jueves, 1 de diciembre de 2011

Respuesta de Pío Moa a César Vidal (VI)


Es una verdadera lástima que César Vidal, que a menudo hace análisis políticos e históricos inteligentes, se vaya por los cerros de Úbeda en cuanto  sale a relucir el protestantismo. Dice, por ejemplo: No pocos españoles, a diferencia de la generalidad de los ciudadanos de esas naciones donde triunfó la Reforma, normalmente, siempre encuentran excusas para sí o para el sector al que pertenece a la hora de no someterse al imperio de la ley. Esta visión beatífica de sometimiento a la ley en los países protestantes puede constatarse mediante las estadísticas de la delincuencia. ¿Se atreverá don César a afirmar que hay en España más delincuencia que en países protestantes (o ex protestantes) como Alemania o Inglaterra? He expuesto en los artículos sobre la salud social, que España cuenta con una de las poblaciones penales más altas de Europa, sin que ello suponga que la tasa de delincuencia sea más alta que en otros países. ¿Significa ello más o menos "imperio de la ley"? En la admirada Usa protestante de César Vidal, el número de delitos y presidiarios es asombrosamente elevado. ¿Prueba el dato mucho respeto a la ley en esa sociedad, o lo contrario? ¿Y los índices en Inglaterra o Alemania?  Don César, además, no tiene en cuenta, como de costumbre, los cambios que se producen con el tiempo. No hace tantos años (unos 35), España era uno de los países del mundo con menos delincuencia y menos presos, muchos menos que los de los países "donde triunfó la Reforma". ¿Qué le parece?
  
Y ciertamente en España existe un desprecio por la ley, lo vemos a diario, y más en unas épocas que en otras, como ocurre en todos los países. Más acentuada en los últimos treinta años, supongo que los ejemplos están en la mente de todo el mundo y he puesto algunos en La Transición de cristal. Pero no siempre fue así. En la época de Franco, contra lo que don César sugiere enarbolando algunos hechos particulares, la ley se aplicaba de forma más segura que ahora. Y, repito, con mucha menos delincuencia y muchísima menos población penal no solo que ahora, sino que en los países protestantes.

  Asegura don César que el aporte jurídico de los españoles ha sido "el apaño". Esto no es una injusticia sino una sandez malintencionada, pues no creo que provenga de la ignorancia, y no vale la pena dedicarle más espacio. Cae asimismo don César en el mal método, que he señalado enNueva historia de España, de utilizar obras literarias (El alcalde de Zalamea, Fuenteovejuna) dándoles un sentido socio-histórico totalmente fuera de lugar (los marxistas también lo han hecho a menudo). La literatura  trata generalmente sucesos no corrientes, extraordinarios, en los que se describe la condición humana; por eso una obra literaria lograda sigue teniendo el mismo valor en una época que en otra, así la Ilíada, por poner un caso, que ofrece una visión muy distorsionada de la sociedad micénica y al mismo tiempo nos dice mucho sobre el ser humano entonces y ahora.  Y por ese camino, don César podría plantearse por qué las novelas policíacas han nacido y se han desarrollado especialmente en los países protestantes, para narrar crímenes, utilizaciones fraudulentas de la ley, corrupciones, abusos y apaños de los poderosos, etc. ¿Indica ello que en esos países abundan especialmente  tales plagas? No estoy seguro. En cuanto a los crímenes de estado que atribuye a Felipe II, tengo la impresión de que han sido más habituales, precisamente, entre los protestantes. En Nueva historia de España recuerdo algunos, de los hugonotes o en Holanda, por no hablar de los de Inglaterra.

  Sus explicaciones sobre la actitud de Lutero hacia los judíos… Bueno, solo pueden  convencer a los ya muy convencidos.  Y la expulsión que proponía Lutero, en plan de aplastar a los perros rabiosos, no se pareció en nada al modo como se hizo la expulsión en España, infinitamente más legal y considerada que otras expulsiones en otros países. O que otras expulsiones no de judíos practicadas por los protestantes  Puede consultar el señor Vidal a Luis Suárez, a quien cito enNueva historia de España. Es cierto que siguió habiendo judíos en los países protestantes, pero a menudo recluidos en guetos y privados de derechos cívicos (como lo fueron los católicos hasta tiempos recientes).

 Sobre la defensa de los judíos por los protestantes en la II Guerra mundial, pone el caso de Dinamarca, donde había pocos judíos; pero en Holanda, donde había más, la deportación y colaboración con los nazis alcanzó altas proporciones. Y en la propia Alemania, ¿dónde arraigó más el nazismo si no en las regiones protestantes, como bien sabe el señor Vidal?  Y quien más judíos salvó fue el Vaticano; por cierto que la católica España de Franco tmbién hizo su importante contribución al salvamento. 

     Don César nos dice, asombrosamente, que Calvino impuso la primacía de la ley. ¿Qué ley? “La Biblia”,  aclara. Lo cual significa tomar las Escrituras al modo del Corán por los musulmanes . Pero ¿cómo puede utilizarse la Biblia como ley, si ella admite muchas interpretaciones, y más en virtud del libre examen? Solo podía servir de ley si UNA interpretación, obviamente la de Calvino, se imponía como LEY.  Esa supuesta primacía permitió a Calvino quemar a Miguel Servet y a otras gentes,  en especial a gran número de “brujas” La quema de brujas se extendió masivamente en territorios protestantes y algunos católicos, pero la Inquisición las cortó rápidamente en España. ¿Primacía de la ley?  ¿De qué ley? Aparte de que su interpretación de la Biblia le llevaba a proscribir el teatro (Shakespeare, por ejemplo, tuvo problemas para representar, por parte de los puritanos de Londres), el baile y hasta hizo sospechosa la risa. Cuando se habla de la ética del trabajo calvinista se olvida su carácter neurótico, obsesivo, nacido de una interpretación particular de la gracia.

   Pero vamos a mencionar algunos otros hechos que  don César pasa sistemáticamente por alto. En la patria del protestantismo, Alemania, la nueva religión no se impuso en modo alguno mediante ninguna primacía de la ley, sino mediante la rebeldía de numerosos grandes señores, estimulados por Lutero con la perspectiva de adueñarse de los bienes eclesiásticos, lo que hicieron con la mayor violencia y asesinatos. ¿Primacía de la ley? Pero cuando los campesinos sometidos a un yugo infernal se sublevaron, Lutero encontró que conculcaban la ley, puesto que se rebelaban contra sus señores, y llamó a exterminarlos con frases de increíble ferocidad. ¿Primacía de la ley? Y de nuevo, ¿cuál era la versión correcta de la Biblia si, según él, todo dependía del libre examen y la fe subjetiva de cada cual?

   Hay más: los conflictos y guerras civiles promovidos por los protestantes se solventaron, si así puede decirse,  sobre la base cuius regio eius religio, es decir, que allí donde se habían impuesto los príncipes luteranos tenían derecho a imponer su religión al pueblo, y ciertamente lo hicieron, mediante mil violencias. ¿Qué ley primaba entonces? 

    El propio Lutero llamó repetidamente a la rebeldía contra la Iglesia católica, que era la asentada y legitimada desde muchos siglos atrás y excitó a atacarla con la máxima saña, a lavarse las manos en su sangre, inspirándose en una interpretación del Evangelio (“no he venido a traer la paz, sino la espada”), con frases, nuevamente, de verdadero salvajismo. ¿Primacía de la ley?

   Podemos recordar asimismo cómo se impuso el anglicanismo, a base de innumerables crímenes y violencias, muchas más que las de la Inquisición y precisamente por un problema, digamos de bragueta, del rey, revelador de gran respeto a la ley.  A su vez, los señores sostenedores del anglicanismo ampliaron sus posesiones expoliando los bienes eclesiásticos y las tierras comunales, reduciendo a los campesinos a la más absoluta miseria. ¿Era aquello imperio de la ley o pura y simple tiranía?  Esta conducta fue seguida en muchas ocasiones en los siglos siguientes, y no digamos nada de su aplicación a Irlanda o Escocia hasta épocas próximas, dando lugar a hambrunas que pueden considerarse auténticos genocidios. U otras más recientes todavía, como la de Bengala. ¿La ley, de nuevo?  Nada de esto ocurrió nunca en España, si bien la desamortización de Mendizábal tuvo algunos rasgos de lo mismo. La persecución y privación de derechos a los católicos en esos países se mantuvo hasta tiempos recientes, a veces con crueldad espeluznante.

   Cabe decir, por otra parte, que el liberalismo surgió en parte como reacción a los excesos protestantes.  La Carta sobre la tolerancia, de Locke, trata precisamente, de limitar las persecuciones, con frecuencia brutales, entre los distintos grupos protestantes; y no extiende la tolerancia a los católicos, para quienes exige la lás dura intransigencia, por motivos, digamos “patrióticos”, ya que obedecían a un poder extranjero.  

   Por no hablar de la política de exterminio de los indios norteamericanos o de otras poblaciones aborígenes en Australia; o de las guerras del opio. O de las peleas entre la calvinista Holanda y la anglicana y en parte puritana Inglaterra por controlar el tráfico de esclavos. O la piratería, en la que la reina de Inglaterra tomaba desvergonzadamente su parte. Una vez más, ¿primacía de la ley? 

   Y todas estas cosas no son ninguna leyenda negra inventada a partir de las disparatadas invenciones de un fraile chiflado.

   Ahora mismo tenemos aquí el problema de Gibraltar, única colonia en un país europeo, donde la agresividad británica ha infringido sistemáticamente todos los tratados y leyes, y continúa haciéndolo. ¿Primacía de la ley?

  El hecho real que queda es que el protestantismo nació como un movimiento de rebeldía en extremo sanguinario, según justificaba el mismo Lutero, y que su concepción de “pueblo elegido”, “pueblo de los justos”, “la ciudad sobre la colina”, etc., ha sido el foco de políticas racistas y de exterminio. Podría reflexionar el señor Vidal sobre el hecho de que fue en la Alemania protestante donde más cundieron movimientos totalitarios como el marxismo o el nazismo, por ejemplo.

   Esto no es más que un breve resumen que podría ampliarse  y detallarse muchísimo más.
No quiero dar la impresión, como el señor Vidal pretende del catolicismo, de que estos masivos crímenes, se amparasen o no en leyes ad hoc, definen al protestantismo o lo caracterizan en exclusiva. En la historia de todos los pueblos y religiones hay episodios atroces, pero también hay cosas mucho mejores. Si recuerdo estos datos es porque el señor Vidal, en su afán de condenar a España por su catolicismo histórico, cae en un constante unilateralismo, y sería muy lamentable que muchas personas, llevadas de la ignorancia corriente sobre la historia, le creyeran  o sacaran conclusiones poco acordes con la realidad. Y me gustaría que el señor Vidal encontrase algunas razones para vacilar en sus dogmáticas interpretaciones, que tanto me recuerdan a mis tiempos de marxista-leninista. Vuelvo al principio:  es lástima, porque don César no se prestigia a sí mismo con semejantes tiradas. 

Respuesta de Pío Moa a César Vidal (V)


Cuando yo era comunista, tenía respuesta para todo. Sabía que la historia era una sucesión de conflictos, injusticias y crímenes, en suma, de explotación y opresión con algunos chispazos de genio “progresista”. Pero ese "relato de ruido y de furia” tenía un sentido, contra lo que pensaba Macbeth: se explicaba por la lucha de clases, que finalmente había derivado al enfrentamiento decisivo entre una burguesía necesariamente explotadora y un proletariado que, al derrocar al capital y emanciparse, emanciparía a la humanidad de sus males ancestrales. Así lo demostraban los países socialistas donde estaba abolida la explotación del hombre por el hombre, existía una básica igualdad de hombres y mujeres, todos con trabajo asegurado y acceso a la instrucción, donde  la ciencia había sustituido a la superstición religiosa y el pueblo se regía por una moral superior. Ante este esquema fracasaban todas las objeciones. ¿Que en los países socialistas habría “problemas”, incluso crímenes? Nada más natural, pues se trataba de una experiencia nueva y sin paralelo en la historia, y no podía salir todo a la perfección desde el principio; aparte del continuo sabotaje y agresión del imperialismo burgués. En cuanto a los aparentes éxitos del capitalismo, continuaban basados en la explotación y la superstición, la anarquía del mercado producía desastrosas crisis cíclicas, y  bajo una superficie brillante bullían tremendas desigualdades y miserias; y la sociedad se regía por una moral ínfima y engañosa, en la que el triunfo material lo era todo, a pesar de ser accesible, por su propia naturaleza,  solo a una pequeña minoría. Los hechos que discordaban del esquema eran descartados como irrelevantes o propaganda burguesa.

    A veces tengo la impresión de que don César Vidal sigue un esquema y enfoque análogos, inasequibles a los hechos históricos y con la dudosa metodología correspondiente. Para él, todo está en la Biblia, ya que esta es la palabra de Dios. Es decir, en una determinada interpretación, ya menos divina y más humana, de la Biblia. Así, las Escrituras habrían sido traicionadas y paganizadas por el catolicismo, para ser recuperadas en su pureza por los protestantes, y de ahí un sinfín de bendiciones que don César no se cansa de ponderar, en contraste con las miserias católicas que afligen a España.

   El señor Vidal interpreta la Biblia al estilo judeo-protestante (a pesar de las maldiciones y execraciones, a veces con tintes exterminadores, de los líderes protestantes hacia los judíos); cree que en la Biblia se  encuentra el espíritu y la bendición del trabajo (a pesar de que también encontramos en ella su consideración como un castigo y los esfuerzos humanos como pura vanidad); que allí  nace el pensamiento científico (a pesar de que este nace en Grecia y “renace” en la católica Italia, y que los judíos no destacaron en ciencias hasta tiempos recientes, y siempre adoptando un espíritu exterior, ajeno –aunque no opuesto-- a la Biblia); que las finanzas encuentran también el mismo origen (a pesar de que históricamente toman impulso en países católicos); que la alfabetización procede también de los judíos y los protestantes (olvidando hechos tan decisivos como la labor de los monasterios, de las escuelas catedralicias, o las universidades, todo ello creaciones católicas; o la expansión de la alfabetización no solo en los países católicos, sino también en otras religiones o ideologías, sin relación alguna con la Biblia). Y ahora encuentra la “primacía de la ley” como otra característica protestante en contraste con los países católicos y muy especialmente con España.

   Si uno hubiera de creer a don César, España habría sido de siempre un país de vagos, parásitos e ignorantes voluntarios y sumido, por tanto, en la mayor pobreza y en una ilegalidad rampante. Ya he explicado que solo hay una época, el siglo XIX, en la que España queda significativamente atrasada en el plano económico no solo por relación a algunos –no todos—  los países protestantes y a otros católicos, como Francia o Bélgica. El resto del tiempo ha estado entre los más ricos, y el bache del siglo XIX –debido en gran medida a efectos de la invasión napoleónica-- fue superado bajo el franquismo, cuando España vuelve a ingresar en el club de los países opulentos, cosa que parece llenar de pesar a algunos. En mi blog, el señor Lead  ha aportado algunas estimaciones generalmente desconocidas, que rompen uno de los mitos más difundidos, sobre todos desde la crisis moral del 98:

En efecto, la generación de riqueza se mide por el PIB (Producto Interior Bruto, suma de los VABs-Valores Añadidos Brutos de todos los sectores productivos). Y el PIB español ha sido, desde hace más de 2.000 años, uno de los 10 mayores del mundo (a veces de los 5 mayores), según las famosas series de PIB/GDP (Gross Domestic Product) retrospectivas del famoso economista (fallecido el año pasado) de la OCDE Angus Maddison:

http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_regions_by_pa...(PPP)

Decir, así a pelo, que España "genera, relativamente, poca riqueza" sin dar un criterio cuantitativo suena frívolo. Y si el "relativamente" se refiere al PIB per cápita, veamos la otra tabla de Maddison (en dólares de 1990):

= En el año 1 dC, 498, el 3º del mundo, tras Italia y Asia Occidental.

= En el año 1.000, 450, el 2º del mundo (empatado con Italia) tras Asia Occidental.

= En el año 1.600, 853, el 5º del mundo, tras Holanda, Italia, Bélgica y Dinamarca.

= Desde el año 1.700 la renta per capita española se estabiliza en aproximadamente el 83% de la renta de la Europa a 12, cota que pierde después de 1.820 (año en que nos alcanza EE.UU.) y que recupera hacia 2003.

   Bueno, en realidad el 80%  lo recuperó en los años 60 del siglo XX con una CEE de 9 miembros.  Naturalmente, se trata de estimaciones, a veces toscas, pero ciertamente mucho más serias que los gruesos brochazos  del señor Vidal, y que bastan para echar por tierra las lucubraciones de este. ¿Cómo explica el señor Vidal tales datos, o cómo los rebate, si no está de acuerdo con ellos?   Tengo la  impresión de que ni se le pasa por la cabeza explicarlos o rebatirlos. Simplemente los desdeña, ya que no entran en sus esquemas previos, tal como yo, cuando era comunista, descartaba todo lo que podía hacer vacilar unas convicciones que imaginaba científicas.
  
Y por no alargarme, dejo para la próxima entrega del blog un pequeño análisis sobre la “primacía de la ley” que nuevamente, me temo, no es exactamente como nos la cuenta don César.  


****Escribe César Vidal:  Como en otras áreas, España había perdido siglos precisamente cuando más necesitaba por su condición de potencia no quedarse rezagada. Cuando, siglos después, intentó remontar esa situación lo hizo además en no pocas ocasiones con la mancha del sectarismo que no veía la educación como algo bueno per se sino como un instrumento de adoctrinamiento. ¿Cómo pudo ser España una potencia si el catolicismo, según él, la invalidaba en todos los terrenos? ¿Y cómo, siendo católica, recuperó su atraso del siglo XIX? ¿Y acaso los protestantes no utilizaban la Biblia, precisamente, como un instrumento de adoctrinamiento? La enseñanza en España y en casi todos los países, se impulsó antigua y modernamente al margen de la Biblia, precisamente como instrumento para adquirir muy diversos saberes.

  Veo que algunos niegan interés al debate planteado (quizá involutariamente) por César Vidal. Pero compruebo que  sí despierta un interés considerable, y debe ser por algo. Naturalmente, autorizo (y animo) a mis lectores a difundir estos artículos sin más requisito que citar su origen en este blog de LD.

Fuente: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/

las razones de una diferencia por César Vidal (V)


En las anteriores entregas he ido mostrando cómo España –y con ella naciones como Italia y Portugal amén de las que acabarían siendo repúblicas hispanoamericanas– se quedaron descolgadas de una ética del trabajo y de una visión delmundo crediticio indispensables, así como de un impulsoalfabetizador y científico irrenunciables. Sucedía además cuando España era un imperio y necesitaba más que nunca no verse adelantada por sus rivales que fue, precisamente, lo que sucedió. Por desgracia, no fueron las únicas pérdidas experimentadas por la España que expulsó a los judíos y quemó a los protestantes. A ellas se añadió la pérdida de asimilar la primacía de la ley sobre cualquier persona e institución.
En el año 1538, Calvino y algunos de sus amigos fueron expulsados de la ciudad de Ginebra por las autoridades. El momento fue aprovechado por el cardenal Sadoleto para enviar una carta a los poderes públicos de la ciudad instándoles a rechazar la Reforma y regresar a la obediencia a Roma. La carta del cardenal Sadoleto estaba muy bien escrita, pero lo cierto es que no debió de convencer a los ginebrinos ya que éstos solicitaron en 1539 a Calvino (que seguía desterrado) que diera respuesta epistolar al cardenal. Calvino redactó su respuesta al cardenal Sadoleto en seis días y el texto se convirtió en un clásico de la Historia de la teología. Escapa a los límites de esta serie el adentrarse en el opúsculo, pero sí es obligado mencionarlo porque en él se puede contemplar dos visiones de la ley que diferenciaron –¡como tantas otras cosas!– a las naciones en las que triunfó la Reforma de aquellas en que no sucedió así.
El dilema que se planteaba era si el criterio que marcara la conducta debía estar en el sometimiento a la ley o, por el contrario, a la institución que establecía sin control superior lo que dice una ley a la que hay que someterse. Sadoleto defendía el segundo criterio mientras que Calvino apoyaba el primero. Para Calvino, era obvio que la ley –en este caso, la Biblia– tenía primacía y, por lo tanto, si una persona o institución se apartaba de ella carecía de legitimidad. El cardenal Sadoleto, por el contrario, defendía que era la institución la que decidía cómo se aplicaba esa ley y que apartarse de la obediencia a la institución era extraordinariamente grave. La Reforma optó por la primera visión, mientras que en las naciones donde se afianzó la Contrarreforma se mantuvo un principio diferente, el que establecía no sólo que no todos no eran iguales ante la ley sino que, por añadidura, había sectores sociales no sometidos a la ley. Se creaba así una cultura de la excepción justificada.
Los ejemplos de esa diferencia llegan hasta el mismísimo día de hoy. Voy a pasar por alto las violaciones de la ley perpetradas por ciertos soberanos como el Felipe II que ordenó un crimen de estado como el asesinato de Escobedo o que violó los fueros aragoneses en persecución de Antonio Pérez. El problema, por desgracia, va mucho más allá que el crimen de Estado que se ha dado en los más diversos regímenes y épocas. Se trata más bien del hecho de que se aceptara que sectores importantes de la población –fundamentalmente, la iglesia católica y la monarquía– no estuvieran sometidos a la ley. Las pruebas de lo primero son interminables e incluyen lo mismo a un Cervantes excomulgado mientras intentaba recabar suministros para la guerra incluso en las parroquias (¡gravísimo atrevimiento pretender que la institución que más se beneficiaba del esfuerzo de guerra hispano contribuyera al mismo!) que aquellas cárceles concordatarias del franquismo donde se confinaba, por ejemplo, a los sacerdotes que ayudaban a la banda terrorista ETA. Sobre esa institución no existía supremacía de la ley. Lo segundo es tan obvio que, incluso a día de hoy, el rey sigue siendo irresponsable de cualquier acto que pueda cometer.
Por supuesto, esa concepción permea sin discusión alguna las mejores manifestaciones culturales del siglo de Oro. Fuenteovejuna de Lope de Vega no es sino el canto a un pueblo que no encuentra justicia frente a un noble y que sólo tiene como vía el asesinato perpetrado de manera colectiva lo que, dicho sea de paso, no resulta una óptima perspectiva. Sin embargo, cuando la monarquía ha de administrar justicia, ésta no nace del texto de la ley (como pretendía Calvino en su Respuesta al cardenal Sadoleto) sino del hecho de que el rey puede hacer, literalmente, lo que le sale de la corona.
Un ejemplo aún más revelador es el que encontramos en El alcalde de Zalamea, una obra genial cuya calidad literaria es innegable, pero cuyo mensaje, si bien se examina, resulta escalofriante. Un grupo de soldados de los tercios se asienta en un pueblo y un capitán aprovecha la ocasión para raptar a una muchacha y violarla. En otra nación donde existiera el imperio de la ley se habría esperado que el violador fuera juzgado y condenado. No en la España donde no se ponía el sol. Pedro Crespo, el padre de la joven, suplica al violador que le restaure la honra casándose con su hija. Ni que decir tiene que el capitán –sabedor de que la ley no es igual para todos– se burla de Crespo que opta por cortar por lo sano ejecutando al oficial y sosteniendo que estaba en su derecho ya que "al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios". La frase es buena, pero discutible. En primer lugar, porque no es cierto que haya que dar nada a un rey de manera incondicional y, en segundo, porque el honor de Crespo, por lo visto, se veía más que satisfecho si su pobre hija contraía matrimonio con el canalla que la había raptado y violado. ¡Ejemplar! Pero la historia no acaba aquí. Crespo ha quebrantado la ley, pero los espectadores de la España de la Contrarreforma no podían ver bien que se castigara a semejante defensor de su honor. ¿Solución? El rey aparece en escena y se coloca –¡de nuevo!– sobre la ley para absolver a Crespo.
La última vez que vi esta obra iba acompañado de la economista María Blanco que, por un lado, como yo, apreció la calidad literaria del drama y, por otro, se horrorizó de ver cuánto decía de los españoles. Recuerdo que señaló que la obra demostraba cómo el gran aporte jurídico de los españoles era "el apaño". Tenía, por desgracia, razón. Por cierto, a los que se atrevan a decir que el sentido del honor calderoniano no era muestra de la cultura española hay que recordarles que todavía bajo el régimen de Franco estuvieron exentos de castigo el dar muerte a la esposa adúltera o a la hija fornicaria a la vez que la violada podía lograr que el violador no fuera a prisión si se casaba con él.
En la Europa reformada –en la que las cuestiones de honor no pendían de la entrepierna femenina– el sistema fue diferente. De entrada, la ley estaba por encima de las personas y de las instituciones. No podía ser de otra manera si, tomando la ley de Dios contenida en la Biblia, se había puesto en solfa la institución que, por definición, era más sagrada para llegar a la conclusión de que se había deslegitimado con su conducta. La idea de esa supremacía de la ley por encima de las personas quedó establecida claramente en un episodio que suele mencionarse no pocas veces, el de Lutero y su último escrito contra los judíos. Aunque lo he visto citado en varias ocasiones por españoles, tengo que señalar que, visto lo que dicen, hay que llegar a la conclusión de que o incurren en un caso gravísimo de falta de honradez intelectual que los descalifica totalmente o –y me inclino por esta explicación– simplemente no han leído el texto completo en alemán ni tampoco conocen la totalidad de los hechos. No es que la ignorancia de aquello sobre lo que se escribe constituya una recomendación, pero, al menos, la calificación moral resultaría menos grave.
Pero volvamos al caso. De entrada, hay que señalar que Lutero manifestó al inicio de su carrera como reformador una compasión hacia los judíos que no era habitual en la Alemania católica de la época. No deja de ser significativo que en uno de sus escritos de esos años llegue incluso a indicar que hasta cierto punto la falta de conversión de los judíos al cristianismo arrancaba, fundamentalmente, del maltrato que habían recibido de la iglesia católica. Durante los años siguientes, los judíos dejaron de tener interés para Lutero envuelto en una controversia teológica en la que se jugaba personalmente la vida y Europa su futuro.
De esa situación, salió al final de su vida al redactar un tratado titulado Los judíos y sus mentiras (1543). El texto rezuma un deplorable antisemitismo, cuya razón era que hasta Lutero habían llegado noticias de cómo los judíos difundían la noticia de que Jesús era el hijo de una prostituta: "Así lo llaman (a Jesús) el hijo de una prostituta y a su madre, María, una prostituta, que lo tuvo en adulterio con un artesano. Con dificultad tengo que hablar de una manera tan áspera para oponerme al Diablo. Ahora bien, saben que hablan tales mentiras por puro odio y voluntariamente, únicamente para envenenar a sus pobres jóvenes y a los judíos simples contra la Persona de nuestro Señor, para evitar que acepten Su doctrina". La acusación –como habían indicado antes de él no pocos clérigos medievales– era cierta ya que, efectivamente, en algunos pasajes del Talmud se hace referencia a que María es una adúltera y Jesús es llamado específicamente bastardo. De hecho, esa razón fue una de las que más pesaron en el papado y en no pocos obispos para ordenar quemas del Talmud durante la Baja Edad Media y también la que llevó a algunos editores judíos a suprimir los pasajes para evitar ser objeto de esa represión papal. Sin embargo, Lutero no se limitaba en su acusación a los insultos dirigidos contra Jesús y su madre. Además, consideraba que los judíos eran un colectivo que, mediante la usura, oprimía a los más humildes. La afirmación puede ser matizada, pero es la misma que desde hacía siglos venía vertiendo la iglesia católica sobre los judíos provocando decisiones civiles y eclesiales de especial dureza contra ellos. Ante esa situación, Lutero proponía como solución, literalmente, "la de los reyes de España", es decir, la Expulsión llevada a cabo por los Reyes Católicos en 1492. Puede o no gustar, pero lo cierto es que si alguna vez a lo largo de su dilatada carrera apoyó Lutero una decisión católica reciente fue ésa.
El texto de Lutero es innegablemente lamentable. Lejos de seguir la línea propia de la Reforma de respeto a la libertad de expresión y de culto, Lutero se dejó llevar por la cólera que le provocaban las injurias contra Jesús y María –¿algún católico de la época habría actuado con más moderación?– y optó por una de las soluciones católicas medievales que venía aplicándose desde hacía siglos: la expulsión. La otra, como de todos es sabido, fue la matanza en masa como la de los pogromos españoles de finales del siglo XIV desencadenados precisamente por clérigos. Ciertamente, si Lutero fue culpable de algo especialmente en este escrito fue de no seguir las líneas marcadas por la Reforma sino de continuar una multisecular tradición católica. Pero Lutero escribía ya en un medio que conocía la Reforma y es precisamente esa circunstancia la que explica la reacción que provocó su panfleto. A pesar de ser un autor profundamente odiado en el mundo católico, no he conseguido dar con un solo texto católico de su época que le afeara sus conclusiones, seguramente porque la coincidencia con lo que pasaba en la Europa católica era muy notable. Sin embargo, en la Europa protestante, el texto de Lutero fue enérgicamente repudiado. El príncipe de Hesse –que, supuestamente, debía haber escuchado la enseñanza de Lutero– se negó rotundamente a expulsar a los judíos siguiendo el ejemplo de los Reyes Católicos y los mantuvo en su territorio. Felipe Melanchton, la mano derecha de Lutero, también manifestó su oposición al texto señalando que no debía seguirse sus directrices.
Ésa fue la posición generalizada de las iglesias nacidas de la Reforma y era lógico que así fuera. La Reforma había introducido en las mentes y los corazones de las personas un principio fundamental que no era otro que el de juzgar las acciones y las enseñanzas de todos los hombres a la luz de la Biblia y someter a la primacía de la ley –y no de una institución– los actos. Partiendo de esa base, nadie se consideró obligado a seguir el criterio de Lutero si chocaba con la Biblia lo que, dicho sea de paso, era el caso. En el mundo católico, apenas unos años antes, el papa había celebrado la expulsión de los judíos de España con una serie de festejos entre los que se incluyó una corrida de toros. En otras palabras, en el siglo XVI, en la Europa reformada, nadie hizo caso a Lutero cuando pretendió que se expulsara a los judíos como habían hecho los Reyes Católicos en España unas décadas antes.
En la España del siglo XXI todavía hay quien propugna la canonización de Isabel la católica –yo he estado en una reunión del comité que la impulsa y son gente muy agradable aunque no me parecieron compungidos por la Expulsión sino más bien por la resistencia que entre los judíos de hoy hallaría la causa– quien justifica o minimiza la expulsión de los judíos y quien pretende comparar el episodio con otros acontecidos en otras naciones. Basta preguntar a los mismos judíos para saber que no fue así. Entendámonos. Isabel la católica no fue una genocida como pretendió Enrique de Diego en la primera edición de su novela El último rabino. Fue una gran reina, pero eso no puede impedir que examinemos también acciones como la implantación de la Inquisición o la expulsión de los judíos cuyas pésimas consecuencias para nuestra nación llegan hasta nuestros días. Por añadidura, su acción no tuvo freno. La de Lutero, sí. Quizá por eso, la nación donde fue salvada casi toda la población judía durante la Segunda Guerra Mundial fuera la luterana Dinamarca y quizá por eso la primera declaración dirigida contra el nacional-socialismo por una entidad cristiana fuera la Declaración de Barmen de 1934 suscrita por protestantes alemanes justo cuando el 22 de julio de 1933 la Santa Sede había firmado un Concordato con Hitler. Pero no nos desviemos.
El hecho de que las naciones en las que triunfó la Reforma admitieran de manera casi inmediata la supremacía de la ley sobre los individuos y las instituciones tuvo resultados impresionantes. Mientras España soportaba a un rey como Felipe IV que estaba terminando de liquidar el imperio español en defensa de la Contrarreforma, e incluso cuarteando la unidad nacional, los puritanos ingleses se alzaban contra el rey Carlos I en defensa de sus derechos –fundamentalmente la libertad de conciencia, la libertad de representación y la propiedad privada–, lo derrotaban, lo juzgaban y lo decapitaban. En teoría, el parlamentarismo tenía que haber avanzado más en España que en otras naciones. No fue así porque se admitió como circunstancia innegable que instituciones como la iglesia católica o la monarquía no estuvieran sometidas al imperio de la ley. Así, el parlamentarismo progresó, precisamente, en naciones donde triunfó la Reforma como Inglaterra, Holanda, Suiza o las naciones escandinavas.
Pero sobre ese tema volveremos en un capítulo posterior. De momento, subrayemos que la primacía de la ley iba a quedar descartada de una España diferente en esto como Portugal, Italia o las naciones hispanoamericanas, donde también se ha desarrollado un sentido de la obediencia a la ley especialmente tuerto y que siempre, siempre encuentra justificación. Hasta el día de hoy, para Cándido Conde Pumpido es lícito que los fiscales se manchen las togas con el polvo del camino porque, en el fondo, cree que la ley no debe obligar a los que persiguen las buenas metas de la izquierda. Hasta el día de hoy, el obispo Munilla se puede llevar a la Jornada Mundial de la Juventud a los presos de una cárcel vasca –y luego presumir de ello en la página web de la diócesis– porque, también en el fondo, cree que la ley no obliga a los representantes de Cristo en la tierra ocupados de santas labores. Hasta el día de hoy, la Compañía de Jesús puede prestar el santuario de Loyola para reuniones entre ETA, los emisarios de ZP y los correos del PNV porque, también en el fondo, cree que la ley no obliga a los que buscan servir causas nobilísimas como la de que los terroristas sean tan aceptados socialmente como las víctimas. Para no pocos españoles, los ERE de la Junta de Andalucía son odiosos (lo son), pero el caso Gürtel (que también lo es) constituye un simple desvío de la atención. Son españoles distintos, naturalmente, de aquellos que consideran que José Blanco es perseguido tan sólo para cubrir las acciones de uno de los yernos del rey. No es algo propio de los tiempos de ZP sino de la Historia de España. Los precedentes históricos son infinitos como Redondela o los indultos de MATESA o la voladura del diario Madrid durante un régimen que algunos encuentran tan idílico como para que los liberales, supuestamente, tengamos que reivindicarlo, algo, por supuesto, imposible para cualquiera que ame la libertad.
Afrontemos los hechos: no pocos españoles, a diferencia de la generalidad de los ciudadanos de esas naciones donde triunfó la Reforma, normalmente, siempre encuentran excusas para sí o para el sector al que pertenece a la hora de no someterse al imperio de la ley. Da lo mismo si se trata de la corrupción de su partido o de las multas de tráfico. Si pertenecen a su iglesia, a su partido o a su familia seguro que no sería tan grave, si es que acaso lo es. Su conducta no es única, ciertamente. Se da igual en Italia y Portugal, en Grecia y Argentina, en México y Nicaragua. Forma parte de una visión que ya encarnaba el cardenal Sadoleto y que, por supuesto, siempre se las arregla para hallar justificación. Por cierto, ya que vuelvo a hablar del cardenal Sadoleto, imagino que algunos desearán saber en qué concluyó el episodio. Es fácil de suponer. Las autoridades ginebrinas eran inteligentes y deseaban lo mejor para sus administrados. Rechazaron la propuesta del cardenal Sadoleto y Calvino fue llamado nuevamente a Ginebra.
Fuente: libertaddigital.com