lunes, 8 de abril de 2013

Vintila Horia

Vintila Horia nació en Segarcea, en el sur de Rumanía, en 1915. Hijo de una familia acomodada, él mismo hablaba de su infancia como de una “primavera de oro”: sin necesidades, rodeado de amor, con una guía moral clara y sin más obligaciones que aquellas que él sentía como una vocación, es decir, las obligaciones del estudio. Se graduó en Derecho en la Universidad de Bucarest. A los 25 años ingresó en el cuerpo diplomático rumano. Estuvo destinado como agregado de prensa y cultura en Roma y en Viena. Enamorado del conocimiento, aprovechó esos traslados para estudiar Filosofía y Letras en Perugia y en Viena.


Una vida deliciosa. Sin embargo, esa primavera de oro no iba a tardar en convertirse en un frío y oscuro invierno.Vintila Horia tiene ideas tradicionalistas y conservadoras, como la mayor parte de la juventud intelectual rumana de su tiempo. En el clima de la guerra mundial –que envolvió a Rumanía a partir de 1941–, eso pone a esta generación en el lado del Eje y contra el comunismo soviético. Otros nombres célebres, como Mircea Eliade o Emil Cioran, militan en los movimientos más radicales de la derecha. Vintila, no: él no oculta sus ideas, pero ve la política con distancia. En realidad, sólo es un funcionario que aprovecha sus destinos diplomáticos en Italia y Austria para completar estudios. Sin embargo, esa condición le va a hacer extremadamente vulnerable ante los vendavales de la política y la guerra.
Amigo de Papini


En 1944, Rumanía, que ha sido aliada de Alemania, cambia de bando. A partir de ese momento, Alemania declara enemigos a los rumanos. En consecuencia, los funcionarios de Rumanía son apresados. Vintila Horia, que está en Viena, es capturado por los alemanes e internado en los campos de concentración de Krummhübel y Maria Pfarr. La guerra sigue y Alemania retrocede. Vintila es liberado por los ingleses y junto con su esposa, Olga, es trasladado a Bolonia, en Italia. En Rumanía, el régimen de Antonescu cae. Vintila intenta volver a su país, pero los soviéticos se han hecho con el poder y el escritor, perseguido antes por ser enemigo de Alemania, se ve ahora perseguido por ser funcionario del viejo mariscal. A los Horia no les queda otra alternativa que el exilio. Se quedan en Italia.
En Italia, Vintila conoce a Papini y se sumerge en la cultura del país. Escribe italiano con soltura y publica de manera incesante: versos, prosas, ensayos. De aquí sale una obra que verá la luz años más tarde: Cuaderno Italiano. La amistad con Papini, muy intensa, no sólo le permite sobrevivir en el ambiente cultural italiano, sino que también le lleva a ahondar en la Italia de Dante y Miguel Ángel, que para nuestro autor es la esencia de la cultura europea. Pero Italia, país desolado por la guerra, ofrece poco futuro al matrimonio Horia. Vintila quiere probar fortuna fuera del viejo continente. Encuentra una oportunidad en Buenos Aires. Y hacia allá marcha el exiliado.
Cinco años en Argentina. ¿Qué hace allí? Lo que sabe hacer: enseña Literatura y escribe. Y lo hace en español. Estamos hablando de un hombre que aún no tiene 35 años, pero con una cultura enciclopédica, una inteligencia portentosa y una capacidad increíble para adaptarse a cualquier idioma. Vintila escribe ahora en español con la misma perfección con que lo ha hecho en rumano y en italiano, y del mismo modo que lo hará luego en francés. Después de cinco años en Argentina, el matrimonio Horia se instala en España. Es 1953. Aparecen algunas obras suyas: una antología poética en rumano, el volumen de poesía Presencia del mito, los ensayos Poesía y libertad y La rebeldía de los escritores soviéticos. Pero todo su ser está puesto en una novela que iba a marcar su vida: Dios ha nacido en el exilio, que escribe en francés.

Y llegó el escándalo


El exilio es la fuerza fundamental de esta novela. Su pretexto literario: Ovidio, el poeta romano que, por su pitagorismo, fue desterrado a un remoto pueblo de la vieja Dacia, precisamente en lo que hoy es Rumanía. Y en la circunstancia del exilio, Vintila recrea una luz de esperanza: el destierro es frío y es oscuridad, pero en ese mundo lúgubre brilla un día la esperanza porque ha nacido un Dios entre los hombres. El exilio de Ovidio queda iluminado por el nacimiento de Cristo y el exilio de Vintila se ilumina a su vez por esa certidumbre de la redención. Así el autor emprende un viaje en busca de sus raíces espirituales. Y no es sólo un viaje personal, sino que es toda la civilización occidental, literalmente exiliada de sí misma por la guerra, la que ha de emprender esa búsqueda para encontrar su ser.
Dios ha nacido en el exilio es una enorme novela. Escrita en francés, a Vintila le valió el cotizadísimo premio Goncourt, el mayor galardón de la literatura europea en aquel tiempo. Pero con la celebridad llegaría también el escándalo. Escocido por el éxito de un disidente, el Gobierno rumano reacciona y activa a todas las terminales comunistas en Europa. La Embajada rumana en París filtra la noticia del escándalo: en 1945, cuando las tropas soviéticas ocupaban Rumanía, Vintila había sido condenado a trabajos forzados a perpetuidad. En la Europa de aquel momento, aquello no era un timbre de gloria, sino todo lo contrario. La prensa se llena inmediatamente de acusaciones: Vintila es un fascista, un reaccionario, un tipo indeseable que ha desertado de la patria del proletariado y que, por tanto, algo tendrá que esconder. Hoy nos parece inconcebible, pero en la Europa de los años sesenta se hacía más caso al verdugo que a la víctima.
Ante el escándalo de París, Vintila Horia renunció al premio Goncourt. Para alguien que había tenido que renunciar nada menos que a su país, no era algo que se saliera del programa. Nuestro autor hace acopio de resignación como Radu Negru (protagonista de su novela El Caballero de la Resignación), abandona París, donde se había instalado, y vuelve a España. Se ve a sí mismo como un Odiseo contemporáneo en navegación perpetua. El destierro, que ha hecho de él un “apolide exiliado” (alguien que no pertenece ya a ninguna polis, a ningún país), le lanza a la búsqueda de una Itaca ideal, la patria perfecta de esa raza de exiliados a la que pertenece. Una raza con ilustres antecesores: Ovidio, Platón, Boecio, el Greco, Rilke, Dante. Todos ellos serán fuente de inspiración de Vintila.
Esas condición de desterrado, para nuestro autor, es una fuerza que le empuja a nuevas fronteras del conocimiento. Se abre así una etapa nueva en la obra de Vintila. ¿Dónde está la clave? Sólo el conocimiento puede salvar al hombre, esclareciendo el misterio de la condición humana y de la naturaleza, del destino y del cosmos, de las leyes que rigen la vida. Pero el saber científico no es suficiente para revelar estos misterios fundamentales. ¿Y entonces? Entonces hay que acudir al saber teológico y filosófico. Esa es la clave. Vintila la explora en una novela de urgente actualidad: La séptima carta, sobre la célebre Carta Séptima de Platón, donde reinventa al filósofo griego y nos lo presenta sumergido en su búsqueda metafísica, religiosa y política, porque todo es en el fondo una y la misma cosa.
Estamos a finales de los años sesenta y Vintila Horia ha encontrado una veta de reflexión decisiva: el auténtico sentido del saber está más allá del conocimiento; la ciencia es en realidad sólo un instrumento, y su finalidad no es la simple aplicación técnica, sino que ha de permitirnos viajar hasta una comprensión más profunda de las cosas. El materialismo queda descartado. Vintila conoce y estudia a los científicos de la física cuántica, como Heisenberg o Lupasco, que han visto una dimensión sobrenatural en la materia. También hay que descartar un espiritualismo primario elemental, de consumo, como el que predicará la “nueva era”. De aquí nace una obra que iba a ejercer mucha influencia, Viaje a los centros de la tierra, que es una recopilación de conversaciones con algunos de los nombres más importantes de la cultura del siglo XX: Gabriel Marcel, Urs von Balthasar, Carl Gustav Jung, Ernst Jünger, Raymond Abellio, Marshall Mc Luhan, Werner Heisemberg, Federico Fellini…
La agonía de los tiempos


Otras obras de Vintila Horia iban a terminar de completar su perfil sobre el eje de lo que él, profesor de Literatura, llamaba “literatura metafísica”. ¿Qué es eso? Una narrativa que, utilizando la poesía y la tragedia como modalidades simbólicas del conocimiento, sepa expresar la temática de la cultura contemporánea, buscando una explicación profunda y global del hombre y de la vida. Hay ilustres precedentes. Nuestro autor elige inscribirse en esa línea. Y sus novelas responden a ese impulso: Perseguid a Boecio, Un sepulcro en el cielo…
Vintila Horia hizo muchas más cosas, y todas no nos caben aquí. Por ejemplo, su labor docente en la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, que varias promociones de periodistas recuerdan. Por ejemplo, su incesante trabajo de promotor cultural, con iniciativas como la excelente revista Futuro Presente y la colección Punto Omega de la editorial Guadarrama. O por ejemplo, su visión del quinto centenario del Descubrimiento de América con el ensayo Reconquista del Descubrimiento, de 1991, publicado en Chile porque en España no encontró editor. Nuestro autor murió en su casa del pueblo madrileño de Collado Villalba, en 1992, después de que un tumor cerebral fuera apagando rápidamente su vida. Una de las últimas alegrías de su vida fue saber que en la Rumanía del post-comunismo empezaba a distribuirse su obra.
¿Por qué, en fin, nos interesa hoy Vintila Horia? Porque denunció con voz valiente e insobornable la gran agonía de los tiempos modernos, ese materialismo que ha conducido a un desorden planetario generalizado. Frente al desorden establecido, Vintila propuso la fidelidad a los principios trascendentes –la Revelación, la Tradición– para que nuestra civilización recuperara la verticalidad. Y lo hizo con una hondura intelectual sobresaliente: El Greco y Dante, Boecio y Platón, Ovidio… El mundo de Vintila es el de la gran tradición cultural europea, pero actualizada al paso de la ciencia del siglo XX y sus cruciales descubrimientos. Alguien que le conoció muy bien, Isidro Juan Palacios, dijo que Vintila Horia perteneció a esa rara clase de hombres que saben ver en el atardecer un amanecer, en el crepúsculo una aurora. No se puede definir mejor el espíritu del eterno exiliado Vintila Horia.

jueves, 4 de abril de 2013

Misa en B menor de Bach.

En relación a la entrada anterior, nada mejor que disfrutar de una de las obras más maravillosas, o mejor dicho, divinas de la música clásica y en especial de Bach. Esta dirigida por Karajan, uno de los mejores directores de orquesta que jamás hayan existido.

Amén.

lunes, 1 de abril de 2013

Bach como metáfora

Sería de justicia poética abrir una causa de beatificación de Juan Sebastián Bach. Hubo algún conato hace años. Según me dicen no existe un obstáculo teológico insalvable para iniciar la causa. Sí podría haber obstáculos curiales o incluso canónicos, salvables con dispensas papales. Benedicto XVI tenía las virtudes necesarias para emprender la difícil labor: amaba la música y creía en la Vía Pulchritudinis de acercamiento a Dios. Pero tal vez le faltaron fuerzas y tiempo para empeño tan revolucionario y tan reaccionario como intentar llevar a los altares a quien acaso sea el artista más sublime y que ha llevado a más gente a postrarse ante los altares. A la Fe. Pero no se le puede pedir a un anciano Pontífice que siempre nade contra corrientes tan fuertes.

No tengo indicios suficientes para suponer que el actual Pontífice sea melómano -aunque ha declarado públicamente su afición a los tangos- ni que considere tan relevante la Vía Pulchritudinis como la ve su predecesor. Es cierto que ha mentado la belleza varias veces en sus recientes declaraciones, pero obras son amores, que no buenas razones. No ha pasado inadvertida en Roma su indiferencia al ars celebrandi en la Misa de Inauguración del 19 de marzo, celebrada sin fuerza ni esplendor, según muchos. Otros recuerdan el poco empeño que puso el Arzobispo de Buenos Aires en cumplir en su archidiócesis el motu proprio de Benedicto XVI Summorum Pontificum, que en 2007 restableció la posibilidad de celebrar sin entorpecimientos la misa tridentina en latín, así como las formas preconciliares de la mayoría de los sacramentos. Veremos ahora cuánto dura en vigor en otros lugares el citado motu proprio. La cuestión está muy ligada a la Vía Pulchritudinis, pues la liturgia católica es parte importante del glorioso patrimonio artístico y cultural de la Cristiandad. Igual de importante que los templos como la Basílica de San Pedro y que el Palacio del Vaticano, donde según acabo de oir por la radio no quiere vivir "al menos por ahora" el Papa Francisco. Sin duda no cree ser simple depositario de un legado secular pero con la grandiosa obligación de custodiarlo. Tal vez se cree propietario con derecho a desamortizar y liquidar.

Volviendo a Bach, tan sólo veo un destello de esperanza. El Obispo de Roma gusta mucho de los gestos ecuménicos, lo que quizá le haga atractiva la posibilidad de beatificar a un luterano. Dios lo quiera; Dios a veces escribe derecho con renglones torcidos.


Sería bueno que ahora, en la Semana Santa, el Santo Padre hallase un rato para escuchar la estremecedora Pasión según San Mateo:
      O una de las más hermosas misas -católica, claro- de Bach, la Misa en Si menor:

      Y también podría leer la opinión de encendido amor y admiración por Bach que expresa el Padre Finbarr Flanagan OFM; acaso le interesaría, tratándose de un franciscano:
http://www.ad2000.com.au/articles/2007/feb2007p13_2449.html
       A lo mejor muchos terminamos comprendiendo que era cierta la frase de Dostoyevski, "la belleza salvará al mundo". Tan verdadera como su reverso: la fealdad perderá al mundo.

marquesdetamaron.blogspot.com.

viernes, 1 de marzo de 2013

Aquí nadie se pega un tiro

Muy buen artículo de Kiko Méndez-Monasterio.


Los samuráis se abrían ellos mismos el vientre por honor y decencia.
Será por el vacío heterodoxo que ha dejado Benedicto, o por este invierno antipático y largo como la crisis. Por lo que sea empieza marzo gris y tristón como las canciones de otoño de Perales. Flotan entre el agua nieve –que es una precipitación antipoética, por indeterminada– síntomas de depresión colectiva, generacional, cuando ya no hay entusiasmo ni para las protestas. Quizá, con este clima, no ha sido muy oportuno que la prensa empiece a dar portadas con gente que se quita la vida, olvidando que está demostradísimo que estas noticias multiplican los casos, un contagio que se llama “efecto Werther”, porque también la novela de Goethe sirvió de inspiración a los suicidas. Por esa razón –cuando todavía existía esa sana costumbre de la censura, que tanta buena literatura ha generado– incluso llegaron a prohibir el libro en algunos países.
Aunque resulta razonable pensar que la decisión de desaparecer corresponde al espacio más individual de la persona, sucede que en muchas ocasiones es todo un acto social, una mezcla de epidemia y moda. En los años 80, Yukko Okada –una joven cantante japonesa– saltó por la ventana de su apartamento: pues bien, en las semanas siguientes casi no pasaba un día sin que un adolescente la imitara. Es cierto que en Japón lo de matarse no es igual, si hasta han hecho toda una ceremonia de cuestiones como abrirse uno mismo el vientre. Los samuráis, por ejemplo, antes de rajarse componían un poema breve, algo así: “Igual que la flor arrastrada por el viento, echo de menos a la primavera”. Pueden parecer versos mediocres, pero si uno sabe que después de esto el tipo se ha cortado en dos mitades, el valor literario crece. El samurái que escribió ese poema existió de verdad. No había sido capaz de proteger a su señor, asesinado por un rival, y se había pasado años planeando la venganza. Consiguió asaltar el castillo del asesino y le decapitó sin ceremonias. Luego salió al patio, escribió lo de la flor arrastrada y tal y se quitó la vida. Entendía que su venganza no le libraba de la deshonra de no haber defendido a su jefe.
Por cosas como esta, para hablar de honor, o simplemente de decencia, se suele acudir a Japón. Y es curioso, porque a España antes lo llamaban “el país del honor”. Al parecer exagerábamos mucho en eso. Ahora exageramos tanto en despreciar ese concepto que lo hemos desterrado. Y, por supuesto, aquí nadie se pega un tiro. Hay suicidios, sí, pero de desesperación, de impotencia, de rabia, quizá también de contagio por la irresponsabilidad de algunos capaces de todo por vender un periódico más. Pero los responsables del desastre se diría que, además de la impunidad judicial, han alcanzado una inmunidad contra esa epidemia.
No hay un banquero, un legislador, un asesor de la monarquía, un presidente de lo que sea capaz de levantarse la tapa de los sesos. Lo lamento. No porque les desee mezquinamente cualquier mal. Todo lo contrario, sólo es que me gustaría que al menos uno de ellos –y son tantos– se procurara un final digno.
Intereconomia.com

miércoles, 20 de febrero de 2013

El Jefe Político. El Caballero Audaz

Hace bastantes años compré una novela titulada el Jefe Político escrita por el caballero audaz, o lo que es lo mismo, José María Carretero.

José María Carretero fue un escritor popularísimo nacido en 1887 y fallecido en 1951. Aunque fue más conocido como el Caballero Audaz. Autor prolífico donde los haya, además de gran entrevistador. Sus entrevistas fueron famosísimas y entrevistó a un gran y variopinta cantida de personajes. Desde Hiltler, Blasco Ibañez, pasando por Perez de Ayala y terminando en Trotski.

Sus entrevistas se admiran por su calidad y son imprescindible para el estudio y comprensión de la historia.

Como novelista quiero resaltar esta novela, que me parece extraordinaria. La historia gira en torno a Leopoldo Quintana y sus ambiciones políticas. Desde sus comienzos como diputado provincial hasta lo más alto. La novela está ambientada en la Restauración y a través de sus páginas podemos ver el ambiente generalizado de corrupción existente en aquella época (vemos que la corrupción no es exclusiva de nuestra época).

Se lee de un tirón, está muy bien escrita, no se hace pesada para nada, la descripción de los personajes es tan cristalina que desde un primer momento captamos la naturaleza de cada uno, lo que permite tener una comprensión absoluta del mensaje que nos quiere transmitir el autor.

Amor, odio, celos, ambición, paciencia, maldad, avaricia, todos estos componentes están presentes en una de las mejores novelas que he leído hace bastante tiempo.

Espero que todos aquellos que la lean disfruten tanto que lo he hecho yo con su lectura.

martes, 19 de febrero de 2013

La España inteligible. Julián Marías


Hoy traigo la recomendación de uno de los mejores libros que he leído sobre la historia de España. No es una historia de España, sino una interpretación, o mejor dicho, la razón histórica de las españas.

En el siguiente artículo, el propio Julián Marías explica su libro mejor de lo que yopodría hacer, por lo que lo único que me resta es animar a leer este libro.


"Hace quince años, en 1985, publiqué un libro por el que siento cierta predilección: España inteligible.No es que sea mi «mejor» libro –esto no tendría demasiado sentido–, pero es acaso el que ha ayudado más a que los españoles se entiendan a sí mismos. Tiene un subtítulo: «Razón histórica de las Españas», porque desde 1500 España es inseparable de América y el resto del mundo hispánico.
Este libro se ha leído bastante: diez ediciones en español, traducciones al inglés y al japonés. No se ha hablado demasiado de él, lo que puede ser explicable. Lo que me sorprende es la escasez de comentarios a su título. Dije que el libro cumple lo que el título promete: inteligibilidad. Por lo visto, esta noción irrita; se prefiere la idea de que España es un país «anormal», conflictivo, irracional, enigmático, un conglomerado de elementos múltiples y que no se entienden bien.
Mostré que España es coherente, más razonable que otros países, en suma, inteligible si se lo mira desde su génesis, sus proyectos, su argumento histórico. Como se ha decretado lo contrario, hay una manifiesta resistencia a mirar la realidad y tomarla en serio. Lo inaceptable es el título, que va contra las ideas recibidas y aceptadas sin crítica, aunque la experiencia las desmienta. Todo antes que admitir que se entienda lo que ha acontecido, que se comprenda un proceso histórico excepcionalmente coherente si se lo mira con la razón histórica y no con la razón abstracta; es mucho pedir que se mire la historia con mirada histórica, humana. Se trata de un caso particular de la evidente resistencia a mirar como personal la realidad humana, aunque sea al precio de no entenderla, de suplantarla por las «cosas» o, en el caso más favorable, por lo biológico, lo meramente animal. Si se considera casi todo lo escrito sobre cuestiones humanas en los dos últimos siglos, asombra el deliberado olvido de los caracteres personales, irreductibles a ninguna otra forma de realidad: no hay ningún «eslabón» ambiguo, equívoco, en que sea dudosa la condición humana, identificada con lo personal. Hay que refugiarse en el pasado imaginario para alojar en él lo que no existe en la realidad actual.
Se repiten monótonamente todos los tópicos acumulados sobre España durante varios siglos. Casi nadie se atreve a considerar la realidad y la interpretación fundada en su examen. El reconocer que las cosas no son como se dice parece a muchos una «infidelidad». Habría que preguntar a qué. He insistido a veces en la «fragilidad» de la evidencia, que se descubre y entrevé un momento y se pierde pronto por la presión del hábito. La idea de que España pueda ser «normal», una realidad colectiva humana y por tanto inteligible parece una «herejía».
Lo verdaderamente innovador e interesante es que habría que dar un paso más en la misma dirección. No solo España ha sido y es inteligible, sino también otros pueblos a los que se les ha atribuido esa condición sin suficiente motivo y sobre todo sin atender adecuadamente a su realidad y a los métodos que reclama. Quiero decir que otros países son más inteligibles de lo que se piensa, porque tampoco se los mira con los instrumentos mentales necesarios. Habría que intentar una revisión histórica de los demás países; creo que se aumentaría considerablemente su nivel de inteligibilidad, de racionalidad.
¿Podría extenderse este criterio de todos los pueblos? No lo creo así. Los pueblos procedentes de una herencia histórica que es la nuestra y que incluye el mundo helénico y el romano han conservado la continuidad y la pretensión de inteligibilidad. Por eso sus historias presentan, a pesar de azares, errores, violencias y crisis, que pueden ser graves y duraderas, algo que se puede entender y narrar; dicho con otras palabras, han realizado una historia que es susceptible de ser narrada, aunque en etapas bien distintas.
En otros casos la continuidad ha sido mucho menor, la inestabilidad de las poblaciones, la complejidad étnica, la ausencia de proyectos coherentes, el carácter precario y vacilante de su expresión, hace sumamente difícil esa inteligibilidad, precaria, vacilante. Finalmente, hay y por supuesto ha habido durante siglos o milenios, pueblos que sólo han poseído y conservado el mínimo de inteligibilidad que pertenece a lo humano, que sólo se encuentra en forma residual, como el grado inferior de la condición personal.
Vemos, pues, que la inteligibilidad, lejos de ser un privilegio de la condición histórica española, es la condición de lo humano y personal. Pero las diferencias de grado, forma y contenido pueden ser enormes. Para que esto se vea es menester una intensidad que lo haga perceptible. Lo curioso es que esto resulte particularmente evidente cuando se examina la historia española, objeto preferente de la imputación de conflicto e irracionalidad.
Pero las consideraciones que acabo de hacer descubren las diversas formas, las articulaciones y los límites de la historia. Podemos distinguir entre grados de ese carácter de todo lo humano que es la historicidad. Esto permitiría algo que no se ha hecho y que es una tarea apasionante: una tipología profunda y radical de las formas históricas. He mencionado apresuradamente tres niveles bien distintos, tanto que son irreductibles. En rigor, sólo desde los niveles superiores se puede percibir la forzosa historicidad.
Se ve igualmente la imposibilidad de una «historia universal» si no se ha llegado al descubrimiento de la inteligibilidad plena de algunas formas históricas. Solamente desde las formas superiores de inteligibilidad puede lanzarse una mirada al resto, y hallar así la universalidad de esa condición, aun en su grado ínfimo.
Todavía se suscita otra cuestión, cuyo interés teórico es del mayor alcance: en qué medida está ligada la noción de historia universal a la posibilidad de su realización, en la medida de las posibilidades reales. El hecho de que los griegos, los romanos y los españoles, en diversas épocas, hayan sido realizadores y teóricos de lo que podemos llamar «versiones» distintas de la historia universal llevaría a barruntar esa conexión. En otros ciclos humanos, ni la realidad ni el pensamiento parecen vinculados a la noción de historia universal.
Baste pensar un momento en estas cuestiones para recordar la complejidad y el apasionante interés de la condición histórica del hombre. Resulta inquietante, y sugestivo, darse cuenta de lo que falta para que esta condición de la vida personal se haya puesto adecuadamente en claro."

viernes, 1 de febrero de 2013

1643, La batalla de Rocroi.


En Rocroi nos dieron lo nuestro, pero aun despanzurrados y descoyuntados nosotros también les dimos lo suyo, exactamente hasta la última gota de sangre. Han pasado trescientos setenta años desde que las tierras de Rocroi fueran regadas tan generosamente por los nuestros con un derroche de vidas, valor y gallardía como pocas veces se han conocido.
Fue allá en Rocroi, entre Francia y Bélgica, sí, en las Ardenas, justo donde los norteamericanos se enfrentaran hace siete décadas con una terrible contraofensiva nazi, donde nuestros Tercios lo perdieron todo menos el honor y la gallardía. Hasta el último suspiro, cuando sus cuerpos ya estaban martirizados por heridas y magulladuras sin número, resistieron nuestros compatriotas, aquellos españolazos que a miles de kilómetros de su Patria (tanto la chica como la grande) consiguieron que con su sangre, su sudor y sus lágrimas (los hombres valientes no temen llorar) que en España no se pusiera el sol durante larguísimos y gloriosos años. Ardor guerrero legendario, que ni cuando se nos pusieron más que tiesas perdimos.
Pero el día no había amanecido, ni siquiera la del alba sería, cuando aquel 19 de mayo de 1643, y en la dicha Rocroi (que teníamos sitiada, prestos ya para el asalto) la gabachada innumerable se lanzó, cuentan que al hilo de las tres de la madrugada, contra nuestros paisanos.
Mandaba a los franceses Luis II de Borbón-Condé, Duque de Enghien, y a la tropa hispana el caballero de origen portugués Francisco de Melo, a la sazón entonces Capitán General de los Tercios de Flandes, que esperaba la llegada del apoyo de Jean de Beck. Durante seis larguísimas y dantescas horas, veintipicomil contra otros veintipicomil por cada lado, se clavaron picas, espadas, lanzas, hubo arcabuzazos, balas de cañón, caballos destripados, heridas espantosas, legiones de héroes sobre el polvo, mandoblazos, estacadas, puñadas y puñaladas, orina y barro... y una gigantesca legión de muertos por ambas partes. Pocos, aunque los hubo pero apenas ninguno con un apellido de los nuestros, rechazó aquel terrible envite de la Historia. Allí había que dejarse la piel y las entrañas y a fe que los españoles de aquellos Tercios memorables se la dejaron,

El cruel tablero de Rocroi

Pero pongámonos ya de una vez sobre cruel tablero de la terrible partida de Rocroi. Cuentan las crónicas que el flanco izquierdo franchutón lo comandaba La Ferté, que el centro lo capitaneaba L'Hôpital, y que a la derecha se situaba un tal Gassion. La retaguardia, a las órdenes del Marqués de Sirot.
Los nuestros pensaban en principio que los franceses se disponían a reforzar la ciudad y que al menos de momento no pensaban en una batalla a campo abierto. Así que nuestros paisanos colocaron a los temibles Tercios españoles en vanguardia, el privilegio que se habían ganado peleando como fieras durante décadas, mientras que los mercenarios valones y alemanes formaban la retaguardia dirigidos por el Conde Paul-Bernard de Fontaine, un tipo de Lorena, es decir, francés, de sesenta y seis años entonces, pero que servía al rey de España lo mejor que Dios le daba a entender.
En tanto, la caballería imperial se situaba en los flancos. El derecho, repleto de tropa alsaciana a las órdenes del Conde de Isenburg, mientras que la jinetería flamenca, mandada por el Duque de Alburquerque quedaba a la izquierda y, por delante de todos, la artillería.
Por supuesto y no siempre con lealtad, a lo largo de los siglos se han escrito crónicas y cronicones de esta batalla. Se ha dicho y escrito de todo, pero el transcurso de la Historia ha ido aclarando muchas cosas y dando las pistas suficientes para que hoy se pueda construir bastante aproximadamente el relato de aquella carnicería.
Los franceses encabalgaron, picaron espuelas y se lanzaron al galope con fuerza nutrida contra nuestra ala derecha. Se las veían muy felices, banderas al viento, espadas afiladas en la noche, pero de pronto dieron con una nutrida hueste de arcabuceros imperiales envalentonados sobre una pequeña colina. La pólvora española cayó como un rayo sobre la caballería francesa, haciéndole importantes desperfectos. Para rematarlos llegaron al galope los centauros flamencos mandados por Alburquerque, que tras repartir sablazos y lanzadas se lanzaron hacia la artillería gabacha a la que robaron varias piezas.

Estrategas a posteriori

Cuentan expertos estrategas (a sabiendas y a posteriori, claro) que tal vez entonces, desorganizados y maltrechos los franceses, nuestro jefe, el tal Melo, debió jugarse entonces el todo por todo y dar cumplido finiquito del enemigo. Pero no lo hizo, mientras sí que anduvo presto y atinado el jefe de los galos, Enghien, que supo restablecer el orden en sus líneas y pasar al contraataque y consiguió hacer mucho mal entre nuestra gente.
Muchos españoles dejaron allí mismo esta tierra, otros se retiraron a toda la velocidad que les permitieron sus fuerzas, mientras el Duque de Alburquerque resistía al frente de sus jinetes como un toro, que ese apellido siempre ha sido de confianza y de genial cabalgar como mucho tiempo después demostraría en nuestros hipódromos uno de los herederos de este Duque, el también Duque de Alburquerque, decimoctavo de la estirpe, genial jinete llamado Beltrán de Osorio, y a la sazón fiel escudero de Don Juan de Borbón durante toda su vida.
Pero hora es de volver al campo de martirio de Rocroi, allí donde Marte quiso vestir sus mejores pero siempre siniestras ropas de combate.
El siguiente y terrible embate de los franceses comandado por Gassion vino a dar contra buena compaña de nuestra leal infantería en forma de varios escuadrones. La lucha fue cuerpo a cuerpo y hasta diríamos que alma contra alma. En ella se nos fueron un buen puñado de españoles de a pie, de corazón sublime, y también algunos de sus capitanes, como el Conde de Fontaine y oficiales como el Conde de Villalba y Antonio de Velandia, denodados comandantes de Tercio hasta ese día que firmaron el último contrato, el que se sella ante la Parca, en aras de la amada España.
Las cosas se estaban poniendo más que feas en nuestro costado izquierdo y el propio general en jefe, Francisco de Melo, se lanzó al galope hacia allí a fin de recomponer la situación, mientras los franchutes caían sobre la retaguardia española, nutrida de alemanes y valones, y producían en ella un gigantesco escarmiento. Heridos, muertos, prisioneros componían un gigantesco cambalache de espanto.
Ya no quedaba zona en el campo de Rocroi donde no se combatiera hasta el último aliento. Franceses y españoles demostraban sobre el campo con su sangre y con sus generosísimas agallas porque eran naciones a las que temer cuando hay una zurra de por medio. Allí, en Rocroi, hasta los jefes caían prisioneros, como el gabachón de La Ferté. Otro de los comandantes principales, La Barre, pasó allí mismo a mejor vida, mientras L’Hôpital también resultaba herido y el propio Capitán General en aquel día, Enghien, no daba abasto para poder animar a su tropa, ahora aquí, luego allá, luego acullá. Pero por muy españoles que seamos, y no olvidemos nunca lo del Dos de Mayo, hay que reconocer que aquel franchute de Enghien los tenía bien puestos.
Y no pequeños. Se la jugó en aquel momento de la batalla. Tiró de las bridas de lo que le quedaba de caballería y allí que se fue contra los adentros del ejército español, hincándole una terrible colmillada en su centro y aislando de paso a los Tercios españoles de los aliados extranjeros. Estábamos jodidos. La caballería de Isenburg, desparramada, los Tercios italianos huyendo en desbandada y Melo, que desde luego no tuvo su día, esperando que llegaran los supuestos refuerzos mandados por Beck, que tampoco sale muy bien parado de esta mañana, pues algunos cuentan que llegó a tiempo pero al enterarse de que las cosas iban de mal en peor no se metió en faena, mientras otros aseguran que apareció en la lid cuando ya nada se podía hacer.

A Melo lo pillan in fraganti

A Melo casi lo pillan in fraganti los franceses, aunque pudo cobijarse junto a una tropa de un Tercio italiano que no hacía otra cosa que salir por piernas cada vez que aparecían los gabachos. Los nuestros, mientras tanto, reunieron las pocas huestes que quedaban más o menos ilesas, pero llenas la mar de los casos de costurones, tajos, golpazos, y se unieron formando un gran rectángulo con las picas trabadas y los mosquetones preparados, unidos en un solo cuerpo como ya hicieran las falanges macedónicasmuchos siglos atrás. A las primeras y mientras fue posible tiraron de la mosquetería y resquebrajaron los primeros ataques franceses, hasta el punto de que casi le destapan la sesera al generalísimo Enghien, que recibió un disparo en la coraza y besó el suelo de Rocroi, pues su caballo quedó allí mismo hecho trizas.
Reconozcamos que también la gabachada estuvo a la altura de las circunstancias, y a pesar de la bravura de nuestros compatriotas volvían a la carga una y otra vez. Erre que erre. Y allí ya no se hablaba de pólvora, arcabuces ni mosquetes. Había llegado la hora de que el acero dirimiera quién había de llevarse la victoria. Cuerpo a cuerpo, cuchillada va, estocada viene, españoles y franceses se mataron a conciencia. Tras varios asaltos y acometidas, tan solo quedaban en pie algunos veteranos de los Tercios de Garcíez y Villalba, que ya, con las armas melladas, se defendían a mordiscos, hincándole las ponzoñosas dentaduras a cualquier cosa que por allí oliera a francés. Sin embargo, llegaba el final.
Y sobre este punto, los historiadores, cuatro siglos después, aún siguen discrepando. Parece ser no obstante que el astuto Enghien ofreció una negociación honrosa a nuestra gente, antes de que las cosas pudieran darse la vuelta por la llegada de los refuerzos. Se asegura que generoso, el adalid francés ofreció respetar la vida y libertad de los todavía supervivientes, dejarles ondear sus banderas y portar sus armas, e incluso si querían tomar el camino de la amada España tenderles un puente de plata.

Sin cañones, pero al pie del cañón


Algunos de los nuestros aceptaron. Pero otros no y siguieron al pie del cañón, aunque cañones, lo que se dice cañones, no nos quedaba ni uno. Finalmente, tuvieron que rendirse pero no perdieron el honor ni el orgullo, y los franceses siguieron fieles a sus generosas ofertas de rendición. Cinco mil de los nuestros ya nunca volverían a ver nuestro sol, ni nuestra tierra, para siempre quedaron, desaparecidos pero inmortales, en las arenas de Rocroi. A pesar del destrozo, los Tercios todavía darían mucha guerra, y obtendrían victorias resonadas y resonantes como la de Valenciennes, también ante el francés.
Para la historia, quizá mejor para la leyenda, ha quedado la respuesta de un superviviente de los nuestros cuando fue preguntado por un oficial francés sobre la cuantía de nuestra gente en Rocroi. «Contad los muertos», le contestó aquel español gallardo, honroso hasta en las últimas. Zurramos y nos zurraron. Perdimos la batalla, sí, pero no perdimos la vergüenza.
Manuel de la Fuente.