor demostrativo, demoledor de las tesis hoy en boga. Vale la pena observar de pasada cómo el descaro y falta de respeto a la verdad por parte de esos individuos acaba de manifestarse de nuevo en sus escasas y ridículas reseñas del libro de documentos soviéticos España traicionada.
Pero, se objetará, si es así, ¿cómo puede haber sido Ricardo de la Cierva tan eficazmente aislado en amplios ámbitos intelectuales y en casi todos los medios de masas? ¿Puede tener él razón contra casi todos los demás? De lo segundo, nada. Un número muy alto de profesores e historiadores comparte más o menos las tesis de De la Cierva, o reconoce, por la simple necesidad de estudiar la Historia, la veracidad de la mayor parte de ellas. Pero poquísimos se atreven a decirlo en voz alta y clara, pues existe un auténtico miedo a pasar por “facha”, a compartir las descalificaciones y desprecios tributados a aquel. Es más, no faltan quienes, estando de acuerdo con él en lo principal, se unen al coro de los despreciadores o destacan los defectos del erradicado (¿quién no los tiene?), en lugar de señalar, como sería ahora necesario, sus indudables aciertos. Pero Ricardo de la Cierva no sólo supera como historiador a quienes le proscriben, sino que además ha sabido sostener sus ideas contra viento y marea, con datos y argumentos, devolviendo los golpes en una actitud valerosa por desgracia muy poco seguida: de ahí la eficacia de su aislamiento.
Decía Churchill algo así como que el valor es la principal de las virtudes, pues sin él las demás naufragan. Ciertamente podría entenderse el desfallecimiento de tantos intelectuales si corrieran peligro, no ya de ser fusilados o de ir a la cárcel, sino simplemente de sufrir serios daños materiales. Pero no. El peligro consiste simplemente que les tachen de esto o de lo otro, y ante tan nimia amenaza, su amor a la verdad y a la ciencia flaquean. Y así está el panorama intelectual.
Artículo del año 2003.
Contra Ricardo de la Cierva todo ha valido, desde las descalificaciones insultantes en la prensa al cúmulo de rumores personales y profesionales, calumniosos como suelen serlo, y en todo caso ajenos a cualquier pretensión de prueba, tan frecuentes en círculos universitarios y académicos, muy dados, por lo común, al chismorreo insidioso y muy poco al intercambio y discusión de ideas que debieran serles propios. El bajo nivel científico de nuestra universidad se manifiesta en sus trabajos, pero también en esa actitud esterilizante y cerrada al debate –aunque a veces, cuando se abre un poco, casi resulta peor–, mezcla de beatería de secta, de ansiedad de cada cual ante la posibilidad de ser “pirateado” (pues la tendencia a parasitar ideas ajenas está muy difundida), y de miedo a quedar en evidencia fuera de los clanes aquiescentes.
Quien, rompiendo el tabú –algo difícil, sobre todo para un estudiante–, compare los libros de Ricardo de la Cierva sobre la Guerra civil y otros hechos de nuestra Historia, con los de esas erradicadoras lumbreras, nota enseguida la superioridad del erradicado. El cual no les supera por sus tesis sino, ante todo, por el cúmulo de datos y documentación decisiva en que las apoya, y que sus enemigos (pues lo son, y no simplemente adversarios intelectuales) pasan sistemáticamente por alto o les dedican referencias vagas, y lo hacen precisamente por su valor demostrativo, demoledor de las tesis hoy en boga. Vale la pena observar de pasada cómo el descaro y falta de respeto a la verdad por parte de esos individuos acaba de manifestarse de nuevo en sus escasas y ridículas reseñas del libro de documentos soviéticos España traicionada.
Pero, se objetará, si es así, ¿cómo puede haber sido Ricardo de la Cierva tan eficazmente aislado en amplios ámbitos intelectuales y en casi todos los medios de masas? ¿Puede tener él razón contra casi todos los demás? De lo segundo, nada. Un número muy alto de profesores e historiadores comparte más o menos las tesis de De la Cierva, o reconoce, por la simple necesidad de estudiar la Historia, la veracidad de la mayor parte de ellas. Pero poquísimos se atreven a decirlo en voz alta y clara, pues existe un auténtico miedo a pasar por “facha”, a compartir las descalificaciones y desprecios tributados a aquel. Es más, no faltan quienes, estando de acuerdo con él en lo principal, se unen al coro de los despreciadores o destacan los defectos del erradicado (¿quién no los tiene?), en lugar de señalar, como sería ahora necesario, sus indudables aciertos. Pero Ricardo de la Cierva no sólo supera como historiador a quienes le proscriben, sino que además ha sabido sostener sus ideas contra viento y marea, con datos y argumentos, devolviendo los golpes en una actitud valerosa por desgracia muy poco seguida: de ahí la eficacia de su aislamiento.
Decía Churchill algo así como que el valor es la principal de las virtudes, pues sin él las demás naufragan. Ciertamente podría entenderse el desfallecimiento de tantos intelectuales si corrieran peligro, no ya de ser fusilados o de ir a la cárcel, sino simplemente de sufrir serios daños materiales. Pero no. El peligro consiste simplemente que les tachen de esto o de lo otro, y ante tan nimia amenaza, su amor a la verdad y a la ciencia flaquean. Y así está el panorama intelectual.
Artículo del año 2003.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Brigadas Internacionales. Ricardo de la Cierva
Ricardo de la Cierva es una de esas personas que todo el mundo conoce. Ha leído sus libros o al menos se ha oído hablar de él.
Desafortunadamente hay una especie de manto de silencio sobre su obra. Se le tacha de todo excepto de buen historiador.
Durante años he leído sus libros y poco a poco he ido apreciando sus tesis hasta coincidir en varias de ellas.
En este libro de las Brigadas Internacionales, Ricardo de la Cierva arrea una serie de guantazos intelectuales de gran categoría. El libro lo escribió como respuesta a la sesión parlamentaría del año 1996 donde se aprobó concederles la ciudadanía española debido a sus aportes a la democracia. Vemos que la mentira lleva entre nosotros bastante tiempo.
En este libro se argumenta contra la leyenda rosa de los brigadistas y los sitúa en su justo papel durante la guerra civil. Hay capítulos memorables como el dedicado al escritor británico Geroge Orwell, donde en su libro "Homenaje a Cataluña" describe la brutalidad y la absoluta falta de democracia, libertad y toda esta palabrería insípida.
Para poder juzgar hay que conocer y este libro es una buena manera de adquirir los conocimientos suficientes para poder discernir entre la verdad y la mentira.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
