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martes, 30 de junio de 2020

Celuloide casi virgen. Fernando Vizcaíno Casas.

Maravilloso libro de Vizcaíno Casas, como todos ellos. Es un libro de anécdotas del cine que pretende divertir, y lo hace. Uno se rie a carjadas sin poder contener la risa. No solo es un libro donde recoge diversas anécdotas del mundo del cine, sino que él, recoge algunas experiencias propias que amenizan la lectura al mismo tiempo que se aprende de un autor que por encima de todo, tenía un amor hondo por la vida, la diversión y la cultura. Nada mejor que evadirse de la vida diaria con todos sus problemas, que un libro de Vizcaíno Casas.

martes, 28 de abril de 2020

La pérdida de España. Alberto Bárcena.

Muy buena conferencia. Alberto Bárcena es un magnífico historiador. Es uno de los pocos historiadores en el panorama actual, que es consecuente con sus ideas.

ZP, Tres años de gobierno masónico , Ricardo de la Cierva.

Entrevista de César Vidal a Ricardo de la Cierva con motivo de la publicación del libro "ZP, tres años de gobierno masónico.

miércoles, 22 de abril de 2020

La Europa revolucionaria. Stanley Payne.

Leer un libro de -Stanley Payne constituye siempre una lección de humildad, si bien extraordinariamente provechosa. Solo un reducido número de estudiosos muestran un dominio semejante de la historiografía escrita en las principales lenguas europeas (y también en las de menor importancia). Su publicación más reciente, la última de varias docenas sobre la historia europea y española, es una incorporación más que bienvenida a la historia comparada de las guerras civiles y las revoluciones. La mayor parte de los especialistas en historia comparada se han centrado en estas últimas, mientras que Payne presta un auténtico servicio con su exploración de las primeras. Su síntesis supone una importante contribución gracias a su examen de los papeles seminales desem-peñados por las potencias secundarias a menudo ignoradas –Turquía, Finlandia, Letonia, Mongolia, Italia, Hungría, Grecia, Yugoslavia y, sobre todo, España– en la historia de las guerras civiles y de las revoluciones del siglo xx. Resulta apropiado que se concentre en la violencia durante el que es quizás el período más marcado por la muerte de la historia europea.
Con sofisticación analítica, el autor distingue tres tipos de guerras civiles: conflictos dinásticos medievales, luchas de liberación separatistas o nacionales y guerras civiles contemporáneas a gran escala. Estas últimas se convierten a menudo en confrontaciones de revolucionarios versus contrarrevolucionarios. Estas categorías –ligadas al profuso conocimiento bibliográfico de Payne– dan lugar a provocadoras reflexiones tanto para historiadores europeos como americanos: «El combate que libraron los confederados [en la guerra de secesión estadounidense] también podría considerarse la guerra de liberación nacional más prolongada con resultado fallido, del mismo modo que la guerra civil española de 1936 comportó la revolución más profunda de la historia con resultado también fallido» (p. 12).
Payne defiende que las revoluciones no se dan en las sociedades tradicionales, sino más bien en aquellas que han alcanzado un cierto grado de modernización. Siguiendo a Jonathan Israel, el autor afirma que la agitación intelectua1proporciona la base para la revolución política1. En este sentido, al igual que Alexis de Tocqueville, Payne resta énfasis a los factores materiales y estructurales en favor de una aproximación tanto psicológica como política a la causalidad.
El autor comienza el período de las revoluciones del siglo xx con acontecimientos que se produjeron en los imperios ruso y otomano. El inicio de la modernización y la derrota en la guerra contra los japoneses desencadenó la Revolución rusa de 1905. En el imperio otomano, el activismo nacionalista y una percepción del declive imperial dieron comienzo a un período de genocidios y limpiezas étnicas durante los cuales doscientos mil armenios fueron masacrados entre 1894 y 1909, «el primer gran estallido de violencia yihadista del siglo xx» (p. 23). El éxito de la revolución de los Jóvenes Turcos en 1908 dio lugar a «uno de los más siniestros» regímenes de todo el siglo xx (p. 23).
Sin embargo, la gran época de las guerras civiles entre revolucionarios y contrarrevolucionarios comenzó de resultas de la Primera Guerra Mundial en Rusia y Finlandia durante 1917-1918. Al contrario que en las guerras dinásticas más tradicionales, en estos conflictos ambas facciones se esforzaron enormemente por deshumanizar a sus enemigos. Así, fueron habituales atrocidades mutuas no solo contra los que se percibían como enemigos, sino también contra no combatientes, muchos de los cuales eran vistos como «una quinta columna», la expresión que el general Emilio Mola acuñó en 1936 y que, significativamente, pasó a ser de uso generalizado a partir de entonces. Dos «civilizaciones», cuyas concepciones de la sociedad y del Estado eran absolutamente antagónicas, se enfrentaron en sangrientas guerras regulares e irregulares. Estas contiendas polarizadas generaron a su vez exigencias, nacidas en la guerra civil estadounidense, de un «rendimiento incondicional». Estas guerras civiles dieron lugar a una propaganda masiva de cara a lo que Mao Zedong llamaba «la movilización del odio» y favorecieron la eliminación violenta de los enemigos ideológicos.
La Primera Guerra Mundial –cu-yas partes beligerantes, al igual que las de las modernas guerras civiles, exigieron una victoria total– desató una violencia que no se había conocido desde la Guerra de los Treinta Años: las limpiezas étnicas y los pogromos zaristas se ensañaron con cientos de miles de judíos y polacos. El imperio ruso acabó con las rebeliones musulmanas en el Asia central rusa a costa de decenas de miles de vidas, y los otomanos deportaron a casi la totalidad de la población armenia de la moderna Turquía, matando de uno a un millón y medio de armenios aproximadamente. Este tipo de brutalidades hizo que las atrocidades alemanas en Bélgica –don-de 6.427 personas (incluidos cuarenta y tres sacerdotes) fueron -ejecutadas– parecieran relativamente insignificantes.
La Primera Guerra Mundial no fue exactamente una «guerra civil europea», pero sí brindó numerosas oportunidades para extender la violencia internacional al interior de las sociedades. El objetivo del ministerio de Asuntos Exteriores alemán era socavar las bases de los países aliados y sus imperios, favoreciendo así las rebeliones musulmanas en los imperios británico, francés y ruso. La Alemania monárquica también ayudó a los comunistas rusos. En otras palabras, fue Berlín –no Moscú– quien contribuyó a implementar el primer proyecto de revolución global. Dio fruto en la más débil de las grandes potencias, el imperio ruso. En Finlandia, en noviembre de 1917, los socialistas –apoyados por los bolcheviques– declararon una huelga general concebida para copiar la reciente toma del poder por parte de Lenin. Al igual que en España en 1934, la insurrección encabezada por los socialistas fracasó, pero sirvió para acentuar la polarización de la política finlandesa. La guerra civil finlandesa estalló en enero de 1918 y se extendería durante tres meses, hasta abril. En muchos sentidos, el conflicto finlandés prefiguró el español: en esta confrontación entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, cada facción recibió una importante ayuda extranjera y los contrarrevolucionarios emplearon con éxito una represión mucho mayor que sus enemigos. El general Carl-Gustaf Mannerheim estuvo al frente de estos últimos, que aplastaron a los socialistas con ayuda alemana y eliminaron temporalmente la influencia bolchevique de Finlandia.
El resultado fue, por supuesto, diferente en la guerra civil rusa, que se convirtió en el modelo para los revolucionarios del siglo xx en toda Europa y en el resto del mundo. Del mismo modo que la revolución de 1905 surgió de la guerra ruso-japonesa, la revolución de 1917 fue una consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Los comunistas letones proporcionaron a los bolcheviques sus soldados más eficaces, que desmantelaron la Asamblea Constituyente elegida democráticamente en enero de 1918. Los bolcheviques y los alemanes se ayudaron mutuamente con la firma del tratado de Brest Litovsk en marzo de 1918, que permitía el control alemán sobre amplias zonas de lo que había sido el imperio ruso a cambio del reconocimiento diplomático de la dictadura comunista. Este tratado y su secuela –el acuerdo adicional de agosto de 1918– «iba mucho más lejos que el Pacto Nazi-Soviético de 1939, pero por el momento los bolcheviques se aferraron a él como si fuera un salvavidas. Si Alemania hubiera ganado la [primera] guerra […] se habría vuelto contra Lenin como Hitler se volvería posteriormente contra Stalin, y podría haber liquidado en cualquier momento y con facilidad a los bolcheviques. Paradójicamente, lo que salvó a estos fue el triunfo de los Aliados capitalistas democráticos. Lenin había hecho un pacto con el diablo y se salvó por los pelos. Veinte años después, Stalin no tendría tanta suerte al seguir la misma senda» (p. 80).
Casi inmediatamente después, los bolcheviques se vieron obligados a enfrentarse a los contrarrevolucionarios. Junto con los letones, los voluntarios extranjeros –exprisioneros de guerra abandonados en medio del imperio ruso– se convirtieron en las tropas comunistas de élite. Payne ve al Ejército Rojo, con sus voluntarios y comisarios internacionales, como el modelo del Ejército Popular durante la Guerra Civil española. Tanto los revolucionarios como los contrarrevolucionarios explotaron y saquearon despiadadamente a los campesinos (el ochenta y cinco por ciento de la población), cuyo principal deseo era que ambas facciones les dejaran en paz para poder cultivar las tierras que les había concedido la revolución. Los trabajadores urbanos (el diez por ciento de la población) estaban casi tan desconectados del conflicto como los campesinos. Los Rojos triunfaron en gran medida debido a su relativa disciplina militar y a su maquinaria de guerra centralizada. Los Blancos fracasaron debido a su corrupción masiva y al modo en que malgastaron la ayuda aliada. Su sistema de suministro simplemente amplió los pogromos de los judíos (de los que cien mil fueron asesinados) a gran parte del resto de la población civil bajo su control. En términos relativos, solo la guerra civil yugoslava (1940-1945) podría parangonarse a la rusa en términos de destrucción y pérdida de vidas. En términos absolutos, únicamente el conflicto civil chino superó al ruso en número de víctimas, pero la alta tasa de natalidad de las familias campesinas rusas compensó las pérdidas masivas de la guerra civil y posibilitó la consolidación del régimen durante los años veinte. El éxito del Ejército Rojo culminó en la conquista de Mongolia Exterior en 1921, que los soviéticos convertirían varios años después en la primera «república popular», un sistema político que extenderían enormemente tras la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, después de la Primera Guerra Mundial, la Unión Soviética se quedó aislada. La revolución alemana de 1918-1919 tomó un sesgo antibolchevique, que secundaron incluso Rosa Luxemburgo y Karl Leibknecht, «valerosos revolucionarios» (p. 129). Los Freikorps de extrema derecha utilizaron la amenaza revolucionaria para desencadenar en Alemania la violencia contrarrevolucionaria que habían aprendido durante su participación en la feroz represión anticomunista en el curso de las guerras civiles letona y lituana. Los oficiales y los soldados del ejército alemán se unieron de buen grado a los Freikorps para suprimir las revueltas y las huelgas de los trabajadores. Sin embargo, una vez que triunfó la contrarrevolución, las élites alemanas se mostraron encantadas de reanudar los lazos diplomáticos, militares y económicos con la Unión Soviética –que perdurarían hasta la invasión nazi de Rusia– con objeto de hacer frente a las restricciones británicas y francesas impuestas a Alemania.
La otra gran revolución fallida se produjo en Hungría, que sufrió mucho más que Alemania por causa del tratado de Versalles. Béla Kun encabezó el empeño de crear una sociedad comunista en Hungría. Aterrorizó caprichosamente a sus adversarios políticos y colectivizó imprudentemente pequeñas granjas, alienando con ello al grueso de la población. Además se mostró incapaz de defender al país contra el ejército rumano, apoyado por los aliados occidentales. En agosto de 1919, el almirante Miklós Horthy se hizo con el control y estableció un régimen autoritario que, al igual que en Finlandia, instituyó un terror mucho más brutal que su precedente comunista.
En el mismo período, el fascismo italiano nació de los enfrentamientos posteriores a la guerra entre los trabajadores y los dueños de la propiedad. Los fascistas se dedicaron a boicotear las huelgas e intentaron trascender sus acciones contrarrevolucionarias llamando a una «revolución antropológica» que habría de crear un «hombre nuevo». Más que los comunistas, los fascistas glorificaron la violencia y la experiencia de la guerra. Así, militarizaron su partido y aterrorizaron eficazmente a sus adversarios políticos. Sin embargo, el número de muertes causadas por la violencia política en Italia siguió siendo relativamente insignificante en comparación con las de la Unión Soviética o incluso considerablemente por debajo de las de España durante la Segunda República.
Payne resalta la propensión casi idéntica a la violencia –al menos antes de 1933– tanto de los comunistas como de los nazis en Alemania. Casi todos los partidos –de la derecha autoritaria a la extrema izquierda– compartieron el hecho de infravalorar a Hitler. La derecha nacionalista mantenía la ilusión de que podrían controlarlo, mientras que los comunistas creían que el fascismo alemán daría rápidamente paso a su gobierno, tal y como rezaba su eslogan: «“¡Después de Hitler nos toca a nosotros!”. Hasta cierto punto será así, pero solo a la larga, en absoluto como pronosticaban los teóricos comunistas y solo después de los inimaginables peligros y destrucciones de una guerra mundial» (p. 190). El éxito del nazismo en el país potencialmente más poderoso de Europa dio alas a los movimientos fascistas en todo el mundo, y especialmente en Hungría, Rumanía y Austria. Sin embargo, estos países, además de Yugoslavia, Portugal y Polonia, se mantuvieron como naciones autoritarias más que fascistas.
España vivió enfrentamientos violentos entre una amplia variedad de corrientes políticas, un motivo fundamental por el que la Guerra Civil ha fascinado a observadores de todo el mundo. Las víctimas españolas del terror derechista e izquierdista fueron proporcionalmente menos numerosas que los muertos en Finlandia, pero probablemente superiores a las rusas. «La más amplia» y «la más espontánea» (p. 252) revolución jamás vivida en país europeo alguno se produjo en la zona republicana. Al mismo tiempo, surgieron guerras civiles dentro de la Guerra Civil entre anarquistas, comunistas y socialistas. Por contraste, la España nacionalista fue capaz de evitar en gran medida las confrontaciones entre sus facciones. Y, lo que fue igual de importante, Franco demostró ser mucho más competente que los generales rusos blancos. Al contrario que ellos, centralizó de manera eficaz la autoridad, movilizó a su población y creó una sólida economía de guerra. Fue Franco –no Largo Caballero– quien se erigió en el Lenin español.
La Iglesia aportó el pegamento cultural «neotradicionalista» para los nacionalistas, ya que «la religión definió el conflicto español hasta extremos nunca vistos en ninguna otra guerra revolucionaria» (p. 271). La persecución de la Iglesia en la zona republicana fracasó y unió a los católicos y a los nacionalistas. El catolicismo internacional complementó el apoyo prestado por las potencias fascistas. Hitler se valió hábilmente del conflicto español para desviar la atención de su expansionismo en el centro y el este de Europa. Stalin tuvo menos éxito, ya que su ayuda económica y militar a una República «democrática» distanció paradójicamente a las potencias democráticas a las que estaba intentando atraer.
El final de la Segunda Guerra Mundial desencadenó una serie de guerras civiles. En Italia, entre 1943 y 1945, los enfrentamientos entre los antifascistas, las tropas alemanas y las fuerzas de Mussolini se cobraron doscientas mil vidas. La guerra en Italia fue, de forma simultánea, una guerra civil, una guerra revolucionaria y una guerra de liberación nacional. Los conflictos en Yugoslavia y Grecia fueron, asimismo, tridimensionales; sin embargo, en los Balcanes el peso de la guerra revolucionaria fue mayor que en Italia. Payne cuenta estos conflictos polifacéticos de un modo extraordinariamente claro y sucinto. Concluye que, tras la Segunda Guerra Mundial –con las importantes excepciones de la antigua Yugoslavia y la antigua Unión Soviética–, concluyó el período de guerras civiles europeas. Las rivalidades nacionales, las ideologías radicales, las manipulaciones extranjeras y los odios raciales que las fomentaron se han trasladado ahora a otras partes del planeta.
Aunque el libro es en muchos sentidos una obra maestra, tengo también algunas reservas. La revolución de despertar expectativas podría no explicar del todo el estallido de las revoluciones. Los factores políticos y psicológicos que subraya Payne como desencadenantes de las revoluciones resaltan de manera insuficiente sus causas estructurales y sociales. En otras palabras, los factores históricos que inhibieron el crecimiento de la burguesía e impidieron la finalización de una revolución de clase media deberían ser examinados más seriamente. Las revoluciones atlánticas de finales del siglo xviii se produjeron en naciones con una burguesía dinámica que estaba en la vanguardia del desarrollo de las fuerzas productivas; las guerras civiles revolucionarias de desgaste del siglo xx se desarrollaron, en cambio, en países con una burguesía débil cuyas revoluciones de clase media fueron, en el mejor de los casos, incompletas. Al igual que la guerra civil y la revolución rusas, la guerra civil y la revolución españolas pueden atribuirse tanto a fracasos de la élite como al «incremento de las expectativas» tras la Primera Guerra Mundial (p. 213). Al contrario, el carácter no revolucionario del Frente Popular francés y la estabilidad en Gran Bretaña en el período de entreguerras no se debieron únicamente a la política más moderada de la izquierda francesa y de los laboristas británicos, sino también a unas élites gobernantes más ilustradas y modernas en ambos países.
Payne se muestra por regla general mucho más crítico con la izquierda que con la derecha. Por ejemplo, piensa que quienes apoyaron a la República española se situaban en la tradición jacobina de negar a su conflicto el estatus de guerra civil, ya que los republicanos defendían que solo ellos representaban al «pueblo». Sin embargo, la derecha realizó exactamente la misma negación de la guerra civil al defender que únicamente ella encarnaba a España y que sus enemigos eran simplemente la «anti-España». Elementos de la extrema izquierda son correctamente criticados por su propaganda violenta y odiosa que clamaba por el «exterminio» de la burguesía. La utilización derechista de un vocabulario similar contra sus enemigos políticos, religiosos y de clase no recibe mención alguna. Los dos primeros años de la República son descritos como «jacobinos», pero resulta difícil imaginar a Manuel Azaña como el Robespierre español, ya que renunció pacíficamente a su cargo en 1933. Se desdeña la «fallida sublevación militar en septiembre de 1932» porque «apenas tuvo apoyos» (p. 217), pero parece que en ella se vieron implicados importantes oficiales e influyentes derechistas2. En general, las conspiraciones derechistas contra la República reciben una atención mucho menor que las izquierdistas. Las pruebas son insuficientes para concluir que «el programa republicano de izquierdas de 1931-1932» habría seguido el modelo mexicano que «intentaba someter todo el clero a su control, practicando después una política de asesinatos selectivos de líderes católicos seglares» (p. 215). La cifra de veinticinco millones de muertes directas o indirectas provocadas por las políticas soviéticas (p. 173) necesita de una elaboración y concreción mayores3.
No es del todo preciso afirmar que «las guerras [en Europa] del oeste [durante la Segunda Guerra mundial] se libraron, por lo menos en parte, de manera convencional en lo tocante al trato que se dispensaba a soldados y civiles» (p. 340). La severa represión política, las represalias desproporcionadas y los trabajos forzados (si es que no la esclavitud) sin precedentes impuestos a los países ocupados por Alemania difícilmente pueden tacharse de «convencionales»4. En todas las naciones europeas –occidentales u orientales– que ocuparon, los alemanes libraron de forma implacable su «guerra contra los judíos»5. La historia y el recuerdo de su deportación y asesinato masivos complican la construcción de identidades nacionales saludables en las actuales Alemania, Francia, Polonia y muchos otros países continentales6.
El lector español disfrutará especialmente de este rico volumen en el que las tensiones y la violencia vividas en España durante los años treinta sirven a menudo como una valiosa lente para comprender otros conflictos. Los lectores de todas las nacionalidades valorarán el tratamiento innovador de las guerras civiles en las potencias -europeas de primer y de segundo nivel durante la mitad más sangrienta del siglo xx.
revistadelibros.com

jueves, 29 de agosto de 2019

El azar y la Historia. Juan González Cremona.

Con elementos muy banales y cotidianos, lo que llamamos azar compone y descompone a su placer la Historia, cambiando su rumbo, haciendo que lo que parecía previsible tome caminos inesperados. La tormenta que desbarató la Armada Invencible que se disponía a invadir Inglaterra, el accidente que costó la vida en una justa a Enrique II de Francia, el apego de la reina española Isabel II a sus amantes, circunstancia que influyó tanto en que fuese destronada, un pastor que encuentra por pura casualidad los rollos del Mar Muerto.., Reyes que nacen o mueren cuando menos se esperaba, batallas que se pierden o se ganan por algún factor que nadie había previsto, la Historia a merced de lo que Einstein llamaba <<los dados de Dios>>. González Cremona, con una singular amenidad que convierte en los que el azar fue protagonista, alterando gravemente el curso de los acontecimentos. La Historia como un mundo de sorpresas que escapa a nuestros cálculos y que proporciona continuamente golpes de fecto, según misteriosas tiradas de dados.

sábado, 9 de febrero de 2019

La primera vuelta al mundo. José Luis Comellas.

Si hay un historiador que resalte por encima no solo de la media, sino de la mayoría es José Luis Comellas. Doctor en historia y autor de diversos títulos dedicados no solo a la historia, sino a temas tan varipintos como los cambios climáticos o historia de la música. Se puede decir que el profesor Comellas es un sabio. Además de su magisterio en historia es un perfecto conocedor de la Astronomía.

El libro que nos ocupa es sencillamente magistral. Solamente con citar los nombres de Magallanes, Elcano, Carlos V, Enrique el Navegante, Urdaneta, Legazpi, etc, deberia ser suficiente para animar a cualquier lector culto a embarcarse en esta maravillosa lectura.

Comellas es un autor ecuánime, cita todas las fuentes imprescindibles para dar al lector una comprensión general del tema que está tratando. No sólo se basa en las fuentes originales como la narración de Pifagatetta, sino que incluye las obras más modernas, desde la no siempre recomendable biografía de Magallanes escrita por Stefan Zweig, hasta estudios modernos como "The Spanish Lake" por el profesor australiano Oskar Spate. Además de esto, Comellas nos inunda con datos geográficos, así como climáticos, corrientes marinas, nos explica el fenómeno del niño, la simpleza de pensar que no se sabía la esfericidad de la tierra, etc... Simplemente maravilloso.


Aparte de los datos estrictamente cientifícos, Comellas nos ilustra con datos históricos que hacen la lectura muy amena. Desde la anécdota de Enrique el Navegante, que nunca se subió a una embarcación, porque se mareaba, hasta el dato de que el Mantón de Manila, tan madrileño, tan español, es de origen chino, no filipino, así como los farolillos que adornan nuestras ferias.

Es un libro altamente recomendable, como todos los suyos.

viernes, 21 de septiembre de 2018

La La Revolución Francesa. Pierre Gaxotte.

Contra la Revolución. José María Marco.

La obra de Gaxotte fue de las primeras visiones críticas con la Revolución, que la propia Tercera República había elevado a mito fundador de la Francia moderna. Tenía un lado puramente historiográfico y tenía también un lado polémico, respuesta a la actualización que de aquellos hechos había hecho el régimen republicano.
Pero la Tercera República se consolidó, precisamente, porque, a diferencia de lo que hicieron las lunáticas repúblicas españolas, nunca jugó la carta radical. Invocó la Revolución, eso sí, pero para mejor instaurar un régimen de conservadores, propietarios, comerciantes, industriales y agricultores, que se habrían puesto a buscar un caudillo, como pasó con Bonaparte, en cuanto se empezara a poner en práctica aquello que los dirigentes republicanos recordaban con tan exaltada prosopopeya.
El texto de Gaxotte fue acogido con polémica, como no podía ser menos, pero también resultó un gran éxito. En realidad, servía para comprender todo lo que la realidad francesa debía, en la práctica, al rechazo de aquel mito. Gaxotte se había encargado de ponerlo en su sitio, y aunque su análisis, considerado herético, nunca fue aceptado por la ortodoxia republicana, se incorporó pronto a las tradiciones históricas y al pensamiento político francés. De alguna manera, la Francia eterna volvía a aparecer en estas páginas, escritas con la voluntad de estilo de un historiador clásico con maneras de moralista.

Esto explica tal vez que Gaxotte, a diferencia de sus amigos de Action Française, no se dejara embaucar en nombre de la contrarrevolución por la supuesta eficacia purificadora de la invasión alemana. Gaxotte, que apoyó a Pétain, se negó a colaborar con los invasores, y terminada la guerra se alzó a los más altos puestos del periodismo y las letras francesas. Falleció en 1982.
Eso sí, nunca renegó de su actitud contrarrevolucionaria. La Revolución Francesa no era una reinterpretación de la Revolución como las que habían escrito Tocqueville o Taine. Tampoco un simple recordatorio de las atrocidades cometidas por aquel movimiento presuntamente liberador. Era, y sigue siendo, una enmienda a la totalidad, una reflexión sobre la naturaleza de una revolución que dio la pauta de todas las que iban a venir después.
Probablemente por eso, porque incorpora una visión alternativa, sigue leyéndose tan bien. Como sospechará el lector, hay datos e interpretaciones que desde 1928 han quedado superados. Otros, como el fenómeno del Gran Miedo, han adquirido una importancia nueva. Pero sigue siendo fascinante el relato de cómo la Revolución triunfó, por lo menos en buena parte, por la poca energía que se puso en pararla. El análisis de las consecuencias de la gran consigna política revolucionaria –Ningún enemigo a la izquierda– sigue resultando provechoso hoy en día, sobre todo en España. El análisis de la inflación como política financiera de la Revolución también se presta a lecturas no demasiado alejadas de nosotros. Y lo mismo ocurre con la narración de la evolución desde los cantos a la Razón y el cosmopolitismo hasta la exaltación de la guerra como instrumento revolucionario y la dictadura implacable de los puros, encabezados por Saint-Just y Robespierre.
Gaxotte se permite decir en unas palabras previas que la historia de la Revolución Francesa es una historia mediocre, por sus ideas y por sus hombres. Su libro lo desmiente. Gaxotte se muestra poco sensible al vértigo que siguen provocando los extremismos lógicos, la coherencia geométrica de la Revolución. En cambio, no lo es en cuanto a los protagonistas, de los que ofrece algunos retratos memorables, como el del "incorruptible" Robespierre, el de Marat, el de Danton, el de Saint-Just y el del abate Sieyès, el oráculo del Tercer Estado. Sieyès, escribe,
disfruta del prestigio de los que tienen la habilidad de hacerse desear. (…) Su reputación se acreció con todo lo que no hizo. Su silencio parece preñado de ideas, y cuando habla es un oráculo. Desde la muerte de Condorcet, la República no tenía ya filósofo; Sieyès ocupa la vacante. Es misterioso profundo, ininteligible. Todos los partidos se lo disputan y quieren apropiarse la Constitución que trae en la cabeza. Luego, afecta no congeniar con sus nuevos colegas, y cuando desciende a nombrarlos lo hace con un desdeñoso menosprecio.
Se puede decir más, pero no mejor.

martes, 27 de diciembre de 2016

Juana la Loca: la cautiva de Tordesillas. Manuel Fernández Alvárez.

El maestro de historiadores y uno de los mayores expertos en el siglo de oro escribió en este volumen una pequeña obra maestra, si la comparamos con sus magnas obras dedicadas a Carlos V y Felipe II.

Juana la Loca es un personaje patético de nuestra historia, poco conocido y cuando se la trae a colación es para desprestigio patrio. A pesar de su enfermedad mental, enfermedad que en nuestra época es mucho mejor tratada que en nuestro quinientos, fue hija de reina, reina y madre no sólo de rey sino de emperador.

Su viaje con el féreto de su difunto marido por los campos de España, sus noches al aire libre para no pernoctar en un convento de mujeres, nos da una imagen triste y desoladora de nuestra cautiva de Tordesillas.

Culta y guapa, sobria castellana, perdida por los celos, pero que aún con ello tuvo la dignidad de aguantar el empuje de los comuneros y no firmar nada en contra de su hijo, Carlos V.

Dignidad por encima de todo, a pesar de haber sido mal tratada por su padre, Fernando el Católico, los marqueses de Denia y que encontró en San Francisco de Borja un refugio espiritual en sus últimos años.

Gran trabajo de Manuel Fernández Alvárez cuando nos habla de las diversas visitas de Carlos V con su familia a Tordesillas, amor sincero a pesar de las terribles circunstancias.

Libro recomendabilísimo de nuestro maestro para ahondar un poco más si cabe, en la época de mayor esplendor que nuestra patria ha conocido.

martes, 13 de diciembre de 2016

La crisis del mundo moderno. René Guénon.

"¡Pero qué época más singular es ésta donde tantos hombres se dejan persuadir de que se hace la felicidad de un pueblo sometiéndole a servidumbre, arrebatándole lo que tiene de más precioso, es decir, su propia civilización, obligándole a adoptar costumbres e instituciones que están hechas para otra raza, y forzando a los trabajos más penosos para hacerle adquirir cosas que le son de la más perfecta inutilidad! Pues así es: el Occidente moderno no puede tolerar que haya hombres que prefieran trabajar menos y que se contenten con poco para vivir; como sólo cuenta la cantidad, y como lo que no cae bajo los sentidos se tiene por inexistente, se admite que aquel que no se agita y que no produce materialmente no puede ser más que un «perezoso»; sin hablar siquiera a este respecto de las apreciaciones manifestadas corrientemente sobre los pueblos orientales, no hay más que ver cómo se juzgan las órdenes contemplativas, y eso hasta en algunos medios supuestamente religiosos. En un mundo tal, ya no hay ningún lugar para la inteligencia ni para todo lo que es puramente interior, ya que éstas son cosas que no se ven ni se tocan, que no se cuentan ni se pesan; ya no hay lugar más que para la acción exterior bajo todas sus formas, comprendidas las más desprovistas de toda significación. Así pues, no hay que sorprenderse de que la manía anglosajona del «deporte» gane terreno cada día: el ideal de ese mundo es el «animal humano» que ha desarrollado al máximo su fuerza muscular; sus héroes son los atletas, aunque sean brutos; son esos los que suscitan el entusiasmo popular, es por sus hazañas por lo que la muchedumbre se apasiona; un mundo donde se ven tales cosas ha caído verdaderamente muy bajo y parece muy cerca de su fin".

"Así pues, no hay lugar a desesperar; y, aunque no hubiera ninguna esperanza de desembocar en un resultado sensible antes de que el mundo moderno zozobre en alguna catástrofe, eso no sería todavía una razón válida para no emprender una obra cuyo alcance real se extiende mucho más allá de la época actual. Aquellos que estarían tentados a ceder al desánimo deben pensar que nada de lo que se cumple en este orden puede perderse nunca, que el desorden, el error y la obscuridad no pueden arrebatarlo más que en apariencia y de una manera completamente momentánea, que todos los desequilibrios parciales y transitorios deben concurrir necesariamente al gran equilibrio total, y que nada podría prevalecer finalmente contra el poder de la verdad; su divisa debe ser la que habían adoptado antaño algunas organizaciones iniciáticas del Occidente: Vincit omnia Veritas".

sábado, 11 de junio de 2016

La cara oculta de los grandes de la Historia. Juan Manuel González Cremona.

Marx propugnó la abolición de la herencia y pasó la mitad de su vida esperando la muerte de su madre para heredarla; Hitler sólo quería ser pintor; Mussolini se desgañitó durante años invitando a la juventud a <<vivir peligrosamente>>, pero, cuando le llegó el momento de luchar, sólo atinó a huir disfrazado de cabo borracho. Nerón no incendió roma; Lucrecia Borja no envenenó a nadie; Picasso convivión amiglablemente con los nazis que ocupaban París; el prínicpe Carlos de Inglaterra expresa en la intimidad curiosos deseos... Más que un libro, este volumen es una caja de sorpresas. Nos muestra la cara oculta de protagonistas de la Historia; destruye mitos, pulveriza tópicos, y por encima de todo, nos permite realizar el más peligroso y excitante de los viajes: el que conduce a las profundidades del alma humana. Un libro para leer.

martes, 10 de mayo de 2016

Bibliografía Historia de España.

Esta es una pequeña bibliografía sobre la historia de España. En los tiempos que corren, la formación es fundamental para poder resistir la mentira profesional que nos rodea. La cantidad de engaños, la falta de mínimos conocimientos es tan apabullante que la única manera de poder luchar y aguantar en este mundo en ruinas es a través de lecturas, por ello está pequeña bibliografía.


  1. Los íberos. Juan Eslava Galán. 
  2. Tartesios, íberos y celtas. Manuel Bendala.
  3. La aventura de los romanos en Hispania. Juan Antonio Cebrián.
  4. Historia de la Hispania romana. José María Bláquez y Antonio Tovar.
  5. Historia del reino visigodo español. José Orlandis.
  6. De la Andalucía islámica a la de hoy. Claudio Sánchez Albornoz.
  7. Grandes reyes españoles de la edad media. José Antonio Vaca de Osma. 
  8. La gran aventura del reino de Asturias. José Javier Esparza.
  9. Moros y Cristianos. José Javier Esparza.
  10. ¡Santiago y cierra, España! José Javier Esparza.
  11. La España del siglo de oro. Ángel Gonzalez Palencia. 
  12. Juana la loca. Manuel Fernández Alvárez. 
  13. Los reyes católicos. José Antonio Vaca de Osma. 
  14. Carlos V, un hombre para Europa. Manuel Fernández Álvarez. 
  15. Los secretos de Carlos V. Ricardo de la Cierva. 
  16. Yo, Felipe II. Ricardo de la Cierva. 
  17. Hernán Cortés. José Antonio Vaca de Osma. 
  18. Don Juan de Austria. José Antonio Vaca de Osma. 
  19. Don Juan de Austria. Manuel Ferrandis. 
  20. Los vascos en la historia de España. José Antonio Vaca de Osma. 
  21. Los catalanes de la historia de España. José Antonio Vaca de Osma.
  22. Historia del Imperio español. C. Pérez Bustamante. 
  23. Los conquistadores españoles. F.A. Kirkpatrick.
  24. Carlos II el Hechizado y su época. José Calvo Poyato. 
  25. Juan José de Austria. José Calvo Poyato. 
  26. Felipe V, el primer Borbón. José Calvo Poyato.
  27. La guerra de Sucesión. Pedro Voltes.
  28. Felipe V. Pedro Voltes.
  29. La vida y época de Fernando VI. Pedro Voltes.
  30. Carlos III. José Antonio Vaca de Osma. 
  31. Carlos III y su tiempo. Pedro Voltes.
  32. Carlos III y la España de la Ilustración. Antonio Domínguez Ortíz. 
  33. Fernando VII vida y reinado. Pedro Voltes. 
  34. Julia Bonaparte. Juan Balansó. 
  35. La guerra de la independencia. José Antonio Vaca de Osma. 
  36. Historia básica de la España actual. Ricardo de la Cierva. 
  37. Historia de la Guerra Civil Española. Ricardo de la Cierva. 
  38. Los mitos de la Guerra Civil. 
  39. La transición de cristal. Pío Moa. 

domingo, 27 de marzo de 2016

Marx, ese desconocido. Julien D´Arleville (Mauricio Carlavilla).

Hay muchas biografías de Carlos Marx, el fundador del Comunismo. Pero problamente ninguna llega como ésta a desentrañar la verdadera personalidad de esta figura central de nuestra época. Porque si poco, en realidad, se conoce su doctrina, a pesar de su actual aceptación e influencia , incluso en la intelectualidad mundial, menos se sabe sobre su vida. El autor de esta biografía no deja de comentar en el capítulo <<Marx, ese desconocido filósofo>> lo esencial de la doctrina marxista, pero se ocupa especialmente de la persona de Marx: de su ascendencia rabínica, de su conducta como hijo, como padre... Muchos enigmas se aclaran y con ello adquiere todavía mayor dimensión el secreto de la influencia extraordinaria de la doctrina marxista, impuesta hoy, al cabo de un siglo de su publicación, en naciones que suman mil millones de habitantes, y que se proyecta, amenazante, con increíble poder de sugestión, sobre todos los rincones del planeta.

"Esta biografía esta escrita en 1972".

sábado, 12 de marzo de 2016

Batallas cruciales de la Segunda Guerra Mundial. Siegfried Westphal.

Batallas Cruciales de la Segunda Guerra Mundial es el estudio y la historia de seis batallas decisivas de una nación que llegó en pocos años a las más altas cumbres de las victorias militares oara caer luego en la mayor derrota de la historia, escrito por los generales que estuvieron directamente relacionados con el planteamiento de esas grandes operaciones.

La Batalla de Inglaterra por el General del Ejército del Aire Werner Kreipe, uno de los principales oficiales tácticos del Estado Mayor del Aire Alemán.

La Batalla de Moscú por el General Günther Blumentritt, Jefe de Estado Mayor del Mariscal de Campo von Rundstedt, Comandante en Jefe del Grupo Sur del Ejército alemán en Rusia.

La Batalla del Alamein por el Teniente General Fritz Bayerlein; una gráfica descripción del que participó en la misma como Jefe de Estado Mayor del Mariscal de Campo Rommel.

La Batalla de Normandía por el el Teniente General Bodo Zimmerman, que a la sazó era el principal oficial de las operaciones en el frente occidental.

La Batalla de Stalingrado por el Coronel General Kurt Zeitzler, Jefe del Estado Mayor alemán desde septiembre de 1942 a julio de 1944.

La Batalla de las Ardenas por el General von Manteuffel, Comandante del 5º Ejército Panzer.

El Teniente General Siegfried Westphal, Jefe de Estado Mayor del Comandante en Jefe del Frente occidental, ha escrito un comentario que relaciona las varias fases y define el panorama de cada batalla.


sábado, 5 de marzo de 2016

Historias de las reinas de España: la Casa de Borbón. Carlos Fisas.

María Gabriela de Saboya: amada por su loco esposo. Isabel de Farnesio: ambiciosa y de mal genio. Luisa Isabel de Orleans: alocada, maleducada y efímera reina. Bárbara de Braganza: obesa, fea y melancólica. María Amalia de Sajonia: la buena esposa de un buen rey. María Luisa de Parma: ¿amante de Godoy? Princesa María Antonia de Nápoles: odiada por su suegra, no llegó a reinar. Isabel de Braganza: fea, pobre y portuguesa, ¡chúpate esa! María Josefa Amalia de Sajonia: el Papa la tuvo que convencer de que hacer el amor con su marido no era pecado. María Cristina de Borbón; viuda de un rey y esposa de un guardia. Isabel II: buena, simpática, sensual, popular… y destronada. María Victoria del Pozzo de la Cisterna: democrática, buena y fugaz reina. Mercedes de Orleans: o ¿dónde vas Alfonso XII? María Cristina de Habsburgo Lorena: la discreta regente. Victoria Eugenia de Battenberg: la reina de la hemofilia. Sofía de Grecia: culta, simpática y popular.

Historias de las reina de España: la Casa de Austria. Carlos Fisas.

Una semblanza de las grandes desconocidas de nuestra historia, las mujeres que compartieron el trono de España.

Juana la Loca: la reina que enloqueció de celos. Isabel de Portugal: la mas bella de las reinas. María de Portugal: la princesa que no llegó a reinar. María Tudor: o cómo Inglaterra y España hubieran podido llegar a ser un solo Estado. Isabel de Valois: ¿estuvo el príncipe don Carlos enamorado de su madrastra? Ana de Austria: modesta y virtuosa. Margarita de Austria: o la casualidad como razón para un matrimonio. Isabel de Borbón: madre de un capador de gatos y supuesta musa del conde de Villamediana. Mariana de Austria: más matrimonios consanguíneos o la decadencia de una familia. María Luisa de Orleans: la fea esposa de un rey degenerado: Mariana de Neoburgo: la ambición. 

Más el protocolo de las comidas de palacio y numerosas curiosidades de la época.

Un samurái de Occidente.



ALAIN DE BENOIST


No podemos abordar Un samurái de Occidente como se abordan otros libros. Cuando se lee esta frase: «Sólo la muerte súbita carece de sentido. Buscada, tiene el sentido que se la da, incluso cuando carece de utilidad práctica», o también: «Es aquí y ahora donde se juega nuestro destino. Y este último segundo tiene tanta importancia como el resto de una vida. Es por ello que hace falta ser uno mismo hasta ese último instante, sobre todo en el último instante. Es decidiendo uno mismo, queriendo verdaderamente su destino, como se vence a la nada». Leyendo esto, es difícil que no te tiemblen las manos.

La nobleza del alma

Dominique Venner acabó de escribir este libro “el solsticio de invierno” de 2012. Sabía en aquel momento, y desde hacía tiempo, que se daría muerte. Se mató en París el 21 de mayo de 2013, sabemos dónde y de qué manera. Su último libro, aparecido algunas semanas más tarde es, así pues, un testamento. Esa muerte voluntaria, de la que François Bousquet pudo escribir, “largamente meditada, minuciosamente preparada y serenamente realizada”; “lleva en sí la nobleza espiritual que acompaña acompañó todas las etapas de su vida”, es la misma, evidentemente, que ilumina y da sentido a todo su libro.

Un libro que señala la aurora

Un samurái de Occidente es un libro simple, en el mejor sentido de ese término, un libro que muestra una “línea clara”, que podría también llamarse auroral, porque hace aparecer verdades. La verdad, a fin de cuentas, siempre es muy sencilla. Las complicaciones no comienzan sino cuando es necesario argumentar. Dominique Venner no era un intelectual, ni hablando correctamente, un teórico (a su vez por buenas y malas razones, no tenía una gran simpatía hacia los intelectuales). No por ello su ensayo deja de ir al fondo de las cosas – la misma cosa, es decir, a lo esencial. Comprendemos por qué, cuando leemos, en la pluma de este admirador incondicional de los poemas homéricos, acerca de “esos poemas sagrados que nos cuentan lo que éramos en nuestra aurora, parecidos a nadie más”, que “Homero muestra pero no explica, no conceptualiza”. Tal es la vía tomada por Venner. Para exponer y hacer comprender su concepto del mundo, lo muestra también él. Conduce la mirada, y a través de ésta al espíritu, hacia aquello que muestra la verdad de la historia, el hombre y el mundo.

La relación con la naturaleza y los modelos éticos
La obra, acabamos de decirlo, quiere ser la exposición de un concepto del mundo. Un concepto estructurado.

Venner dice que “el primer principio del estoicismo es la coherencia” (siendo el segundo “la indiferencia a las cosas indiferentes”). Su visión del mundo también es perfectamente coherente. Privilegia también dos ejes: la relación con la naturaleza y los modelos éticos que permiten al hombre dar lo mejor de sí mismo.

Lo esencial del libro, que recupera los temas de muchos textos publicados estos últimos años, reuniéndolos de tal manera que logran precisamente aparentar coherencia, está consagrado a esos dos temas.

Y ante todo a la belleza de la Naturaleza, esa Naturaleza de la que Heráclito decía que “le gusta esconderse”, que fue por largo tiempo desacralizada y constituye, sin embargo, siempre un recurso. «Rompiendo absolutamente con la sabiduría antigua, escribe Venner, la razón de los modernos, cristianos o ateos, ha buscado acabar con el encanto de la Naturaleza tanto como con la percepción de los límites necesarios y con el sentimiento trágico de la vida cultivado desde Homero». Explica cómo regresar al mismo de una manera que no deja de evocar el “recurso al bosque” de que hablaba Jünger en su Tratado del rebelde.

¿Compostura? «Significa ser uno mismo su propia norma por fidelidad a una norma superior. Mantenerse firme frente a la nada. Vigilar el no curarse nunca uno de su juventud. Preferir echarse el mundo a la espalda a tirarse al suelo». Venner revisa algunos de los “maestros de la compostura” que le son familiares: los héroes homéricos, a lo que consagra algunas de sus mejores páginas, los antiguos romanos, cuya vida se organiza en torno a la gravitas, la virtus y la dignitas, los estoicos que “hicieron del suicidio el acto filosófico por excelencia, un privilegio negado a los dioses”, finalmente, los samuráis.

La portada del libro reproduce el célebre grabado de Durero, El Caballero, la Muerte y el Diablo (1513). «El solitario caballero de Durero, la sonrisa irónica en los labios, continua cabalgando, indiferente y calmado. Al Diablo no le concede ni una mirada». Dominique Venner se sentía, evidentemente, hermano de aquel gran insumiso que ha cruzado el tiempo y aún nos habla. Sin embargo, él, que pensaba que las grandes civilizaciones constituyen “planetas diferentes”, no duda en presentarse también como un “samurái de Occidente”, un adepto a los principios del Bushido. Uno de los capítulos del libro propone por lo demás un “desvío por el Japón, ejemplo de alteridad total respecto a Europa”.

“Existir es combatir aquello que me niega”

«Existir es combatir aquello que me niega», dice también Dominique Venner. De la invasión programada de nuestras ciudades a la negación voluntaria de la memoria europea, a lo largo de las páginas, no cesa efectivamente de rebelarse contra aquello que le niega. Discute la “metafísica de lo ilimitado”, es decir, esa desmesura (hybris) con la que el hombre toma al abordaje al mundo, confundiendo lo “más” con lo “mejor”. «Si los europeos han podido aceptar durante largo tiempo lo impensable, es porque han sido destruidos internamente por una muy vieja cultura de la falta y la sumisión», escribe también, proponiendo oponer a esa cultura una ética del honor. «Deseo que en el futuro, en el campanario de mi pueblo, como en el de nuestras catedrales, continúe escuchándose el sonido tranquilizador de las campanas. Pero deseo aún más que cambien las invocaciones escuchadas debajo de sus bóvedas. Deseo que cese de implorarse el perdón y la piedad para llamar al vigor, la dignidad y la energía».

"La tradición es lo que no pasa y siempre regresa"
Dominique Venner reivindicaba la tradición, término al que daba un sentido que no es el más habitual. «La tradición es la fuente de las energías fundacionales. Es el origen y el origen precede al comienzo […] La tradición no es el pasado, sino por el contrario, aquello que no pasa y regresa siempre bajo formas diferentes». Es encarnando a la tradición como Antígona se alza frente a Creonte, en nombre de una legitimidad inmemorial opuesta a la legalidad del desorden establecido. «El insumiso está relacionado íntimamente con la legitimidad. Se define contra aquello que percibe como ilegítimo».

Tal es también la razón por la que Venner rechaza toda fatalidad histórica. Aquellos que lo han conocido saben hasta qué punto era ajeno a los pensamientos negativos, las críticas personales y los chismes. Era igualmente ajeno a los profetas de la desgracia que anuncian la ineludible decadencia. Si se dirige a una Europa “adormilada”, es con la certeza de que se despertará. Martin Heidegger ha escrito que el hombre es inagotable, en el sentido de que siempre guarda más de lo que muestra: “Siempre tiene la disposición de ser”. Venner dice simplemente: «La historia es el dominio de lo desconocido». Así, con su gesto romano, quiso dar un mensaje de protesta («Confieso mi asco ante la impostura satisfecha de los poderosos e impotentes señores de nuestra decadencia»), pero también de fundación, es decir a la vez de voluntad y esperanza –“esperanza argumentada y razonada”, como ha escrito Bruno de Cessole.

“La naturaleza como pedestal, la excelencia como objetivo, la belleza por horizonte”
Este “breviario” no es un catecismo ni un libro de fórmulas (incluso si el autor transmite algunos consejos “para existir y transmitir”). Es más bien una brújula. Y también una mano tendida para llevarnos hasta las cimas, allá donde el aíre es más vivo, donde las formas se hacen más claras, donde se abren los panoramas y aparecen las apuestas. Es una invitación a convertirse en lo que uno es. Es de nuevo desde la obra de Homero –que para los antiguos era “el comienzo, el medio y el final”–, desde donde Dominique Venner hace surgir esta tríada que resuena como una consigna: «La naturaleza como pedestal, la excelencia como objetivo, la belleza por horizonte».

Llegado a la historia a través de la observación crítica del presente, convertido en “historiador contemplativo” después de haber sido combatiente, ese hombre “que ofrecía una curiosa mezcla de acero templado y terciopelo, frialdad e incandescencia, rigidez y elegancia” (de nuevo François Bousquet) se ha convertido con su muerte en un personaje de la historia de Francia –un “hombre ilustre” en el sentido de Plutarco. El historiador es, a partir de ahora, parte de la historia.

¡LEED SU TESTAMENTO!