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miércoles, 22 de abril de 2020

La Europa revolucionaria. Stanley Payne.

Leer un libro de -Stanley Payne constituye siempre una lección de humildad, si bien extraordinariamente provechosa. Solo un reducido número de estudiosos muestran un dominio semejante de la historiografía escrita en las principales lenguas europeas (y también en las de menor importancia). Su publicación más reciente, la última de varias docenas sobre la historia europea y española, es una incorporación más que bienvenida a la historia comparada de las guerras civiles y las revoluciones. La mayor parte de los especialistas en historia comparada se han centrado en estas últimas, mientras que Payne presta un auténtico servicio con su exploración de las primeras. Su síntesis supone una importante contribución gracias a su examen de los papeles seminales desem-peñados por las potencias secundarias a menudo ignoradas –Turquía, Finlandia, Letonia, Mongolia, Italia, Hungría, Grecia, Yugoslavia y, sobre todo, España– en la historia de las guerras civiles y de las revoluciones del siglo xx. Resulta apropiado que se concentre en la violencia durante el que es quizás el período más marcado por la muerte de la historia europea.
Con sofisticación analítica, el autor distingue tres tipos de guerras civiles: conflictos dinásticos medievales, luchas de liberación separatistas o nacionales y guerras civiles contemporáneas a gran escala. Estas últimas se convierten a menudo en confrontaciones de revolucionarios versus contrarrevolucionarios. Estas categorías –ligadas al profuso conocimiento bibliográfico de Payne– dan lugar a provocadoras reflexiones tanto para historiadores europeos como americanos: «El combate que libraron los confederados [en la guerra de secesión estadounidense] también podría considerarse la guerra de liberación nacional más prolongada con resultado fallido, del mismo modo que la guerra civil española de 1936 comportó la revolución más profunda de la historia con resultado también fallido» (p. 12).
Payne defiende que las revoluciones no se dan en las sociedades tradicionales, sino más bien en aquellas que han alcanzado un cierto grado de modernización. Siguiendo a Jonathan Israel, el autor afirma que la agitación intelectua1proporciona la base para la revolución política1. En este sentido, al igual que Alexis de Tocqueville, Payne resta énfasis a los factores materiales y estructurales en favor de una aproximación tanto psicológica como política a la causalidad.
El autor comienza el período de las revoluciones del siglo xx con acontecimientos que se produjeron en los imperios ruso y otomano. El inicio de la modernización y la derrota en la guerra contra los japoneses desencadenó la Revolución rusa de 1905. En el imperio otomano, el activismo nacionalista y una percepción del declive imperial dieron comienzo a un período de genocidios y limpiezas étnicas durante los cuales doscientos mil armenios fueron masacrados entre 1894 y 1909, «el primer gran estallido de violencia yihadista del siglo xx» (p. 23). El éxito de la revolución de los Jóvenes Turcos en 1908 dio lugar a «uno de los más siniestros» regímenes de todo el siglo xx (p. 23).
Sin embargo, la gran época de las guerras civiles entre revolucionarios y contrarrevolucionarios comenzó de resultas de la Primera Guerra Mundial en Rusia y Finlandia durante 1917-1918. Al contrario que en las guerras dinásticas más tradicionales, en estos conflictos ambas facciones se esforzaron enormemente por deshumanizar a sus enemigos. Así, fueron habituales atrocidades mutuas no solo contra los que se percibían como enemigos, sino también contra no combatientes, muchos de los cuales eran vistos como «una quinta columna», la expresión que el general Emilio Mola acuñó en 1936 y que, significativamente, pasó a ser de uso generalizado a partir de entonces. Dos «civilizaciones», cuyas concepciones de la sociedad y del Estado eran absolutamente antagónicas, se enfrentaron en sangrientas guerras regulares e irregulares. Estas contiendas polarizadas generaron a su vez exigencias, nacidas en la guerra civil estadounidense, de un «rendimiento incondicional». Estas guerras civiles dieron lugar a una propaganda masiva de cara a lo que Mao Zedong llamaba «la movilización del odio» y favorecieron la eliminación violenta de los enemigos ideológicos.
La Primera Guerra Mundial –cu-yas partes beligerantes, al igual que las de las modernas guerras civiles, exigieron una victoria total– desató una violencia que no se había conocido desde la Guerra de los Treinta Años: las limpiezas étnicas y los pogromos zaristas se ensañaron con cientos de miles de judíos y polacos. El imperio ruso acabó con las rebeliones musulmanas en el Asia central rusa a costa de decenas de miles de vidas, y los otomanos deportaron a casi la totalidad de la población armenia de la moderna Turquía, matando de uno a un millón y medio de armenios aproximadamente. Este tipo de brutalidades hizo que las atrocidades alemanas en Bélgica –don-de 6.427 personas (incluidos cuarenta y tres sacerdotes) fueron -ejecutadas– parecieran relativamente insignificantes.
La Primera Guerra Mundial no fue exactamente una «guerra civil europea», pero sí brindó numerosas oportunidades para extender la violencia internacional al interior de las sociedades. El objetivo del ministerio de Asuntos Exteriores alemán era socavar las bases de los países aliados y sus imperios, favoreciendo así las rebeliones musulmanas en los imperios británico, francés y ruso. La Alemania monárquica también ayudó a los comunistas rusos. En otras palabras, fue Berlín –no Moscú– quien contribuyó a implementar el primer proyecto de revolución global. Dio fruto en la más débil de las grandes potencias, el imperio ruso. En Finlandia, en noviembre de 1917, los socialistas –apoyados por los bolcheviques– declararon una huelga general concebida para copiar la reciente toma del poder por parte de Lenin. Al igual que en España en 1934, la insurrección encabezada por los socialistas fracasó, pero sirvió para acentuar la polarización de la política finlandesa. La guerra civil finlandesa estalló en enero de 1918 y se extendería durante tres meses, hasta abril. En muchos sentidos, el conflicto finlandés prefiguró el español: en esta confrontación entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, cada facción recibió una importante ayuda extranjera y los contrarrevolucionarios emplearon con éxito una represión mucho mayor que sus enemigos. El general Carl-Gustaf Mannerheim estuvo al frente de estos últimos, que aplastaron a los socialistas con ayuda alemana y eliminaron temporalmente la influencia bolchevique de Finlandia.
El resultado fue, por supuesto, diferente en la guerra civil rusa, que se convirtió en el modelo para los revolucionarios del siglo xx en toda Europa y en el resto del mundo. Del mismo modo que la revolución de 1905 surgió de la guerra ruso-japonesa, la revolución de 1917 fue una consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Los comunistas letones proporcionaron a los bolcheviques sus soldados más eficaces, que desmantelaron la Asamblea Constituyente elegida democráticamente en enero de 1918. Los bolcheviques y los alemanes se ayudaron mutuamente con la firma del tratado de Brest Litovsk en marzo de 1918, que permitía el control alemán sobre amplias zonas de lo que había sido el imperio ruso a cambio del reconocimiento diplomático de la dictadura comunista. Este tratado y su secuela –el acuerdo adicional de agosto de 1918– «iba mucho más lejos que el Pacto Nazi-Soviético de 1939, pero por el momento los bolcheviques se aferraron a él como si fuera un salvavidas. Si Alemania hubiera ganado la [primera] guerra […] se habría vuelto contra Lenin como Hitler se volvería posteriormente contra Stalin, y podría haber liquidado en cualquier momento y con facilidad a los bolcheviques. Paradójicamente, lo que salvó a estos fue el triunfo de los Aliados capitalistas democráticos. Lenin había hecho un pacto con el diablo y se salvó por los pelos. Veinte años después, Stalin no tendría tanta suerte al seguir la misma senda» (p. 80).
Casi inmediatamente después, los bolcheviques se vieron obligados a enfrentarse a los contrarrevolucionarios. Junto con los letones, los voluntarios extranjeros –exprisioneros de guerra abandonados en medio del imperio ruso– se convirtieron en las tropas comunistas de élite. Payne ve al Ejército Rojo, con sus voluntarios y comisarios internacionales, como el modelo del Ejército Popular durante la Guerra Civil española. Tanto los revolucionarios como los contrarrevolucionarios explotaron y saquearon despiadadamente a los campesinos (el ochenta y cinco por ciento de la población), cuyo principal deseo era que ambas facciones les dejaran en paz para poder cultivar las tierras que les había concedido la revolución. Los trabajadores urbanos (el diez por ciento de la población) estaban casi tan desconectados del conflicto como los campesinos. Los Rojos triunfaron en gran medida debido a su relativa disciplina militar y a su maquinaria de guerra centralizada. Los Blancos fracasaron debido a su corrupción masiva y al modo en que malgastaron la ayuda aliada. Su sistema de suministro simplemente amplió los pogromos de los judíos (de los que cien mil fueron asesinados) a gran parte del resto de la población civil bajo su control. En términos relativos, solo la guerra civil yugoslava (1940-1945) podría parangonarse a la rusa en términos de destrucción y pérdida de vidas. En términos absolutos, únicamente el conflicto civil chino superó al ruso en número de víctimas, pero la alta tasa de natalidad de las familias campesinas rusas compensó las pérdidas masivas de la guerra civil y posibilitó la consolidación del régimen durante los años veinte. El éxito del Ejército Rojo culminó en la conquista de Mongolia Exterior en 1921, que los soviéticos convertirían varios años después en la primera «república popular», un sistema político que extenderían enormemente tras la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, después de la Primera Guerra Mundial, la Unión Soviética se quedó aislada. La revolución alemana de 1918-1919 tomó un sesgo antibolchevique, que secundaron incluso Rosa Luxemburgo y Karl Leibknecht, «valerosos revolucionarios» (p. 129). Los Freikorps de extrema derecha utilizaron la amenaza revolucionaria para desencadenar en Alemania la violencia contrarrevolucionaria que habían aprendido durante su participación en la feroz represión anticomunista en el curso de las guerras civiles letona y lituana. Los oficiales y los soldados del ejército alemán se unieron de buen grado a los Freikorps para suprimir las revueltas y las huelgas de los trabajadores. Sin embargo, una vez que triunfó la contrarrevolución, las élites alemanas se mostraron encantadas de reanudar los lazos diplomáticos, militares y económicos con la Unión Soviética –que perdurarían hasta la invasión nazi de Rusia– con objeto de hacer frente a las restricciones británicas y francesas impuestas a Alemania.
La otra gran revolución fallida se produjo en Hungría, que sufrió mucho más que Alemania por causa del tratado de Versalles. Béla Kun encabezó el empeño de crear una sociedad comunista en Hungría. Aterrorizó caprichosamente a sus adversarios políticos y colectivizó imprudentemente pequeñas granjas, alienando con ello al grueso de la población. Además se mostró incapaz de defender al país contra el ejército rumano, apoyado por los aliados occidentales. En agosto de 1919, el almirante Miklós Horthy se hizo con el control y estableció un régimen autoritario que, al igual que en Finlandia, instituyó un terror mucho más brutal que su precedente comunista.
En el mismo período, el fascismo italiano nació de los enfrentamientos posteriores a la guerra entre los trabajadores y los dueños de la propiedad. Los fascistas se dedicaron a boicotear las huelgas e intentaron trascender sus acciones contrarrevolucionarias llamando a una «revolución antropológica» que habría de crear un «hombre nuevo». Más que los comunistas, los fascistas glorificaron la violencia y la experiencia de la guerra. Así, militarizaron su partido y aterrorizaron eficazmente a sus adversarios políticos. Sin embargo, el número de muertes causadas por la violencia política en Italia siguió siendo relativamente insignificante en comparación con las de la Unión Soviética o incluso considerablemente por debajo de las de España durante la Segunda República.
Payne resalta la propensión casi idéntica a la violencia –al menos antes de 1933– tanto de los comunistas como de los nazis en Alemania. Casi todos los partidos –de la derecha autoritaria a la extrema izquierda– compartieron el hecho de infravalorar a Hitler. La derecha nacionalista mantenía la ilusión de que podrían controlarlo, mientras que los comunistas creían que el fascismo alemán daría rápidamente paso a su gobierno, tal y como rezaba su eslogan: «“¡Después de Hitler nos toca a nosotros!”. Hasta cierto punto será así, pero solo a la larga, en absoluto como pronosticaban los teóricos comunistas y solo después de los inimaginables peligros y destrucciones de una guerra mundial» (p. 190). El éxito del nazismo en el país potencialmente más poderoso de Europa dio alas a los movimientos fascistas en todo el mundo, y especialmente en Hungría, Rumanía y Austria. Sin embargo, estos países, además de Yugoslavia, Portugal y Polonia, se mantuvieron como naciones autoritarias más que fascistas.
España vivió enfrentamientos violentos entre una amplia variedad de corrientes políticas, un motivo fundamental por el que la Guerra Civil ha fascinado a observadores de todo el mundo. Las víctimas españolas del terror derechista e izquierdista fueron proporcionalmente menos numerosas que los muertos en Finlandia, pero probablemente superiores a las rusas. «La más amplia» y «la más espontánea» (p. 252) revolución jamás vivida en país europeo alguno se produjo en la zona republicana. Al mismo tiempo, surgieron guerras civiles dentro de la Guerra Civil entre anarquistas, comunistas y socialistas. Por contraste, la España nacionalista fue capaz de evitar en gran medida las confrontaciones entre sus facciones. Y, lo que fue igual de importante, Franco demostró ser mucho más competente que los generales rusos blancos. Al contrario que ellos, centralizó de manera eficaz la autoridad, movilizó a su población y creó una sólida economía de guerra. Fue Franco –no Largo Caballero– quien se erigió en el Lenin español.
La Iglesia aportó el pegamento cultural «neotradicionalista» para los nacionalistas, ya que «la religión definió el conflicto español hasta extremos nunca vistos en ninguna otra guerra revolucionaria» (p. 271). La persecución de la Iglesia en la zona republicana fracasó y unió a los católicos y a los nacionalistas. El catolicismo internacional complementó el apoyo prestado por las potencias fascistas. Hitler se valió hábilmente del conflicto español para desviar la atención de su expansionismo en el centro y el este de Europa. Stalin tuvo menos éxito, ya que su ayuda económica y militar a una República «democrática» distanció paradójicamente a las potencias democráticas a las que estaba intentando atraer.
El final de la Segunda Guerra Mundial desencadenó una serie de guerras civiles. En Italia, entre 1943 y 1945, los enfrentamientos entre los antifascistas, las tropas alemanas y las fuerzas de Mussolini se cobraron doscientas mil vidas. La guerra en Italia fue, de forma simultánea, una guerra civil, una guerra revolucionaria y una guerra de liberación nacional. Los conflictos en Yugoslavia y Grecia fueron, asimismo, tridimensionales; sin embargo, en los Balcanes el peso de la guerra revolucionaria fue mayor que en Italia. Payne cuenta estos conflictos polifacéticos de un modo extraordinariamente claro y sucinto. Concluye que, tras la Segunda Guerra Mundial –con las importantes excepciones de la antigua Yugoslavia y la antigua Unión Soviética–, concluyó el período de guerras civiles europeas. Las rivalidades nacionales, las ideologías radicales, las manipulaciones extranjeras y los odios raciales que las fomentaron se han trasladado ahora a otras partes del planeta.
Aunque el libro es en muchos sentidos una obra maestra, tengo también algunas reservas. La revolución de despertar expectativas podría no explicar del todo el estallido de las revoluciones. Los factores políticos y psicológicos que subraya Payne como desencadenantes de las revoluciones resaltan de manera insuficiente sus causas estructurales y sociales. En otras palabras, los factores históricos que inhibieron el crecimiento de la burguesía e impidieron la finalización de una revolución de clase media deberían ser examinados más seriamente. Las revoluciones atlánticas de finales del siglo xviii se produjeron en naciones con una burguesía dinámica que estaba en la vanguardia del desarrollo de las fuerzas productivas; las guerras civiles revolucionarias de desgaste del siglo xx se desarrollaron, en cambio, en países con una burguesía débil cuyas revoluciones de clase media fueron, en el mejor de los casos, incompletas. Al igual que la guerra civil y la revolución rusas, la guerra civil y la revolución españolas pueden atribuirse tanto a fracasos de la élite como al «incremento de las expectativas» tras la Primera Guerra Mundial (p. 213). Al contrario, el carácter no revolucionario del Frente Popular francés y la estabilidad en Gran Bretaña en el período de entreguerras no se debieron únicamente a la política más moderada de la izquierda francesa y de los laboristas británicos, sino también a unas élites gobernantes más ilustradas y modernas en ambos países.
Payne se muestra por regla general mucho más crítico con la izquierda que con la derecha. Por ejemplo, piensa que quienes apoyaron a la República española se situaban en la tradición jacobina de negar a su conflicto el estatus de guerra civil, ya que los republicanos defendían que solo ellos representaban al «pueblo». Sin embargo, la derecha realizó exactamente la misma negación de la guerra civil al defender que únicamente ella encarnaba a España y que sus enemigos eran simplemente la «anti-España». Elementos de la extrema izquierda son correctamente criticados por su propaganda violenta y odiosa que clamaba por el «exterminio» de la burguesía. La utilización derechista de un vocabulario similar contra sus enemigos políticos, religiosos y de clase no recibe mención alguna. Los dos primeros años de la República son descritos como «jacobinos», pero resulta difícil imaginar a Manuel Azaña como el Robespierre español, ya que renunció pacíficamente a su cargo en 1933. Se desdeña la «fallida sublevación militar en septiembre de 1932» porque «apenas tuvo apoyos» (p. 217), pero parece que en ella se vieron implicados importantes oficiales e influyentes derechistas2. En general, las conspiraciones derechistas contra la República reciben una atención mucho menor que las izquierdistas. Las pruebas son insuficientes para concluir que «el programa republicano de izquierdas de 1931-1932» habría seguido el modelo mexicano que «intentaba someter todo el clero a su control, practicando después una política de asesinatos selectivos de líderes católicos seglares» (p. 215). La cifra de veinticinco millones de muertes directas o indirectas provocadas por las políticas soviéticas (p. 173) necesita de una elaboración y concreción mayores3.
No es del todo preciso afirmar que «las guerras [en Europa] del oeste [durante la Segunda Guerra mundial] se libraron, por lo menos en parte, de manera convencional en lo tocante al trato que se dispensaba a soldados y civiles» (p. 340). La severa represión política, las represalias desproporcionadas y los trabajos forzados (si es que no la esclavitud) sin precedentes impuestos a los países ocupados por Alemania difícilmente pueden tacharse de «convencionales»4. En todas las naciones europeas –occidentales u orientales– que ocuparon, los alemanes libraron de forma implacable su «guerra contra los judíos»5. La historia y el recuerdo de su deportación y asesinato masivos complican la construcción de identidades nacionales saludables en las actuales Alemania, Francia, Polonia y muchos otros países continentales6.
El lector español disfrutará especialmente de este rico volumen en el que las tensiones y la violencia vividas en España durante los años treinta sirven a menudo como una valiosa lente para comprender otros conflictos. Los lectores de todas las nacionalidades valorarán el tratamiento innovador de las guerras civiles en las potencias -europeas de primer y de segundo nivel durante la mitad más sangrienta del siglo xx.
revistadelibros.com

martes, 26 de abril de 2016

EL ESTALLIDO DE LA GUERRA DE 1914. Ernst Jünger.

Me gusta recordar las semanas anteriores a la guerra; se caracterizaron por una atmósfera de euforia y laxitud como la que suele preceder a las tormentas de verano. La actitud de la gente era más franca y despreocupada de lo normal, pero sus ocupaciones seguían discurriendo por los cauces habituales. Por eso, y no obstante lo que estaba ocurriendo, tampoco mi familia dejó de emprender, como todos los años, el habitual viaje de veraneo hacia la isla de Juist.


Esta vez no había acompañado yo a mis padres y hermanos; me había quedado en nuestra solitaria casa a fin de preparar con calma el examen final de bachillerato. Sentía deseos de librarme pronto de los bancos escolares, que me resultaban cada vez más agobiantes. Por mi modo de ser tendía hacia una amplitud y libertad vitales que presumía, sin duda con razón, que eran irrealizables en la aburguesada Alemania. Un año antes había intentado ya un golpe de fuerza; me había escapado de casa al amparo de la noche, para correr aventuras por el mundo. Como les suele suceder a los fugitivos adolescentes, muy pronto fui devuelto a casa. Mi padre, hombre de sentido práctico, había cerrado un pacto conmigo; primero haría el examen final de bachillerato y luego me dedicaría a recorrer el mundo a mi gusto y capricho. Esta agradable perspectiva espoleaba considerablemente mi diligencia.


Había realizado ya grandes progresos en mis estudios cuando, hacia el final de las vacaciones escolares, en aquel día de agosto tan henchido de significado, subí al tejado de nuestra granja; aquel edificio había sido pasto de las llamas el año anterior y ahora estaban reparándolo. Allí se encontraba trabajando Robert Meier, nuestro jardinero, acompañado de un obrero desconocido para mí, que nos había enviado por algunos días una empresa fabricante de cubiertas de tejado a prueba de fuego. Mientras aquellos dos hombres clavaban en los cabrios los tableros de la cubierta, yo les hacía compañía y charlaba con ellos.


Desde aquel tejado se podía divisar en toda su amplitud el antiquísimo paisaje de llanuras en que estaba situada nuestra casa. Hacia el este, cerraba el horizonte un lago de grandes dimensiones llamado el Mar de Steinhude; hacia el oeste, la mirada se perdía en una extensa zona pantanosa en la cual, según contaban viejas tradiciones, un ejército de Germánico había sufrido un descalabro. Por el sur penetraban en la llanura las últimas estribaciones de los montes del Weser; y hacia el norte se extendía la planicie por los páramos de Nienburg, sembrados de oscuros bosques de pinos. El campo de visión abarcaba, pues, todos los elementos de este paisaje que yo sentía como mi verdadera patria.


Sentados en el tejado, que los rayos del sol habían recalentado, nos hallábamos entregados a nuestra charla, cuando pasó por la parte de abajo, montado en su bicicleta, el cartero, tal como solía hacer siempre a aquella hora. Sin bajarse, nos gritó estas tres palabras: «¡Orden de movilización!». Sin duda hacía ya horas que el telégrafo estaba difundiendo incesantemente esas mismas palabras por todos los rincones del país.


El tejador acababa de alzar el martillo para dar un golpe. Detuvo su movimiento y con toda suavidad depositó la herramienta sobre el tejado. En ese instante entraba en vigor para él un calendario diferente. Había cumplido ya el servicio militar y en los próximos días tendría que presentarse a su regimiento. Meier pertenecía a la reserva de reemplazo y también para él era inminente el llamamiento a filas. Yo tomé la resolución de participar en la guerra como voluntario, decisión que adoptaban a aquella misma hora centenares de miles de hombres.


Nuestro pequeño y pacífico grupo se había convertido de golpe en un grupo de soldados, y eso mismoocurría en todos los sitios de Alemania en que estuviesen reunidos unos cuantos hombres. Recogimos las herramientas y acordamos tomar un trago en la aldea. Cuando llegamos ante el ayuntamiento vimos que ya estaba expuesta en el tablón de anuncios la orden de movilización. En la taberna no se notaba ninguna excitación especial — al campesino de la baja Sajonia le es ajena la exaltación, su elemento propio es la tenaz fuerza de la tierra. No regresamos a casa hasta bastante tiempo después; mientras caminábamos por la solitaria carretera íbamos cantando la hermosa canción que dice:


Auf auf Kameraden von der Infanterie,
es gilt für unser Leben...
[Arriba, arriba, camaradas de la infantería,
hemos de luchar por nuestra vida... ]


Mis padres regresaron al día siguiente; todos los lugares de veraneo se habían quedado vacíos de repente. Por la tarde fui en tren a Hannover para inscribirme en un regimiento. De vez en cuando veía junto a los raíles unos peleles rellenos de paja que se bamboleaban al viento. Los guardavías habían colgado al zar Nicolás.


Por la Plaza de Ernesto-Augusto pasaba desfilando un regimiento que marchaba al frente. Los soldados cantaban, entre sus filas se habían introducido señoras y muchachas y los adornaban con flores. Desde entonces he visto muchas multitudes arrebatadas de entusiasmo; ningún otro ha sido tan hondo y poderoso como el de aquel día.


A la mañana siguiente me dirigí al cuartel del 74° Regimiento de Infantería, que encontré sitiado por millares de voluntarios. Era completamente imposible avanzar dentro de aquella muchedumbre. Por fin al tercer día conseguí llegar hasta el 730 Regimiento de Fusileros; allí me declararon apto y me apuntaron en las listas. Una vez resuelto el problema de mi inscripción, un escribiente me gritó, cuando ya me marchaba:
—¿Y usted qué es? ¿Está en el último curso de la enseñanza media? ¿Quiere hacer también el bachillerato?


En medio de la agitación en que me encontraba se me había olvidado del todo aquella cuestión, que tampoco me parecía ya tan importante. De todos modo hice que me extendieran un certificado, y así fue cómo durante cinco días sufrí, junto con otros compañeros de infortunio, una serie de exámenes escritos y orales. Como es natural, las pruebas fueron fáciles; en realidad resultaba menos difícil aprobar que suspender. Aun así, hubo entre nosotros un ave de mal agüero que logró realmente esto último. Una vez que me matriculé en la universidad de Heidelberg, quedé libre de toda clase de preocupaciones.


Durante las semanas siguientes me despertaba de muy buen humor por las mañanas — en especial cuando la noche anterior había estado soñando que aún no tenía aprobado el examen final de bachillerato. En realidad sólo había una cosa que me desazonaba; me llenaban de angustia las noticias que los periódicos traían acerca de nuestras victorias. Según ellos, algunas patrullas de la caballería alemana habían divisado ya las torres de París; si las cosas continuaban progresando de ese modo, ¿qué iba a quedar para nosotros? Pues también nosotros queríamos oír el silbido de las balas y vivir esos instantes que cabe calificar como el bautismo propiamente dicho del varón.


La ansiada orden llegó por fin; el 6 de octubre debía presentarme en el cuartel. Las semanas de instrucción transcurrieron con rapidez; pasaba los días en el páramo de Vahrenwald o en la Plaza de Waterloo; las noches, como es natural, con buenos camaradas o con una chica. Aprendí a disparar y desfilar y entablé también conocimiento con la disciplina prusiana. Y si bien es cierto que al principio choqué violentamente con ella, con todas y cada una de sus normas, le debo más que a todos los maestros de escuela y a todos los libros del mundo.


De repente, el 27 de diciembre nos pusieron en estado de alerta; el frente nos estaba aguardando.
Cargados con un pesado equipaje y, sin embargo, eufóricos como en un día de fiesta, desfilamos hacia la estación del ferrocarril. En el bolsillo de mi guerrera había guardado una libreta delgada; estaba destinada a mis anotaciones diarias. Sabía que nunca más volverían las cosas que nos aguardaban y me encaminaba hacia ellas con suma curiosidad. También tendía, por mi propia manera de ser, a observar las cosas; desde muy pronto sentí predilección por los telescopios y los microscopios, instrumentos con que se ve lo grande y lo pequeño. Y entre los escritores admiraba desde siempre a los que, además de poseer unos ojos agudos para todo lo visible, se hallaban dotados también de un instinto para lo invisible.


Cuando llegó el tren comenzaba a oscurecer. Entre cánticos nos sumergimos en la noche. Cuando con luces y ruidos pasábamos rodando junto a las aldeas y las solitarias casas de labor, sin duda los padres que allí estaban sentados a las mesas con sus hijos decían:
—Son soldados. Marchan a la guerra.
Y tal vez los niños preguntaban:
—¿La guerra... ? ¿Qué es eso?