lunes, 24 de octubre de 2011
sábado, 22 de octubre de 2011
Quiénes hicieron grande a la ETA
Desde hace varios años he leído a Pío Moa y sus acertados análisis sobre los acontecimientos actuales. Una de las cosas que me hacen confiar en personas como Moa es el mantenimiento de una misma línea de pensamiento desde bastante tiempo atrás. Por ejemplo, cuando publiqué el artículo de Moa sobre la deshispanización escrito hace ya unos cuantos años y como sigue manteniendo las mismas ideas, se puede ver claramente la firmeza en sus ideas y la valentía a la hora de mantenerlas, tanto es así, que es de sobre conocido el hecho acaecido en Libertad Digital con las famosas "acotaciones" de César Vidal, que más que acotaciones fueron acusaciones con un veredicto de culpabilidad que recordaban a los veredictos sin juicio de los comunistas en Rusia.
Hoy traigo a colación un artículo de Moa escrito hace unos pocos meses sobre la ETA que pienso puede ser de utilidad a la hora de comprender lo sucedido con el polémico abandono de las armas por parte de ETA.
La ETA es seguramente el grupo terrorista más influyente de Europa, capaz de condicionar la política de una país entero y pesar sobre las principales decisiones políticas, incluso sobre la propia elaboracion constitucional, pues los artículos referentes a las nacionalidades y al progresivo vaciamiento del poder central provienen, directa o indirectamente, de la acción etarra.
Veamos este dato significativo: el PSOE emerge del franquismo con un programa casi idéntico al de la ETA: socialismo y autodeterminación, palabra esta última que es solo un eufemismo para la secesión. Puede alegarse que su socialismo era de pandereta, como toda la ideología del PSOE, y es verdad; pero ello no lo hace menos peligroso, como ha demostrado la historia, y en cualquier caso nunca ha sido un partido democrático. Y puede decirse que en realidad no deseaba la secesión de Cataluña o las Vascongadas, y también es verdad, pero ello no le impedía impulsarla con su palabrería. En política, las palabras tienen casi siempre consecuencias, y difícilmente pueden ser buenas las consecuencias de las propuestas frívolas, antidemocráticas e ignaras.
La coincidencia del PSOE con la ETA no es fortuita. Procede de un hecho histórico crucial y casi nunca expuesto por los analistas e historiadores: hasta 1968, la ETA era un grupúsculo más, aislado, cuya propaganda expresaba las más acerbas acusaciones a la sociedad vasca, que no hacía caso a sus chifladuras; pero en el año citado la banda empezó a asesinar deliberadamente, y de pronto cobró importancia extraordinaria. Y no la cobró por el mero hecho de sus atentados, sino porque a partir de entonces, y precisamente por haber asesinado, se volcaron en su favor las fuerzas más poderosas, justificando a los criminales totalitarios como heroicos patriotas vascos, luchadores por la libertad, etc. Fuerzas como los grupos antifranquistas casi en pleno, comunistas y no comunistas, una parte importante del clero vasco y del resto de la Iglesia española en proceso de radicalización, y los gobiernos argelino, castrista y francés, este último muy especialmente. Entre todos hicieron grande a la ETA. Piénsese en las movilizaciones internacionales –gubernamentales, políticas y sindicales–, violentas y no violentas, especialmente en 1970 y 1975, a favor de los autores de los asesinatos y con perfecto olvido de las víctimas. Para entenderlo debe recordarse que nada remotamente parecido se movía en Europa por las víctimas del totalitarismo en los países del Este.
En Una historia chocante y en La Transición de cristal he expuesto estos hechos, asombrosos tanto por sí mismos como por la casi nula atención que han recibido. Y reveladores, más aún que el episodio Solzhenitsin, de la inconsistencia ideológica de la oposición a Franco, tanto la interna como la internacional, autopresentadas como democráticas. Las oleadas de simpatía por la banda terrorista no solo popularizaron a la ETA en las Vascongadas y –en menor medida– en toda España, sino que crearon unas afinidades básicas, por no decir complicidades, entre el grupo terrorista y el resto de la oposición, afinidades que pervivirían largo tiempo, manifiestas en la solución política, revivida hoy como franca colaboración por el actual gobierno.
La ETA, en suma, no se ha hecho a sí misma, sino que la han hecho, como poder influyente, muchas otras fuerzas nacionales e internacionales. Y siempre encontramos en la raíz de evoluciones tan chocantes el antifranquismo, verdadera enfermedad intelectual y política que sirve para justificar cualquier cosa.
Hoy traigo a colación un artículo de Moa escrito hace unos pocos meses sobre la ETA que pienso puede ser de utilidad a la hora de comprender lo sucedido con el polémico abandono de las armas por parte de ETA.
La ETA es seguramente el grupo terrorista más influyente de Europa, capaz de condicionar la política de una país entero y pesar sobre las principales decisiones políticas, incluso sobre la propia elaboracion constitucional, pues los artículos referentes a las nacionalidades y al progresivo vaciamiento del poder central provienen, directa o indirectamente, de la acción etarra.
Concretamente, la UCD trató de satisfacer al máximo a los nacionalistas regionales de Vascongadas y Cataluña, a fin de elevarlos como alternativa frente a la ETA y quitar a esta argumentos. Parecía necesario reforzar a aquellos partidos, que salían del franquismo sin fuerza porque nunca le habían hecho oposición real, de igual modo que se creía preciso convertir a un PSOE irrisorio en la gran alternativa al PCE, cuya fuerza se exageraba mucho por falta de perspectiva histórica, como había de verse. Como ni nacionalistas ni socialistas habían hecho más que una oposición de sainete a la dictadura, había que relanzar sus partidos, y a ello se aplicaron poderosas fuerzas nacionales e internacionales, y medios de masas. A los cuales podía hacerse la misma observación de Ortega a Einstein cuando este se dedicaba a crear opinión favorable al Frente Popular:
Usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre.Aquellos políticos, periodistas e intelectuales trataban a socialistas y nacionalistas de acuerdo con lo que ellos desearían que fuesen y con perfecta ignorancia de la historia y los presupuestos ideológicos de tales formaciones. Incluso llegaron a pensar algunos que los nacionalismos de derecha en Cataluña y Vascongadas harían innecesaria la presencia de una derecha nacional en esas regiones. A la ignorancia se sumaba una ausencia de pensamiento político más allá de tópicos como el de europeizarnos u homologarnos, un antifranquismo descerebrado que justificaba cualquier mentira sobre el pasado y el presente, y maniobras más o menos picarescas, que engendraron una democracia de baja calidad y en progresiva degradación, si exceptuamos, parcialmente, el período de Aznar. Quizá esta ignorancia y distorsión del pasado es lo que da a la política española, desde hace mucho tiempo, ese peculiar tinte de vaciedad, vuelo corraleño y corrupción intelectual. Un país solo puede progresar apoyándose ante todo en su experiencia y el conocimiento de sus condiciones, y esto no ocurre.
Veamos este dato significativo: el PSOE emerge del franquismo con un programa casi idéntico al de la ETA: socialismo y autodeterminación, palabra esta última que es solo un eufemismo para la secesión. Puede alegarse que su socialismo era de pandereta, como toda la ideología del PSOE, y es verdad; pero ello no lo hace menos peligroso, como ha demostrado la historia, y en cualquier caso nunca ha sido un partido democrático. Y puede decirse que en realidad no deseaba la secesión de Cataluña o las Vascongadas, y también es verdad, pero ello no le impedía impulsarla con su palabrería. En política, las palabras tienen casi siempre consecuencias, y difícilmente pueden ser buenas las consecuencias de las propuestas frívolas, antidemocráticas e ignaras.
La coincidencia del PSOE con la ETA no es fortuita. Procede de un hecho histórico crucial y casi nunca expuesto por los analistas e historiadores: hasta 1968, la ETA era un grupúsculo más, aislado, cuya propaganda expresaba las más acerbas acusaciones a la sociedad vasca, que no hacía caso a sus chifladuras; pero en el año citado la banda empezó a asesinar deliberadamente, y de pronto cobró importancia extraordinaria. Y no la cobró por el mero hecho de sus atentados, sino porque a partir de entonces, y precisamente por haber asesinado, se volcaron en su favor las fuerzas más poderosas, justificando a los criminales totalitarios como heroicos patriotas vascos, luchadores por la libertad, etc. Fuerzas como los grupos antifranquistas casi en pleno, comunistas y no comunistas, una parte importante del clero vasco y del resto de la Iglesia española en proceso de radicalización, y los gobiernos argelino, castrista y francés, este último muy especialmente. Entre todos hicieron grande a la ETA. Piénsese en las movilizaciones internacionales –gubernamentales, políticas y sindicales–, violentas y no violentas, especialmente en 1970 y 1975, a favor de los autores de los asesinatos y con perfecto olvido de las víctimas. Para entenderlo debe recordarse que nada remotamente parecido se movía en Europa por las víctimas del totalitarismo en los países del Este.
En Una historia chocante y en La Transición de cristal he expuesto estos hechos, asombrosos tanto por sí mismos como por la casi nula atención que han recibido. Y reveladores, más aún que el episodio Solzhenitsin, de la inconsistencia ideológica de la oposición a Franco, tanto la interna como la internacional, autopresentadas como democráticas. Las oleadas de simpatía por la banda terrorista no solo popularizaron a la ETA en las Vascongadas y –en menor medida– en toda España, sino que crearon unas afinidades básicas, por no decir complicidades, entre el grupo terrorista y el resto de la oposición, afinidades que pervivirían largo tiempo, manifiestas en la solución política, revivida hoy como franca colaboración por el actual gobierno.
La ETA, en suma, no se ha hecho a sí misma, sino que la han hecho, como poder influyente, muchas otras fuerzas nacionales e internacionales. Y siempre encontramos en la raíz de evoluciones tan chocantes el antifranquismo, verdadera enfermedad intelectual y política que sirve para justificar cualquier cosa.
martes, 11 de octubre de 2011
Anibal vs Publio Cornelio Escipión II
Con este vídeo continúo la serie de vídeos dedicados a la historia de España hechos por Juan Antonio Cebrián. El motivo de estos vídeos es acercar a la gente la historia de una manera sencilla y atrayente para después, si se quiere, profundizar más en cualquiera de los episodios que jalonan nuestra historia.
Periodista digital entrevista a Geoffrey Parker.
Entrevista en el museo naval con motivo de la publicación de su libro La gran Armada.
Entrevista a Geoffrey Parker.
Entrevista realizada por hislibris.com a Geoffrey Parker sobre la publicación de su libro revisado La Gran Armada.
¿Qué hace que un inglés de Notthingham se convierta en uno de los máximos especialistas en la Historia Moderna de España?
Eso lo puedo explicar muy fácilmente. En 1964 estaba en mi último año de licenciatura en la universidad de Cambridge y asistí a un curso de John H. Elliot sobre la Historia de la Europa Moderna, desde el principio de las guerras de Italia hasta la muerte de Luis XIV, y ese día el asunto era Felipe II y la rebelión de los Países Bajos. En el aula había, me parece, unos cien estudiantes, y en un momento dado el Dr. Elliot tenía un mapa colgado en la pared, y señalando el mapa comentó que una pregunta a la que no se tenía contestación era cómo España ha podido mantener una guerra en los Países Bajos, a tanta distancia, durante ochenta años, manteniendo un ejército de ochenta mil hombres. Cómo se ha podido hacer esto. Bueno, yo estaba encendido por esta pregunta, seguí al profesor hasta su oficina y le dije «bueno, profesor, ¿es verdad que nadie ha explicado esto?» «No, nadie, nadie —me respondió—. ¿Puedes hacerlo tú?» Y, bueno, lo hice… Es curioso, fue una cosa que escuché y no una cosa que leí, y en mi vida muchas veces han sido más importantes las cosas que he escuchado que las cosas que he leído. En el fondo es una cuestión de conseguir llamar la atención. He asistido a muchas conferencias de las que al final no me queda nada, pero a veces… Como profesor que soy, cada día espero poder encender a alguno de los alumnos que tengo enfrente planteando la pregunta adecuada, que fue lo que me pasó a mí, yo estaba en modo receptor y Elliot tiene además una voz magnífica, aún mejor en inglés que en español, y sabe manejar muy bien la intención, las ideas, con la voz, y me sedujo, no sabría explicarle por qué… Las preguntas de logística siempre me han fascinado, y aún lo hacen, y esta era una pregunta de logística. Cómo. Yo prefiero las preguntas «cómo» a las preguntas «porqué», por que me parece que en la Historia las cosas se desarrollan a través de los «cómo».
Pues precisamente vamos ahora con una pregunta sobre «cómo»; una de las conclusiones de su revolución militar fue que, a partir de determinado momento, la monarquía hispánica dejo de ser protagonista de las innovaciones militares de su tiempo para ir a remolque de ellas. Es indudable que en el mar esta cuestión se cumplió a rajatabla. ¿Cómo es posible que, conociéndose de sobra la dependencia de la monarquía de los metales americanos, no se abordara esta cuestión desde otra perspectiva?
Precisamente estoy revisando ahora La revolución militar, así que sigamos dos pistas en la respuesta. Tenemos una pista terrestre y una pista naval, y es mucho más fácil hacer los cambios en el terreno del Ejército, por ejemplo, los cambios en la organización militar, disparar por descargas, eso se puede aprender, por ejemplo en Nördlingen los españoles vencieron a los suecos, absolutamente, apresaron a su general y a millares de cautivos suecos, así que podemos decir que España hizo muy bien su trabajo en este terreno. En Rocroy no, por las tonterías que hizo D. Francisco de Melo, pero Nördlingen prueba que los españoles pudieron adaptarse muy rápidamente a las novedades en tierra. La pista naval es muy diferente porque si quieres una flota al punto, es necesario pensarlo diez años antes. No se puede hacer como en tierra. El Ejército es una labor intensiva, mientras que los cambios navales requieren muchísima inversión de fondos pero con mucho tiempo, es necesario planear los cambios con mucho tiempo. Nos detenemos en el ejemplo que usted ha elegido, las Flotas americanas. ¿Cuántas se han perdido? Dos, la primera en 1628 y luego en la década de 1650 a manos de los ingleses. ¿Por qué? Porque Inglaterra había tenido una guerra naval con Holanda y los ingleses habían podido hacer muchos cambios, pero la monarquía española no estaba preparada, para haberlo estado los cambios tendrían que haberse hecho mucho antes, pero la monarquía no tenía los recursos para semejante inversión. Y aún así es un buen record, teniendo en cuenta el número de flotas que llegaron a España. Además, precisamente por esto, no hay incentivos para cambiar un sistema que funciona. Después del desastre de Matanzas, donde se perdió esa primera flota, si hubo cambios, pero en principio no hay ni incentivos ni dinero. Es lo mismo que ir buscando el abordaje frente a la Flota inglesa en 1588. Había funcionado en Lepanto y en San Miguel, en las Azores. Si el sistema funcionó, si un sistema funciona, ¿para qué cambiarlo? De nuevo es una cuestión de dinero. Se necesita muchísimo dinero para hacer una flota como la inglesa. Los diez galeones de Portugal, a mi parecer, lucharon tan bien como los ingleses, pero la reina Isabel tenía veinte galeones como los portugueses, en cambio los galeones de Castilla estaban fabricados para el tránsito del Atlántico, pero no tenían la fuerza necesaria para una batalla al cañón con la flota inglesa, mientras que los portugueses estaban diseñados para ambos propósitos.
Muchos de nuestros lectores son lectores asiduos de novela histórica. ¿Qué le parece este género como forma de acercar laHistoria a un lector que, a lo mejor, no tiene la capacidad o la paciencia de hacer frente al ensayo histórico puro y duro?
Me gusta, me gusta y normalmente la leo yo. Es una especie de Historia virtual. La novela histórica, bien hecha, está concentrada en lo que podemos llamar los «márgenes de la historia», donde hay dudas, huecos, y si no contradice a la verdad me parece que es una forma de especulación que puede dar la misma luz que laHistoria misma. A mí me gustan por ejemplo las novelas de Mari Pau Domínguez, que sacó el año pasado una llamada Una diosa para el rey, que es la vida de Isabel Osorio, amante de Felipe II, de la que no conocemos casi nada, entonces es un asunto muy apropiado para una novela, en mi parecer. Ella lo ha hecho muy bien, me gustó. Entonces se concentran las novelas históricas en los casos menos conocidos, como digo, las sombras de laHistoria, ahí se puede hacer muchísimo y encender el entusiasmo por la Historia. La novela histórica es un diálogo; nosotros, historiadores, tenemos un diálogo con los archiveros, porque ellos tienen los documentos que nosotros vemos, y creo que nosotros también tenemos que tener un diálogo con los novelistas históricos. Somos todos aficionados del pasado. ¿Por qué no podemos ser amigos todos?
Dada su respuesta, suponemos que el episodio de la Armada le parecerá un buen escenario para una novela de este tipo.
Sí, sí, porque hay tantas cosas… Por ejemplo, yo quisiera saber qué pasó en el buque insignia de la Armada el día después de la batalla de Gravelinas. Hubo un consejo de guerra y como todos los protagonistas estaban juntos no necesitaban notas, entonces no hay una transcripción del debate. Normalmente siempre hay una carta al Rey; cuando se decidió salir de La Coruña el 21 de Julio se hizo un consejo de guerra y el Duque de Medina Sidonia no solo hizo una transcripción del debate, hizo que firmara cada uno de los asistentes porque tenía muchas dudas sobre si era una decisión acertada o no, pero después, en este consejo, tras la batalla, no hubo transcripción, no sé si porque estaban en la mar o porque hablaron sobre la rendición, que es mi teoría, así que me gustaría mucho saber lo que pasó, y esto sería un asunto muy apto para una novela histórica, ojalá que la escriban.
O que encontremos las actas de ese consejo de guerra en otro legajo de «papeles raros» como ocurrió con los documentos recién descubiertos de Recalde y de Leiva.
Sí, sí… fue una coincidencia. Mi amigo Fernando Bouza me acompañó un día al Archivo Histórico Nacional diciéndome que había encontrado estos «papeles curiosos» y no entendía por qué estaban en la serie de Órdenes Militares, porque si bien los otros millares de legajos eran pruebas de limpieza de sangre, hábitos y encomiendas, etc., había cuatro paquetes de cosas que a él le parecían de Inglaterra, y estaba en lo cierto, hay dos dossieres, uno con papeles de Juan Martínez de Recalde, Almirante General de la Flota, y otro con dos cartas a Recalde de D. Alonso de Leiva, papeles en los que se intenta culpar al Duque de Medina Sidonia.
Con lo que volvemos, en cierto sentido, al mito clásico de culpar al Duque de Medina Sidonia del fracaso de la Armada.
Es curioso, ¿no? Es como un péndulo. Con estos nuevos documentos volvemos a verlo como culpable. Pero es una cosa que no podemos descartar. Recalde mandaba la retaguardia y Leiva la vanguardia, son los veteranos más expertos de la Armada, los de mayor rango. Tenemos pruebas de que tenían correspondencia privada entre ellos, y ellos no tenían dudas de que el Duque había mandado mal, y aún peor sus principales consejeros, D. Francisco de Bobadilla y Diego Flores de Valdés. La carta de Leiva que cito en el libro dice que a la altura de 61º y medio ellos, el buque insignia, va a mandar a D. Baltasar de Zúñiga a España para culparlos a ellos (a Recalde y a Leiva), y precisamente Zúñiga abandonó la flota a esos 61º y medio. Estaba claro que Leiva estaba muy bien informado y escribió a Recalde, que también había estado en el consejo de guerra, por lo que no hay motivo para mentir. Para mí estas cartas son una evidencia de gran peso, por eso las publiqué. Primero, gracias a Fernando, encontramos los documentos de Recalde, hice una transcripción y la Revista de Historia Naval los publicó, creo que en 1998, y después encontré esas dos cartas de Leiva. Fueron un poco difíciles de identificar, aparece solamente la señal de la cruz y empieza directamente, no dice «Querido señor Recalde», etc., solo V.M., vuestra merced, y empieza. Después caí en la cuenta de que eran de Leiva y publiqué un segundo artículo en la Revista de Historia Naval con la transcripción, y después, como me parecieron de tanto interés, publiqué una versión en inglés de ambas en la revista de la Armada británica.
¿Los nuevos hallazgos y la bibliografía aparecida desde la primera publicación de este libro justifican una revisión del mismo?
Si solo fueran estas cartas, no, pero hemos encontrado otras cosas. Por ejemplo, Collin se ha sumergido en otros pecios de la Armada, conocemos otros tres pecios de la Armada esperando ser excavados, todas naos levantinas que se hundieron juntas en la costa de Irlanda, y que no se han podido excavar porque no hay medios para conservar los hallazgos, aunque sí hemos podido identificarlos porque sí se han podido sacar los cañones de bronce, que no se echan a perder al ser sacados, y gracias a su peso, porque en la época preindustrial no hay dos cañones con el mismo peso exacto, los hemos podido identificar, porque en el Archivo de Simancas hay un dossier sobre cada barco con el peso exacto de sus cañones, y esto nos vale como una matrícula para cada barco. Junto con los pecios tenemos más documentación, los papeles de los que hablamos antes, un diario que me facilitó Jesús Calero, de ABC, que fue quien encontró el diario de D. Guillermo Stukeley, que era un católico inglés, un refugiado que salió con Medina Sidonia, que escribió un diario muy detallado de lo que pasó, pues al no ser combatiente tuvo mucho tiempo para hacer sus observaciones, y además hay otros muchos documentos muy interesantes. Además yo he escrito mucho sobre Felipe II desde la primera edición y por eso conozco más sobre sus intenciones.
En principio parece que, con las recientes aportaciones, van quedando cada vez menos zonas oscuras sobre el tema de la Armada. ¿Queda algún punto realmente oscuro sobre el que el descubrimiento de nueva documentación pudiera ofrecer respuestas?
En Historia nunca se puede decir que nada está suficientemente claro. Yo pensaba que, por primera vez, tenía toda la documentación, pero hemos encontrado nuevos pecios, nueva documentación en Simancas… Es posible que Leiva tuviera un diario que quedase en Irlanda cuando su barco se hundió, las actas que no existen sobre ese consejo de guerra tras Gravelinas… Cuando D. Baltasar de Zúñiga abandona la Armada lleva el diario de MedinaSidonia consigo, pero es un diario para convencer al Rey, no es un diario neutral. Puede que encontremos más diarios, por ejemplo el de Stukeley apareció en entre los papeles de un bibliotecario de Sevilla, se pidió mi opinión para identificarlo y por eso lo conocí, pero era algo absolutamente inesperado, pero muy bienvenido… Pero ahora tengo la contestación a su pregunta: las actas de la Flota inglesa. Eso quisiera yo ver. No hay actas, hay muy poca documentación sobre la Flota inglesa, porque por ejemplo, Felipe II mandó todo por escrito, entonces tenemos una pista, un rastro de cartas. Isabel no, Isabel se reunió con sus almirantes antes de que salieran y, aunque hay una instrucción, a la instrucción siguió una reunión en la que supongo habría alguna discusión sobre las estrategias posibles para prepararse contra una Armada cuyo destino exacto no se sabía. Me gustaría saber qué pasó con estas actas. También había reuniones de los comandantes, de Drake, Hawkins, Frobisher y Howard en el buque insignia de las que no tenemos notas. Sería muy interesante encontrar las actas de estas reuniones. Ahora mismo creo que podemos aprender más sobre los ingleses, sobre los españoles es posible encontrar algo más, pero sobre los ingleses me parece que hay mucho por hacer.
En los capítulos dedicados a Felipe II en el libro es inevitable percibir un aire mesiánico en la actuación del Rey. ¿Cambió su inicial punto de vista sobre este tema después de su completísima biografía sobre él? (Esta es una de las preguntas que nos parece que no entendió bien.)
La primera edición de esta biografía la publiqué en 1968. Salió en España en 1984 pero el texto era el mismo. En treinta años he aprendido mucho sobre el Rey, pero a la vez yo tengo más experiencia de mando, de mando en minúscula, gracias a mi trabajo como jefe de departamento, en comparación con Felipe II no es nada, pero he tenido una mayor comprensión de sus problemas, y sobre todo la absoluta necesidad de no hacer las cosas que se puede, sino las cosas que se debe. Y me parece una diferencia fundamental que a Felipe II, como ve, no hay nadie para decirle «Majestad, ¡debe!». No había nadie que le pudiera decir al Rey «Señor, no haga esto, hay que hacer esto otro».
Volviendo al tema anterior, ¿cómo fue posible que Felipe actuara con la aparente precipitación con la que lo hizo? Porque, además, la Campaña de la Armada se llevó a cabo en un momento de plena madurez del monarca, apenas 10 años antes de su muerte, momento en que es extraño que un rey con el comportamiento habitual de Felipe, se deje llevar por la osadía de la forma en que este lo hizo en ciertas cuestiones pese a las indicaciones de sus más experimentados consejeros.
Bueno, en la estrategia hay dos niveles. Por un lado tenemos que Inglaterra atacó a España, no es que Felipe II atacara primero. Isabel lanzó una flota liderada por Drake que saqueó Galicia, las islas Canarias, Cartagena de Indias, Santo Domingo y la Florida. No es una cosa que se pueda dejar pasar. Así que la Armada era un contraataque, un contraataque contra una reina pirata. Inglaterra sería como la Somalia del s. XVI porque era débil, y el instrumento de guerra naval de los débiles es la piratería. Felipe II no contraatacó con piratas, envió la Armada, y aquí tenemos el segundo nivel estratégico, que es el cómo hacerlo. Y en este terreno fracasó al pensar que era imprescindible la reunión del Duque de Parma, con el Ejército de Flandes, y el Duque de Medina Sidonia al mando de la Armada desde España. Pensaba que sería posible que laFlota esperase cerca de Dunquerque hasta que embarcase el Ejército de Flandes, y eso fue una tontería. El fallo de un rey con mucha experiencia, pero no en combate naval, y que rehusó reunirse con sus almirantes para discutir con ellos las alternativas. Esto choca con lo que hizo Isabel. Sabemos que antes de que saliera la flota inglesa Isabel tuvo una reunión con sus comandantes para discutir la estrategia. Es una pena que no tengamos las actas de esa reunión pero sabemos que tuvo lugar porque hay una carta del almirante Howard a Burghley, el primer ministro, dicendo «La reina y nosotros hemos decidido…». Las decisiones tácticas y estratégicas se tomaron sin la intervención de los ministros civiles, al contrario que Felipe II que se reunió con Mateo Vázquez, clérigo, Juan de Idiáquez, diplomático, Cristobal de Moura, con experiencia en guerra terrestre, pero no con Parma, o Santa Cruz, o Medina Sidonia, a los que solo ordenó que hicieran esto o aquello. Fue un sistema de mando muy diferente al inglés, y creo que deficiente.
En principio la principal razón del fracaso de la Armada, parece ser la incapacidad de Parma y Medina Sidonia de coordinar sus esfuerzos. De haberse logrado esto, y de haber logrado desembarcar Parma en Inglaterra, ¿habría podido la Armada, una vez que la flota inglesa conocía sus debilidades, garantizar las comunicaciones del ejército de Flandes con el continente? (Y, claramente, esta es la segunda.)
Eso es una presunción… incluso después de los primeros combates aún no se conocían bien los defectos de la Armada, se estaban descubriendo todavía. La flota inglesa no se podía permitir un fracaso. La única persona que podía hacer que se perdiese Inglaterra en una tarde era el almirante Howard. No se podían permitir un error, con que se produjera un choque entre dos barcos y un abordaje llevase al otro, la batalla estaba perdida. Era una contingencia que la flota inglesa no podía permitirse, se estaban jugando la batalla a una carta.
En 1586-87 parece que el Duque de Parma tenía una opción real de pacificar, manu militari, los Países Bajos. Puesto que el fin último de la Campaña inglesa fue, precisamente, facilitar la pacificación de estos territorios, ¿porqué no se emplearon los recursos de la Armada –o incluso una fracción de los mismos- para lograr este objetivo y, ya con la costa flamenca asegurada y buenos puertos, poner en marcha la operación contra Inglaterra?
Bueno, ya se ha criticado a Felipe II por no aprender se sus fracasos. Después de la armada de 1588 envió la de 1596, por ejemplo, pero sí aprendió de sus fracasos en los Países Bajos. Allí ha sostenido una campaña continua desde 1572, sin éxito. Así que pensó que quizás la cosa cambiaría si atacaba Inglaterra. Además, no tenía alternativa, era imprescindible porque los ingleses le estaban atacando a él, así que pensó que si podía acabar con el régimen Tudor terminaría también con la rebelión holandesa. Y creo que tenía razón, no era posible mantener la resistencia holandesa sin apoyo inglés, sobre todo una vez paralizada Francia. Era una estrategia en tres etapas: primera etapa, invasión de Inglaterra; segunda etapa, acabar con la rebelión de los Paises Bajos; tecera etapa, intervenir definitivamente en Francia para poner en el trono a la infanta Isabel, como hija que era de Isabel de Valois, con más derechos que Enrique de Navarra.
lunes, 10 de octubre de 2011
El libro negro de Carrillo. José Javier Esparza.
El totalitarismo afectó a todo y a todos, también en los países que, como España, sólo parcialmente sufrieron de forma directa esa experiencia. Y de todas las personalidades de la vida pública española, nadie se ha sumergido tanto en la marea totalitaria como Santiago Carrillo, líder durante largos años del Partido Comunista español. Por eso hay que mirar a fondo la vida de Carrillo.La vida de Santiago Carrillo, en efecto, es inseparable de la experiencia totalitaria. Toda su vida: desde su infancia de niño revolucionario hasta su madurez de líder comunista. Hijo de un líder socialista de relieve no menor, en un momento en el que el socialismo español oscila entre la colaboración institucional y la revolución proletaria, el niño Santiago Carrillo Solares nace a la vida en 1915. Acaba de empezar la primera guerra mundial y está a punto de estallar la revolución soviética. Ambas cosas, guerra y revolución, marcarán la vida de Carrillo.
Niño viejo, más bien poco agraciado, de pluma fácil e inteligencia viva, ese mozalbete apenas ha cumplido los quince años cuando ya debuta como periodista político. Se diría que ha nacido para la agitación y la propaganda. Lidera las Juventudes Socialistas antes de ser mayor de edad. Lo vamos a encontrar, todavía adolescente, sumergido en las conspiraciones revolucionarias de 1934. Va a conocer la cárcel cuando aún no tiene veinte años. Deslumbrado –como tantos otros– por el "paraíso socialista" de la Unión Soviética, viaja a Moscú y vuelve a España convertido en un comunista convencido. Cuando la guerra civil no ha hecho más que empezar, un Carrillo todavía jovencísimo afronta la brutal prueba de imponer el orden revolucionario –su particular idea del orden– en un mundo que se descompone.
Después llegará la escalada por el poder en un ámbito, el del comunismo estalinista, donde cualquier mal paso se salda con la muerte. Finalmente, el niño revolucionario de 1931 tocará la cumbre del comunismo español. Y aún tendrá capacidad de maniobra para virar el rumbo, reintroducir al comunismo en España, convertirse en un nombre clave de la transición democrática y, más aún, entrar en la galería de probos padres fundadores de la democracia española, merecedores de homenaje por su contribución a la convivencia.
A lo largo de ese periplo, objetivamente triunfal, se acumulan sin embargo las sombras. Con toda propiedad puede hablarse, en términos históricos, de un "expediente Carrillo" donde abundan las manchas negras. La opinión pública española conoce bien la principal de ellas: Paracuellos, el exterminio deliberado de los presos políticos de derechas en el Madrid de noviembre de 1936. Pero hay muchas más: las maniobras políticas que condujeron a la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas, la participación directa en la purga del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) en mayo de 1937, la huida de España dejando en la estacada a sus compañeros de partido en 1939, la ruptura con su padre "traidor"; después, los movimientos tras las bambalinas del comunismo, la sumisión a los criterios de Stalin, la responsabilidad directa en el desmantelamiento del maquis, incluso la liquidación de sus camaradas "inconvenientes"... Todas estas cosas cambian el color de la imagen y la cargan con tintes sombríos.
Paracuellos: en Nuremberg se condenó a gente por menos que eso. La liquidación de disidentes: un macabro ritual del crimen político totalitario. La desarticulación cruenta del maquis: en Moscú se eliminó a gente –o se la encumbró, según soplara el viento– también por menos que eso. Una cosa y otra, el exterminio del enemigo y la aniquilación del amigo, son rasgos característicos del siglo XX, y más concretamente del totalitarismo, y aún más específicamente del comunismo. La combinación de esa doble violencia, hacia fuera y hacia dentro del propio campo, es una de las características mayores del comunismo y es lo que da a esta doctrina un carácter esencialmente patológico.
Por supuesto, los comunistas, y en primer lugar el propio Carrillo, dicen que tal política criminal no es propiamente comunismo, sino su desviación como "socialismo real". También esto, la negación de la evidencia y la fe a pies juntillas en un efugio retórico, es signo distintivo de la patología totalitaria. Y también aquí nuestro personaje alcanza rango de ejemplo.
"No me arrepiento de nada. He cometido errores y he intentado subsanarlos. No soy un santo, sino un hombre de carne y hueso", proclamaba Carrillo en el documental biográfico –más bien cabría decir hagiográfico– Últimos testigos, de Martín Cuenca, subvencionado por el Gobierno socialista español. La posición del protagonista es comprensible, pero la pregunta no es qué piensa Carrillo de sí mismo, sino cómo podemos juzgar nosotros, españoles del siglo XXI, el itinerario vital de este hombre del siglo XX. Y ese es el objetivo de este libro.
Este Libro negro de Carrillo no es una biografía al uso. No se propone contar la vida de Santiago Carrillo como el mero relato de una trayectoria vital. Sobre eso hay otros muchos libros, y buena parte de ellos han sido utilizados aquí a modo de cobertura documental. La trayectoria vital de Carrillo, evidentemente, es la columna vertebral de las páginas que siguen, pero la aspiración de este libro es otra: se trata de entender por qué una persona como Carrillo actuó de la forma en que lo hizo. Por eso intensificaremos la exploración en los años decisivos, los años "negros": los años de la conquista del poder. Precisamente porque el periplo vital de Carrillo tiene valor de ejemplo; precisamente porque esa existencia tortuosa –y torturante– ilustra a la perfección el fenómeno del totalitarismo, y nos ayuda a entender mejor la Historia no sólo de la España del siglo XX, sino, más en general, la de toda la humanidad contemporánea.
El caso Carrillo viene a poner sobre la mesa un asunto que nuestras sociedades tratan demasiadas veces de obliterar: ¿qué lugar dejamos para el totalitarismo como fenómeno determinante de nuestro tiempo? ¿Cómo podemos pensarlo con los criterios de hoy? Durante los años de la posguerra, pareció que la cuestión podía solventarse con una recurrente condena litúrgica del nazismo, convertido en figura eminente del mal. Pero lo cierto es que el nazismo no fue el único totalitarismo de nuestro tiempo, que el comunismo ha sido más mortífero y ha durado más tiempo que el régimen hitleriano, y que ya no es posible seguir exonerando a los hijos de Lenin y Stalin en nombre del "antifascismo" común.
Como ocurre con todos los grandes hombres, con todos los que han impreso su sello personal en la Historia colectiva, Santiago Carrillo ya no es un individuo de carne y hueso, ya no es el nombre de una persona singular, sino que representa a una generación y a una época. "Somos una generación combustible", dice Carrillo en la primera página de sus memorias. Lo dice citando a un amigo ruso. Y de eso se trata: de no quemarnos en los mismos fuegos que ellos.
"El texto está sacado de la página web de la editorial."
viernes, 7 de octubre de 2011
La batalla de Lepanto: Europa detuvo al Islam
Hay que ponerse en situación para entender la enorme trascendencia de aquella batalla. Estamos en 1571. En España reina Felipe II, y España reina en el mundo. Pero en oriente la potencia turca es un enemigo formidable. Los turcos, el Imperio Otomano, son los herederos históricos del califato islámico, el mismo Islam que dominó a España durante siglos. Ahora los Otomanos han llevado su dominio hasta las mismas puertas de Viena. Desde que cayó Bizancio, más de un siglo atrás, los turcos se han ido adueñando de los Balcanes, controlan el Mediterráneo oriental y, además, comienzan a amenazar al propio poderío español. Numerosas flotillas de piratas –los piratas berberiscos- hostigan las rutas marítimas junto a las costas españolas e italianas. Venecianos y genoveses están en apuros. El Papa Pío V teme una invasión de piratas berberiscos en el sur de Italia. Y el sur de Italia, en ese momento, es suelo español.
¿Quiénes son los piratas berberiscos? Son “corsarios moros”, como decían los españoles de entonces: desde sus bases en Argelia y Túnez atacaban nuestras ciudades costeras; de ahí viene aquello de “hay moros en la costa”. Bastará decir el nombre de uno de sus jefes: Barbarroja. Los turcos, conscientes de la oportunidad que se les presentaba, habían tomado como aliados a estos piratas berberiscos, que se convirtieron en los corsarios del Gran Turco, del Sultán. En nuestro país comenzó a extenderse un temor insistente: que los turcos, apoyados en los piratas berberiscos y contando con la ayuda de los moriscos que aún quedaban en España, intentaran una invasión. Porque el Sultán, al mismo tiempo, llegaba a acuerdos concretos con el rey de Francia y atacaba con fortuna Argel y otras plazas mediterráneas. Esta era la situación en la víspera de Lepanto: peligraba no sólo el poder de España, sino el conjunto de la cristiandad.
Una Liga para defender la Cruz
Como las cosas estaban recias, Felipe II y el Papa intentan organizar una gran flota para coger el toro por los cuernos y dar la batalla al Turco. Es preciso construir una alianza. La flota española es fuerte, pero no lo suficiente –recordemos que al mismo tiempo estamos presentes en América y en Asia. Hace falta que venecianos y genoveses ayuden; pero los venecianos acarician la idea de llegar a un pacto por separado con los turcos, un pacto que les permita mantener sus rutas comerciales a cambio de concesiones o tributos. Sólo la conquista turca de Chipre, en 1570, y el posterior saqueo de Venecia, convence a los italianos de que no hay componenda posible. Pío V redobla sus esfuerzos. Felipe II le sigue. Los reinos del norte de Europa (ingleses, alemanes) se desentienden del llamamiento papal, pero los italianos terminan secundando la idea. Hacia el verano de 1571 los cristianos componen su flota: darán la batalla en las mismas bases del Turco. Lo encuentran en las costas griegas, en el golfo de Lepanto.
Felipe II puso al frente a su hermanastro Juan de Austria. Juan tenía sólo 26 años, pero venía de sofocar la revuelta morisca y gozaba de un prestigio enorme. Junto a él estaban los mejores nombres de la Armada española: los catalanes Requeséns y Cardona y los castellanos Gil de Andrade y Álvaro de Bazán. Con ellos, el genovés al servicio de España Gian Andrea Doria, sobrino del gran almirante Andrea Doria. Las galeras del Papa las dirigía un viejo señor de la guerra, Marco Antonio Colonna; las de Venecia, otro veterano, Sebastián Veniero, sustituido después por Barbarigo. Y enfrente, el gran almirante turco, Alí Bajá, con un famosísimo pirata argelino, Uchali o Luchalí, y el gobernador de Alejandría, Mohamed Siroco; junto a ellos, un personaje de fábula, el renegado Pertev Pachá, cristiano convertido al Islam a quien los jefes de la Liga se la tenían jurada. La Liga cristiana presentaba 231 barcos entre galeones y galeras, 50.000 marineros y galeotes y 30.000 soldados, de ellos 20.000 españoles. Nunca se había visto una potencia semejante en el mar. Pero la armada turca era mayor todavía: unas 300 naves, con un número de hombres superior a 40.000 soldados, sin contar galeotes y remeros.
La mayor batalla naval librada hasta entonces
La batalla fue el 7 de octubre. Aquí la Historia y la leyenda parecen lo mismo. Alí Bajá, desde el puente de su “Sultana”, recibió a los cristianos con un cañonazo, invitándoles a comenzar la batalla. Juan de Austria, cortés, respondió con otro cañonazo e izó su estandarte: la cruz de Cristo flanqueada por los escudos de los aliados. Las naves cristianas habían avanzado hasta allí formando una gran cruz. Los turcos abrieron sus barcos en una gigantesca media luna. Juan de Austria fijó en el palo mayor de su nao una gran talla del Crucificado, donada por la ciudad de Barcelona. La estrategia de la Liga consistía en encerrar a los turcos en el golfo y atacar en masa. Pero los turcos vieron el peligro y trataron de envolver al centro del ataque cristiano, que mandaba Juan de Austria, mientras los piratas de Luchalí trataban de envolver uno de los flancos cristianos para darle la vuelta a la operación: encerrar a los cristianos en el golfo. No pudieron.
La inteligencia siempre es importante en todas las cosas de la vida, y la flota española, buscando cómo hacer más daño en las filas turcas, tuvo una idea muy brillante. Hasta entonces, la mecánica habitual del combate en el mar consistía en embestir al enemigo con el espolón de proa y abordarlo después. Pero las galeras turcas eran más y estaban mejor armadas, de modo que la flota cristiana se encontraba en inferioridad tanto en potencia de fuego como en número de unidades de abordaje. Así que a uno de los nuestros, García de Toledo, se le ocurrió que recortando los espolones podría instalarse más artillería en la proa y aumentar el fuego directo contra el enemigo justo antes del abordaje, barriendo la cubierta y reduciendo la resistencia del rival. La idea funcionó de maravilla. El mismo García de Toledo fue quien sugirió dar la batalla lo más cerca posible de la costa griega, junto a las bases turcas, para reducir la capacidad de maniobra del enemigo; muchos marineros musulmanes, al verse en peligro y tan cerca de su costa, optaron por saltar al agua e intentar llegar a nado hasta la orilla.
Hay que imaginar el aspecto que podían ofrecer todos aquellos barcos escupiendo fuego; no sólo el fuego de los cañones, sino también el de los arcabuces, porque don Juan de Austria había mandado repartir a su cuantiosa infantería, el Tercio de Mar, por todas y cada una de las galeras cristianas, de manera que no había barco que no tuviera una buena porción de infantes españoles disparando sobre el contrario. Ocurre que nadie se fiaba demasiado de los marineros venecianos. De hecho, lo primero que hizo el almirante turco, Alí Bajá, fue atacar a las naves venecianas, para dispersarlas. Pero allí estaban la infantería española y la italiana, que respondieron con fuego en abundancia. Los venecianos, todo hay que decirlo, desmintieron su fama y pelearon con mucho arrojo; su jefe, Barbarigo, murió en su puesto. Tras el choque vinieron los abordajes. La batalla duró en total cinco horas. En pleno combate, Don Juan de Austria, para paliar la inferioridad numérica, mandó soltar a los galeotes –los remeros que movían las galeras, generalmente penados- y les ofreció la libertad si se sumaban al asalto. Ni que decir tiene que todos lo hicieron. De hecho, fue uno de estos remeros quien cortó con un hacha la cabeza del almirante turco, Alí Bajá. La Historia no ha retenido el nombre de este remero español. Lo que sí ha retenido es el nombre de un gran personaje que combatía en la galera “Marquesa”: Miguel de Cervantes, que luego, en Don Quijote, recordará esta batalla como “la más alta ocasión que vieron los siglos”.
El balance de Lepanto
Hay pocas dudas sobre el balance de la batalla. Los turcos perdieron 250 barcos, 130 de ellos apresados por la Liga; los cristianos sólo perdieron 17. Los turcos perdieron cerca de 24.000 hombres; los cristianos, la mitad. Además, 8.000 turcos fueron apresados y su almirante y sus capitanes murieron en el combate. Todos menos el avieso pirata berberisco, Luchalí, que consiguió escabullirse antes de que acabara la batalla.
Don Juan envió al rey el estandarte de Alí Bajá. Y a los hijos del jefe turco, apresados en la batalla, se los envió al Papa. Fue una gran victoria. Fue también la última gran batalla naval que vio el Mediterráneo. Siglos más tarde, Chesterton, el inglés, dedicó a aquella gesta un poema que terminaba así:
“Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre la tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)”
Después se ha hablado mucho del verdadero peso que Lepanto tuvo en la Historia, disminuyendo su importancia. A Felipe II se le ha reprochado que no supo explotar la victoria: pudo haberla aprovechado para barrer de piratas la costa del norte de África y tomar Argel, pero no lo hizo. La propia Liga cristiana también pudo haber desembarcado en las costas griegas, ahora menos guarnecidas, y obligar a los otomanos a evacuar los Balcanes, relajando la presión sobre las fronteras austriacas; pero la Liga se disolvió muy poco después de la batalla. Los venecianos no tardaron en llegar a pactos con los turcos. Felipe II, por su parte, tenía otros problemas en Flandes y en las rutas americanas. El Gran Turco no tardó en recomponer su flota: el Mediterráneo oriental seguiría siendo suyo.
Y bien, todo esto es verdad, pero si lo de Lepanto sirvió de poco para lo que pasó después, sin embargo fue importantísimo respecto a la situación anterior. Primero: a los turcos se les asestaba un golpe que nadie esperaba. Segundo: las ambiciones del sultán en el Mediterráneo occidental se desvanecían. Tercero: España manifestaba de manera muy clara su hegemonía en Europa, especialmente frente a Francia e Inglaterra. Y cuarto, y quizá lo más decisivo: la Cristiandad lograba detener el avance del Islam en un momento de gran peligro. Después de Lepanto, ya nadie dudó de que Occidente, a pesar de sus guerras internas y sus profundas enemistades, podía defenderse contra el Imperio Otomano.
¿Y qué fue del Cristo barcelonés de la nave de Don Juan? Es una historia fantástica. Cuando terminó la batalla, los españoles vieron algo prodigioso: la talla se había ladeado; la tradición dice que una bala mora iba justo contra el Crucificado y éste se ladeó para esquivar la bomba. Así ladeado lo devolvió Don Juan a la Ciudad Condal; desde entonces está en la catedral de Barcelona, y por eso escribió Mosén Cinto Verdaguer aquel poema que empieza con el “Naves de España que adelante vais”, que sigue con “Catalunya, Catalunya, prou t’en pots ben alabar”, y que termina con “i per ço tens, Barcelona, lo Sant Crist de Lepant”.
José Javier Esparza.
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