viernes, 7 de octubre de 2011

La batalla de Lepanto: Europa detuvo al Islam

Hay que ponerse en situación para entender la enorme trascendencia de aquella batalla. Estamos en 1571. En España reina Felipe II, y España reina en el mundo. Pero en oriente la potencia turca es un enemigo formidable. Los turcos, el Imperio Otomano, son los herederos históricos del califato islámico, el mismo Islam que dominó a España durante siglos. Ahora los Otomanos han llevado su dominio hasta las mismas puertas de Viena. Desde que cayó Bizancio, más de un siglo atrás, los turcos se han ido adueñando de los Balcanes, controlan el Mediterráneo oriental y, además, comienzan a amenazar al propio poderío español. Numerosas flotillas de piratas –los piratas berberiscos- hostigan las rutas marítimas junto a las costas españolas e italianas. Venecianos y genoveses están en apuros. El Papa Pío V teme una invasión de piratas berberiscos en el sur de Italia. Y el sur de Italia, en ese momento, es suelo español.
 
¿Quiénes son los piratas berberiscos? Son “corsarios moros”, como decían los españoles de entonces: desde sus bases en Argelia y Túnez atacaban nuestras ciudades costeras; de ahí viene aquello de “hay moros en la costa”. Bastará decir el nombre de uno de sus jefes: Barbarroja. Los turcos, conscientes de la oportunidad que se les presentaba, habían tomado como aliados a estos piratas berberiscos, que se convirtieron en los corsarios del Gran Turco, del Sultán. En nuestro país comenzó a extenderse un temor insistente: que los turcos, apoyados en los piratas berberiscos y contando con la ayuda de los moriscos que aún quedaban en España, intentaran una invasión. Porque el Sultán, al mismo tiempo, llegaba a acuerdos concretos con el rey de Francia y atacaba con fortuna Argel y otras plazas mediterráneas. Esta era la situación en la víspera de Lepanto: peligraba no sólo el poder de España, sino el conjunto de la cristiandad.
 
Una Liga para defender la Cruz
 
Como las cosas estaban recias, Felipe II y el Papa intentan organizar una gran flota para coger el toro por los cuernos y dar la batalla al Turco. Es preciso construir una alianza. La flota española es fuerte, pero no lo suficiente –recordemos que al mismo tiempo estamos presentes en América y en Asia. Hace falta que venecianos y genoveses ayuden; pero los venecianos acarician la idea de llegar a un pacto por separado con los turcos, un pacto que les permita mantener sus rutas comerciales a cambio de concesiones o tributos. Sólo la conquista turca de Chipre, en 1570, y el posterior saqueo de Venecia, convence a los italianos de que no hay componenda posible. Pío V redobla sus esfuerzos. Felipe II le sigue. Los reinos del norte de Europa (ingleses, alemanes) se desentienden del llamamiento papal, pero los italianos terminan secundando la idea. Hacia el verano de 1571 los cristianos componen su flota: darán la batalla en las mismas bases del Turco. Lo encuentran en las costas griegas, en el golfo de Lepanto.
 
Felipe II puso al frente a su hermanastro Juan de Austria. Juan tenía sólo 26 años, pero venía de sofocar la revuelta morisca y gozaba de un prestigio enorme. Junto a él estaban los mejores nombres de la Armada española: los catalanes Requeséns y Cardona y los castellanos Gil de Andrade y Álvaro de Bazán. Con ellos, el genovés al servicio de España Gian Andrea Doria, sobrino del gran almirante Andrea Doria. Las galeras del Papa las dirigía un viejo señor de la guerra, Marco Antonio Colonna; las de Venecia, otro veterano, Sebastián Veniero, sustituido después por Barbarigo. Y enfrente, el gran almirante turco, Alí Bajá, con un famosísimo pirata argelino, Uchali o Luchalí, y el gobernador de Alejandría, Mohamed Siroco; junto a ellos, un personaje de fábula, el renegado Pertev Pachá, cristiano convertido al Islam a quien los jefes de la Liga se la tenían jurada. La Liga cristiana presentaba 231 barcos entre galeones y galeras, 50.000 marineros y galeotes y 30.000 soldados, de ellos 20.000 españoles. Nunca se había visto una potencia semejante en el mar. Pero la armada turca era mayor todavía: unas 300 naves, con un número de hombres superior a 40.000 soldados, sin contar galeotes y remeros.
 
La mayor batalla naval librada hasta entonces
 
La batalla fue el 7 de octubre. Aquí la Historia y la leyenda parecen lo mismo. Alí Bajá, desde el puente de su “Sultana”, recibió a los cristianos con un cañonazo, invitándoles a comenzar la batalla. Juan de Austria, cortés, respondió con otro cañonazo e izó su estandarte: la cruz de Cristo flanqueada por los escudos de los aliados. Las naves cristianas habían avanzado hasta allí formando una gran cruz. Los turcos abrieron sus barcos en una gigantesca media luna. Juan de Austria fijó en el palo mayor de su nao una gran talla del Crucificado, donada por la ciudad de Barcelona. La estrategia de la Liga consistía en encerrar a los turcos en el golfo y atacar en masa. Pero los turcos vieron el peligro y trataron de envolver al centro del ataque cristiano, que mandaba Juan de Austria, mientras los piratas de Luchalí trataban de envolver uno de los flancos cristianos para darle la vuelta a la operación: encerrar a los cristianos en el golfo. No pudieron.
 
La inteligencia siempre es importante en todas las cosas de la vida, y la flota española, buscando cómo hacer más daño en las filas turcas, tuvo una idea muy brillante. Hasta entonces, la mecánica habitual del combate en el mar consistía en embestir al enemigo con el espolón de proa y abordarlo después. Pero las galeras turcas eran más y estaban mejor armadas, de modo que la flota cristiana se encontraba en inferioridad tanto en potencia de fuego como en número de unidades de abordaje. Así que a uno de los nuestros, García de Toledo, se le ocurrió que recortando los espolones podría instalarse más artillería en la proa y aumentar el fuego directo contra el enemigo justo antes del abordaje, barriendo la cubierta y reduciendo la resistencia del rival. La idea funcionó de maravilla. El mismo García de Toledo fue quien sugirió dar la batalla lo más cerca posible de la costa griega, junto a las bases turcas, para reducir la capacidad de maniobra del enemigo; muchos marineros musulmanes, al verse en peligro y tan cerca de su costa, optaron por saltar al agua e intentar llegar a nado hasta la orilla.
 
Hay que imaginar el aspecto que podían ofrecer todos aquellos barcos escupiendo fuego; no sólo el fuego de los cañones, sino también el de los arcabuces, porque don Juan de Austria había mandado repartir a su cuantiosa infantería, el Tercio de Mar, por todas y cada una de las galeras cristianas, de manera que no había barco que no tuviera una buena porción de infantes españoles disparando sobre el contrario. Ocurre que nadie se fiaba demasiado de los marineros venecianos. De hecho, lo primero que hizo el almirante turco, Alí Bajá, fue atacar a las naves venecianas, para dispersarlas. Pero allí estaban la infantería española y la italiana, que respondieron con fuego en abundancia. Los venecianos, todo hay que decirlo, desmintieron su fama y pelearon con mucho arrojo; su jefe, Barbarigo, murió en su puesto. Tras el choque vinieron los abordajes. La batalla duró en total cinco horas. En pleno combate, Don Juan de Austria, para paliar la inferioridad numérica, mandó soltar a los galeotes –los remeros que movían las galeras, generalmente penados- y les ofreció la libertad si se sumaban al asalto. Ni que decir tiene que todos lo hicieron. De hecho, fue uno de estos remeros quien cortó con un hacha la cabeza del almirante turco, Alí Bajá. La Historia no ha retenido el nombre de este remero español. Lo que sí ha retenido es el nombre de un gran personaje que combatía en la galera “Marquesa”: Miguel de Cervantes, que luego, en Don Quijote, recordará esta batalla como “la más alta ocasión que vieron los siglos”.
 
El balance de Lepanto
 
Hay pocas dudas sobre el balance de la batalla. Los turcos perdieron 250 barcos, 130 de ellos apresados por la Liga; los cristianos sólo perdieron 17. Los turcos perdieron cerca de 24.000 hombres; los cristianos, la mitad. Además, 8.000 turcos fueron apresados y su almirante y sus capitanes murieron en el combate. Todos menos el avieso pirata berberisco, Luchalí, que consiguió escabullirse antes de que acabara la batalla.
 
Don Juan envió al rey el estandarte de Alí Bajá. Y a los hijos del jefe turco, apresados en la batalla, se los envió al Papa. Fue una gran victoria. Fue también la última gran batalla naval que vio el Mediterráneo. Siglos más tarde, Chesterton, el inglés, dedicó a aquella gesta un poema que terminaba así:
 
Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre la tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)”
 
Después se ha hablado mucho del verdadero peso que Lepanto tuvo en la Historia, disminuyendo su importancia. A Felipe II se le ha reprochado que no supo explotar la victoria: pudo haberla aprovechado para barrer de piratas la costa del norte de África y tomar Argel, pero no lo hizo. La propia Liga cristiana también pudo haber desembarcado en las costas griegas, ahora menos guarnecidas, y obligar a los otomanos a evacuar los Balcanes, relajando la presión sobre las fronteras austriacas; pero la Liga se disolvió muy poco después de la batalla. Los venecianos no tardaron en llegar a pactos con los turcos. Felipe II, por su parte, tenía otros problemas en Flandes y en las rutas americanas. El Gran Turco no tardó en recomponer su flota: el Mediterráneo oriental seguiría siendo suyo.
 
Y bien, todo esto es verdad, pero si lo de Lepanto sirvió de poco para lo que pasó después, sin embargo fue importantísimo respecto a la situación anterior. Primero: a los turcos se les asestaba un golpe que nadie esperaba. Segundo: las ambiciones del sultán en el Mediterráneo occidental se desvanecían. Tercero: España manifestaba de manera muy clara su hegemonía en Europa, especialmente frente a Francia e Inglaterra. Y cuarto, y quizá lo más decisivo: la Cristiandad lograba detener el avance del Islam en un momento de gran peligro. Después de Lepanto, ya nadie dudó de que Occidente, a pesar de sus guerras internas y sus profundas enemistades, podía defenderse contra el Imperio Otomano.
 
¿Y qué fue del Cristo barcelonés de la nave de Don Juan? Es una historia fantástica. Cuando terminó la batalla, los españoles vieron algo prodigioso: la talla se había ladeado; la tradición dice que una bala mora iba justo contra el Crucificado y éste se ladeó para esquivar la bomba. Así ladeado lo devolvió Don Juan a la Ciudad Condal; desde entonces está en la catedral de Barcelona, y por eso escribió Mosén Cinto Verdaguer aquel poema que empieza con el “Naves de España que adelante vais”, que sigue con “Catalunya, Catalunya, prou t’en pots ben alabar”, y que termina con “i per ço tens, Barcelona, lo Sant Crist de Lepant”.

José Javier Esparza.

martes, 27 de septiembre de 2011

La deshispanización por Pío Moa

Pío Moa desde su blog está haciendo una defensa del español en contra de inglés, ya que vivimos unos tiempos, no tan modernos, donde el inglés está siendo aupado en detrimento del español. 


El artículo más abajo es uno escrito por Pío Moa hace 12 años donde ya alertaba de este peligro. Merece la pena leerlo.


Hay una tendencia muy fuerte al desgarramiento de la unidad nacional, debida a los nacionalismos catalán y vasco. Esa fuerza disgregadora es históricamente reciente, pues sólo cobró impulso después del desastre del 98 y como una de sus consecuencias. Cambó, que fue quien dio verdadero impulso a aquel nacionalismo (aunque no lo extremó) sacándolo de los cenáculos de la mesa de los sabios y similares, dijo durante la guerra de Cuba que él y los suyos se sentían «extranjeros en Cataluña», ante la indiferencia popular a sus prédicas. Pero «la pérdida de las colonias provocó un inmenso desprestigio del Estado», y «el rápido enriquecimiento de Cataluña, fomentado por el gran número de capitales que se repatriaron de las perdidas colonias, dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestra propaganda». Y añadió «Como en todos los grandes movimientos colectivos, el rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas». Algo semejante ocurrió en el País Vasco.

Los separatismos fueron uno de los ingredientes clave con que se cocinó la guerra civil, y han resurgido con ímpetu después de la restauración. Ahora, en el centenario de la derrota española ante Estados Unidos (a cuya liberación del dominio inglés había contribuido España significativamente), los citados nacionalismos parecen considerar que su objetivo está cercano y se empeñan por alcanzarlo, cada uno de ellos a su manera.

La situación no se entendería sin recordar que dichos nacionalismos (e incluso el terrorismo de ETA) han contado durante muchos años con el apoyo acrítico de grandes fuerzas políticas españolas y la inhibición de otras. Buena parte de la izquierda se manifestó durante la transición casi tan «autodeterminadora» como el PNV o CiU. La actitud, ahora mismo, de Izquierda Unida no es más que una pervivencia de aquel espíritu. La defensa de la nación española ha sido durante veinte años casi nula, o rápidamente asfixiada tanto en el País Vasco como en Cataluña. Los intelectuales y profesionales que protestaron contra la política asimilacionista y antiespañola de Pujol fueron acallados, incluso con violencia y sin que casi nadie los defendiese. El diario El País, colaboró resueltamente con los nacionalistas. No se trata de hacer acusaciones, sino solo de explicar cómo se ha llegado a lo que hoy vemos.

Teniendo esto en cuenta y, además, el influjo de los nacionalistas vascos y catalanes sobre los medios de masas, sobre la enseñanza pública o el poder económico en sus propias regiones, teniendo en cuenta el lavado de cerebro masivo que, sin excesivo respeto por la realidad histórica, han practicado, lo que parece un milagro no es que el antiespañolismo o el a-españolismo hayan cundido tanto, sino que el sentimiento español siga tan extendido, -aunque es verdad que con poco nervio- en aquellas autonomías. La mayoría de la población se sigue considerando allí española, y el separatismo solo afecta -todavía- a una minoría de los vascos y los catalanes.

Ello indica algo sobre las raíces de España. pues el problema no es sólo político, sino, aún más fundamentalmente, de cultura. Largos siglos de cultura común no se borran en dos décadas, y de ahí el empeño constante y fundamental de los nacionalistas por presentar lo español como foráneo o marginal en sus comunidades y por desprestigiarlo sistemáticamente.

A este respecto importa señalar el argumento principal que se ha em-
pleado estos años contra el nacionalismo: lo acusaban de anacrónico en una época de superestados, en que las fronteras, al menos en Europa, desaparecen y la cultura se hace global. Decían a los nacionalistas que no se preocuparan, que su lucha era innecesaria porque, con el paso de unos decenios, España misma se diluiría, política y culturalmente en «Europa» o en el mundo.

En efecto, la tendencia disgregadora se completa con otra no menos, sino probablemente más poderosa, a desplazar la cultura española, no ya en el País Vasco o Cataluña, sino en todo el territorio: a disolverla y convertirla en un satélite de la cultura «global» anglosajona. A nuestro alrededor se multiplican sus manifestaciones, sin que aparentemente nadie les oponga reparos, no digamos resistencia. Muchos incluso lo apoyan como signo de modernidad y cosmopolitismo, en constraste con el espíritu de campanario achacado al PNV y a CiU. Así, el inglés se va imponiendo directamente como la lengua de la actividad académica, expulsando o debilitando a nuestro propio idioma. La misma palabra España es sustituida crecientemente por «Spain» en esos medios. Un ejemplo entre muchos: la página de internet dedicada al cine español se titula Cine Spain. En la universidad, diversas publicaciones científicas (pagadas con el dinero público español) tienen títulos como «Spanish Journal of Psychology». Etc. Esto es mucho más profundo y decisivo que la ocultación de España bajo el término «Estado español», caro a los nacionalistas. Junto con ello, empresas españolas prestan servicios con denominaciones en inglés («Open bank», «Repshop»…) e incluso lo hacen inventos y mercancías españolas. Se introducen, sobre todo en las zonas turísticas, topónimos ingleses en urbanizaciones. En la vía pública vemos con creciente frecuencia anuncios en inglés, algunos de ellos de empresas españolas. Desde la enseñanza primaria el inglés aparece por todas partes, en los juguetes, las ropas, los instrumentos de estudio, etc. Una campaña masiva y obsesiva intenta convencer a la gente, en especial a los jóvenes, de que su futuro profesional, o simplemente su futuro, en la propia España, está ligado de forma esencial a su capacidad para hablar inglés.

Ahora no se trata de un enriquecimiento de la cultura española, como ha habido otros a lo largo de la historia. Por el contrario se trata de una auténtica relegación de nuestra cultura, satelizada y fundamentalmente empobrecida, en progresión sumamente rápida. Presentado como mundialismo, no deja de ser otra forma de nacionalismo, esencialmente norteamericano, que no pierde su carácter porque aparezcan ahora tantos patriotas yanquis de nacionalidad española.

En general la cultura europea, y desde luego la española, son desde hace bastantes décadas muy poco productivas, tanto en lo que se refiere a la cultura superior (literaria, científica artística etc.) como a la cotidiana (música popular, formas de vestir, televisión, comportamientos y actitudes, mundo infantil…). Es en Estados Unidos donde surgen, se comercializan y expanden los productos culturales o la mayoría de ellos.

Al lado de este hecho objetivo existe otro subjetivo, muy similar al que durante muchos años (y aún ahora) acompañó y abonó la expansión de los nacionalismos periféricos: pasividad, resignación, incapacidad para alzar una crítica o protesta clara. Tal y como ocurre con respecto a dichos nacionalismos, frente a la ofensiva anglosajona «global», el «españolismo» se presenta en actitud vergonzante, sin apenas valor para expresarse. Como en el País vasco o Cataluña, la resistencia es meramente pasiva, sin nervio ni fuerza y en un estado de sometimiento moral. Y, también como en el caso de aquellos nacionalismos, existen muchas personas que ven positivo el proceso y lo apoyan activa o pasivamente. Además, es indudable que España pasa por un período muy bajo en el terreno intelectual, aunque nunca ha habido mayor autosatisfacción.

Esta es la situación: desgarramiento interno por una parte, y desplazamiento, rebajamiento y finalmente, disolución de la cultura hispana, al menos en sus manifestaciones superiores (durante mucho tiempo, al menos, el español seguirá siendo el vehículo principal de la comunicación familiar y cotidiana en España y en el ámbito hispano). Ante ello caben dos actitudes básicas: colaborar a que se mantengan y desarrollen esas tendencias u oponerse a ellas. Ambas actitudes admiten gradaciones muy diversas. 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

11 de Septiembre

Ahora que han pasado unos pocos días del 11 de septiembre, donde  en Cataluña se celebra la famosa Diada, me propongo escribir brevemente sobre ello. 


¿Qué fue la Diada? Nada más y nada menos que el último intento por parte de los catalanes de que sus peculiaridades históricas se mantuvieran, a pesar de que el candidato al trono de España, por ellos apoyado, perdiera la conocida como Guerra de Sucesión Española, contra su oponente Felipe V. 


Una de las cosas que no entiendo es que se achaque al centralismo borbónico la causa del conflicto, al suprimir con los decretos de Nueva Planta las instituciones tradicionales catalanas, aunque en honor de la verdad, también se hizo en Valencia y Aragón y tomando a estas dos regiones como modelo, se suavizó su aplicación en Cataluña, por lo que más razones tendrían aragoneses y valencianos para quejarse, pero ni lo hicieron, ni lo hacen. 


Tenemos que retrotraernos al reinado de Felipe IV con su programa político de la Unión de Armas para encontrar el, según creo yo, aunque bien se podría matizar, el origen del conflicto con los catalanes, ¿por qué? Cuando leemos libros sobre la historia de España nos encanta saber el gran poderío de que gozábamos, pero pocos saben que la única región que cargaba con todos los gastos era Castilla. Un ejemplo: cuando la corona de Portugal recayó en Felipe II, se acordó que la defensa del Imperio Luso correría a cargo de Castilla y cuando en la época de Felipe IV debido a las ataques de los holandeses a las posesiones lusas en ultramar, no se pudieron defender, los lusos lo tomaron como motivo de separación de la corona de España, además de concertar un tratado con los holandeses a espalda de España, en un claro ejercicio de traición. 


España llegó a tal punto de extenuación que la Unión de Armas promovida por Olivares sólo buscaba la colaboración en la defensa del Imperio, según las posibilidades de cada región, económicas, población, etc. Cataluña se negó reiteradas veces, hasta tal punto que llegó a apoyar a Francia en contra de España, hasta que realizaron que los franceses eran bastante peor que la permanencia a la corona de España. 


El proyecto cayó en el olvido por la propia caída de Olivares y España vivió el resto del reinado de Felipe IV y el no siempre bien juzgado de Carlos II como un gigante con pies de barro, cuya caída era sólo cuestión de tiempo que se produjera, como así sucedió y donde se pudo ver en las cláusulas de los tratado de Utrech y Rastatt.


La defensa de los catalanes el 11 de Septiembre de 1714 de una monarquía hispánica obsoleta fue loable, pero un anacronismo que sólo tuvo el fin que los tiempos marcaban en el siglo XVIII, su disolución. 


Se podría argumentar los beneficios que el centralismo borbónico trajo a España, pero es material  para otros artículos, ya que en el siglo XVIII hubo grandes personajes, poco conocidos, pero no por ello menos grandes. 

lunes, 2 de mayo de 2011

Un día de cólera




Monteleón


«Sólo queda, por tanto, rendirse o morir matando. Y antes que verse ante un pelotón de ejecución —de eso no lo libra nadie, si lo cogen vivo—, Daoiz es partidario de acabar allí, de pie y sable en mano. Cual debe hacer, a tales alturas, un hombre que, como él, no está dispuesto a levantarse la tapa de los sesos de un pistoletazo. Antes prefiere levantársela a cuantos franceses pueda. Por eso, desentendiéndose del mundo y de todo, el capitán afirma los pies y se dispone a bajar el sable, gritar «fuego» para la descarga de los cañones —si al menos tuvieran metralla, se lamenta por enésima vez— y luego usar ese sable para vender su vida al mayor precio en que su coraje y desesperación puedan tasarla. Por un instante, su mirada encuentra los ojos enfebrecidos de Pedro Velarde, que amartilla una pistola y la dispara contra los franceses, sin dejar de dar voces y empujones para contener a los que, ante la cercanía de aquéllos, chaquetean y pretenden echarse atrás. Maldito y querido loco de atar, piensa. Hasta aquí nos han traído tu patriotismo y el mío, dignos de una España mejor que esta otra, triste, infeliz, capaz de hacernos envidiar a los mismos franceses que nos esclavizan y nos matan».

A los héroes del 2 de mayo.

Al Dos de Mayo de Bernardo Lopez Garcia


Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes crespones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.

Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron...
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron:
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona...!

Do quiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
cantando tu valentía;
desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África , que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!...

Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantosa esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones;
nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la historia.

Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial;
en tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque indómitos y fieros,
saben hacer tus vasallo,
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros...

Y aun hubo en la tierra un hombre,
que osó profanar tu manto...
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!...
Sin que el recuerdo me asombre
con ansia abriré la historia;
presta luz a mi memoria,
y el mundo y la patria a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.

Aquel genio de ambición
que en su delirio profundo
captando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!...

La virgen con patrio ardor
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y cuando calmado está
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!..."

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!...


***

Mártires de la lealtad
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad...
en la tumba descansad,
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero.