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sábado, 26 de octubre de 2019

Las ‘Trece rosas’: una historia donde nada es rosa. José Javier Esparza.

La capacidad de la izquierda para construir leyendas es realmente admirable. El caso de las llamadas “trece rosas” es un perfecto ejemplo. Empezando por la circunstancia de que a esas mujeres fusiladas en 1939 se las considere socialistas cuando, en realidad, eran comunistas. Pero para entender adecuadamente el capítulo, en el que nada es rosa, conviene ponerlo en su contexto.

Cuando acabó la guerra civil, el Partido Socialista Obrero Español estaba literalmente triturado, dividido en al menos cuatro facciones. Hay que recordar que el último acto de la contienda es una batalla intestina en el bando del Frente Popular: a un lado, el Consejo de Defensa de Madrid, liderado por el socialista Besteiro con el coronel Casado y el anarquista Cipriano Mera; al otro, el gobierno del también socialista Negrín, entregado al Partido Comunista y cuyos principales líderes ya habían huido del país. Aquella batalla no fue cosa menor: hubo cerca de 2.000 muertos. Sobre esta ruptura se añadió inmediatamente otra en el exilio: los socialistas de Indalecio Prieto, por un lado, contra los de Negrín, que a estas alturas ya había sido expulsado del PSOE. Prieto y Negrín no peleaban por razones ideológicas, sino por controlar el tesoro expoliado y expatriado por los jerarcas republicanos para sufragar su exilio. El PSOE nunca se recuperará de estos desgarros, y por eso su trayectoria bajo el franquismo fue tan poco relevante. Pero aun antes había habido otra ruptura, esta de mayores consecuencias: la de las Juventudes Socialistas, que fueron el instrumento de Moscú para fagocitar al PSOE.


Traiciones en la izquierda

Recordemos sumariamente los hechos: desde abril de 1936, con el protagonismo de Santiago Carrilloy por instrucción directa de Moscú, las organizaciones juveniles del partido socialista y del partido comunista se fusionan en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Cuando estalla la guerra, los militantes de las JSU ingresan en masa en las llamadas Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, la organización paramilitar del Partido Comunista, a la que tan pronto veremos en el frente como en la represión ejecutada en la retaguardia. Finalmente, en noviembre de 1936 y bajo la dirección personal de Santiago Carrillo, las JSU rompen con el PSOE y se pasan al Partido Comunista. Las JSU, por tanto, eran una organización dependiente del PCE, enteramente subordinado a su vez a la Komintern y al Partido Comunista de la Unión Soviética, cuyo líder, por si alguien lo ha olvidado, era Stalin. Todas estas cosas son bien sabidas y los propios protagonistas las han contado reiteradas veces. Es asombroso que aún sea preciso recordarlas.

Cuando acabó la guerra civil, en abril de 1939, los principales cuadros del Partido Comunista ya estaban en el extranjero. Primero en Francia, pero París proscribió a los comunistas después del pacto de Stalin con Hitler (agosto de 1939), así que casi todos acabaron en Moscú. Cerca de un millar de personas se instalaron en la capital soviética. Meses antes, en junio, Santiago Carrillo había publicado su célebre carta contra su propio padre, el socialista Wenceslao, de la facción de Besteiro, acusándole de traición. Los socialistas –decía entre otras cosas Santiago Carrillo- habían dejado en la cárcel a millares de comunistas para que las tropas de Franco los encontraran allí al entrar en Madrid. Eso era verdad. La carta tenía por objeto exculpar al PCE –y sobre todo al propio Santiago- de responsabilidad en la derrota y romper cualquier lazo entre el PCE y el PSOE. Consiguió su objetivo, aunque a Carrillo le costaría recuperar su posición en la cúpula de un PCE cuyo buró político se reunía en Moscú en un ambiente de tempestad. No era para menos: José Díaz, el ya muy quebrantado secretario general, acusaba de traición a las JSU, es decir, a Carrillo.

El episodio de las “trece rosas” tiene que inscribirse en este contexto. En el verano de 1939, recién terminada la guerra, lo que ha quedado del PCE en España es menos que nada: los que no han huido, han sido ejecutados por los socialistas en el golpe de Besteiro y Casado –véase el caso de Barceló- o están presos y esperando juicio o paredón. El primer intento de reconstrucción del partido en torno a Matilde Landa es frustrado de inmediato por la Policía (Matilde fue condenada a muerte, pero una intervención del filósofo García Morente, ya sacerdote, la salvó del paredón). Acto seguido toma su testigo Cazorla, viejo camarada de Carrillo en los días de Paracuellos, pero con la misma rapidez es delatado desde el interior. Son episodios que he documentado abundantemente en “El libro negro de carrillo” (Libros Libres, Madrid, 2010). En Madrid permanecen, sin embargo, núcleos menores de las JSU, que sienten la necesidad de multiplicar las acciones para eludir esa acusación de traición que la cúpula del Partido formula contra ellos. Ahora bien, esos sectores que aún quedan en la capital son los más vinculados a la represión roja en retaguardia, dirigidos por líderes de tercer o cuarto nivel y prácticamente sin comunicación con la cúpula de la organización, que está en el extranjero. Son tales líderes los que, supuestamente, tramaron el asesinato de Isaac Gabaldón el 31 de julio de julio de 1939.

¿Quién mató a Gabaldón?

El comandante Isaac Gabaldón, guardia civil, estaba adscrito al Servicio de Información Militar de Gutiérrez Mellado y era encargado del Archivo de Logias, Masonería y Comunismo, es decir, un puesto clave de la represión de posguerra. Fue asesinado en la carretera de Talavera a Oropesa junto a su hija (Pilar, 16 años) y su chófer. Los asesinos: Damián García Mayoral, Sebastián Santamaría y Francisco Rivares, tres jóvenes de las JSU que se disfrazaron de militares, pararon el vehículo en la carretera, subieron a él y sin mediar palabra asesinaron a sus tres ocupantes y abandonaron los cuerpos en un cañaveral. Robaron 104 pesetas y dos jamones. Y también se quedaron con la libreta donde Gabaldón apuntaba a sus sospechosos.

El asesinato fue imputado a los comunistas, o sea, a las JSU. Hubo una redada que desmanteló los últimos restos del partido comunista. ¿Por qué sabía el nuevo régimen dónde estaban los comunistas, quiénes eran? Primero, porque el Gobierno del Frente Popular había dejado intactos los archivos de los militantes del PCE y las JSU en Madrid, de modo que, cuando acabó la guerra, los vencedores los encontraron sin el menor problema. Y después, porque el joven militante que había quedado al frente de las JSU en Madrid, José Pena Brea, 21 años, fue denunciado por otro compañero y detenido, y finalmente, bajo tortura, delató a sus camaradas. El mismo día del asesinato de Gabaldón, según refiere Piñar Pinedo citando una resolución judicial del 20 de octubre de 1939, apareció en la prisión de Porlier nada menos que Gutiérrez Mellado para excarcelar a uno de los detenidos, el militante comunista Sinesio “el Pionero”, que resultó ser un confidente del SIM. Sólo él se salvó. Y enseguida desapareció para siempre. Todo el episodio del asesinato de Gabaldón y la investigación posterior está lleno de misterios y contradicciones. No es, en todo caso, el objeto de este artículo.



El hecho es que así acabaron ante el tribunal, primero, y el paredón después, 56 personas, entre ellas los autores del asesinato, otras muchas detenidas con anterioridad, y también las jóvenes que luegola propaganda comunista bautizará como las “trece rosas”. ¿Quiénes eran? Trece muchachas detenidas porque figuraban en las listas de las JSU y del PCE. La mayoría de ellas eran, sí, militantes, cuatro habían pertenecido al comité comunista de Chamartín y verosímilmente habrían participado en la represión de retaguardia, pero había una que figuraba allí por la militancia de su novio y otra que acabó en la cárcel por la delación de un pretendiente despechado. Desastres de la guerra.

Los 56 detenidos fueron acusados de terrorismo, tanto por el asesinato de Gabaldón como por otras tentativas anteriores. Después, la mitología de la izquierda española ha convertido a las víctimas, y en particular a las “trece rosas”, en leyenda. La placa que conmemora su muerte dice que “dieron su vida por la libertad y la democracia”. No: dieron su vida –o, más bien, otros se la quitaron- por la dictadura del proletariado y por la revolución bolchevique, que era en lo que realmente creían. Y alguna de ellas acabó en el paredón, sin culpa alguna, por una de esas horribles casualidades que pueblan la crónica de las guerras civiles. Su historia no carece de valor, como la de todos los que mueren defendiendo sus ideas, pero invocar al efecto “la libertad y la democracia” es un disparate que sobrepasa los límites del ridículo. Salvo que aceptemos a Stalin como adalid de la libertad y la democracia.

La realidad de los hechos es esta: nada en este episodio es rosa, ni en un lado ni en el otro. La represión de posguerra es respuesta directa a la de la guerra, como ocurre en todas las guerras civiles que en el mundo han sido. Reconstruir el episodio como si fuera una película de buenos y malos es un infantil ejercicio de estupidez. Hoy debería ser posible hablar de estas cosas con cierta frialdad. Pero la izquierda española, para seguir manteniendo su hegemonía ideológica, necesita reescribir continuamente su historia y deformarla hasta el punto de convertirla en mitología, con la anuencia cómplice y cobarde de una derecha necia hasta el infinito.

rebelionenlagranja.com

jueves, 21 de febrero de 2019

Nunca hubo genocidio español en América. José Javier Esparza.

El 12 de octubre de 2005, la agencia oficial argentina Télam emitía un texto donde aseguraba que “con la llegada de los conquistadores se inició un exterminio que arrasó con 90 millones de pobladores de la región y quebró el desarrollo cultural de este lado del Atlántico. […] El mayor genocidio de la historia”.
¿En qué se basa esta acusación? Se basa en datos que proceden de la propia época. Uno, muy concreto, son los censos de población india realizados por los españoles en el siglo XVI, que reflejan una reducción brutal del número de nativos. Por ejemplo, los taínos de Santo Domingo pasaron de 1.100.000 en 1492 a apenas 10.000 en 1517. Es decir, en un cuarto de siglo había prácticamente desaparecido la población precolombina de Santo Domingo y las Antillas. ¡Un millón noventa mil muertos en sólo veinticinco años! Esas cifras se extrapolaron después al resto del continente. Sorprende que un número exiguo de españoles fuera capaz de matar a tanta gente en tan poco tiempo, pero, al fin y al cabo, hay un testimonio de la época que lo afirma con toda claridad: el del dominico Fray Bartolomé de las Casas, que contrapone la mansedumbre de los indios a la crueldad de los españoles. Los españoles, en una generación, han matado a más de quince millones de indios, dice fray Bartolomé. Unas líneas más adelante, en ese mismo texto, el buen dominico multiplica esa cifra por dos. Irrefutable, ¿no? Pues no.
El genocidio imposible
Primero, las cifras del genocidio son imposibles: ¿Noventa millones de muertos en un siglo y pico a manos de sólo 200.000 españoles, que más no fueron los que pasaron a América? Eso cuadra mal. ¿Un millón de muertos en poco más de veinte años, en un solo sitio, las Antillas, y en el siglo XVI, a base de ballesta y arcabuz? Es impracticable, sobre todo si tenemos en cuenta que, al mismo tiempo, los Reyes Católicos habían dado órdenes muy estrictas de tratar bien a los indígenas. Por otro lado, ¿quién hizo el censo? ¿Son fiables esas cifras? Respecto a Las Casas, ¿por qué denuncia tantos crímenes y, sin embargo, nunca dice dónde ni cuándo se produjeron, como tampoco da el nombre del criminal? ¿Y por qué da unas cifras y después, a medida que se va calentando, va subiendo el número de muertos sin temor a la contradicción?
Y además, si esto pasó en América, ¿por qué no pasó en Filipinas, donde no hay noticia de genocidio alguno (no, al menos, hasta el que perpetraron los norteamericanos a principios del siglo XX)? Aún peor: Las Casas logró su objetivo y en 1547 la Corona prohibió el sistema de encomiendas, que según fray Bartolomé era la causa de las muertes, pero los indios siguieron muriendo. No sólo eso, sino que por dos veces se le autorizó a construir una especie de “república de indios”, que era lo que él reclamaba, y las dos veces sus asentamientos fueron atacados por los propios indios. ¿Por qué? ¿Qué pasa aquí? Nada encaja. Vamos a explicar lo que pasó de verdad. 
Si esto pasó en América, ¿por qué no pasó en Filipinas, donde no hay noticia de genocidio alguno?
Primero, el asunto de la población. Directamente: los censos de la época no valen. Eso lo ha demostrado una norteamericana, Lynne Guitar, de la Universidad de Vanderbilt, que fue a Santo Domingo a estudiar la historia de los taínos y se quedó allí: hoy es profesora del Colegio Americano en Santo Domingo. Y la profesora Guitar descubrió que los censos no es que no sean fiables, sino, más aún, que son inútiles: cuando un indio se convertía al cristianismo y vivía como un español, o más aún si se mestizaba, dejaba de ser censado como indio y era inscrito como español. Y si luego venía otro funcionario con distinto criterio, entonces volvía a ser inscrito como indio, y así hay casos de ingenios de azúcar donde los indios pasan de ser unos pocos cientos a ser 5.000 en sólo dos años, y después la cifra decrece radicalmente para, de repente, volver a aumentar. Para colmo, los encomenderos –los españoles que regentaban tierras y explotaciones– mentían en sus censos, porque preferían trabajar con negros, a los que podían esclavizar, que con indios, cuya esclavitud estaba prohibida por la Corona, de manera que sistemáticamente ocultaban las cifras reales. Es decir que las cifras censales de los indios en América, en el siglo XVI, son papel mojado.
¿Cuántos indios había realmente en América? Según los cálculos de Rosemblat, que siguen siendo los más serios, la población total de la América indígena no pasaba de los 13 millones desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego. Le recuerdo a usted la nota de la agencia oficial argentina Télam citada al comienzo: “un genocidio de 90 millones de indios”. Jamás hubo tantos. ¿Mentía entonces fray Bartolomé al hablar de aquel exterminio? Quizá no a conciencia. Las Casas vio graves casos de crueldad. Y vio también muertos, muchos muertos. Era fácil conectar una cosa con otra. Pero hoy sabemos que la gran mayoría de aquellos muertos, que sin duda se contaron por cientos de miles, fueron causados por los virus, algo que ningún español del siglo XVI podía conocer.
La guerra de los virus
También sobre esto hay estudios incontestables. Desde muy pronto se pensó en la viruela; se cree que la introdujo en América un esclavo negro de Pánfilo de Narvaéz, hacia 1520, y se sabe que hizo estragos en Tenochtitlán. Cuando Pizarro llegó al Perú, encontró que la población estaba diezmada por la viruela mucho antes de que ningún español hubiera asomado por allí la nariz: el virus había viajado por selvas y cordilleras a través de los animales. Estudios posteriores, como el del doctor Francisco Guerra, señalan sobre todo a la gripe porcina, la llamada “influenza suina”, como causante de la mortandad indígena a principios del XVI. El hecho es que los indígenas americanos, que habían vivido siempre aislados del resto del mundo, recibieron de repente y en muy pocos años el impacto combinado de todos los agentes patógenos difundidos por los buques europeos, sus cargamentos, sus animales, sus pasajeros. Un investigador de la Universidad de Nueva York, Dean Snow, precisa que la gran mortandad no tuvo lugar en el siglo XVI, sino después, cuando empezaron a llegar niños, es decir: tosferina, escarlatina, paperas, sarampión; fue letal. Del mismo modo que los primeros establecimientos españoles en América fueron diezmados por las fiebres, así también los indios, en gigantescas proporciones, fueron diezmados por los virus. Virus que sus cuerpos desconocían y que no pudieron resistir. ¿Recordamos algún caso más reciente? Entre los años 1918 y 1919, la llamada “gripe española” causó la muerte de más de treinta millones de personas en todo el mundo. Lo de América no fue inusual.
Los estudios de los últimos treinta años son prácticamente unánimes: hubo ciertamente altas cifras de mortandad entre las poblaciones amerindias, pero las cifras se reparten por igual entre los indios aliados de los españoles y entre sus enemigos, y aún más, las cifras de mortandad entre los propios españoles son, proporcionalmente, más elevadas aún que las de los nativos. Es decir que la mortandad es cierta, pero no el genocidio.
Hoy ningún investigador serio discute que la causa principal de la mortandad entre nativos y entre españoles fueron los virus: los indígenas cayeron a mansalva bajo el efecto de enfermedades que los españoles llevaron consigo y que en aquel mundo eran desconocidas, mientras que los españoles quedaban aniquilados por enfermedades tropicales –malaria, dengue, leishmaniasis, tripanosomiasis, etc.– que no sabían cómo tratar. Ya hemos citado el caso del Perú: cuando llega Pizarro, la población del Imperio inca lleva varios años soportando los efectos de una dura epidemia de viruela mucho antes de que ningún español hubiera asomado por allí el morrión. Otro dato: cuando Hernando de Soto se encuentra con la misteriosa Dama de Cofitachequi, en la actual Carolina del Sur, lo que halla a su alrededor es un poblado convertido en necrópolis por el efecto de las enfermedades. La llegada a las Indias de los primeros niños europeos, con su carga de varicelas, sarampiones, paperas y demás, fue más letal que cualquier ejército. Mientras tanto, las expediciones de Bobadilla, Ovando y Pedrarias, por ejemplo, contabilizaban hasta un 50 por ciento de bajas mortales apenas dos meses después de haber desembarcado, los de Pizarro caían fulminados por infecciones, etc. Los avances de la medicina en el último medio siglo han permitido explicar numerosos episodios de este género. Es asombroso que aún hoy tantos historiadores sigan renuentes a introducir el factor médico en sus narraciones de la Conquista.
De manera que hubo, sí, una mortalidad mayúscula de indios en América, pero no fue un genocidio. Un genocidio requiere que haya voluntad de exterminio. Eso no pasó en la América española. Pasará después en la América anglosajona, que sí ejecutó proyectos de exterminio deliberado de la población indígena. Esa misma América anglosajona que ahora maldice a Colón y los españoles.
La verdad de la Conquista
La conquista española de América –la cruzada del océano– fue propiamente una conquista, es decir, una operación de dominio, de poder, y en su crónica surgen inevitablemente los mismos episodios de violencia, depredación y guerra que en cualquier otra conquista de cuantas la Historia conoce. Pero, al mismo tiempo, fue una empresa guiada por un innegable espíritu de misión en el sentido religioso del término: se trataba de convertir a la Cruz a pueblos que vivían al margen de ella, y por eso
Cosas insólitas como la prohibición de la esclavitud, la protección de los indígenas, el mestizaje o la multiplicación de catedrales, universidades, hospitales...
en la aventura aparecen elementos tan insólitos como la prohibición de la esclavitud, la protección legal de los indígenas, el mestizaje o la multiplicación de catedrales, universidades y hospitales a lo largo de todo el territorio conquistado. El resultado de todo eso fue un mundo nuevo: un mundo que ya no era el de las culturas amerindias, pero que tampoco era propiamente una España
ultramarina, porque la América hispana muy pronto tuvo su singular personalidad. El antecedente más parecido que se le puede encontrar a este magno proceso es la construcción del Imperio romano: del mismo modo que Roma creó en Europa un mundo sobre la base de su lengua, sus legiones y su derecho, así España creó en América un mundo sobre la base de su religión, su idioma y su ley.
Enfrente estaban los indios, por supuesto. Pero también sobre este particular hay que hacer infinitas matizaciones y revisar numerosos tópicos. Los excesos románticos de la literatura indigenista nos han vendido la imagen del pérfido depredador español que llega a las Indias para explotar al buen indio, que dormitaba tranquilamente en la puerta de su bohío. Es una imagen ridícula. Primero y ante todo: los indios son tan protagonistas de la Conquista como los propios españoles. Colón jamás habría podido instalarse en La Española sin la aquiescencia de una buena parte de los taínos. Cortés jamás habría conquistado México sin los tlaxcaltecas y otros pueblos aliados, como Pizarro jamás habría conquistado el Perú sin los tallanes, los huancas y los chachapoyas, entre otros muchos. Segundo y no menos fundamental: taínos, tlaxcaltecas, tallanes y demás pueblos aliados de los conquistadores se unieron a los españoles porque estaban siendo salvajemente explotados por los caribes, los aztecas y los incas, respectivamente. Ésa era la realidad.
La estampa del indio que dormitaba feliz a la puerta de su bohío es estrictamente falsa. Las comunidades amerindias, prácticamente sin excepción, eran sociedades muy conflictivas, muy violentas, donde unos pueblos aniquilaban a otros sin la menor contemplación, donde la esclavitud era una institución absolutamente convencional, donde las mujeres –en términos generales­– eran usadas como objeto de cambio y donde los sacrificios humanos formaban parte de la vida cotidiana. Todo esto no fue un invento de los cronistas para legitimar la hegemonía española; todos los hallazgos arqueológicos lo confirman. Por eso los pueblos más débiles, los que sufrían la violencia de los más fuertes, se unieron a los españoles de muy buen grado: aquellos sujetos barbudos envueltos en hierro eran su única salvación. La Conquista no se sustancia, pues, en un simple esquema “europeos contra indios”. La realidad fue muchísimo más compleja. Y así como hubo algunas poblaciones indígenas enteramente aniquiladas, hubo otras –de hecho, la mayoría– que abrieron las puertas a la Conquista y contribuyeron a la radical transformación del continente. Las cosas fueron así. Nunca hubo un genocidio español en América.
elmanifiesto.com

miércoles, 9 de mayo de 2018

Introducción a Hilaire Belloc. José Javier Esparza.

Hilaire Belloc: el viejo trueno sigue sonando. José Javier Esparza.

“La Fe es Europa y Europa es la Fe”. Esta es la frase con la que puede resumirse toda la obra y toda la vida de Hilaire Belloc, sin duda uno de los autores católicos más representativos del siglo XX. Íntimo amigo de Chesterton, este francés trasplantado a Inglaterra iba a construir en ochenta años de vida una obra extensísima y guiada siempre por ese principio: la defensa de la cristiandad, y más concretamente, del catolicismo romano, como columna espiritual de Europa. No sólo religión sino, quizá sobre todo, civilización. Buen asunto para recordarlo hoy, cuando tantos lo quieren olvidar.

¿Quién era Hilaire Belloc? Un trueno de hombre. Y con ese apodo, el “viejo trueno”, se le conocería desde muy joven. Belloc era de origen francés. Había nacido en La Celle Saint-Cloud, cerca de París, en 1870. Su padre era francés; su madre, inglesa. La familia se estableció en las islas británicas ese mismo año, pero nuestro autor mantuvo la nacionalidad francesa hasta 1902, de manera que su servicio militar lo hizo en Francia, en 1891. No tuvo una infancia fácil: su madre murió cuando él era muy pequeño. Su padre se cuidó de darle una educación esmeradísima. Estudió en Oxford, donde se graduó en Historia; se casó con una californiana (Elodie Hogan, el amor de su vida, con quien iba a tener cinco hijos) y finalmente, en 1902, obtuvo la nacionalidad británica.


Autor de combate


Intelectualmente hablando, el caso de Belloc es el de un hombre que siempre supo lo que quiso. Su formación escolar le había dotado de amplios conocimientos clásicos y también en Historia, de modo que muy temprano comenzó a escribir. ¿Qué escribía? Un poco de todo. Poesía como en su primer libro, Verses and Sonnets (1895), y después El bestiario del niño malo. También libros de viaje, como El camino a Roma, que iba a convertirse en una de sus obras más representativas, o La vieja carretera, Las colinas y el mar, Los cuatro hombres… Y además de la poesía y los viajes, están las biografías, un género que iba a cultivar con éxito durante toda su vida: Danton (1899), Robespierre (1901), María Antonieta (1909)…

Fijémonos en ese libro, El camino a Roma: lo que narra ahí Belloc es propiamente una peregrinación, pero una peregrinación a su manera, es decir, una mezcla tempestuosa de piedad religiosa y de amor al arte, de Historia de Europa y de cerveza, de buen humor y de temperamento combativo. Ante todo, es el libro de un católico. Belloc había recibido el catolicismo de su madre, anglicana convertida a la fe de Roma por influencia del cardenal Manning. Y el propósito de nuestro autor va a ser, muy deliberadamente, escribir desde la visión católica de las cosas, frente a la distorsión impuesta en Inglaterra por la historia oficial protestante. Belloc es un autor de combate. Estamos, pues, ante una decisión personal de presencia en la vida pública. Era sólo cuestión de tiempo que esa decisión le llevara a la política.

Belloc cruza la acera hacia el mundo político, en efecto. En 1906 se presenta a las elecciones en el distrito de South Salford por el Partido Liberal. Sus rivales conservadores le hacen una campaña a cara de perro: “No votes a un francés católico”, decían. Belloc, provocador, comenzó su primer mitin con estas palabras: “Caballeros, soy católico. Si me es posible, voy a Misa todos los días. Esto que aquí saco es un rosario. Me arrodillo y paso estas cuentas todos los días si me es posible. Si me rechazáis por este motivo, agradeceré a Dios que me ahorre la indignidad de ser vuestro representante”.

Hay que decir que Belloc ganó las elecciones y el escaño. Pero también hay que apresurarse a señalar que muy pronto quedó defraudado. Hilaire Belloc, combativo y ante todo sincero, no podía soportar la corrupción del sistema parlamentario: le escandalizaba que las elecciones fueran en realidad un trámite amañado y que la clase política monopolizara la representación, dejando a la sociedad al margen. Así que empezó a protestar hasta que le echaron del Partido. En 1910 volvió a presentarse, esta vez como independiente, y de nuevo fue elegido, pero no tardó en renunciar a su escaño: la atmósfera de aquella democracia ficticia le resultaba irrespirable. Su experiencia política quedará reflejada en tres libros importantes: La elección de Mr. Clutterbuck, Pongo y el Toro y Un cambio en el gabinete, sátiras llenas de humor, pero también de amargura.


Propiedad, sí; capitalismo, según


Nuestro trueno deja la política, pero no la vida pública. Unos pocos años antes ha conocido a los hermanos Chesterton: Cecil y Gilbert. Con Cecil funda en 1912 el semanario político The Eye Witness. Belloc vuelca su creatividad en el ensayo: decenas de artículos que va recogiendo en sucesivos volúmenes y que publica con los sugestivos títulos de Acerca de nada y temas afines (1908), Acerca de todo (1909), Acerca de lo que sea (1910) y Acerca de algo (1911). El horizonte intelectual de los católicos, en aquel momento, está en la doctrina social de la Iglesia. Y Belloc se sumerge en ella para defender una visión de la economía y la política completamente ajenas al sistema establecido. Su libro más representativo sobre este punto es El Estado servil, de 1912, escrito con Cecil Chesterton.

La tesis de El Estado servil es la siguiente: la civilización europea, cristiana, se sustenta sobre una sociedad de hombres libres, y esa libertad se basa a su vez en la propiedad. De hecho, el grado mayor de la justicia social consiste en que todo el mundo pueda ser propietario sin invadir la propiedad de otro. Es lo que se conoce como “distributismo”. Ahora bien, el camino de la civilización en los últimos años ha ido en otra dirección: el número de propietarios disminuye mientras aumenta la cuantía de sus propiedades; así aumenta también el número de expropiados, de personas que ya no tienen acceso a la propiedad, con lo cual emerge el socialismo. Este proceso significa una terrible amenaza para la base misma de la civilización cristiana.

Ajeno tanto al capitalismo como al socialismo, Belloc da la voz de alarma. Y en un ejercicio de clarividencia, prevé el emplazamiento de un sistema nuevo. Lo que Belloc está prediciendo –con alarma- es una nueva forma de tiranía, un sistema atroz, ni capitalista ni socialista, o ambas cosas a la vez, en la que una parte de la población se vería forzada a soportar a la otra. Eso es el Estado servil. Y para escapar de él no hay otra opción segura que abrazar el distributismo que propone la doctrina social de la Iglesia.

Los años siguientes vieron estallar la Gran Guerra, y la vida de Belloc, a partir de 1914, se vio sacudida por trances muy dolorosos. En 1914 muere su mujer, Elodie. Inmediatamente después mueren en el frente uno de sus hijos, Luis, y también su amigo Cecil Chesterton. Belloc tiene que escribir para sacar adelante a su familia y, además, ocuparse de sus hijos. Pero de la guerra nacen también las reflexiones que se inflaman en un libro decisivo: Europa y la fe, de 1920.


En Europa y la fe, Belloc traza un arco histórico que va desde el paganismo pre-cristiano hasta la Contrarreforma. A lo largo de sus páginas nos explica cómo la Iglesia Católica ayudó a salvar Occidente: gracias a la Iglesia, Europa pudo preservar lo mejor de la civilización griega y romana; gracias a ella, los europeos se benefician todavía hoy de instituciones sociales y formas políticas de indudable origen católico. La civilización europea fue creada y sostenida por la Iglesia, y gracias a ella sigue siendo una sola civilización. Sin la Iglesia, Europa se diluirá. Este fue, sin duda, su libro más incomprendido en su día, pero, curiosamente, es el que con más intensidad sigue hablándonos hoy. Y es aquí, en el final de esta obra, donde Belloc proclamó su lema: “Europa es la fe, la fe es Europa”.

La obra de Belloc es inabarcable: son más de ciento cincuenta títulos, cada uno de los cuales merecería un comentario detallado. Sus biografías, por ejemplo (Danton, Robespierre, María Antonieta, Richelieu, Oliver Cromwell, Juana de Arco, Napoleón), tienen el enorme valor de que no se trata sólo de un relato, sino que lo importante es la interpretación que nuestro autor aplica a cada personaje. Y esa interpretación es unívoca: Belloc lo introduce todo en el contexto de la civilización católica y los vaivenes que ha sufrido a lo largo de la Historia.


La crisis de Europa

A este respecto hay que mencionar de manera especial tanto su Historia de las herejías como su Historia de las cruzadas, un libro este último que hoy resulta muy políticamente incorrecto. Aquí Belloc habla muy claro: gracias a las cruzadas, Europa resucitó. El movimiento que había empezado en la España de la Reconquista, un episodio de la interminable guerra entre la Cristiandad y el Asia, se extendió por Europa y llevó a los cristianos a abrir el mundo. Con las cruzadas, Europa despierta y vuelve a ser ella misma:

“Europa despertó. Toda la arquitectura se transforma y surge un estilo totalmente nuevo: el gótico. Aparece entre las instituciones de la Cristiandad la concepción de los parlamentos representativos, de origen monástico, transportada con éxito al orden civil. Surgen las lenguas vernáculas y con ellas los comienzos de nuestra literatura: el toscano, el castellano, el francés del norte, y algo después, el inglés.”

Y en 1939, otro libro clave: La crisis de nuestra civilización. Libro clave y fecha clave, porque Belloc está viendo ya con claridad lo que iba a significar para Europa no sólo el nacionalsocialismo, sino también el islamismo, fenómeno al que nadie prestaba atención. ¿Por qué está en crisis nuestra civilización? Por la destrucción de la tradición moral y el olvido de las verdades espirituales, que de siempre habían sido los pilares de la cultura europea, pero que ahora hemos dejado de lado, deslumbrados por el progreso de las ciencias. Así han crecido los conflictos entre ricos y pobres, entre ideologías fuertemente opuestas. Nuestra sociedad va retornando a la esclavitud en que estuvo basada en otros tiempos. La única defensa sigue siendo la acción del catolicismo.

La segunda guerra mundial sancionó de forma bárbara los presentimientos de Belloc. En 1941 muere otro hijo suyo. Él mismo, ya con más de setenta años, sufre un ataque del que no se recuperará. Los últimos diez años de la vida de Belloc son un lento apagarse. No le faltaron honores oficiales –por ejemplo, es con Winston Churchill la única personalidad que vio en vida incorporado su retrato a la Galería Nacional-, pero él ya estaba lejos de todo, a solas con su fe. Muere finalmente en 1953, cuando el mundo empezaba a convertirse en lo que Hilaire Belloc había temido.

¿Y por qué hoy, en fin, Hilaire Belloc? Porque en muchas cosas tenía razón. Es verdad que el abandono de la tradición moral y los valores espirituales ha llevado a nuestra civilización a un colapso interior, a una crisis mucho más profunda que cualquier crisis económica. Es verdad que hemos visto surgir un Estado servil donde cada vez es más difícil ser propietario –en realidad los bancos son los dueños de nuestra propiedades- y donde media sociedad trabaja para la otra media. Es verdad que Europa, sin su tradición cristiana, carece de sentido y no es capaz de alumbrar más que una triste burocracia. Al final, es cada vez más obvio que Belloc tenía razón: “La fe es Europa y Europa es la fe”.

domingo, 8 de octubre de 2017

En defensa de España, un paso adelante. José Javier Esparza.





“Amigas, amigos.




Compatriotas.


Españoles.

¡Españoles! Suena bien, ¿verdad? Sí, somos españoles. Y hoy estamos aquí solo por eso: porque somos españoles. Hoy hay aquí lo mismo rojos que azules, verdes y naranjas, y ojalá haya también algún morado, y es maravilloso que así sea, porque hoy no estamos aquí para discutir de qué color pintamos la casa, sino para algo aún más importante: gritar que esta casa es nuestra. Defender nuestra casa. Para esto os hemos convocado hoy a todos la Fundación para la Defensa de la Nación Española. Para que no nos quiten España. Que no nos quiten nuestra casa. Que no te quiten tu patria.



Todos sabemos que lo que hoy nos reúne es la circunstancia trágica que se vive en Cataluña. Y queremos decir bien fuerte esto: amamos a Cataluña. Este de hoy es un acto de amor a Cataluña. Estamos aquí porque Cataluña es también nuestra casa. Cataluña es parte fundacional de España. Por eso, sin Cataluña, España no sería España; sería otra cosa, pero España, no. Hoy todos somos españoles, hoy todos somos Cataluña, hoy todos somos catalanes. A los millones de catalanes que sienten España en catalán les decimos: estamos con vosotros, somos vosotros, no os dejaremos nunca. Queremos gritar con vosotros, en español, Viva Cataluña, y en catalán, Visca España.

También queremos enviar un abrazo fraterno, inequívoco, a esos españoles de uniforme que se han visto maltratados, vilipendiados, abandonados y humillados por proteger la ley de España. Los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado no son algo ajeno al pueblo. Guardia civil y policía son el pueblo, son la nación; somos nosotros, sois nuestros brazos y nuestras manos. La humillación que habéis sufrido la hemos vivido como propia. Vuestro honor es hoy el de todos y cada uno de los españoles de bien. Vuestro patriotismo es un orgullo para todo el pueblo español. Y en eco al grito espontáneo de tantos millones de españoles en estos días, desde Barcelona hasta Huelva, desde Zaragoza hasta Salamanca, en eco a su voz queremos gritar de nuevo Viva la policía y Viva la guardia civil.

Compatriotas,


Lo que hoy nos estamos jugando en España, empezando por Cataluña, es lo más grande, lo más alto y lo más hondo que puede jugarse un pueblo: nuestra soberanía, nuestra libertad, nuestra identidad. La soberanía nacional no es un concepto abstracto. No es una fórmula legal. La soberanía es algo que tiene carne, algo que se puede tocar, que se puede abrazar. La soberanía nacional es lo que nos hace a todos, a todos y cada uno de nosotros, individual y colectivamente, protagonistas efectivos de una continuidad histórica. Nosotros somos la soberanía nacional.

España no nació ayer. España es una realidad histórica incontestable. Una realidad nacional que alberga, desde su origen, formas diversas, pero convergentes, de ser español. Somos desde hace siglos una comunidad política y nuestro nombre es España. Tomar conciencia de eso es lo que nos hace soberanos. Todos y cada uno de los territorios de nuestra patria son nuestra casa común. Repito: nuestros. Nos pertenecen. No pertenecen a una estirpe regia, no pertenecen a una oligarquía financiera, no pertenecen a una clase política o a unos caciques mediáticos. España pertenece al pueblo español. Eso es lo que significa soberanía. Nadie tiene derecho a quitarnos eso. Nadie. Y aquí estamos dispuestos, uno a uno, a defenderlo. No hay libertad, no hay democracia, si nos quitan la nación.

Sabéis que el viejo juramento legendario de las Cortes de Aragón decía así: “Nos, que somos tanto como vos, pero juntos valemos más que vos”. “Nos” somos hoy todos nosotros. El pueblo español. Ese pueblo que hoy, aquí, levanta la cabeza, mueve sus banderas y se dirige a quienes creen que pueden robarnos nuestro patrimonio, robarnos nuestra memoria colectiva, robarnos nuestra identidad, robarnos nuestra soberanía y convertirla en moneda de sus juegos de poder. No y mil veces no. A esos que hoy quieren dejarnos sin patria, les miramos a la cara y les decimos: “Nos, que somos tantos como vos, y juntos valemos más que vos”. Democracia, sí. El demos, el pueblo, somos nosotros. El pueblo español.

Aquí, en España, en este suelo, a lo largo de muchos siglos hemos construido fueros y libertades, hemos defendido derechos, frecuentemente con sangre, y hemos entregado demasiadas generaciones a ese combate como para abandonarlo todo ahora. Nadie nos lo quitará. Nadie. Desde el primer colono de los montes cantábricos que afirmó a espadazos su libertad en el siglo VIII, desde la primera mujer que en la altísima edad media gozó de unos derechos que ninguna otra mujer tenía en Europa, desde el primer conquistador que en América instituyó un cabildo para proteger derechos, desde el primer español que en 1808 se levantó contra el opresor francés para guardar las libertades propias; desde siempre nuestro pueblo ha sabido afirmarse frente a quienes querían que bajáramos la cabeza. Ese orgullo de estirpe hoy nos habla desde el fondo de las edades. Eso es lo que hoy nos empuja a defender, ante todo, la España constitucional.

Digo bien, y en DENAES, en la Fundación para la Defensa de la Nación Española, queremos subrayarlo: la España constitucional, no sólo la Constitución. La Constitución, la ley, es muy importante, pero bien poco vale sin la nación que la sustenta. Es la nación la que da sentido a la ley, del mismo modo que el vino se derramaría sin una copa que lo abrace. Y es la nación, España, lo que hoy está en juego. Por eso es lo que hoy tenemos el deber de defender. Hoy hay quien piensa en una reforma constitucional que diluya la soberanía nacional para calmar no sé qué intereses de tal o cual grupo, como si se tratara de caciques feudales. Pues bien: no. Nunca avalaremos una Constitución que destruya la nación. Porque no hay libertad ni democracia reales sin comunidad política. Y nuestra comunidad política es España. ¿De verdad queréis defender la democracia y la libertad? Pues entonces defended España. Defended la continuidad histórica de nuestra patria común. Ese es nuestro deber. Defender España.

Deber, sí. Una palabra que hoy tiene que volver a nuestros oídos. Deber personal y deber comunitario. Porque hoy, aquí, no estamos solo nosotros, españoles de esta hora. No. Están también los españoles que nos precedieron. Están en el suelo que pisamos, en la lengua que hablamos, en los nombres que llevamos. Y con los españoles que nos precedieron, están también los españoles que han de venir, esas generaciones a las que hemos de traspasar, como mínimo, la misma herencia que nosotros en su día recibimos. No tenemos derecho a dejar que esa herencia se pierda. Es nuestro deber histórico. Y eso no es tampoco un imperativo abstracto. Vosotros lo sabéis. Claro que lo sabéis. Por eso estáis aquí. Lo saben también todos esos españoles que en estos días han sacado sus banderas al balcón. El pueblo español conoce su deber. Desde aquí exigimos a los poderosos que también cumplan con su deber. Y ese deber sólo tiene un nombre: España.

Durante demasiados años, demasiados, los españoles hemos preferido olvidar que tenemos, como ciudadanos libres, como soberanos, una misión histórica. Esa misión histórica es mantener nuestra patria y legarla a los que vengan mañana. A veces esa obligación se difumina, porque nada parece amenazar la natural sucesión de las generaciones. Hoy, sin embargo, la amenaza se ha hecho más clara que nunca. Hay que dar respuesta. Nosotros tenemos que dar respuesta. Y esa respuesta sólo puede ser una: no permitiremos que España se deshaga. No lo permitiremos.

Todos conocemos los errores y renuncias que han llevado a nuestra patria a la enfermedad que hoy padece. Pero no es ahora el momento de detallarlos. Ahora es el momento de la esperanza. ¿No habéis visto cómo se han llenado de banderas los balcones, las calles, las plazas de toda España? ¿No habéis visto cómo por todas partes se han abierto flores rojo y gualda? Sí. Ahora es el momento de decir bien alto, bien claro, bien fuerte, que vamos a dar un paso adelante. Que estamos resueltos a salir de este triste colapso de nuestra nación. Que si falla el poder, aquí estará el pueblo, como siempre ha estado. Que exigimos a nuestros poderes públicos que cumplan su función y salvaguarden la nación de todos. Que vamos a reclamar una refundación nacional de la democracia española. Que vamos a trabajar, desde ya, todos, uno a uno, en la reconstrucción de la identidad nacional española. Que España no está en venta. Que aquí, y en millones de hogares, hay españoles dispuestos a defenderla, como tantas otras veces en nuestra Historia. Que sabremos estar a la altura del desafío. Que España no morirá.

Españoles de todas y cada una de nuestras regiones, moved vuestras banderas, como se han movido en estos días en todos los rincones de nuestra patria. Haced bien visible vuestra voluntad soberana de conservar vuestra nación. Dejad bien claro que España no se vende.

Pueblo de España: vosotros sois la nación. Gritad conmigo “Viva España”.

gaceta.es

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Ernst Jünger: un espíritu libre en la era del nihilismo. José Javier Esparza.

Vivió ciento tres años, luchó en dos guerras y escribió sin tregua. El escritor alemán Ernst Jünger es una de las figuras señeras de la literatura y del pensamiento del siglo XX. Su obra se extiende a lo largo de tres cuartos de siglo. A través de ella fue construyendo una idea original de la libertad, concebida para sobrevivir en los tiempos del triunfo del nihilismo. Para clasificar una producción tan extensa como la suya, es común hablar de cuatro grandes momentos representados por otras tantas figuras: el Soldado, el Trabajador, el Emboscado y el Anarca. ¿Qué son esas figuras? ¿De qué estamos hablando? La propia vida de Jünger nos da la respuesta.


El Soldado

Empecemos por la primera figura: el Soldado. Porque nuestro autor es, en efecto, un Soldado. Intentó serlo a los 17 años cuando se fugó (sin éxito) a la Legión Extranjera Francesa, lo fue efectivamente a los 19 por imperativos de la guerra y lo sería ya para siempre. Se alistó al estallar la primera guerra mundial como otros muchos cientos de miles. Pero la guerra se había convertido en algo inesperado: en los campos de batalla de 1914 nace la guerra moderna, las masas de fuego, las bombas letales, las nubes de gases, los aviones, los carros de combate. Bajito, delgado, sereno, Jünger se bate con valor. Es promovido a alférez. Se pone al frente de una sección de asalto –hoy diríamos un comando- con la misión penetrar en las trincheras enemigas. Será herido siete veces. Al terminar la guerra será recompensado con la máxima condecoración de la Alemania imperial: la orden “Pour le Mérite”. Jünger tenía 23 años y era un héroe nacional.

La primera guerra mundial fue para Jünger una experiencia decisiva. Allí vio nacer un mundo nuevo, forjado a fuego y sangre, entre grandes máquinas y destrucciones sin límite. Lo describió en un libro que iba a consagrarle inmediatamente como un gran narrador, Tempestades de acero, que se convertiría en testimonio de una generación:

“En el transcurso de cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura, cada vez más intrépida. (…) Aquello era distinto de lo que hasta aquel momento había vivido; era una iniciación, una iniciación que no sólo abría las ardientes cámaras del Horror, sino que también conducía a través de ellas (…). ¿Acaso no somos una generación plutónica que, cerrada a todos los goces del ser, trabaja en una subterránea fragua del futuro? Eso que nosotros creamos, y eso para lo que nosotros mismos hemos sido creados, sin duda se revelará mucho más tarde de lo que ahora podemos sospechar. Y tal vez seamos nosotros mismos los que más asombrados nos quedemos cuando lo veamos”.

Alemania perdió la primera guerra mundial sin haber cedido ni un palmo del propio territorio. Para muchos, la derrota fue fruto de la traición. Con el ejército en los frentes, la monarquía de Guillermo II cae bajo presiones políticas insostenibles. En el Tratado de Versalles los aliados victoriosos impondrán condiciones humillantes. Y acto seguido, la agitación bolchevique prende con fuerza en Alemania; en Baviera llega incluso a proclamarse una república soviética. ¿Qué estaba pasando? “Una puñalada por la espalda”, dirán los conservadores. Pero Jünger no lo cree así: no ha habido puñalada por la espalda; el régimen guillermino ha caído porque estaba ya fuera de tiempo; de esa derrota tiene que nacer una Alemania nueva, construida sobre la experiencia brutal de la guerra técnica.

Ernst Jünger, consagrado ya como escritor por Tempestades de Acero, empieza a participar en la vida política. En torno a él aparece algo que será llamado “nacionalismo de soldados”: son los ex combatientes los que ahora, derrotados, alientan una revolución. ¿Qué revolución? La Historia le pondrá el nombre de “revolución conservadora”: no se trata de volver a la monarquía prusiana, sino de afirmar los valores inmutables de la vida, la nación, la comunidad. Es un socialismo de soldados. Son años de una inmensa agitación: con el país arruinado por el Tratado de Versalles, comunistas y nacionalsocialistas pescan en el río revuelto de la crisis. Jünger, que es nacionalista y se siente socialista, no pescará. Antes de 1927, cuando nadie daba un duro por Hitler, había visto en el movimiento nazi una oportunidad para plasmar aquel “nacionalismo de soldados” nacido en la trinchera. Pero después de 1929, cuando la ascensión de Hitler ya es imparable, el escritor se aparta. Ha dejado el ejército. Ha reanudado sus estudios de biología. Se consagra a la escritura. Alumbra la figura del “anarquista prusiano”, siempre pensando en ese hombre nuevo que ha surgido en los cráteres de las bombas de la gran guerra. Y aquí se va perfilando la segunda Figura de Jünger: después del Soldado, que es el héroe anónimo de la guerra técnica, llega el Trabajador.
El Trabajador

Es 1932. Hay un mundo nuevo. La técnica ha triunfado. Con ella, el nihilismo se extiende por todas partes. El mundo moderno ha matado a los dioses y en su lugar aparecen unos seres nuevos: los titanes. El Trabajador es la summa filosófica de ese mundo. El hombre ha quedado reducido a mera mano de obra; apenas si cuenta. Es la misma situación que ha pintado Fritz Lang en su película Metrópolis. A no ser –piensa Jünger- que el propio hombre sea capaz de hacerse técnica: suprimir su personalidad, ese residuo sentimental, y elevarse sobre la máquina constituyéndose en un tipo humano nuevo. Así nacerá un titán. El trabajador dejará de ser un explotado, como pensaban los marxistas, para convertirse en dominador. Ese es el sentido de la Figura del Trabajador:

“La superficie de la Tierra se encuentra recubierta de cascotes de imágenes que han sido derribadas. Estamos asistiendo al espectáculo de un hundimiento que no admite otro parangón que el de las catástrofes geológicas. Sería perder el tiempo compartir el pesimismo de los destruidos o el optimismo superficial de los destructores. En un espacio del que ha quedado barrido hasta los últimos confines todo dominio real y efectivo, la voluntad de poder se halla atomizada. Sin embargo, la edad de las masas y de las fábricas representa la fragua gigantesca de las armas de un imperium que está surgiendo. Vistos desde él, todos los hundimientos aparecen como algo querido, como una preparación”.

¿Por qué Jünger no fue nazi? Goebbels en persona le propuso un acta de diputado. Su respuesta fue: “Prefiero escribir un buen verso que representar a 60.000 cretinos”. Jünger no fue nazi porque se sentía lejísimos de las disquisiciones sobre la raza y la sangre. Él tenía una idea aristocrática de la vida, y los nazis eran “burgueses en camisa parda”. No fue nazi porque mantenía un concepto primordial, elemental, de la libertad personal. Ese concepto crecerá a medida que el régimen de Hitler se afiance. Los sectores más radicales del Partido pidieron su cabeza. Hitler en persona le protegió: “Dejad en paz a Jünger”. Nadie podía permitirse tocar al héroe de guerra, al autor de la emblemática Tempestades de acero, que había marcado el espíritu de una generación –la generación del propio Hitler.

Recluido en una suerte de exilio interior, Ernst Jünger medita y sufre. No es un sufrimiento político, sino espiritual: él había creído posible edificar un mundo nuevo, más aún, un alma nueva, sobre el patrón de la técnica moderna, una técnica dominada por nuevos titanes, hombres forjados en los cráteres de las bombas. Su voluntad de poder se alzaría sobre el mundo del nihilismo. Ahora Jünger ve que ese mundo ha advenido, pero no se siente parte de él, al contrario; decide resistir con la pura potencia del espíritu. Así escribe en 1934 a su hermano, el poeta Friedrich-George:

El periodo revolucionario en el que hemos entrado puede ser superado con fuerzas más profundas que las de la retórica, literaria o ideológica –eso se pone a prueba en nuestra sustancia. Es la hora de descubrir las cartas y mostrar lo que uno es. En una situación de griterío y de engaño, el pensamiento se hace peligroso por el simple hecho de ser justo, y los espíritus que poseen el sentido de la justa medida actúan como espejos que desvelan la nulidad del mundo de las sombras. Un pensamiento lógico, un verso límpido, una noble acción, y también el no participar en la bajeza, son hoy cosas que se yerguen como armas amenazadoras y que resultan tanto más punzantes cuanto menos se refieren al tiempo presente”.

Los peligros crecen y adoptan el color de la muerte masiva. Bajo esa impresión Jünger escribe en 1939 una obra capital: Sobre los acantilados de mármol. La historia es impresionante. Dos hermanos viven como ermitaños, entregados al estudio, en el pacífico mundo de la Marina. Súbitamente, una fuerza malvada se despierta en el territorio: el Gran Guardabosques y sus huestes aspiran al poder y todo lo derriban a su paso. La Marina se convierte en un infierno de desolación. Los dos hermanos asisten impotentes a la tragedia, no sin combatir. A la luz de las llamas, Jünger describe cómo un mundo hermoso perece bajo la violencia de la humanidad desbocada. Jünger negará siempre haber escrito los Acantilados como alegoría del nacionalsocialismo, pero los lectores del libro lo interpretaron como tal. Era 1939. Hitler estaba en la cumbre de su popularidad: Alemania prosperaba y la guerra todavía era una sombra lejana. Y sin embargo, ahí había alguien que pintaba un futuro horrendo.



El Emboscado

Soldado después de todo, Jünger es movilizado cuando Alemania invade Francia. Con el grado de capitán, el ya veterano militar (cincuenta años) pasa la frontera al frente de su compañía con el ánimo de quien va de turismo: charla con los campesinos de las poblaciones ocupadas, cuida de los tesoros artísticos –y de los buenos vinos- bajo la tormenta de fuego. Alemania está en guerra; Jünger, no. Consumada la ocupación, es adscrito al Cuartel General alemán en París. Allí no pierde el tiempo: traba amistad con Cocteau, con Picasso, con Johandeau… El Cuartel General, por otro lado, es un nido de conspiradores secretos: el ejército no es el partido.

Los años parisinos de Jünger van a dar una obra monumental: los dos primeros volúmenes de sus diarios, Radiaciones. En ellos aprendemos cosas estremecedoras. Jünger cae en una honda depresión que le lleva al borde del suicidio. Sale de ella releyendo el Antiguo Testamento. Su hijo Ernstel, movilizado, es arrestado por realizar comentarios despectivos hacia Hitler y enviado a un batallón disciplinario en Italia. Jünger hará lo imposible por salvarle. El ambiente en el ejército es cada vez más anti-hitleriano; los sectores conservadores de la Wehrmacht aspiran a derrocar a Hitler y sustituirlo por un general, un dictador que limpie Alemania y firme la paz. ¿Quién? Hay que buscarlo. Jünger es enviado al frente ruso con la misión de sondear los ánimos. Las páginas que escribe en Rusia son de una intensidad alucinante: bajo las condiciones extremas de la guerra, los mandos se han convertido en autómatas sin espíritu. No está allí el general que los conspiradores buscan. Mientras tanto, Ernstel, su hijo, muere en Carrara en circunstancias sospechosas, al parecer tiroteado por la espalda; Jünger siempre pensará que lo han matado por llamarse Jünger.

El mundo se está cayendo a pedazos y Alemania está en el centro del desastre. También empiezan a circular rumores sobre el destino de los judíos. Los conspiradores dan el paso. Un nutrido grupo de oficiales, todos ellos conservadores y cristianos, la mayoría vinculados a la nobleza prusiana, va a dar el golpe. Ya han encontrado a su general: será el mariscal Rommel. Para él escribe Jünger, en Paris, un libro que aspira a ser el manifiesto de la insurrección. Se llamará La Paz:

“Para que haya paz no basta con no querer la guerra. La paz auténtica supone coraje, un coraje superior al que se necesita en la guerra; es una expresión de trabajo espiritual, de poder espiritual. Y ese poder lo adquirimos cuando sabemos apagar dentro de nosotros el fuego rojo que allí arde y desprendernos, empezando por las cosas propias, del odio y de la división que el odio trae consigo (…) La auténtica lucha en que nos hallamos empeñados se libra de un modo cada vez más claro entre los poderes de la aniquilación y los poderes de la vida. En esta lucha los guerreros justo se alinean hombro con hombro, como antaño la vieja caballería. La paz será duradera si eso logra llegar a expresarse”.

Rommel fue el primer lector de La Paz. El libro no tardó en circular de forma clandestina. Pero el golpe fracasó: la bomba de Von Stauffenberg no mató a Hitler. Era julio de 1944. La represión será terrible. El Estado Mayor alemán en Paris es desmantelado. Jünger es obligado a regresar a casa. Volverán a pedir su cabeza, pero el viejo héroe no será inquietado. En los últimos días de la guerra recibirá el mando de un destacamento del Volksturm, las milicias de ancianos y adolescentes con las que Hitler pretendía detener la ofensiva aliada. Jünger les ordenará no disparar.

Entre los Acantilados de mármol y los Diarios de la guerra, en Jünger ha ido naciendo una nueva figura: el Emboscado. Esto no quiere decir que abandone la figura del Trabajador: siempre pensará que es la figura dominante de nuestro tiempo técnico. Pero es el interior de Jünger el que ha ido cambiando. Los grandes peligros vislumbrados en los Acantilados de mármol se han hecho realidad, y en una magnitud imprevisible. Ante la muerte de los dioses, ante el triunfo de los titanes, ¿qué lugar le queda al hombre que desee seguir siendo libre? Le queda el bosque; un bosque metafórico donde la persona, al margen de todos los sistemas, encuentra la verdadera libertad, esa que reside, como dice Jünger, “en el propio pecho”. Ese es el sentido de su ensayo La Emboscadura, de 1951:

“Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra. Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen. (…) La tiranía sólo puede ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un huero concepto de sí misma”.

La posguerra no fue fácil para Jünger. Los británicos le obligaron a rellenar un cuestionario de desnazificación. Jünger rehusó y se trasladó a la zona de ocupación francesa. También ahora se le acosó, esta vez desde el lado contrario. “Dejad en paz a Jünger”, había dicho Hitler cuando las SS pidieron su cabeza; “Dejad en paz a Jünger”, dirá ahora Bertolt Brecht cuando sean los comunistas quienes la pidan. Y le dejaron en paz. Jünger pudo dedicarse a escribir y a viajar. Seguía siendo el héroe de la Gran Guerra, el escritor en el que se había reconocido una generación. Esa misma generación podría reconocerse ahora en el Emboscado. Había aparecido su novela Heliópolis, que es la versión narrativa de esa misma figura. Y Jünger multiplicará sus reflexiones sobre el contexto de la guerra fría, sobre la inminencia de un Estado Mundial, sobre el antagonismo entre dioses y titanes, incluso sobre experiencias con drogas.



El Anarca

Aún habrá una última figura en Jünger: el Anarca, que aparece en su novela Eumeswil, de 1977. El nihilismo ha triunfado. Los titanes están en su apogeo. El autor, ya octogenario, concibe un mundo en el que todo está tan regulado que la salvación sólo puede residir en uno mismo. Ahora bien, ¿qué quiere decir eso? Jünger nunca ha sido un teórico individualista; tampoco un anarquista que conspire contra el orden social. La salvación de uno mismo pasa por el dominio sobre uno mismo; ahí está la verdadera soberanía. Y su espacio no es ya la sociedad ni la política, sino la Historia o, mejor, lo que en ella hay de intemporal, de inmutable: “los carteles de propaganda pasan, pero el muro en que se han pegado permanece”.

La búsqueda de eso que permanece será la última palabra de Jünger. Su último libro, La tijera, escrito en 1989, con 95 años, es una exploración del mundo interior como instancia que se resiste al nihilismo: allá donde la tijera de la razón y de la técnica no puede cortar las cosas, ahí hay un espacio de libertad irreductible. Una de las últimas cosas que hizo Jünger, ya con más de cien años, fue convertirse a la fe católica.

Soldado hasta el final, Jünger será enterrado con honores militares, acompañado por una cohorte de viejos combatientes ataviados al estilo prusiano. Bajo su tumba yace un siglo de vida. Sobre ella, la guerra entre los dioses y los titanes continúa.

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