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martes, 7 de abril de 2020

Que alguien me lo explique. Jesús Laínz.

Será que la reclusión está recalentándome las meninges? Porque nunca he prestado atención a ninguna teoría conspirativa, convencido como estoy de que en los hechos humanos suele pesar mucho más la estupidez que la maldad: Ernst Stavro Blofeld y Fu Manchú se los dejo a las películas, pero ZP, por poner un ejemplo eminente, es de carne y hueso. O quizá sea que, por ser de letras, mi ignorancia científica es mucho mayor de lo que suponía, pero el caso es que en este espanto del coronavirus hay demasiadas cosas que no comprendo. Por eso ruego desde aquí que alguna voz autorizada arroje un poco de luz sobre mi oscuridad.
Hace exactamente un siglo la gripe española –de tan erróneo nombre– mató a cincuenta millones de personas de toda edad y condición en todo el mundo, pero éste no se paró. En España fueron 200.000. De momento (31 de marzo), el coronavirus ha provocado 43.000 muertos en todo el mundo, 9.000 de ellos en España. El 0,08% de la gripe de 1918. Pero el mundo se ha parado. ¿Cambiarían mucho estas cifras en caso de que no se hubiese recluido en sus casas a casi todo el planeta? ¿Estaríamos en la senda de llegar a esos cincuenta millones? Es cierto que aquella pandemia duró dos años, frente a los tres meses que lleva la actual, pero aun así la transposición de aquellos datos implicaría que en estos tres meses tendrían que haber muerto seis millones de personas. Evidentemente, los números no alivian el dolor de los afectados ni la saturación de los hospitales, pero sí reflejan la extensión y gravedad de los problemas, aunque solamente sea desde la gélida perspectiva de la estadística. Lo que sí parece claro es que en estos últimos cien años la Humanidad se ha acostumbrado a los hospitales, los antibióticos y las vacunas, y olvidado que los cataclismos, los accidentes, la enfermedad y la muerte son inevitables.
La vida es una cosa muy peligrosa: está continuamente intentando matarnos
La vida es una cosa muy peligrosa: está continuamente intentando matarnos. Y siempre acaba saliéndose con la suya.
Continuando con cifras, y dando por supuesto que el virus no entiende de fronteras, gobiernos, naciones ni razas, hay demasiados hechos desconcertantes. Por ejemplo, el de que en China, con 1.400 millones de habitantes, haya habido muchos menos muertos que en Italia o España, con 60 y 47 millones respectivamente. ¿Cómo es posible que en Pekín, ciudad de 22 millones de habitantes, haya habido solamente 580 casos y ocho muertos? ¿Y en Shanghái, de 23 millones, 516 casos y seis muertos? ¿Cómo es posible que en la provincia de Madrid, con seis millones y medio de habitantes, hayan muerto por el momento 3.800 personas, más que en toda China? ¿Será que la sanidad española es pésima y que los españoles hemos desobedecido la orden de confinamiento? Todos sabemos que no es así. ¿Cómo es posible que en USA, país de 326 millones de habitantes, menos de la cuarta parte de China, se hayan declarado más del doble de casos y estén aumentando a gran velocidad? Una posible explicación sería la densidad: cuanta más concentración de personas, más posibilidades de contagio. Pero aquí también los hechos apuntan a lo contrario: la densidad china es cuatro veces mayor que la estadounidense: 140 hab./km2 frente a 33. ¿Qué pasa, entonces? ¿Será que la higiene privada y pública de los americanos es muy inferior a la de los chinos? ¿Será que escupen más, se lavan menos y se tosen más los unos a los otros? ¿O acaso habrá que prestar atención a las pocas voces que, saltando a duras penas la censura china, denuncian que, vista la cantidad de ataúdes y urnas funerarias que han circulado y siguen circulando por Wuhan, los 2.480 muertos reconocidos en el epicentro de la epidemia deberían multiplicarse al menos por veinte? Por no hablar de Corea del Norte, cuyo paralelo 38 parece haberse demostrado infranqueable hasta para los virus. Y, saltando la frontera, ahí está una India cuyos 1.370 millones de habitantes están demostrándose singularmente inmunes: 1.600 contagiados y 45 muertos, menos que cualquier provincia pequeña española. ¿Será que la India, cuya densidad, por cierto, es casi el triple que la china, disfruta de un sistema hospitalario y unas condiciones higiénicas muy superiores a las de Europa? En cuanto a África, ¿cómo es posible que el virus parezca no haber pasado por allí? ¿Será que los amarillos y los negros se contagian menos que los blancos? ¿Y cómo es posible que China se haya estabilizado en los 82.000 contagiados desde hace semanas? Podría comprenderse si siguieran encerrados 1.400 millones de personas, pero es evidente que no es así y que hasta la muy confinada Wuhan está comenzando a volver a la normalidad. Hay demasiadas cosas que no encajan.
Y las incógnitas numéricas continúan en suelo europeo. ¿Cómo es posible que Rusia, con sus 146 millones de habitantes, solamente haya sufrido 2.700 casos y 24 muertes? ¿Tan desconectada está del resto del mundo? ¿Tan eficaz y previsor ha sido su aislamiento? Y, sobre todo, ¿cómo es posible la baja mortalidad alemana? Con el 70% de los casos de Italia, sólo han sufrido el 5% de fallecimientos. Con el triple de casos que Gran Bretaña, sus fallecidos son un tercio de los británicos. ¿De dónde viene diferencia tan incomprensible? ¿De la sanidad? ¿De la sociedad? ¿De la contabilidad?
Pero abandonemos los números y vengámonos a los efectos de la pandemia, aparte de que estos números habrán quedado obsoletos en tres o cuatro días, aumentando todavía más estos contrastes inexplicables. Habría que empezar por reflexionar sobre su origen en la ciudad china donde se ubica un importante instituto de virología que ya tuvo que lidiar con extraños virus hace pocos años. ¿Casualidad o causalidad? Aunque tampoco hace falta obcecarse con una conspiración, ya que una fuga accidental o un error humano serían suficientes.
Lo más importante, sin embargo, son las consecuencias, puesto que la situación actual no se puede prolongar demasiado, salvo que todos los habitantes de este planeta nos pongamos de acuerdo en evitar morir de neumonía para morirnos de hambre. Por otro lado, ni siquiera está claro que el virus vaya a remitir con el verano, pues no todos los virus son iguales y éste no tiene por qué comportarse como el de la gripe. ¿Seguiremos encerrados durante meses o años? Además, si el virus se contagia tan fácilmente, quizá sea tan solo cuestión de meses, o a lo sumo de unos pocos años, que todos los terrícolas entremos en contacto con él. No se le pueden poner puertas al campo. Un nuevo virus ha saltado a los humanos y en los humanos se va a quedar hasta el fin de los tiempos, como todos los demás. Ya lo avisó Pasteur: "Los microbios tendrán la última palabra".
Está claro, y nadie en su sano juicio lo puede discutir, que lo urgente es frenar el contagio masivo para evitar el colapso de los sistemas sanitarios de todo el mundo, con las terribles consecuencias que ello implicaría y que ya han empezado a sufrirse. Pero, una vez parado el primer embate y ganado tiempo para aumentar los medios sanitarios y para intentar conseguir la vacuna que impida la enfermedad o los antivirales que la atenúen, el mundo entero tiene que regresar a la normalidad aunque ello implique afrontar riesgos. No cabe otra opción. Y cuanto antes, mejor.
© Libertad Digital

viernes, 25 de octubre de 2019

Esto va a acabar mal. Jesús Laínz.

En 1888 Friedrich Nietzsche escribió esto en su Crepúsculo de los ídolos:
Dicho al oído de los conservadores: No hay remedio: hay que ir hacia delante, quiero decir, avanzar paso a paso hacia la decadencia (ésta es mi definición del progreso moderno). Se puede poner obstáculos a esa evolución, y, con ellos, embalsar la degeneración misma, conjuntarla, hacerla más vehemente y repentina: más no se puede hacer.
Descripción perfecta del régimen del 78. Para ser exactos, de la degeneración del régimen del 78 debido a la instauración del suicida Estado de las Autonomías.
Pero no cometa usted, malinterpretador lector, el error de deducir que este humilde juntaletras ha traído la frase del gran filósofo alemán para referirse solamente a esa entidad ideológica amorfa e indefinible a la que suele llamarse derecha. Porque, en este contexto, por conservadores hay que entender todos los gobernantes, de cualquier partido, que se han dedicado durante los últimos cuarenta años a conservar –a conllevar, según el nefasto término orteguiano– el problema separatista sin mover un dedo, como si, dándolo por inamovible, sólo cupiera sentarse a ver pasar el tiempo con la vaga esperanza, en el mejor de los casos, de que algún día, por mediación divina o similar, el problema se resolviese solo. 
Por eso todos nuestros gobernantes, desde el hoy idolatrado duque de sí mismo hasta el incalificable Rajoy, pasando por todos los demás, de entre los cuales sería injusto no destacar el infausto ZP, se han limitado a conservar la situación establecida por la Constitución de 1978 y empeorada por cada uno de ellos.
Pero lo grave no ha sido la faceta política de la cuestión, con ser ella sola lo suficientemente seria como para poner en peligro la existencia de la nación. Lo verdaderamente grave ha sido el conservadurismo judicial, si se nos permite la expresión. Pues el hecho clave de la vida política española durante estas últimas cuatro décadas ha sido la inexistencia del Estado de Derecho, sobre todo en lo relativo a las perpetuas acciones ilegales y anticonstitucionales de los gobernantes separatistas.
Cuarenta años de incumplimiento de leyes y sentencias, cuarenta años de escandalosa impunidad para todo tipo de delitos, desde el saqueo de Pujol hasta la rebelión de Puigdemont, cuarenta años de insolente anuncio de que pretendían seguir incumpliéndolo todo, nos han conducido a la situación en la que nos encontramos hoy: unos políticos separatistas insistiendo en un golpe de Estado agravado cada día; y las vidas y haciendas de millones de ciudadanos a merced de lo que dichos políticos decidan. La impunidad de un golpe de Estado evitado en falso mediante la falsa aplicación del artículo 155 por el falso Rajoy, sumada a la impunidad que, vía indulto, anuncia un Sánchez que, en comparación, acabará alzando a ZP a la categoría de patriota, ha sido el incentivo final que necesitaban los separatistas para atreverse a dar el paso siguiente: intentarlo de nuevo. Pues ya han comprobado que no pasa nada.
Nadie puede acusar de hipocresía a los separatistas. Bien claro anuncian sus intenciones cada día. No merece la pena aburrirnos ahora con mil citas. Basta una sola, la frase de Quim Torra del 8 de diciembre poniendo como ejemplo para Cataluña la secesión de Eslovenia, aquella primera chispa de las guerras que hace tres décadas acabaron con Yugoslavia al precio de 140.000 muertos:
Los catalanes hemos perdido el miedo. No nos dan miedo. No hay vuelta atrás en el camino hacia la libertad. Los eslovenos decidieron tirar hacia delante con todas las consecuencias. Hagamos como ellos y estemos dispuestos a todo para vivir libres.
Es decir: pongamos muertos sobre la mesa para poder aspirar a la independencia con el apoyo de unos extranjeros horrorizados. Los candidatos a muertos, eso sí, habrán de ser los demás, no el cobarde Torra y sus compinches.
Éstas son las consecuencia de conservar la situación durante cuarenta años. La presión sobre el embalse se ha ido acumulando y ahora está a punto de romperse y de llevarse todo por delante.
Sólo hay una solución de última hora, suponiendo que todavía estemos a tiempo: que las instituciones españolas –todas– estén a la altura de las circunstancias. Que el Gobierno gobierne con espíritu patriótico, inteligencia, altura de miras y obediencia a la ley. Que los parlamentarios dejen de hacer el payaso y cumplan con dignidad su función de representación de la soberanía nacional. Y que los jueces apliquen exacta y estrictamente la ley. O se demuestra que España es un Estado de Derecho, con todas las consecuencias y caiga quien caiga, o el Estado desaparecerá.
De los dos primeros poderes no cabe esperar mucho, pues sobradas pruebas han dado de su frivolidad e incapacidad. Por eso probablemente recaiga la mayor responsabilidad sobre los jueces, sobre esos jueces acosados por los partidos políticos en Madrid y por las hordas separatistas en Cataluña.
España está en sus manos. Porque si tampoco ellos responden, esto no tardará en acabar mal, muy mal.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Republicanos contra la República: Marañón, el arrepentido. Jesús Laínz.

Quizá la Segunda Repúblicanunca hubiera llegado, o hubiera llegado más tarde o de otro modo, sin la aportación de unos pocos personajes de enorme influencia en aquellos días. Uno de los más importantes fue, indudablemente, el egregio médico y escritor Gregorio Marañón, figura destacada del liberalismo español de la primera mitad del siglo XX.
Aunque, por hallarse en aquel momento en Francia, no pudo asistir al Pacto de San Sebastián, firmado el 17 de agosto de 1930 por varias personalidades republicanas para aunar esfuerzos en el derrocamiento de la Monarquía, Marañón envió una entusiasta carta de adhesión. Pocos meses después fundaría, junto con Ortega y Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República, de gran influencia en el cambio de régimen.
Hasta tal punto influyó personalmente Marañón en dicho cambio de régimen, que la reunión final entre Alcalá-Zamora y el conde de Romanones, el mediodía del 14 de abril, en la que se decidió la claudicación de los monárquicos y el traspaso de poderes tuvo lugar en su casa. Así lo recordaría don Niceto en sus memorias:
La capitulación de la corona en casa de Marañón fue ofrecida por aquélla sin darnos tiempo a exigirla cual ya habíamos decidido. Reflejóse de ese modo, hasta en los últimos trámites, la honda verdad de que todo régimen muere por el suicidio en que remata y expía sus culpas. Húndense las monarquías por los reyes y sus cortesanos, como hacen perecer las repúblicas sus partidarios más fanáticos.
Efectivamente, no tardarían los fanáticos en desengañar a Marañón y sus compañeros. Así le expresó su desazón a Ortega poco después de las elecciones constituyentes:
Querido Ortega: no me deja el pensamiento de que hemos de decir algo al país en estos momentos. Hemos sido una fuerza grande para traer la república y hemos dado un sentido más alto que el que había hasta entonces al movimiento. Ahora se hunde, precisamente, ese sentido de dignidad. Las pequeñas e inofensivas sandeces de los monárquicos sirven de pretexto para justificar la plebeyez de mala ley de los que nunca supieron hacer nada por el progreso de España ni por la república; y ahora quieren que ésta sea un instrumento de su exclusiva pertenencia. Perdone, pero estoy muy inquieto viendo tanta sandez. Nuestro nombre ha sido la garantía para centenares y centenares de votantes: muchos más de los que están en nuestras listas, y no han votado para esto.
Tras dos años de diputado, abandonó la primera línea de la política y se centró en su trabajo científico. Pero al estallar la guerra, las cosas no se le pusieron fáciles. Por la tibieza que se le sospechaba, tuvo que comparecer dos veces en sendas checas y una ante un tribunal popular. Y el Comité Obrero prohibió la reedición de Raíz y decoro de Españaporque en una de sus páginas Marañón había escrito: "Yo, que he sido siempre liberal, gracias a Dios". Además, le obligaron con amenazas a firmar un documento de apoyo al Gobierno republicano y a emitir una declaración en el mismo sentido por la radio del Partido Comunista. Así relató al eminente historiador del arte Josep Pijoan lo sufrido a manos de "aquella caterva de asesinos":
Yo he estado cinco meses en Madrid, en contacto con ellos, y le aseguro que toda la intransigencia y la pequeñez de espíritu de todos los obispos y todos los izquierdistas del mundo es poca cosa comparada con la suya. Cuando durante cinco meses he tenido que firmar, pistola al pecho, lo que querían cuatro acólitos de don Fernanditísimo; cuando he tenido que decir por la radio lo que querían, a las 12 de la noche, entre fusiles, comprenderá usted que todo lo de los otros me parece una broma. Me acuerdo de aquel Primo de Rivera, dictador, que me encarceló, como de santa Teresita.
Dado que el horizonte empezaba a oscurecerse, se refugió con su familia en la embajada de Polonia, tras lo que consiguió escabullirse y embarcar en Alicante en un buque inglés con destino a Francia. Al poco de llegar a París, el 21 de febrero de 1937, explicó a Le Petit Parisien los motivos por los que había salido de Madrid:
Me sabía en peligro. Una mañana leí, en el periódico de Largo Caballero, estas líneas destacadas en letras enormes: Si queréis saber los antecedentes de Gregorio Marañón, buscadlos en las listas fascistas. ¡Era una sentencia de muerte! Esta hoja oficial publica, en efecto, bajo esta forma, sus órdenes de ejecución. Los benévolos verdugos, tan pronto como se los alerta, rivalizan en celeridad. Todos aquellos a quienes he visto señalados de este modo han sido asesinados unas horas después de la salida de la edición (…) Los intelectuales que han tenido la suerte de encontrarse en territorio controlado por los nacionales no han visto amenazadas sus vidas ni se han visto obligados a exiliarse. Compruébelo usted mismo: en los hoteles de París y otras ciudades francesas podrá encontrar refugiados políticos españoles. Todos han escapado de la España roja. Ninguno ha tenido que escapar de la España nacional.
Y varios días más tarde tuvo que aclarar ante una asamblea de intelectuales franceses las que a su juicio eran opiniones erróneas sobre lo que estaba sucediendo en España:
No hay que esforzarse mucho, amigos míos. Escuchen ustedes este argumento: el 88% del profesorado de Madrid, Valencia y Barcelona ha tenido que huir al extranjero, abandonar España, escapar a quien más pueda. ¿Y saben ustedes por qué? Sencillamente porque temían ser asesinados por los rojos, a pesar de que muchos de los intelectuales amenazados eran tenidos por hombres de izquierda. ¿Comprenden ustedes ahora, queridos amigos?
Y a continuación enumeró una larga lista de intelectuales que se encontraban en el extranjero, "fugitivos de la España roja", entre ellos Menéndez Pidal, Ortega y Gasset, García Morente, Pérez de Ayala, Puig y Cadafalch, Jiménez Díaz, Baroja, Azorín, D’Ors, Madariaga, Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna, huidos todos ellos de un régimen a cuyos dirigentes dedicó Marañón todo tipo de adjetivos en sus artículos y cartas privadas: crueles, ladrones, infames, cobardes, desleales, podridos.
Pocos días más tarde, el 6 de marzo, publicó un artículo en El Pueblo de Montevideo, titulado "Ante la más monstruosa de las pedanterías del crimen", en el que reiteró la presencia en París de refugiados de la España republicana, incluidos numerosos izquierdistas que habían preferido mantenerse lejos de los suyos:
Hoy quedan en la España roja exclusivamente los marxistas y sus prisioneros. Esta verdad es tan patente que cualquiera la puede comprobar sin más que pasearse por las calles de París. Diputados del Frente Popular, ex ministros y altos cargos, periodistas de los diarios de izquierda: apenas falta uno; y a ellos se añade la casi totalidad de la Universidad española. El espectáculo no requiere más comentario que su sola contemplación (…) Los hombres de izquierda no moscovizados están fuera de España. Muchos no se atreven a decir las razones de su destierro. Pero ninguno quiere volver.
En numerosas ocasiones recordó que el estallido de la guerra se había debido a las dos revoluciones provocadas por las izquierdas, como respuesta a la última de las cuales los militares y el pueblo se habían rebelado. Así lo explicó, por ejemplo, en su ensayo Liberalismo y comunismo, publicado en la Revue de Paris el 15 de diciembre de 1937:
Con el pretexto del triunfo de las derechas en las elecciones, intentaron un golpe de mano revolucionario y netamente comunista para ocupar el poder en octubre de 1934. Esto no lo recuerdan en el extranjero, donde no tienen por qué saber la historia de España al detalle, aun siendo tan reciente. Pero los españoles, que no lo han podido olvidar, se ríen del súbito puritanismo con que los mismos que entonces hicieron la revolución contra algo tan legal como unas elecciones, se cubren hoy el rostro con la toga porque una parte del pueblo y el ejército se sublevó, a su vez, dos años más tarde, ante las violencias del poder, algunas de la magnitud del asesinato del jefe de la oposición por la propia fuerza pública (…) La sublevación de Asturias en octubre de 1934 fue un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España (…) El movimiento comunista de Asturias fracasó por puro milagro. Pero dos años después tuvo su segundo y formidable intento.
En el artículo para el periódico uruguayo arriba mencionado lamentó que hubiera quienes seguían identificándole con el régimen republicano, puesto que sostenía que dicho régimen había sidosustituido por unadictadura marxista:
La España liberal, cordial y clara que deseamos unos cuantos ha muerto a manos del Frente Popular, más definitivamente aún que la España anquilosada que barrió la dictadura de Primo de Rivera. ¿Qué tengo yo que ver con los que la han matado?
Una de las ideas que más repitió tanto en sus escritos de los años bélicos como en los posteriores, ya regresado a España tras la victoria de Franco, fue su arrepentimiento por haber colaborado en el advenimiento de la República y la acusación a todos los liberales por haber facilitado el camino hacia la revolución y la guerra debido a su "ceguera para los colores", su "daltonismo", su "incapacidad para ver el despotismo cuando aparece teñido de rojo". Así se lo declaró al Petit Parisien:
Sólo una cosa importa: que España, Europa y la Humanidad se vean liberados de un régimen sanguinario, de una institución de asesinos de cuyo advenimiento, por un trágico error, nos confesamos culpables.
En una carta a Menéndez Pidal de octubre de 1937 reprochó a las democracias occidentales no haber apoyado contundentemente a los alzados debido al mismo error que habían cometido previamente los liberales españoles:
Gran error ha sido el de las democracias del mundo, entre ellas la americana, de no darse cuenta de que se ponían inconscientemente al lado de lo más antidemocrático que existe actualmente, que es el comunismo. Todas ellas sufrirán el mismo castigo que nosotros, el que ya anunciaba Tácito, con el que estoy tan familiarizado: la dictadura. No tenemos derecho a quejarnos de ella, pues la hemos hecho necesaria por nuestra ayuda estúpida a la barbarie roja.
Y en marzo de 1939, con la guerra a punto de acabar, reiteró su arrepentimiento a Pérez de Ayala:
Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España. Sin quererlo siento que estoy lleno de resquicios por donde me entra el odio, que nunca conocí. Y aún es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos; y por haber creído en ellos. ¡No merecemos que nos perdonen! Consolémonos con que los hijos parecen ya a salvo de peligro y con que ellos no se han contaminado con la revolución de Caco y caca.
Su apoyo al bando alzado fue inequívoco desde el primer momento. En febrero de 1937, recién llegado a Francia, declaró que "la victoria de Franco es segura, lo que colmará todos mis deseos". Y a Pérez de Ayala le confesó: "Tengo tal fe en que la causa nacionalista es la causa de España, que la mantendría con todas sus consecuencias". Pocos meses después, mientras su familia veraneaba en el San Sebastián franquista, le escribió lo siguiente a Menéndez Pidal:
Yo tengo mi resolución tomada para el porvenir. Si los rojos (ahora y siempre, comunistas, rusos) ganaran, yo no volvería, jamás, a España. Si los otros ganan, con sus defectos y todo, iré. Prefiero la Inquisición a la Inquisición + pedantería + mentira + hipocresía.
Le enorgulleció mucho que su hijo Gregorio, pudiendo quedarse en París con él, hubiese preferido alistarse al ejército de Franco, donde alcanzó el grado de alférez provisional. En años posteriores ejercería, entre otros altos cargos, los de consejero nacional del Movimiento y procurador en Cortes.
El 29 de marzo de 1939, recién disparado el último tiro, escribió a Pérez de Ayala:
Yo creo que en el espíritu nacionalista, que ha nacido, hay muchas cosas buenas, algunas admirables. Por lo pronto, allí está España. Franco se ha conducido con serenidad, con nobleza. Con pulcritud, con espíritu español.
Y en aquellos mismos días le reprochó a Salvador de Madariaga que creyese las mentiras que la prensa internacional vertía sobre el bando vencedor, entre ellas la de que la victoria de Franco convertía a España en títere de Hitler y Mussolini y base para sus ejércitos:
Ahora ha visto usted que todo lo que desde hace años se decía en el mundo democrático de la guerra de España y de su problema político era mentira. Esta fase final de la guerra prueba no una superioridad de un ejército sobre otro, sino la fuerza de la realidad contra la mentira (…) Puede usted tener por cierto que no quedará en tierra española un italiano. Los alemanes se han ido ya. Se irán como se fueron los ingleses de Wellington (…) Los judíos que fabrican la opinión pública, infecta, de las putrefactas democracias no saben historia. No tienen más que codicia y bilis en el alma. Le hablo a usted sin pasión. Nadie en Europa ha visto a la España nacional. Nadie sabe lo que es. Todavía no ha dicho nadie una cosa que salta a la vista: que Franco es un maravilloso general superior a todos los que andan en activo en el mundo.

libertaddigital.com

miércoles, 14 de junio de 2017

Psicología, Prozac y Dios. Jesús Laínz

¡Cuántas veces una anécdota encierra más sabiduría que mil explicaciones! Porque las cenizas de Carrie Fisher, la princesa Leia de La Guerra de las Galaxias, fueron enterradas en una urna con la forma de píldora de Prozac. Según explicó su hermano, este antidepresivo era una de las posesiones favoritas de la actriz, así que la familia decidió sepultarla en tan peculiar envoltorio por tratarse del "lugar donde le gustaría estar". Del Paraíso a una píldora de Prozac: desasosegante resumen de la Humanidad actual.

Podrían escribirse sesudos tratados sobre las causas de las neurosis que sufre buena parte de la población de eso que se llama mundo desarrollado. Podría hablarse de la invasión de la técnica, de las prisas de la vida moderna, de la deshumanización de las ciudades, de la crisis de la familia, del vacío existencial, pero todo eso, más que causas, son las consecuencias de males más profundos. Y quizá pudiéramos resumir todos ellos en uno solo: el olvido de Dios. O su destierro. O su muerte. Da igual. Lo esencial es que parece evidente que la pérdida del sentido de la trascendencia no suele sentarle bien al ser humano.

Antaño, cuando el mundo estaba ordenado, de las cuestiones angustiosas de la vida se ocupaban los curas, como es natural. Pero, como advirtió el inigualable Chesterton, cuando se deja de creer en Dios se pasa a creer en cualquier cosa. Hasta en la psicología. Buena parte de la culpa la tienen precisamente quienes han pasado de pastores de almas a gestores de beneficencia. De la resurrección a la revolución. Luego se extrañarán de que no les haga caso ni Dios.

Por eso uno de los síntomas de la debilidad terminal de nuestro blandito Occidente es la creciente necesidad de psicólogos que nos consuelen de nuestros problemas, problemillas o problemazos. María Oquendo, presidente de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, contaba hace unos meses que "no damos abasto con la cantidad de psicólogos y psiquiatras que se necesitan". Y lo más interesante del asunto es que la pobreza no tiene nada que ver con ello, pues son precisamente los países más desarrollados los más depresivos. Por el contrario, los habitantes de los países menos desarrollados, que no tienen ni nuestra riqueza ni nuestras infraestructuras ni nuestros servicios, no se distinguen por padecer depresiones. Sencillamente, no tienen tiempo para ello. Con espabilarse para poder comer todos los días tienen suficiente.

Aquí nos preocupan otras cosas. Hace ya tiempo que Spengler señaló, entre otros síntomas de debilidad del occidental contemporáneo, su afición a contratar seguros para cubrir cualquier riesgo, desde el rayado de la pintura del coche hasta la muerte. El miedo a la peste o a los vikingos ha dejado paso al miedo al gasto. ¡Cómo han decaído las cosas humanas hasta para temerlas!

Que el hombre occidental es un desequilibrado lo demuestran mil datos: hace ya unos cuantos años se puso de moda entre los ejecutivos norteamericanos desestresarse pegando alaridos por las ventanas. Poco después, las tendencias punteras en psicoterapia recomendaron hacer una pausa a media mañana para sentarse en cuclillas a jugar y cantar cancioncillas infantiles. Luego resultó que la técnica más vanguardista consistía en organizar guerras de almohadas en la oficina. Al parecer, el penúltimo berrido se llama mindfulness, lo que en román paladino siempre se llamó contar hasta diez antes de arrearle un guantazo al vecino. Y el último, diseñado para combatir problemas psicológicos como la tensión, la inseguridad y los miedos, consiste en acurrucarse en postura fetal dentro de un envoltorio, como un gusano en su capullo de seda. Según explican los expertos, una vez empaquetado hay que permanecer en silencio durante veinte minutos. En japonés lo llaman Otonamaki. En castellano antiguo, hacer el capullo.

Y junto a todas estas mamarrachadas, ¡y las que vendrán!, están la pedantería y la charlatanería, plagas de una época en la que la cultura no pasa de barniz. Un ejemplo entre mil: en la provinciana ciudad de este humilde escribidor se anuncia una charla sobre "Los seis pasos básicos para crear una Vida Extraordinaria". Así, con mayúsculas. Y la imparte una señora cuya profesión es –agárrense– Life Coach-Entrenadora de Vida. ¡Nada menos!

Pero, gracias a Dios, ante la retirada del espíritu y la licuefacción de la inteligencia, consuela ver que a veces, con el motivo más insospechado, el pueblo es capaz de dar una lección a tanta tontería. Hace un par de inviernos se nos regaló un hermoso ejemplo. Debido al mal tiempo, unos cuantos cientos de personas quedaron atrapadas durante una noche en la estación de esquí de Panticosa. Aunque, efectivamente, el temporal les impidió bajar cuando tenían previsto, pasaron la noche viendo la tele, bebiendo cubatas gratis y con los niños pasándoselo bomba por la pequeña aventura. Pues bien, a los encargados de resolver la situación no se les ocurrió otra idea que enviar psicólogos para ayudar a los afectados a soportar, comprender, aceptar, sobrellevar, interiorizar, somatizar, superar y sublimar (nunca la justificación de un sueldo necesitó tantos verbos) la tensión. La maravillosa respuesta de los atrapados fue: "¡Dejaos de psicólogos y subid tabaco!".

Sentido común 1 - Gilipollez ilustrada 0.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Ríos de sangre. Jesús Laínz.



Los hijos de la Merry Old England siempre han estado orgullosos de que los bobbies, ese emblema de la paz y el civismo de una gran nación, vayan armados solamente con un silbato. En un país tradicionalmente próspero y tranquilo como el suyo, se han dedicado fundamentalmente, desde su creación hace doscientos años, a ayudar, informar y, casi de pasada, a mantener el orden con su simple presencia.

Si el protagonismo policial en el Reino Unido se ha podido calificar de liviano, menor aún ha sido el militar, al menos en casa. Pues a los británicos, colonizadores de una cuarta parte del planeta, nunca les gustó ver militares por sus calles. Preferían exportarlos. Por eso George Orwell pudo escribir en 1941, con sus compatriotas movilizados contra la Alemania de Hitler:

Todavía se recuerda el tiempo en el que los casacas rojas recibían abucheos en plena calle y los dueños de las tabernas públicas más respetables negaban la entrada a los soldados.

Pero aquellos días hace mucho que se fueron para no volver, pues el tiempo no pasa en balde sobre las personas, las sociedades, la política y la técnica. Y así hoy nos encontramos con que, tras la masacre de Manchester y ante la amenaza de nuevos atentados, la policía no da abasto para garantizar la seguridad de los ciudadanos y el gobierno ha tenido que desplegar el ejército por las calles. Y lo mismo sucede en una Francia en estado de emergencia desde hace dos años.

¿Volverá Europa a ser el continente próspero y pacífico que fue desde el final de la Segunda Guerra Mundial? El tiempo dirá, pero parece poco probable mientras siga en pie de guerra ese sector del mundo musulmán fanáticamente decidido a imponer su orden en el resto del mundo.

La guerra a la que se enfrenta Europa no se parece a ninguna de las muchas guerras que han ensangrentado su suelo durante siglos, pues en esta ocasión no hay campo de batalla ni enemigo desplegado en él. Para ser exactos, todo es campo de batalla y cualquiera puede ser el enemigo, un enemigo que además cuenta con la doble ventaja de elegir momento y lugar y de no importarle perder la vida en su acción.

El multiculturalismo ha fracasado por ser contrario a la naturaleza del hombre, aunque demasiados sigan sin enterarse, o más bien sin querer enterarse. Ya avisaron de ello voces musulmanas muy autorizadas, como la del rey marroquí Hasán II en 1993 en una televisión francesa:

–Entrevistadora: ¿Usted querría que los musulmanes se integrasen en Francia? ¿Está usted a favor o en contra del principio de la integración?

–Hasán II: Yo no querría en modo alguno que sean el objeto de una tentativa de integración, puesto que no se integrarán jamás.

–¿Usted cree que ellos no querrán o que serán los franceses los que los rechacen?

–Ellos no podrán. Sería posible entre europeos, pues su mundo es el mismo, su religión, etc. Los movimientos europeos a lo largo de la historia han sido entre el este y el oeste. Pero esto es entre continentes, y no hay nada que hacer: serán malos franceses.

–Así pues, ¿nos desaconseja usted intentar la integración?

–Les desaconsejo en lo que se refiere a los míos, los marroquíes, que intenten un cambio de nacionalidad, pues nunca serán franceses al 100%, se lo puedo asegurar.

El rey de Marruecos se había limitado a constatar una evidencia inaceptable para el pensamiento único occidental: que por encima de la nacionalidad que figure en un pasaporte siempre estarán otros vínculos comunitarios de mucho mayor peso y más hondas raíces. Y si el vínculo dominante es una religión exasperada por motivos políticos, económicos, culturales y teológicos de largo alcance, las consecuencias suelen ser explosivas. Nunca mejor dicho lo de explosivas, desgraciadamente.

Un cuarto de siglo antes de las declaraciones de Hasán II, en 1968, el erudito y político conservador británico Enoch Powell fue defenestrado de su partido por haber augurado "ríos de sangre" en la Gran Bretaña futura si no se ponía freno a la inmigración afroasiática. Aunque su prometedora carrera terminó abruptamente a causa de ello, su camarada Margaret Thatcher, recién concluido su mandato presidencial, admitió en 1991 que, aunque quizá lo expresase empleando palabras inadecuadas, Powell había acertado.

Madrid, París, Londres, Niza, Bruselas, Berlín, Manchester… Efectivamente, los ríos de sangre han comenzado a manar.

lunes, 31 de octubre de 2016

Jalogüín. Jesús Laínz.

Calabazas de Halloween acechan entre las verduras. ¡El Imperio ha llegado a la frutería!

Es una constante histórica que a las potencias políticas en sus épocas de grandeza les salgan imitadores. Además del caso más evidente, Roma, si España exportó su lengua, cultura y modas en el siglo XVI, Francia e Inglaterra recogieron el testigo en siglos posteriores. Pero lo que exporta la primera potencia de nuestros días no es precisamente lo elevado: la comida basura, las acrobacias de Michael Jackson y la idiotez de Halloween. Interesante síntoma.
Todas las calabazas son idénticas, perfectas, esféricas, del mismo tamaño y color. Parecen de plástico pero son de verdad. Lo artificial es el aparatoso envoltorio negro, lleno de brujas y espectros, más propio de un juguete que de una hortaliza. Al fin y al cabo se supone que no es para comer, sino para jugar.
Y que nadie eche la culpa a los yanquis: nunca ha existido nada parecido a unaHalloween Exportation Agency. Si se ha imitado la cosa en otros países es porque les ha dado la gana. Si el vacío espiritual de Europa se llena con cualquier tontería llegada de la otra orilla del Atlántico o de cualquier otro lugar, no es culpa de los norteamericanos.
Lo más divertido es que estas calabazas tan monas, tan perfectas, tan clónicas que daría grima comérselas, llegadas desde la metrópoli hasta los supermercados más alejados del Imperio, nacieron en Los Alcázares, Murcia, Spain.
Del mismo modo que la Semana Santa no tardará en ser confundida con las fiestas de moros y cristianos, la tomatina de Buñol o la defenestración de la cabra de no sé donde –para lamentar lo cual no hace falta ni siquiera ser creyente–, las iglesias no tardarán en ser nada más que testigos mudos de un culto extinguido, como los templos paganos y las pirámides. Ya hoy casi sólo cumplen la función de museos para masas ajenas e irrespetuosas con el culto que allí sigue celebrándose marginalmente. Y es la propia Iglesia la que se esfuerza en vulgarizar, en profanar el carácter sacro de sus edificios, rebajando sus ceremonias en persecución de un contraproducente populismo mediante decoraciones degradantes y musiquillas tontas que a veces incluso sirven de soporte para letras disolventes. Por ejemplo, elImagine de John Lennon durante la consagración. Debe de ser que los curas no saben inglés.
Y en cuanto a la fiesta ésta de las calabazas, no sólo ha barrido con la costumbre bisecular de representar el Tenorio de Zorrilla (¿Tenorio? ¿Zorrilla? No me suenan. ¿En qué equipo juegan?), sino que incluso ha conseguido que mientras los que peinan canas van al cementerio a depositar unas flores y dedicar una oración a sus seres queridos, la juventud más preparada de la historia de Expaña se va de fiesta disfrazada de zombi.
Si en la tradición grecolatina los muertos representaban una presencia benefactora que, generalmente a través de los sueños, aconsejaban y acompañaban a los vivos, los románticos anglosajones consiguieron hacer de ellos unas criaturas espeluznantes; y del Más allá, el reino de la oscuridad. Hasta los niños de corta edad han aprendido que eso de la muerte del cuerpo y la inmortalidad del alma consiste en un pasatiempo dedicado a asustar, perseguir, matar y comerse a la gente. De ello se han encargado hasta los colegios de monjas, donde se anima a la chavalería a celebrar el día de Todos los Santos bailando Thriller.
Esto se cae. Y no por la economía.

elmanifiesto.com

miércoles, 18 de enero de 2012

La censura en Cataluña


Noticia sobre la censura del nuevo libro de Jesús Laínz en Cataluña. Hay que reconocer que ser nacionalista catalán es una de las infinitas maneras de ser imbécil. 
La misma semana que se conoce que los médicos en Tarragona están obligados a hablar en catalán aunque el paciente no lo entienda y días después de que los Mossos hayan comenzado a emplear el castellano nada menos que como medida de presión contra los recortes de Artur Mas, la libertad vuelve a verse cercenada en Cataluña. Sólo es un ejemplo, pero representativo de lo que ocurre en la Generalidad, ahora gobernada por CiU, antes por el tripartito del socialista José Montilla.
La Casa del Libro de la Rambla de Cataluña, en Barcelona, ha vetado la presentación del libro de Jesús Laínz, 'Desde Santurce a Bizancio. El poder nacionalizador de las palabras' y lo ha hecho, según explicó la propia librería, porque sus salas no acogen presentaciones de libros "subversivos" o "muy problemáticos".
Así lo ha contado el autor a LD, que ha manifestado que en Cataluña ya "no hace falta ninguna prohibición, ningún policía; el pueblo se ha convertido en gendarme de sí mismo, la gente se autocensura porque saben lo que se puede hacer o decir" para no ver perjudicados sus intereses particulares o empresariales. Y esto convierte al sistema en algo "verdaderamente feo", ha señalado Laínz.
Curiosamente en otro feudo nacionalista, el País Vasco, su presentación no tuvo ningún percance. Más allá de algún "chascarrillo" como "vascófobo", al que el autor no da más importancia, Bilbao acogió la obra de buen grado. "La sala estaba llena", unas 500 personas acudieron al acto.
El libro, prologado por el colaborador habitual de Libertad Digital Amando de Miguel, será presentado finalmente el próximo 2 de febrero en el Hotel Catalonia cercano a la Plaza de Cataluña en Barcelona. Sentados junto al autor estarán el presidente de la asociación Convivencia Cívica Catalana, Francisco Caja, y el parlamentario de Ciudadanos, Jordi Cañas.
http://www.libertaddigital.com/sociedad/2012-01-18/la-casa-del-libro-de-barcelona-veta-la-presentacion-de-un-libro-por-considerarlo-subversivo-1276447334/