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jueves, 30 de abril de 2020

Franco, la Seguridad Social, el sistema sanitario, la red hospitalaria y el Estado del Bienestar. Por Francisco Torres.

La red sanitaria pública española, tensionada, pero capaz, a pesar de las enormes dificultades y falta de previsión con la que ha tenido que afrontar el mayor reto sanitario de los últimos cincuenta años, ha demostrado su valía al ser capaz de obtener la curación de decenas de miles de españoles.

En este marco, para los españoles, los centros hospitalarios han adquirido una notoriedad social importante revalorizándolos aún más. Ahora bien, tras la eliminación de las placas que recordaban sus instantes fundacionales y los cambios de nombre, la mayor parte de la población ignora que nuestra red sanitaria-hospitalaria actual, nuestra sanidad pública, es una obra realizada por el Estado de las Leyes Fundamentales, por el régimen de Francisco Franco. De hecho no pocos de los grandes hospitales españoles, por no decir la inmensa mayoría, llamados entonces ciudades o residencias sanitarias, algunos de los cuales están entre los mejores de Europa, fueron inaugurados por Francisco Franco.

Es usual oír, casualmente con cierta insistencia en estos momentos, un bulo –ahora que se han puesto tan de moda– recurrente: “Franco no creó la Seguridad Social”, lo que a los más mayores les causa una sonrisa mientras que es creído a pies juntillas por aquellos que tienen menos de 65 años. Hacen esas afirmaciones partiendo de una interpretación semántica pura, seguros de que nadie les va contradecir, sin mayor sustento. Su argumento se sostiene en el silencio y en el efecto de que la realidad es así porque ellos lo aseguran. Lo hacen armados con tablet y proyección en pantalla televisiva. Sin rubor alguno, recurriendo a un error conceptual creado a partir del valor semántico de las palabras y los verbos, afirman que la Seguridad Social fue “creada” en España durante la Regencia de María Cristina, se encuentra su origen en las políticas de Maura o Dato y si me apuran hasta en el reinado de Isabel II, aunque también podríamos referirnos a la asistencia sanitaria benéfica que recogía como obligación la Constitución de 1812 o a los Montepíos, Cofradías y Hermandades del siglo XVIII, por no remontarnos mucho más en la historia.

En este debate, quienes tienen algo de pundonor, que se presentan con el título de historiador o historiadora, pero no se atreven a contradecir en las pantallas este relato –la autocensura ante el temor de ser acusados de profranquistas –, esquivan el tema acomodando su relato a ese discurso refiriéndose, con mayor exactitud, a la aparición de las políticas sociales/seguros sociales durante la Restauración (Comisión de Reformas Sociales, 1883) y a los seguros de accidentes de trabajo posteriores. Esto, expuesto así, es rigurosamente cierto, pero no es menos cierto que nada de eso, ninguna de las medidas adoptadas y transformadas en realidades tangibles antes de la guerra civil, pueden igualarse a lo que el común de los españoles y la definición actual entienden por Seguridad Social (incluyendo la conjunción de la Seguridad Social y el Welfare State), y mucho menos asociarse a la creación de un sistema de sanidad pública en España con una red hospitalaria y de atención médica a su servicio tal y como hoy lo entendemos.

Confundir la Ley de Accidentes de Trabajo para la Industria (1900), que establecía unas indemnizaciones limitadas cubiertas por un seguro de carácter voluntario, que se ampliaría a los trabajadores del mar (1919) y del campo (1932), con lo que entendemos hoy como Seguridad Social es un exceso o un ejercicio de voluntarismo. Con la II República el seguro de accidentes para los obreros pasó a ser obligatorio, pero su aplicación real fue muy limitada. Independientemente de ello, para el lector actual, y esta es la omisión que usualmente se practica, hay que indicar que este tipo de seguros no cubrían la enfermedad sino solo las consecuencias del accidente.

La creación del Instituto Nacional de Previsión (1908) tuvo como primer objetivo el desarrollo de un sistema de pensiones de retiro. Los seguros sociales comienzan a ser una realidad a partir de 1919, pero hasta 1921 no se podrá hablar de la puesta en marcha de un seguro obligatorio de vejez para los obreros (retiro obrero). La segunda gran aportación sería el Seguro de Maternidad (1923), consistente en un subsidio para atender a los gastos del parto y asegurar el periodo de descanso maternal obligatorio (Primo de Rivera lo ampliaría en 1929 para asegurar a la madre la asistencia sanitaria). Este esquemático y débil sistema de protección social no se puede equiparar al concepto de Seguridad Social que podría vincularse a la Conferencia Internacional del Trabajo de Ginebra de 1927 y extendido definitivamente tras la II Guerra Mundial (por cierto, Franco en 1943 tuvo gran interés a la hora de conocer lo que estaba debatiendo en otros países y de ahí que siguió, tal y como revela la documentación de su archivo, el debate británico sobre la conocida propuesta de William Henry Beveridge de 1940-1944 que informaría las propuestas del partido laborista tras la guerra para reformar la Seguridad Social en el marco de la puesta en pie del nuevo Estado del Bienestar).

La Constitución de 1931 incorporará lo que se conoce como el constitucionalismo social que preveía desarrollar la legislación que condujera a establecer un seguro de enfermedad y un sistema de seguros (art. 14, 15, 43 y 46). Tanto Primo de Rivera como la II República se plantearán la necesidad de desarrollar un Plan Sanitario Nacional. Pero no pasaron del enunciado o la promesa. El gran debate era la creación de un seguro de enfermedad (Marcelino Pascua en el primer bienio republicano) que se abordó en 1935 y finalmente adquirió entidad con un proyecto de 1936 que no pasó del papel.

Todo lo anteriormente citado se pueden considerar antecedentes en el camino de la creación de la Seguridad Social y de la sanidad pública en España como elemento del Welfare State. ¿Cuál era la posición de Franco ante un tema que estaba en el debate público? Algunos historiadores suelen hurtar en su relato sobre los inicios de la guerra civil que Francisco Franco, desde su Manifiesto en las Palmas, hizo continua mención expresa al mantenimiento y consecución de todo aquello que fuera una mejora en materia social. No es inexacto afirmar que el Generalísimo compartía los contenidos del constitucionalismo social de la época, y por tanto del concepto de seguros sociales/seguridad social opuesto al de Beneficencia. En consonancia con el pensamiento de la época ese modelo debía de basarse en una combinación de seguros y subsidios/prestaciones (salario indirecto). Cabría afirmar que lo que va a hacer Franco es asumir todo ese discurso sobre seguros y sanidad que llevaba un recorrido de casi cien años, entender que el camino era el marcado tanto en la Dictadura de Primo de Rivera como en la II República y el objetivo llevarlo a la práctica, hacerlo posible, hacerlo real.

En este esquema el origen de nuestro actual sistema sanitario y por extensión de la Seguridad Social, del impulso creador del Welfare State, está en las líneas de actuación que establece el mandato constitucional del Fuero del Trabajo (1938). En esta línea, en sus discursos de 1937-1938, Franco, además de mantener, siguiendo su promesa, lo ya existente anuncia la puesta en marcha de medidas de protección social pero también, con especial insistencia, la creación de hospitales públicos para tratar la enfermedad más grave de su tiempo, la tuberculosis (unos 30.000 muertos al año), sacándola de la vinculación a la beneficencia (Alfonso XIII) y subiendo un peldaño sobre la actuación durante la República contra esta pandemia con una aportación propia (creación del nuevo Patronato Nacional Antituberculoso con su plan de construcciones). No sería excesivo situar en esta decisión el origen de la creación de una auténtica red sanitario-hospitalaria pública prácticamente inexistente en España más allá de los centros de la beneficencia y alguna que otra institución.

Recién acabada la guerra se produce la reforma del retiro obrero creándose el más amplio Seguro de Vejez (1-9-1939), mientras se desarrollaba toda una política de protección a la maternidad que reformaba el antiguo seguro. A partir de ahí se irán poniendo en marcha nuevos seguros como el de silicosis (1941), aunque comienza a plantearse la idea de la unificación de los seguros sociales (1939). Elemento capital del nuevo rumbo será, bajo la decisión del Ministro de Trabajo, José Antonio Girón de Velasco, la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad (14-12-1942) sobre el que venía debatiendo en España desde la creación del INP. Girón, como no podía ser de otro modo, partió del proyecto republicano de 1936, ampliando sus coberturas al garantizar “una asistencia médica completa, tanto en los servicios de medicina general como en los de especialidades”, y establecer el esquema de la organización médica necesaria. El SOE es el origen de lo que hoy se conoce como Seguridad Social y está dentro de las coordenadas de la “irrenunciabilidad del derecho” que estableció el régimen de Franco. Cambio definitivo, revolucionario, porque atiende la enfermedad del trabajador y su familia, considerada de un modo extenso no nuclear, cubriendo la atención médica, farmacéutica y, en su caso, hospitalaria (en 1948 quedaron establecidas las coberturas sanitarias que son básicamente las mismas que hoy). Conviene en este punto recordar que antes del SOE la atención médica pública era casi inexistente, quedaban los hospitales de la Beneficencia como recurso. La medicina interna y la quirúrgica eran en realidad privativas para las clases populares y trabajadoras, pues dependía de su capacidad de ahorro o de algunos tipos de seguros mutuos. Esta era la situación que venía a cortar de raíz el SOE atendiendo a la población desde abajo.

El SOE se ponía en marcha en un momento político económico muy difícil, todavía dentro de los años más duros de la posguerra, con un Estado marcado por la imposibilidad de asegurar los abastecimientos exteriores y de obtener los necesarios créditos en el exterior para la reconstrucción. Esto provocó un lento arranque, porque el SOE necesitaba una red de atención médica y hospitalaria en ese momento muy reducida, lo que implicaba fuertes inversiones en tiempo de crisis y penuria.

En 1944 se publica la Ley de Bases de la Sanidad Nacional que es el referente directo del actual sistema sanitario público. Un texto fundamental porque, en consonancia con lo explícito e implícito en el Fuero del Trabajo, establece que “incumbe al Estado el ejercicio público de la Sanidad”, por lo que va más allá de lo conceptualmente expuesto en la Constitución de 1931 (el estado prestará y asegurará). Una ley ambiciosa que presenta un concepto de sanidad muy amplio que nos lleva a la formulación del Estado del Bienestar.

La ley fija como objetivos prioritarios: la lucha contra la tuberculosis, el reumatismo y las cardiopatías, el paludismo (servicio de prevención contra el paludismo), el tracoma, las enfermedades de transmisión sexual, la lepra, la dermatosis, el cáncer (Sección de Oncología de la Dirección General); la sanidad maternal e infantil; la higiene mental. Incluye además como elementos a abordar para una visión integral de la sanidad: la higiene en el trabajo, la educación física y el deporte, la higiene alimentaria, el saneamiento de las aguas, la potabilización, la propaganda/educación sanitaria, los balnearios y aguas mineromedicinales y la vivienda. En la misma se va indicando la necesidad de crear los centros sanitarios necesarios para hacer real lo dispuesto en la ley. Estamos pues ante un concepto amplio de sanidad, atención sanitaria, salud pública, que supera a los planteamientos anteriores.

Lo destacable –reiterémoslo– es que la construcción del nuevo modelo se hace en un periodo lento de reconstrucción económica y social, estableciéndose su arranque real entre 1944 y 1948.Un tiempo tan difícil que era hasta casi imposible importar penicilina.

En 1944 el total de trabajadores asegurados al SOE era de 2.094.158. El SOE y la Ley de Bases obligaban al desarrollo de una red pública de establecimientos en sustitución del inicial sistema de pagar a los hospitales privados por la atención de sus asegurados. En 1944 se pone también en pie el necesario Plan General de Instalaciones de Asistencia Médica que es el origen de nuestra red pública de atención sanitaria. Curiosamente, pese a las dificultades del momento, además de otros referentes, se desplazó a EEUU a uno de sus responsables para evaluar su modelo de centros hospitalarios y sus posibilidades de traslación a España. Iba a crearse una red que quedaría conformada por grandes residencias/ciudades sanitarias, residencias/hospitales, clínicas, ambulatorios, centros comarcales y dispensarios/consultorios junto con los centros maternales y pediátricos y de higiene rural para descender hasta las casas de socorro; a los que más tarde se unirían las Ciudades Sociales de Ancianos.

Sería imposible abordar esta cuestión en el espacio de un breve artículo, pero si se repasa el listado, desde la primera residencia inaugurada en 1949 hasta las que estaban levantándose o en fase inicial cuando Franco falleció en una de esas residencias sanitarias en 1975, es fácil percibir que ahí están la inmensa mayoría de los grandes hospitales españoles, centros de investigación, algunos situados entre los mejores de Europa:

Residencia Sanitaria Enrique Sotomayor, actualmente Hospital de Cruces de Baracaldo (1955); el Hospital de Vall d’Hebrón (1955); Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla (1955); el actual Hospital Universitario Donostía, cuya base son la Residencia Sanitaria nuestra Señora de Aránzazu (1960), el Hospital Provincial (1960) y el Hospital del Tórax (1953); el Hospital Universitario La Paz de Madrid (1964); Hospital Puerta de Hierro de Madrid (1964); Hospital Universitario y Politécnico la Fe de Madrid (1968); Hospital General Universitario Gregorio Marañón (1968); Nuevo Hospital Clínico San Carlos de Madrid (1969); el Hospital de Hospitalet de Llobregat (1972); Ciudad Sanitaria Juan Canalejo, actualmente Hospital Universitario A Coruña (1972); Hospital 12 de Octubre de Madrid (1973); Ciudad Sanitaria Virgen de la Arrixaca, actualmente Hospital Universitario, en Murcia (1975); el Hospital Reina Sofía de Córdoba (inaugurado en 1976); el Hospital Ramón y Cajal proyectado e iniciado en el régimen de Franco; el Complejo Hospitalario de Salamanca que tiene su origen en la unión de centros levantados por el régimen de Franco.

Además cabría citar, en una lista naturalmente incompleta, a la mayor parte de los principales hospitales existentes en las provincias españolas pero también los levantados en Guinea o Marruecos: Clínica 18 de julio, actual Hospital Policlínico de Segovia (1946); Hospital Virgen del Toro, actualmente transformándose en un centro para enfermos crónicos en Mahón (1951); Residencia Sanitaria Virgen del Mar de Almería (1953); Residencia Sanitaria Obispo Polanco de Teruel (1953); Residencia Sanitaria Onésimo Redondo de Valladolid, actual Hospital Universitario Río Hortega (1953); Residencia Sanitaria de Guadalajara, base del actual Hospital Universitario (1954); Hospital Río Carrión de Palencia, base del futuro Hospital Universitario de Palencia (1954); Residencia Sanitaria Fernando Zamacoa de Cádiz derribada en 1975 para crear el nuevo centro sanitario inaugurado dos años después (1954); Residencia Sanitaria de Zaragoza, actual Hospital Universitario Miguel Servet (1955); Hospital de Bata en Río Muni; Hospital de Sidi Ifni; Hospital de Santa Isabel de Fernando Poo, Hospital San Carlos en la Guinea; Residencia Sanitaria Ramiro Ledesma Ramos de Zamora, actual Hospital Virgen de la Concha (1955); Residencia Sanitaria Álvarez de Castro de Gerona, actualmente Hospital Universitario Doctor Josep Trueta (1956); Residencia Sanitaria de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Badajoz (1956); Residencia Sanitaria General Moscardó, actualmente Hospital Universitario Arnau de Villanova de Lérida (1956); Hospital Universitario del Perpetuo Socorro de Albacete (1957); Residencia Sanitaria Capitán Cortés de Jaén, actual Hospital Médico-Quirúrgico (1957); Residencia Sanitaria de Alicante, actualmente Hospital General Universitario de Alicante (1956); Residencia Sanitaria Adolfo Gómez Ruiz de Orense; Residencia Sanitaria General Yagüe de Burgos (1960); Hospital General San Jorge de Huesca (1960); Hospital Provincial de San Sebastián (1960); Hospital General de Asturias y Residencia Sanitaria Nuestra Señora de Covadonga (1961); Hospital Virgen de la Luz de Cuenca (1964); Residencia Sanitaria Nuestra señora del Pino en Canarias (1964); Residencia Sanitaria Nuestra Señora de la Salud de Toledo, hoy elemento fundamental del Complejo Hospitalario de Toledo (1965); Residencia Sanitaria Nuestra Señora de la Candelaria, actualmente Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria en Santa Cruz de Tenerife (1966); Residencia Sanitaria Nuestra Señora de Alarcos en Ciudad Real (1966); Hospital General de Castellón (1967); Hospital General de Galicia en Santiago de Compostela; Residencia Sanitaria San Jorge, hoy Hospital General San Jorge de Huesca (1967); Hospital General y Clínico de Tenerife, actualmente Universitario de Canarias en La Laguna, Tenerife (1971); Hospital Virgen Blanca de León, actualmente integrado, con el Princesa Sofía inaugurado en 1974, en el Hospital de León dentro del Complejo Asistencial Universitario de León (1968); Ciudad Sanitaria Carlos Haya de Málaga, ampliada desde la Residencia Sanitaria Carlos Haya inaugurada en 1956, actualmente Hospital Universitario de Málaga (1972); Residencia Sanitaria Montecelo de Pontevedra (1973); Hospital Santa Bárbara de Puertollano (1973); Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa de Zaragoza (1974); Residencia Sanitaria Licinio de la Fuente hoy Hospital General de Segovia (1974); Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla (1974); Hospital de Nuestra Señora de Sonsoles de Ávila (1976). A partir de 1969 comienza la etapa de construcción de hospitales comarcales que se continuará y desarrollará tras la muerte de Franco.

Solo hemos citado lo que sería el armazón de la red sanitaria en sus centros de cabecera, por debajo de ellos queda la red de hospitales, ambulatorios y consultorios. A ello debemos añadir lo que es el desarrollo de los estudios de medicina y de formación continua del personal sanitario con la creación de los estudios de enfermería y para la formación de ATS junto con la configuración del sistema MIR vigente, quedando vinculada a esta red la formación del todo el personal sanitario.

Ahora bien, el resumen sintético de esta obra no podría considerarse completo si no mencionamos que al mismo tiempo se incidió en los programas de prevención que ya se iniciaron durante la guerra civil y la inmediata posguerra (señalemos las campañas de la Sección Femenina a favor de la maternidad, la infancia, la higiene…) junto con la aplicación del Reglamento de Seguridad e Higiene en el Trabajo. La mejora de la salud no era solo un problema de atención médica, sino también de cambios sustanciales con la mejora de las redes de alcantarillados, la expansión de la llegada del agua corriente a las casas, la legislación sobre vivienda, la desecación de zonas pantanosas y hasta la lucha contra el tracoma y otros problemas de higiene de la inmediata posguerra con medidas como el reparto gratuito de las célebres pastillas de jabón Lagarto acompañadas de una cartilla de utilización.

Según datos incompletos de 1974-1975 el total de la infraestructura sanitaria creada se desglosaba en: 15 Ciudades Sanitarias más 2 Centros especiales y el Centro Nacional de Rehabilitación de Parapléjicos; 65 Residencias Sanitarias; 7 Hospitales Clínicos; 242 ambulatorios, más otros 207 ambulatorios provisionales; 260 Consultorios y 6 Centros de diagnóstico y tratamiento junto con otras instalaciones de nivel local. Habría que añadir toda la infraestructura de centros de investigación y protección hasta descender a las Casas de Socorro. También habría que incluir en esta red pública sanitaria la sanidad militar con sus hospitales.

La transformación del modelo creado por el SOE en lo que hoy conocemos como la Seguridad Social se inicia con el Decreto de junio de 1957, que anunciaba la realización de un Plan Nacional de Seguridad Social reuniéndose una comisión a tal efecto (1958). Esta, partiendo de lo creado, asumiendo los defectos y los problemas de un sistema de seguros sociales edificado a golpe de decreto desde el Ministerio de Trabajo, planificara el futuro. El anteproyecto de Ley de Bases de la Seguridad Social estaba sobre la mesa de Franco en agosto de 1963, siendo enviado a las Cortes para su debate en octubre, quedando la ley aprobada en diciembre de 1963. No vamos a entrar en el análisis de una ley cuyo elemento más significativo para nuestro breve análisis es su consideración de punto de partida dentro del concepto dinámico legislativo habitual en el régimen de Franco. De hecho el modelo se sometería a una revisión del sistema que se estaba poniendo en marcha por parte de la OMS en 1967 mientras se continuaba con el desarrollo legislativo (Articulado de la Ley de Bases de la Seguridad Social -1966- y las subsiguientes regulaciones delos Regímenes Especiales). Concluiría el ciclo con la Ley 24/1972 y la refundición legal de 1974 (Decreto 2065/1974). Es necesario introducir estos breves referentes porque la Seguridad Social actual es el resultado de la continuidad y adaptación de la creada por el régimen de Franco al nuevo marco legal cuyos pasos fundamentales fueron el Real Decreto 36/1978 junto con las reformas de 1985, 1997 y 2006, así como la Ley General de Sanidad de 1986 del ministro socialista Julián García Vargas que es continuista con lo legislado por Franco. Aún hoy, transcurrido casi medio siglo, permanecen prácticamente casi inalterables no pocas normas (el Reglamento de Política Sanitaria Mortuoria solo ha sido modificado en 2014 para incluir lo referente al Ébola).

Queda como última revisión necesaria abordar el grado de vinculación entre el modelo de Seguridad Social y su red sanitaria edificada por el régimen de Franco con la instauración del Estado del Bienestar en España. Todo ello ante el manifiesto interés de retrasar la aparición de este último hasta el actual sistema democrático. Cuando la propaganda y la relectura interesada se revisan a la luz de la documentación creo honestamente que se clarifica la realidad.

Desde 1963 se hace evidente que el modelo de Seguridad Social que establece la ley aspira a la universalidad, a diferencia del modelo del SOE que estaba dirigido a la totalidad de los trabajadores por cuenta propia o ajena. En 1975 el total de la población se situaba en 35.5 millones de habitantes, de ellos 10.908.134 estaban asegurados y quedaban cubiertos 30.336.631 españoles, todos los trabajadores españoles (cubre a las clases medias y a las clases populares). Las prestaciones sanitarias contempladas eran básicamente las mismas que hoy. La transformación de la Seguridad Social en elemento clave del Estado del Bienestar se produce en los años sesenta. Si nos ceñimos, por ejemplo, a las propuestas para el III Plan de Desarrollo publicadas en 1971 podemos ver, con claridad, cómo se ha configurado ese Estado del Bienestar en este aspecto (correlativamente se ha establecido una educación obligatoria gratuita, se ha impulsado una red pública educativa y se establece como horizonte por la ley de 1970 la gratuidad del Bachillerato y la FP).

Con el III Plan de Desarrollo se define la Seguridad Social como “instrumento eficaz de una política de rentas progresivas”. ¿Qué elementos/objetivos conforman esta nueva Seguridad Social inmersas en el concepto de Estado del Bienestar?:
a) un sistema de pensiones de retiro que van a homogenizarse, “así como a su revalorización y actualización periódica, teniendo en cuenta los salarios percibidos por los trabajadores en activo y los superiores niveles de vida a que vaya accediendo la comunidad”;
b) el perfeccionamiento continuo de los servicios sanitarios;
c) aumento de las prestaciones de desempleo “con una especial atención para el caso de los trabajadores mayores de cuarenta años y minusválidos y para la situaciones del paro estacional”;
d) se “incrementarán y perfeccionarán los programas de prevención, seguridad, higiene y bienestar en el trabajo, recuperación profesional y empleo de minusválidos, acción formativa general y de adultos y demás servicios sociales”;
e) protección de los emigrantes (“que abarque la totalidad del proceso emigratorio y dispense la asistencia y los servicios adecuados en el orden laboral, económico, familiar, educativo, cultural, de la Seguridad Social y de la formación profesional. Así mismo se facilitará su reinserción laboral y social en España”,
f) asistencia social, fomentándose “la acción de las Corporaciones locales y entidades privadas, en orden a la creación y sostenimiento de instituciones para la infancia, juventud, ancianos y minusválidos”; promoción de “los servicios sociales voluntarios y la acción social profesionalizada”;
g) Plan Nacional de Promoción Profesional y Social de Adultos, con construcción de centros y atención a 800.000 trabajadores;
h) construcción de residencias, hogares, clubs de ancianos y centros geriátricos.

Mucho más se podría anotar, pero con lo dicho es suficiente para situar al lector ante la realidad frente al habitual oscurecimiento con que se aborda este tema.

elcorreodeespana.com

sábado, 26 de octubre de 2019

Entrevista a Salvador de Madariaga.


Las ‘Trece rosas’: una historia donde nada es rosa. José Javier Esparza.

La capacidad de la izquierda para construir leyendas es realmente admirable. El caso de las llamadas “trece rosas” es un perfecto ejemplo. Empezando por la circunstancia de que a esas mujeres fusiladas en 1939 se las considere socialistas cuando, en realidad, eran comunistas. Pero para entender adecuadamente el capítulo, en el que nada es rosa, conviene ponerlo en su contexto.

Cuando acabó la guerra civil, el Partido Socialista Obrero Español estaba literalmente triturado, dividido en al menos cuatro facciones. Hay que recordar que el último acto de la contienda es una batalla intestina en el bando del Frente Popular: a un lado, el Consejo de Defensa de Madrid, liderado por el socialista Besteiro con el coronel Casado y el anarquista Cipriano Mera; al otro, el gobierno del también socialista Negrín, entregado al Partido Comunista y cuyos principales líderes ya habían huido del país. Aquella batalla no fue cosa menor: hubo cerca de 2.000 muertos. Sobre esta ruptura se añadió inmediatamente otra en el exilio: los socialistas de Indalecio Prieto, por un lado, contra los de Negrín, que a estas alturas ya había sido expulsado del PSOE. Prieto y Negrín no peleaban por razones ideológicas, sino por controlar el tesoro expoliado y expatriado por los jerarcas republicanos para sufragar su exilio. El PSOE nunca se recuperará de estos desgarros, y por eso su trayectoria bajo el franquismo fue tan poco relevante. Pero aun antes había habido otra ruptura, esta de mayores consecuencias: la de las Juventudes Socialistas, que fueron el instrumento de Moscú para fagocitar al PSOE.


Traiciones en la izquierda

Recordemos sumariamente los hechos: desde abril de 1936, con el protagonismo de Santiago Carrilloy por instrucción directa de Moscú, las organizaciones juveniles del partido socialista y del partido comunista se fusionan en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Cuando estalla la guerra, los militantes de las JSU ingresan en masa en las llamadas Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, la organización paramilitar del Partido Comunista, a la que tan pronto veremos en el frente como en la represión ejecutada en la retaguardia. Finalmente, en noviembre de 1936 y bajo la dirección personal de Santiago Carrillo, las JSU rompen con el PSOE y se pasan al Partido Comunista. Las JSU, por tanto, eran una organización dependiente del PCE, enteramente subordinado a su vez a la Komintern y al Partido Comunista de la Unión Soviética, cuyo líder, por si alguien lo ha olvidado, era Stalin. Todas estas cosas son bien sabidas y los propios protagonistas las han contado reiteradas veces. Es asombroso que aún sea preciso recordarlas.

Cuando acabó la guerra civil, en abril de 1939, los principales cuadros del Partido Comunista ya estaban en el extranjero. Primero en Francia, pero París proscribió a los comunistas después del pacto de Stalin con Hitler (agosto de 1939), así que casi todos acabaron en Moscú. Cerca de un millar de personas se instalaron en la capital soviética. Meses antes, en junio, Santiago Carrillo había publicado su célebre carta contra su propio padre, el socialista Wenceslao, de la facción de Besteiro, acusándole de traición. Los socialistas –decía entre otras cosas Santiago Carrillo- habían dejado en la cárcel a millares de comunistas para que las tropas de Franco los encontraran allí al entrar en Madrid. Eso era verdad. La carta tenía por objeto exculpar al PCE –y sobre todo al propio Santiago- de responsabilidad en la derrota y romper cualquier lazo entre el PCE y el PSOE. Consiguió su objetivo, aunque a Carrillo le costaría recuperar su posición en la cúpula de un PCE cuyo buró político se reunía en Moscú en un ambiente de tempestad. No era para menos: José Díaz, el ya muy quebrantado secretario general, acusaba de traición a las JSU, es decir, a Carrillo.

El episodio de las “trece rosas” tiene que inscribirse en este contexto. En el verano de 1939, recién terminada la guerra, lo que ha quedado del PCE en España es menos que nada: los que no han huido, han sido ejecutados por los socialistas en el golpe de Besteiro y Casado –véase el caso de Barceló- o están presos y esperando juicio o paredón. El primer intento de reconstrucción del partido en torno a Matilde Landa es frustrado de inmediato por la Policía (Matilde fue condenada a muerte, pero una intervención del filósofo García Morente, ya sacerdote, la salvó del paredón). Acto seguido toma su testigo Cazorla, viejo camarada de Carrillo en los días de Paracuellos, pero con la misma rapidez es delatado desde el interior. Son episodios que he documentado abundantemente en “El libro negro de carrillo” (Libros Libres, Madrid, 2010). En Madrid permanecen, sin embargo, núcleos menores de las JSU, que sienten la necesidad de multiplicar las acciones para eludir esa acusación de traición que la cúpula del Partido formula contra ellos. Ahora bien, esos sectores que aún quedan en la capital son los más vinculados a la represión roja en retaguardia, dirigidos por líderes de tercer o cuarto nivel y prácticamente sin comunicación con la cúpula de la organización, que está en el extranjero. Son tales líderes los que, supuestamente, tramaron el asesinato de Isaac Gabaldón el 31 de julio de julio de 1939.

¿Quién mató a Gabaldón?

El comandante Isaac Gabaldón, guardia civil, estaba adscrito al Servicio de Información Militar de Gutiérrez Mellado y era encargado del Archivo de Logias, Masonería y Comunismo, es decir, un puesto clave de la represión de posguerra. Fue asesinado en la carretera de Talavera a Oropesa junto a su hija (Pilar, 16 años) y su chófer. Los asesinos: Damián García Mayoral, Sebastián Santamaría y Francisco Rivares, tres jóvenes de las JSU que se disfrazaron de militares, pararon el vehículo en la carretera, subieron a él y sin mediar palabra asesinaron a sus tres ocupantes y abandonaron los cuerpos en un cañaveral. Robaron 104 pesetas y dos jamones. Y también se quedaron con la libreta donde Gabaldón apuntaba a sus sospechosos.

El asesinato fue imputado a los comunistas, o sea, a las JSU. Hubo una redada que desmanteló los últimos restos del partido comunista. ¿Por qué sabía el nuevo régimen dónde estaban los comunistas, quiénes eran? Primero, porque el Gobierno del Frente Popular había dejado intactos los archivos de los militantes del PCE y las JSU en Madrid, de modo que, cuando acabó la guerra, los vencedores los encontraron sin el menor problema. Y después, porque el joven militante que había quedado al frente de las JSU en Madrid, José Pena Brea, 21 años, fue denunciado por otro compañero y detenido, y finalmente, bajo tortura, delató a sus camaradas. El mismo día del asesinato de Gabaldón, según refiere Piñar Pinedo citando una resolución judicial del 20 de octubre de 1939, apareció en la prisión de Porlier nada menos que Gutiérrez Mellado para excarcelar a uno de los detenidos, el militante comunista Sinesio “el Pionero”, que resultó ser un confidente del SIM. Sólo él se salvó. Y enseguida desapareció para siempre. Todo el episodio del asesinato de Gabaldón y la investigación posterior está lleno de misterios y contradicciones. No es, en todo caso, el objeto de este artículo.



El hecho es que así acabaron ante el tribunal, primero, y el paredón después, 56 personas, entre ellas los autores del asesinato, otras muchas detenidas con anterioridad, y también las jóvenes que luegola propaganda comunista bautizará como las “trece rosas”. ¿Quiénes eran? Trece muchachas detenidas porque figuraban en las listas de las JSU y del PCE. La mayoría de ellas eran, sí, militantes, cuatro habían pertenecido al comité comunista de Chamartín y verosímilmente habrían participado en la represión de retaguardia, pero había una que figuraba allí por la militancia de su novio y otra que acabó en la cárcel por la delación de un pretendiente despechado. Desastres de la guerra.

Los 56 detenidos fueron acusados de terrorismo, tanto por el asesinato de Gabaldón como por otras tentativas anteriores. Después, la mitología de la izquierda española ha convertido a las víctimas, y en particular a las “trece rosas”, en leyenda. La placa que conmemora su muerte dice que “dieron su vida por la libertad y la democracia”. No: dieron su vida –o, más bien, otros se la quitaron- por la dictadura del proletariado y por la revolución bolchevique, que era en lo que realmente creían. Y alguna de ellas acabó en el paredón, sin culpa alguna, por una de esas horribles casualidades que pueblan la crónica de las guerras civiles. Su historia no carece de valor, como la de todos los que mueren defendiendo sus ideas, pero invocar al efecto “la libertad y la democracia” es un disparate que sobrepasa los límites del ridículo. Salvo que aceptemos a Stalin como adalid de la libertad y la democracia.

La realidad de los hechos es esta: nada en este episodio es rosa, ni en un lado ni en el otro. La represión de posguerra es respuesta directa a la de la guerra, como ocurre en todas las guerras civiles que en el mundo han sido. Reconstruir el episodio como si fuera una película de buenos y malos es un infantil ejercicio de estupidez. Hoy debería ser posible hablar de estas cosas con cierta frialdad. Pero la izquierda española, para seguir manteniendo su hegemonía ideológica, necesita reescribir continuamente su historia y deformarla hasta el punto de convertirla en mitología, con la anuencia cómplice y cobarde de una derecha necia hasta el infinito.

rebelionenlagranja.com

sábado, 19 de octubre de 2019

Una hora con la historia. Quién fue Franco: el estadista y militar | Carta abierta a unos jueces infames.


Barcelona, la 'Rosa de Fuego'. Pedro Fernádez Barbadillo.

Gracias a una de las operaciones de relaciones públicas más exitosas de la historia nacional, los españoles del último tercio del siglo XX estaban convencidos de que los catalanes eran más trabajadores que los andaluces, más limpios que los murcianos, más cultos que los extremeños, más sanos que los aragoneses, más tolerantes que los castellanos, más altos que los gallegos, más viajados que los madrileños, más elegantes que los santanderinos, más antiguos que los asturianos y más pacíficos que los vascos. Esa propaganda pervive todavía en las nuevas generaciones de la extrema izquierda, que odia todo lo español.
Parte de esta operación consistió en ocultar los numerosos episodios de violencia que sacudieron Barcelona desde finales del siglo XIX hasta el establecimiento del franquismo.
Desde el derrocamiento de Isabel II (1868), la violencia política y social en España, con la excepción de la última carlistada (1872-1876), se radica en Madrid, por ser la sede del Gobierno, y, sobre todo, en Andalucía y el Mediterráneo. Por ello, se elaboraron teorías que hoy provocan risa, como las que vinculaban la tendencia del mediterráneo a la rebelión con una supuesta herencia racial fenicia o árabe, en vez de con el analfabetismo, el atraso agrícola y la falta de derechos laborales.

Las bombas del Liceo y del Corpus

Debido a su rápida industrialización, con la atracción de docenas de miles de emigrantes de Cataluña y del resto de España, y la avaricia de los industriales catalanes, la pacífica Barcelona del siglo XVIII, se convirtió pronto en el centro de la violencia política en España y hasta en Europa. Por ello, recibió el apodo de la Rosa de Foc.
En la ciudad catalana, los anarquistas cometieron numerosos atentados, no sólo individualizados contra las autoridades y los industriales, sino de masas: la bomba del Liceo en 1893 y la bomba de la procesión del Corpus en 1896. A la 'propaganda por el hecho', el Gobierno español respondió con la lógica represión. Los procesos de Montjuic, en que se dictaron y ejecutaron penas de muertes contra varios anarquistas entonces contaron con la aprobación de la sociedad catalana.
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Ilustración del atentado durante la procesión del Corpus en Barcelona en 1896
La conflictividad social fue aumentando, con abundantes huelgas generales, como la de 1902, con al menos una docena de muertos. La patronal catalana Fomento del Trabajo Nacional, fundada en 1889, reclamaba al Gobierno nacional no sólo todo tipo de medidas proteccionistas para la industria local, sino, además, la mano dura. El nacimiento del catalanismo envenenó aún más el ambiente, pues unió a las disputas laborales y económicas el desprecio a los emigrantes y el clasismo.

La Semana Trágica

En 1909, la torpe movilización de reservistas para enviarlos a Melilla por parte del Gobierno Largo de Maura, provocó protestas amplificadas por la CNT entre el 26 de julio y el 2 de agosto. Como un anticipo de lo que ocurriría en la II República, las turbas asaltaron no los palacios de los poderosos ni las sedes del poder político, sino los indefensos conventos, iglesias y hasta escuelas religiosas. El resultado fue de más de un centenar de edificios incendiados y casi 80 muertos.
Siguieron nuevas huelgas, como una del sector del metal en 1910 que se prolongó durante casi 200 días. A la vez, los incidentes pasaban de algaradas o peleas a palos durante las huelgas a emboscadas con pistolas en momentos de calma.
La neutralidad de España en la Primera Guerra Mundial causó una gran demanda de productos industriales, mineros y agrícolas por parte de los Aliados. Produjo enormes fortunas y, a la vez, desabastecimiento e inflación. En 1917, los grandes desestabilizadores de la Restauración, los catalanistas y las izquierdas, desencadenaron una protesta política y una huelga general revolucionaria, que el Gobierno superó. Los catalanistas de Cambó, al ver en peligro sus fábricas y propiedades, se pusieron junto a los políticos de Madrid y los militares.
El fin de la Gran Guerra agravó los problemas económicos. En 1919, una serie de despidos en la empresa de electricidad La Canadiense condujo a una nueva huelga general en la ciudad catalana. La CNT consiguió paralizar la producción industrial. El Gobierno de Romanones impuso la mediación para que la patronal y los sindicatos alcanzaran un acuerdo y, además aprobó la jornada laboral de ocho horas en todos los sectores, con lo que España fue el primer país del mundo que la aplicó. Pero los miembros de Fomento se sintieron traicionados.
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Barcelona durante la Semana Trágica
Los patronos y los sindicalistas recurrieron a la violencia. Entre 1918 y 1923, Barcelona padeció el pistolerismo. Bandas de pistoleros y asesinos profesionales mataban a sindicalistas, empresarios, trabajadores y hasta clérigos. Casi un millar de personas fue víctima de agresiones, de las que murieron 261, según los últimos cálculos de Albert Balcells. Los partidos dinásticos, en descomposición y sobrepasados por los acontecimientos, permitieron que los gobernadores civiles aplicaran la 'ley de fugas'. Y mientras tanto, los catalanistas exigían en Madrid más derechos y más dinero.

La Dictadura enchufa a la UGT

Cuando el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, realizó su pronunciamiento en septiembre de 1923, Barcelona y Cataluña, en palabras de Josep Pla (Historia de la Segunda República), "estaban martirizadas por los crímenes del anarco-sindicalismo y por la ausencia de toda autoridad en el período de la post-guerra", aunque no menciona la responsabilidad de los patronos. Víctor Pradera, más ecuánime, juzgó así la situación de Barcelona: "cuatro pillos de blusa y otros tanto de levita, explotando vilmente a los obreros, tienen en jaque a un Gobierno".
Los burgueses catalanes fueron determinantes en imponer una dictadura al resto de España y despidieron con ovaciones a Primo de Rivera en la estación de tren de Barcelona. Si bien el Directorio Militar concluyó con el pistolerismo, recurrió a una maniobra que tendría consecuencias unos años después: para disminuir el arraigo de la CNT, dio a la UGT, según Pla, "el monopolio de la actividad sindical y la intervención, con carácter de exclusividad en la puesta en marcha de la legislación del trabajo". Parte de este plan fue el nombramiento de Francisco Largo Caballerocomo consejero de Estado y de numerosos socialistas en "todos los organismos sociales de nueva creación".
La caída de la Monarquía se celebró en Barcelona (de nuevo Pla), con gritos "de auténtica fuerza civil": "Mori Cambó! Visca Macià!". Los ocho años republicanos concluyeron con la entrada en Barcelna de las tropas del general Yagüe, recibidas con entusiasmo por los catalanes, porque ponían fin a las matanzas y los atentados, en ocasiones dirigidos desde el poder.
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Ciudadanos celebran la liberación de Barcelona el 27 de enero de 1939.

EPOCA y Terra Lliure

En la Transición, renació el terrorismo catalanista, encarnado en el Exèrcit Popular Català (EPOCA) y Terra Lliure: bombas adosadas al pecho de los enemigos de clase, tiros en las piernas, listas negras… Pero desapareció pronto, en gran parte debido a la colaboración de la CDC de Jordi Pujol, a fin de presentarse en Madrid como los ‘nacionalistas buenos’ y tener sus negocios en paz, y, también, gracias adelaciones de algún personaje ahora muy conocido.
Desde que el catalanismo burgués decidiera acelerar la marcha a su república de impunidad, la violencia ha regresado a Cataluña, con unos agitando el árbol y otros recogiendo las nueces o, como ha escrito José García Domínguez, "celebrando que sus hijos nos quieren matar".
Pero la gran responsabilidad, como en la Restauración y la República, corresponde a los Gobiernos que conceden impunidad a los terroristas y a sus jefes. Los magnicidas de Eduardo Dato, que como ministro impulsó leyes sociales, fueron indultados por el Gobierno Provisional republicano. Matar a un presidente del Gobierno ‘costó’ a dos de sus autores unos ocho años de cárcel.
fuente:libertaddigital.com

domingo, 7 de abril de 2019

Hernán Cortés, instrumento de Dios. Pedro Fernández Barbadillo.

Los españoles que desembarcaron en las costas del futuro México no eran personas timoratas. La muerte, el sufrimiento y el dolor eran constantes en sus vidas. Pero, tal como sabemos por sus escritos, quedaron horrorizados cuando descubrieron que en cada ciudad indígena había templos donde se sacrificaba a prisioneros. En algunos casos, encontraron los cuerpos mutilados, a los que les faltaban partes porque los sacerdotes, cubiertos por grumos de sangre seca, y los caciques se las habían comido.

Sin duda, a los conquistadores les embargó la espeluznante sensación de hallarse en una tierra dominada por Satanás.

Hernán Cortés en persona visitó el gran teocali y, a pesar de las quejas de los aztecas y de lo que mandaba la simple prudencia, ordenó desmontar los ídolos y lavar las paredes de sangre humana. También dirigió un pequeño sermón a los aztecas que concluyó con estas palabras:



yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de su Madre bendita

Semejante decisión la tomó el conquistador cuando él y su pequeña

Tanta importancia daban los españoles del Siglo de Oro a su religión ("única verdadera", como la definió la Constitución de 1812) que Hernán Cortés, en el primer encuentro que tuvo con Moctezuma, le anunció al azteca que "enviará nuestro rey hombres mejores que nosotros". Y Carlos I cumplió.
De rodillas ante los misioneros

En junio de 1524, desembarcaron en la Nueva España doce misioneros franciscanos, escogidos el año anterior por el general de la Orden, fray Francisco de los Ángeles, y el emperador. Se nombró como jefe de todos ellos a fray Martín de Valencia (1474-1534).

En su viaje, desde la costa, realizado a pie y sin ningún lujo ni comodidad, los franciscanos pararon en Tlaxcala y visitaron el gran mercado. Como desconocían la lengua, los religiosos señalaban el cielo a los tlaxcaltecas, indicando que les mostrarían la manera de acceder a él. Ante semejante expedición de españoles andrajosos y tonsurados los indios repetían una palabra: motolinia. Uno de los religiosos, fray Toribio de Benavente, pidió que se la tradujesen; su significado es el de pobre. Y desde entonces, fray Toribio se hizo llamar Motolinía.

Consciente de sus obligaciones como bautizado y de la importancia de los gestos, cuando los franciscanos estaban cerca de México, Cortés salió a recibirles, en compañía de sus capitanes y de la nobleza azteca. Entonces se produjo uno de esos momentos que redimen una vida y cambian un mundo. Cortés desmontó de su caballo, se arrodilló ante fray Martín y besó sus hábitos polvorientos y sucios. Después de Cortés, la misma reverencia la mostraron los demás españoles de la comitiva.

Pero Cortés no quedó contento. En octubre de ese año, en otra carta al emperador le insistió que le mandase "muchas personas religiosas", de las órdenes franciscana y dominicana, que "hagan casas y monasterios". Pero desaconsejó el envío de obispos y prelados, por miedo a que éstos en las Indias reprodujesen "los vicios y profanidades que ahora en nuestros tiempos en esos reinos usan" y en consecuencia desalentasen las conversiones.

Los franciscanos aprendieron las lenguas indígenas, hasta el punto de que si éstas se conservan es gracias a la labor filológica realizada por las órdenes religiosas. También se apresuraban a predicar y a impartir el bautismo. La amabilidad con que los franciscanos trataban a los indios y la sinceridad con que adoptaron su estilo de vida sin duda influyeron en las conversiones. Éstas fueron tan numerosas que en varias ocasiones les dolía el brazo de tanto levantarlo para asperjar.

Al obispo Ramírez, miembro de la segunda Audiencia, varios pueblos indígenas le pidieron que solo les mandase franciscanos:


Porque éstos andan pobres y descalzos como nosotros, comen de lo que nosotros, asiéntanse entre nosotros, conversan entre nosotros mánsamente
El primer obispo, fray Juan de Zumárraga.


A pesar de sus dos viajes a España y de haber fallecido en Castilleja de la Cuesta en 1547, Cortés conoció al primer obispo de México, el vizcaíno fray Juan de Zumárraga (1475-1548), que se estableció en la capital en 1528 después de dejar su convento en Valladolid.

Zumárraga no sólo predicó y dio limosnas, sino que se enfrentó a los oidores de la primera Audiencia (la misma que difamó a Cortés y a punto estuvo de arruinar la conquista), fundó el Hospital del Amor de Dios y el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, estableció la primera imprenta, promovió en el Concilio de Trento la apertura de una Universidad y trajo de España muchos burros, que liberaron a los indios más humildes de parte de la dureza del trabajo manual. En 1546, Paulo III le nombró arzobispo de México.

Tanto Zumárraga como el marqués del Valle de Oaxaca aportaron dinero para levantar el santuario de la Virgen de Guadalupe.
"El más flaco e inútil medio"

Entre los elogios que en 1555 Motolinía escribió al emperador Carlos V sobre Cortés entresaco esta frase:


Aunque como hombre fuese pecador, tenía fe y obras de buen cristiano y muy gran deseo de emplear la vida y hacienda por ampliar y aumentar la fe en Jesucristo y morir por la conversión de los gentiles

Por cierto, fray Toribio de Benavente mantuvo una polémica con fray Bartolomé de las Casas, porque consideraba que éste no tenía ni idea de cómo tratar y convertir a los indios y de mentir sobre las obras de los españoles en América.

Poco antes de morir, enredado en pleitos en la corte, el mismo Cortés le mandó otra carta a Carlos V en que atribuía sus resonantes triunfos a designios divinos:


quien conociere de mí lo que yo, verá claro que no sin causa la divina Providencia quiso que una obra tan grande se acabase por el más flaco e inútil medio que se pudo hallar, porque sólo a Dios fuese atribuido

Con toda justicia, el sacerdote José María Iraburu dedica en su libro Hechos de los apóstoles de América un capítulo a Hernán Cortés, al que llama "pecador y apóstol".

jueves, 21 de febrero de 2019

La 'memoria histórica' contra los Franco.

La 'memoria histórica' es mentira, como son mentira los eslóganes nacidos de sus propagandistas de que España es el país del mundo con más desaparecidos después de Camboya; que el franquismo robó 300.000 niños a sus padres; que La Pasionariano amenazó de muerte a Calvo Sotelo en las Cortes; o que en el bando nacional no hubo catalanes ni vascos.
Como los hechos y los documentos no sostienen las afirmaciones de la izquierda, ésta tiene que inventar mentiras, cuanto más enormes mejor, e imponerlas por medio de multas a los disidentes, programas en las televisiones públicas y asignaturas en las aulas. Una de estas mentiras ha sido desmontada por una juez en un litigio en el que los denunciados eran los nietos de Franco.
El Juzgado de Primera Instancia nº 41 de Madrid dictó el 8 de febrero una sentencia sobre la demanda civil presentada por el Ayuntamiento de Santiago de Compostela, que reclamaba a los Franco dos estatuas de los profetas Abraham e Isaac del siglo XII atribuidas al Maestro Mateo, de las que, supuestamente, se había apoderado la esposa del ‘caudillo’ en los años 50.
Aparte de indicar que por el tiempo transcurrido incluso desde la instauración del actual régimen democrático, los Franco han adquirido la propiedad de las estatuas reclamadas por usucapión (es decir, por una posesión prolongada en el tiempo y sin oposición del propietario legal), la juez entró en una cuestión prejudicial sobre a quién pertenecían las estatuas, y aquí es donde la ‘memoria histórica’ recibe el vapuleo.

Un alcalde obediente a Carmen Polo

Según el relato (y subrayo esta palabra), en 1948 el conde de Ximonde vendió tres estatuas del Maestro Mateo al Ayuntamiento de Santiago por 60.000 pesetas con la condición de que permaneciesen indefinidamente en el patrimonio municipal, negocio jurídico que se registró en escritura pública ante notario. En julio de 1954, durante una visita de Franco y su esposa; Carmen Polo, al Ayuntamiento de Santiago, ésta, se encaprichó de dos de las estatuas y manifestó al alcalde su deseo de poseerlas "a lo cual el alcalde accedió a los pocos días, haciéndole entrega de las mismas por las vías de hecho sin formalidad administrativa alguna". El alcalde, violando la legislación vigente, despojó de unos bienes al patrimonio municipal y mandó las estatuas al Pazo de Meirás.
La juez subraya que en este procedimiento el Ayuntamiento no ha presentado más documentación que la escritura notarial de 1948:
"Nada se aporta al Juzgado de lo que pudo o no haber acaecido tras el 4 de junio de 1948, lo que deja sin prueba el extremo que resulta esencial para esta juzgadora: la entrega efectiva de las estatuas al Ayuntamiento tras la adquisición y la decisión municipal sobre su emplazamiento para dar inicio a su condición de bienes de uso o servicio público".
También reprocha al Ayuntamiento que haya "dejado sin prueba" actos como el pago de la cantidad pactada, la recepción efectiva de las estatuas ni el debate en el pleno municipal de la condición resolutoria impuesta por el conde de Ximonde.

El engaño de los testimonios orales

Ante la falta de documentos oficiales, el perito aportado por el Ayuntamiento tuvo que "acudir a presunciones no explicadas y a noticias de testigos de referencia no identificados con los que dice haber hablado, todo lo cual determina la nula eficacia probatoria del propio informe".
Este perito, un historiador, recurrió al método habitual en los 'memorialistas' para cubrir la falta de documentos: recoger testimonios orales, es decir, chismes, rumores y cotilleos, en muchos casos de gente sin identificar o ya fallecida. Así lo describe la juez:
"el perito habló supuestamente con los testigos de referencia 31 años antes de la fecha de elaboración de su informe, lo que priva de verosimilitud a la pretensión de acreditar la presunta ubicación de las estatuas, resultando sorprendente que se solicite de este Juzgado la credibilidad probatoria de un dictamen cuyo objeto fue estudiado por su autor 31 años antes de ser elaborado, y causando todavía una extrañeza mayor que el perito de la actora pueda recordar en 2017, lo que le manifestaron 31 años antes unas personas de determinada edad acerca de la ubicación presunta de las estatuas, cuando ni siquiera en aquel momento podía conocer o intuir que le iba a ser encargada la presente pericia en una acción reivindicatoria".
Por tanto, concluye la juez, la verosimilitud del contenido del informe "es nula". ¡Por fin alguien se atreve a decir en público que estos testimonios orales, de cuya recopilación vive mucha gente en la universidad, no pasan de ser… cuentos de viejas!
La puntilla la da la juez cuando afirma que el Ayuntamiento no identifica las estatuas propiedad de los Franco (éstos afirman que sus mayores las compraron a un particular en los años 50, cuando ellos eran niños) como adscritas al Pórtico de la Gloria.
En consecuencia, el juzgado reprocha al Ayuntamiento que se mueva "en el mundo de las hipótesis indemostrables que llevan a la demandante a elaborar una tesis basada en el deseo del alcalde de agradar al, entonces, Jefe del Estado".

La responsabilidad personal de los políticos

Después de que el juicio quedase visto para sentencia, el alcalde de izquierdas de Santiago, Martiño Noriega, comentó: "Creeré en la justicia cuando esta haga justicia". Es decir, para este señor, que es médico, la justicia solo es justicia cuando falla a su favor. Lo mismo que podría decir cualquier paisano de boina enroscada cuando el juzgado le ordena cegar el pozo que ha excavado ilegalmente. ¿Es que para Noriega los tumores cancerígenos desaparecen si se niega su existencia? El alcalde ya anunció antes del juicio que estaba dispuesto a llevar la reclamación hasta el Tribunal Supremo. Como no paga él los abogados…
Ningún funcionario ni político responderá por el dinero que están haciendo gastar a los ciudadanos de Santiago y a la familia Franco en un pleito sin pies ni cabeza, que es, más bien, una venganza.
La verdadera revolución pendiente en España se limita a hacer responsables a los funcionarios y los políticos de sus actos, pero no a las Administraciones que dirigen, sino a ellos mismos, con su patrimonio. Ya veríamos cómo dejaban de hacer tonterías con nuestro dinero. Porque hoy son los Franco, pero mañana puede ser usted, que se niega a tirar a la basura la estrella de alférez provisional de su abuelo.
libertaddigital.com

sábado, 9 de febrero de 2019

La primera vuelta al mundo. José Luis Comellas.

Si hay un historiador que resalte por encima no solo de la media, sino de la mayoría es José Luis Comellas. Doctor en historia y autor de diversos títulos dedicados no solo a la historia, sino a temas tan varipintos como los cambios climáticos o historia de la música. Se puede decir que el profesor Comellas es un sabio. Además de su magisterio en historia es un perfecto conocedor de la Astronomía.

El libro que nos ocupa es sencillamente magistral. Solamente con citar los nombres de Magallanes, Elcano, Carlos V, Enrique el Navegante, Urdaneta, Legazpi, etc, deberia ser suficiente para animar a cualquier lector culto a embarcarse en esta maravillosa lectura.

Comellas es un autor ecuánime, cita todas las fuentes imprescindibles para dar al lector una comprensión general del tema que está tratando. No sólo se basa en las fuentes originales como la narración de Pifagatetta, sino que incluye las obras más modernas, desde la no siempre recomendable biografía de Magallanes escrita por Stefan Zweig, hasta estudios modernos como "The Spanish Lake" por el profesor australiano Oskar Spate. Además de esto, Comellas nos inunda con datos geográficos, así como climáticos, corrientes marinas, nos explica el fenómeno del niño, la simpleza de pensar que no se sabía la esfericidad de la tierra, etc... Simplemente maravilloso.


Aparte de los datos estrictamente cientifícos, Comellas nos ilustra con datos históricos que hacen la lectura muy amena. Desde la anécdota de Enrique el Navegante, que nunca se subió a una embarcación, porque se mareaba, hasta el dato de que el Mantón de Manila, tan madrileño, tan español, es de origen chino, no filipino, así como los farolillos que adornan nuestras ferias.

Es un libro altamente recomendable, como todos los suyos.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Republicanos contra la República: Marañón, el arrepentido. Jesús Laínz.

Quizá la Segunda Repúblicanunca hubiera llegado, o hubiera llegado más tarde o de otro modo, sin la aportación de unos pocos personajes de enorme influencia en aquellos días. Uno de los más importantes fue, indudablemente, el egregio médico y escritor Gregorio Marañón, figura destacada del liberalismo español de la primera mitad del siglo XX.
Aunque, por hallarse en aquel momento en Francia, no pudo asistir al Pacto de San Sebastián, firmado el 17 de agosto de 1930 por varias personalidades republicanas para aunar esfuerzos en el derrocamiento de la Monarquía, Marañón envió una entusiasta carta de adhesión. Pocos meses después fundaría, junto con Ortega y Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República, de gran influencia en el cambio de régimen.
Hasta tal punto influyó personalmente Marañón en dicho cambio de régimen, que la reunión final entre Alcalá-Zamora y el conde de Romanones, el mediodía del 14 de abril, en la que se decidió la claudicación de los monárquicos y el traspaso de poderes tuvo lugar en su casa. Así lo recordaría don Niceto en sus memorias:
La capitulación de la corona en casa de Marañón fue ofrecida por aquélla sin darnos tiempo a exigirla cual ya habíamos decidido. Reflejóse de ese modo, hasta en los últimos trámites, la honda verdad de que todo régimen muere por el suicidio en que remata y expía sus culpas. Húndense las monarquías por los reyes y sus cortesanos, como hacen perecer las repúblicas sus partidarios más fanáticos.
Efectivamente, no tardarían los fanáticos en desengañar a Marañón y sus compañeros. Así le expresó su desazón a Ortega poco después de las elecciones constituyentes:
Querido Ortega: no me deja el pensamiento de que hemos de decir algo al país en estos momentos. Hemos sido una fuerza grande para traer la república y hemos dado un sentido más alto que el que había hasta entonces al movimiento. Ahora se hunde, precisamente, ese sentido de dignidad. Las pequeñas e inofensivas sandeces de los monárquicos sirven de pretexto para justificar la plebeyez de mala ley de los que nunca supieron hacer nada por el progreso de España ni por la república; y ahora quieren que ésta sea un instrumento de su exclusiva pertenencia. Perdone, pero estoy muy inquieto viendo tanta sandez. Nuestro nombre ha sido la garantía para centenares y centenares de votantes: muchos más de los que están en nuestras listas, y no han votado para esto.
Tras dos años de diputado, abandonó la primera línea de la política y se centró en su trabajo científico. Pero al estallar la guerra, las cosas no se le pusieron fáciles. Por la tibieza que se le sospechaba, tuvo que comparecer dos veces en sendas checas y una ante un tribunal popular. Y el Comité Obrero prohibió la reedición de Raíz y decoro de Españaporque en una de sus páginas Marañón había escrito: "Yo, que he sido siempre liberal, gracias a Dios". Además, le obligaron con amenazas a firmar un documento de apoyo al Gobierno republicano y a emitir una declaración en el mismo sentido por la radio del Partido Comunista. Así relató al eminente historiador del arte Josep Pijoan lo sufrido a manos de "aquella caterva de asesinos":
Yo he estado cinco meses en Madrid, en contacto con ellos, y le aseguro que toda la intransigencia y la pequeñez de espíritu de todos los obispos y todos los izquierdistas del mundo es poca cosa comparada con la suya. Cuando durante cinco meses he tenido que firmar, pistola al pecho, lo que querían cuatro acólitos de don Fernanditísimo; cuando he tenido que decir por la radio lo que querían, a las 12 de la noche, entre fusiles, comprenderá usted que todo lo de los otros me parece una broma. Me acuerdo de aquel Primo de Rivera, dictador, que me encarceló, como de santa Teresita.
Dado que el horizonte empezaba a oscurecerse, se refugió con su familia en la embajada de Polonia, tras lo que consiguió escabullirse y embarcar en Alicante en un buque inglés con destino a Francia. Al poco de llegar a París, el 21 de febrero de 1937, explicó a Le Petit Parisien los motivos por los que había salido de Madrid:
Me sabía en peligro. Una mañana leí, en el periódico de Largo Caballero, estas líneas destacadas en letras enormes: Si queréis saber los antecedentes de Gregorio Marañón, buscadlos en las listas fascistas. ¡Era una sentencia de muerte! Esta hoja oficial publica, en efecto, bajo esta forma, sus órdenes de ejecución. Los benévolos verdugos, tan pronto como se los alerta, rivalizan en celeridad. Todos aquellos a quienes he visto señalados de este modo han sido asesinados unas horas después de la salida de la edición (…) Los intelectuales que han tenido la suerte de encontrarse en territorio controlado por los nacionales no han visto amenazadas sus vidas ni se han visto obligados a exiliarse. Compruébelo usted mismo: en los hoteles de París y otras ciudades francesas podrá encontrar refugiados políticos españoles. Todos han escapado de la España roja. Ninguno ha tenido que escapar de la España nacional.
Y varios días más tarde tuvo que aclarar ante una asamblea de intelectuales franceses las que a su juicio eran opiniones erróneas sobre lo que estaba sucediendo en España:
No hay que esforzarse mucho, amigos míos. Escuchen ustedes este argumento: el 88% del profesorado de Madrid, Valencia y Barcelona ha tenido que huir al extranjero, abandonar España, escapar a quien más pueda. ¿Y saben ustedes por qué? Sencillamente porque temían ser asesinados por los rojos, a pesar de que muchos de los intelectuales amenazados eran tenidos por hombres de izquierda. ¿Comprenden ustedes ahora, queridos amigos?
Y a continuación enumeró una larga lista de intelectuales que se encontraban en el extranjero, "fugitivos de la España roja", entre ellos Menéndez Pidal, Ortega y Gasset, García Morente, Pérez de Ayala, Puig y Cadafalch, Jiménez Díaz, Baroja, Azorín, D’Ors, Madariaga, Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna, huidos todos ellos de un régimen a cuyos dirigentes dedicó Marañón todo tipo de adjetivos en sus artículos y cartas privadas: crueles, ladrones, infames, cobardes, desleales, podridos.
Pocos días más tarde, el 6 de marzo, publicó un artículo en El Pueblo de Montevideo, titulado "Ante la más monstruosa de las pedanterías del crimen", en el que reiteró la presencia en París de refugiados de la España republicana, incluidos numerosos izquierdistas que habían preferido mantenerse lejos de los suyos:
Hoy quedan en la España roja exclusivamente los marxistas y sus prisioneros. Esta verdad es tan patente que cualquiera la puede comprobar sin más que pasearse por las calles de París. Diputados del Frente Popular, ex ministros y altos cargos, periodistas de los diarios de izquierda: apenas falta uno; y a ellos se añade la casi totalidad de la Universidad española. El espectáculo no requiere más comentario que su sola contemplación (…) Los hombres de izquierda no moscovizados están fuera de España. Muchos no se atreven a decir las razones de su destierro. Pero ninguno quiere volver.
En numerosas ocasiones recordó que el estallido de la guerra se había debido a las dos revoluciones provocadas por las izquierdas, como respuesta a la última de las cuales los militares y el pueblo se habían rebelado. Así lo explicó, por ejemplo, en su ensayo Liberalismo y comunismo, publicado en la Revue de Paris el 15 de diciembre de 1937:
Con el pretexto del triunfo de las derechas en las elecciones, intentaron un golpe de mano revolucionario y netamente comunista para ocupar el poder en octubre de 1934. Esto no lo recuerdan en el extranjero, donde no tienen por qué saber la historia de España al detalle, aun siendo tan reciente. Pero los españoles, que no lo han podido olvidar, se ríen del súbito puritanismo con que los mismos que entonces hicieron la revolución contra algo tan legal como unas elecciones, se cubren hoy el rostro con la toga porque una parte del pueblo y el ejército se sublevó, a su vez, dos años más tarde, ante las violencias del poder, algunas de la magnitud del asesinato del jefe de la oposición por la propia fuerza pública (…) La sublevación de Asturias en octubre de 1934 fue un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España (…) El movimiento comunista de Asturias fracasó por puro milagro. Pero dos años después tuvo su segundo y formidable intento.
En el artículo para el periódico uruguayo arriba mencionado lamentó que hubiera quienes seguían identificándole con el régimen republicano, puesto que sostenía que dicho régimen había sidosustituido por unadictadura marxista:
La España liberal, cordial y clara que deseamos unos cuantos ha muerto a manos del Frente Popular, más definitivamente aún que la España anquilosada que barrió la dictadura de Primo de Rivera. ¿Qué tengo yo que ver con los que la han matado?
Una de las ideas que más repitió tanto en sus escritos de los años bélicos como en los posteriores, ya regresado a España tras la victoria de Franco, fue su arrepentimiento por haber colaborado en el advenimiento de la República y la acusación a todos los liberales por haber facilitado el camino hacia la revolución y la guerra debido a su "ceguera para los colores", su "daltonismo", su "incapacidad para ver el despotismo cuando aparece teñido de rojo". Así se lo declaró al Petit Parisien:
Sólo una cosa importa: que España, Europa y la Humanidad se vean liberados de un régimen sanguinario, de una institución de asesinos de cuyo advenimiento, por un trágico error, nos confesamos culpables.
En una carta a Menéndez Pidal de octubre de 1937 reprochó a las democracias occidentales no haber apoyado contundentemente a los alzados debido al mismo error que habían cometido previamente los liberales españoles:
Gran error ha sido el de las democracias del mundo, entre ellas la americana, de no darse cuenta de que se ponían inconscientemente al lado de lo más antidemocrático que existe actualmente, que es el comunismo. Todas ellas sufrirán el mismo castigo que nosotros, el que ya anunciaba Tácito, con el que estoy tan familiarizado: la dictadura. No tenemos derecho a quejarnos de ella, pues la hemos hecho necesaria por nuestra ayuda estúpida a la barbarie roja.
Y en marzo de 1939, con la guerra a punto de acabar, reiteró su arrepentimiento a Pérez de Ayala:
Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España. Sin quererlo siento que estoy lleno de resquicios por donde me entra el odio, que nunca conocí. Y aún es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos; y por haber creído en ellos. ¡No merecemos que nos perdonen! Consolémonos con que los hijos parecen ya a salvo de peligro y con que ellos no se han contaminado con la revolución de Caco y caca.
Su apoyo al bando alzado fue inequívoco desde el primer momento. En febrero de 1937, recién llegado a Francia, declaró que "la victoria de Franco es segura, lo que colmará todos mis deseos". Y a Pérez de Ayala le confesó: "Tengo tal fe en que la causa nacionalista es la causa de España, que la mantendría con todas sus consecuencias". Pocos meses después, mientras su familia veraneaba en el San Sebastián franquista, le escribió lo siguiente a Menéndez Pidal:
Yo tengo mi resolución tomada para el porvenir. Si los rojos (ahora y siempre, comunistas, rusos) ganaran, yo no volvería, jamás, a España. Si los otros ganan, con sus defectos y todo, iré. Prefiero la Inquisición a la Inquisición + pedantería + mentira + hipocresía.
Le enorgulleció mucho que su hijo Gregorio, pudiendo quedarse en París con él, hubiese preferido alistarse al ejército de Franco, donde alcanzó el grado de alférez provisional. En años posteriores ejercería, entre otros altos cargos, los de consejero nacional del Movimiento y procurador en Cortes.
El 29 de marzo de 1939, recién disparado el último tiro, escribió a Pérez de Ayala:
Yo creo que en el espíritu nacionalista, que ha nacido, hay muchas cosas buenas, algunas admirables. Por lo pronto, allí está España. Franco se ha conducido con serenidad, con nobleza. Con pulcritud, con espíritu español.
Y en aquellos mismos días le reprochó a Salvador de Madariaga que creyese las mentiras que la prensa internacional vertía sobre el bando vencedor, entre ellas la de que la victoria de Franco convertía a España en títere de Hitler y Mussolini y base para sus ejércitos:
Ahora ha visto usted que todo lo que desde hace años se decía en el mundo democrático de la guerra de España y de su problema político era mentira. Esta fase final de la guerra prueba no una superioridad de un ejército sobre otro, sino la fuerza de la realidad contra la mentira (…) Puede usted tener por cierto que no quedará en tierra española un italiano. Los alemanes se han ido ya. Se irán como se fueron los ingleses de Wellington (…) Los judíos que fabrican la opinión pública, infecta, de las putrefactas democracias no saben historia. No tienen más que codicia y bilis en el alma. Le hablo a usted sin pasión. Nadie en Europa ha visto a la España nacional. Nadie sabe lo que es. Todavía no ha dicho nadie una cosa que salta a la vista: que Franco es un maravilloso general superior a todos los que andan en activo en el mundo.

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