lunes, 15 de abril de 2013

Sinfonía de Wagner

Esta fue la primera y única sinfonía de Wagner. Dentro de su producción no es lo más conocido, pero como lo demás es extremedamente bello.

La compuso cuando tenía 19 años y caso curioso, Wagner ofreció la sinfonía a Mendelssohn, quién la extravió. Se recuperó debido a la aparición de una maleta llena de partituras en Dresde tiempo después.

En esta sinfonía se aprecia la influencia de Mozart y sobretodo de Beethoven.

¡A disfrutar!


Bertrand de Jouvenel des Ursins

Bertrand de Jouvenel des Ursins, barón de Jouvenel, era hijo de una familia de la vieja aristocracia francesa. Su padre, Henri de Jouvenel, senador de la República, era editor del diario Le Matin y una de las figuras del Partido Radical; su madre, Sarah Boas, era hija de un industrial judío. Bertrand nació en 1903. Sus padres se divorciaron en 1912, cuando Henri se prendó de la escandalosa escritora Colette. En cuanto a Bertrand, educado en las matemáticas, la economía, el derecho y la biología, desde muy joven quiso hacerse su propia idea de las cosas.La infancia de Jouvenel fue de privilegio: educado en casa hasta los quince años con institutrices y maestros, y las frecuentes visitas de Anatole France, D’Annunzio, Claudel, Bergson. En esa casa, sin embargo, la vida le iba a deparar una sorpresa traumática: se lió con su madrastra, Colette, cuando tenía 17 años. Típica historia de los locos años veinte. El escándalo aniquiló el matrimonio del senador Henry, evidentemente. Y Bertrand, por su parte, cuando acabe sus estudios llevará una vida errante como corresponsal diplomático y enviado especial.

Experimentos fascistas


Era una vida que amanecía turbia en unos años que se presentaban más turbios aún. ¿Qué hizo Jouvenel en el periodo de entreguerras? Literalmente, dar tumbos. No desde el punto de vista material, porque tenía la vida resuelta, pero sí en lo intelectual y en lo político. En 1929, con veintiséis años, impresionado por el problema social, escribe una obra económica notable: La economía dirigida. En 1931 se casa con la periodista norteamericana Martha Gellhorn, a la que ha conocido en París. Lo que está pasando en América -la enorme crisis económica- es un síntoma del hundimiento de un mundo. Jouvenel lo describe en un libro de circunstancias: La crisis del capitalismo americano.
El joven barón constata la debilidad de las democracias, pero al mismo tiempo detesta la arrogancia del socialismo. Es casi inevitable que esa posición le conduzca, como a tantos otros, a experimentar interés por los experimentos fascistas. Puede ser difícil entender estos giros desde las habituales simplificaciones de nuestros días, pero en los años treinta las cosas se veían de otra manera. Martha, la mujer de Jouvenel, está escribiendo en el New York Times reportajes terribles sobre los devastadores efectos sociales de la Gran Depresión. El capitalismo a la americana ha entrado en pleno colapso. Al mismo tiempo, las democracias europeas están demostrando una debilidad pasmosa. Por el contrario, la economía de la Alemania de Hitler está exhibiendo una fortaleza innegable: en muy pocos años ha creado seis millones de empleo y, lo más sorprendente, parece asegurar mecanismos efectivos de redistribución. El propio Jouvenel entrevista a Hitler para el Paris Midi en febrero de 1936.
Jouvenel se divorcia pronto de Martha Gellhorn, que ha virado hacia el socialismo (y que se liará enseguida con Hemingway). Seducido por el modelo alemán, nuestro autor entra en el Partido Popular Francés de Jacques Doriot, líder del partido comunista hasta 1934, reconvertido ahora en líder fascista. Cuando estalle la guerra, Doriot será la principal figura de la colaboración con los alemanes después de la ocupación; incluso acudirá al frente a combatir contra la Unión Soviética. Jouvenel, sin embargo, se mantendrá al margen. Hay quien dice que en realidad estaba trabajando para los servicios secretos franceses. En todo caso, su vida en la Francia ocupada es cómoda: no forma parte de la elite del poder, pero tampoco es un resistente, más bien al contrario.
Después de la guerra, esta posición ambigua le valdrá serios disgustos. El historiador israelí Zeev Sternhell lo definió directamente como “pensador totalitario” en su libro La ideología fascista, de 1976. Jouvenel denunciará a Sternhell por difamación. El asunto acabará en los tribunales en 1983. Nuestro autor ganará el pleito. En su defensa intervino el pensador liberal judío Raymond Aron.
En marcha hacia la guerra


En septiembre de 1945 Jouvenel gana la frontera suiza. La derrota alemana en la guerra no le había inquietado, pero sí la ola de represión que se abate sobre Francia inmediatamente después, inspirada por el Partido Comunista: la depuración está afectando sobre todo a los políticos, los intelectuales y los artistas. La fuga es penosa: a pie. En su maleta, sólo un cuaderno, y en el cuaderno, sólo una obra: Del poder. Historia natural de su crecimiento. Este libro aparecerá inmediatamente, ese mismo año, en Ginebra. Y es el libro que significará la consagración mundial de Bertrand de Jouvenel.
Nuestro protagonista ha escrito Del poder en la Francia ocupada, y él mismo lo define como un libro de guerra: no sólo porque ha sido concebido en una época sometida a los estragos bélicos, sino porque ha surgido de una meditación sobre la marcha histórica hacia la guerra total. La base de este libro es la reflexión sobre un contraste agudísimo, típico del siglo XX: por un lado, los medios del poder han crecido de manera formidable; por otra, los instrumentos para controlar el empleo de ese poder se han limitado de manera exponencial. El resultado es que el poder se ha convertido en una fuerza devastadora.
Jouvenel describe el poder con una figura: el Minotauro, el hombre con cabeza de toro. El Minotauro es una fuerza que todo lo arrasa a su paso. Pero, ojo, Jouvenel no pretende oponerse a las prerrogativas del Estado ni recusar la idea del poder, sino que su objetivo es conocerlo y describirlo para exponer la forma más eficaz de darle un cauce y limitarlo. El poder no es un fenómeno atmosférico ni una cosa sin rostro; tampoco es un mal. El poder es una realidad con rostro, con responsables, y también con un camino histórico que es posible reconstruir.
¿Cuál es ese camino histórico? El de la lucha por ganar la libertad, que es también la lucha por el poder. Esa lucha se da tanto en el interior de las sociedades como entre unas sociedades y otras. Y son las patriarcales las que consiguen una evolución más rápida, las que fundan estados y también las que se muestran mejor dotadas para la guerra. El valor guerrero es un factor de distinción social. En esas sociedades, las familias más vigorosas son las que están en condiciones de conquistar su dignidad y, con ella, su libertad. Porque la libertad no es algo que un Estado conceda, sino un bien que las personas conquistan. Posiblemente esto disguste a quienes sueñan con un mundo pacífico de libertades naturales, pero la realidad histórica es la que es: la libertad siempre hay que conquistarla a viva fuerza.
Esta naturaleza del poder no ha cambiado nunca: siempre ha sido la misma. ¿Y las revoluciones modernas no han suavizado el camino, no han hecho más amables las formas del poder? Jouvenel piensa que no, y se remite a la experiencia de las revoluciones, que no han creado más garantías contra los excesos del poder, sino que han multiplicado sus efectos. De estas reflexiones sobre la naturaleza de los procesos revolucionarios, Jouvenel deduce una desconfianza profundísima hacia los discursos que, so capa de democracia, limitan la libertad real. Por eso desdeña la idea de libertad como participación (en los asuntos políticos) y pone el acento en la libertad como soberanía personal, como autonomía, lo que él llama libertad-resistencia, que es la forma más primaria y original de libertad. Así hay hombres que buscan ante todo su seguridad, y están dispuestos a pagarla entregando su libertad, y hombres que ante todo quieren defender su libertad. Estos últimos serán siempre unos pocos, una minoría, y en ese sentido constituyen una aristocracia. ¿Y cómo hacer para que esa libertad-resistencia revierta en el bien común? Jouvenel reconoce que esta libertad es frágil y consigna una serie de difíciles condiciones: ha de haber tanto una minoría respaldada por una masa como una elite dotada de alto sentido moral (autodisciplina, conciencia responsable de la propia función social) y, además, un cierto equilibrio de fortunas que haga tolerable la situación de los inferiores.
Las tesis de Del poder, que evidentemente están muy alejadas de cualquier connotación fascista, conocerán una gran influencia. En 1972 el libro será reeditado sin una sola modificación. Es interesante, porque sus posiciones parecen las menos adecuadas para el Occidente que nace de la segunda guerra mundial. Por una parte, Jouvenel reprocha a las democracias que no estén sabiendo controlar adecuadamente el poder. Por otra, se aparta de la economía socializante en un momento en que las experiencias de economía dirigida no sólo están de moda, sino que además parecen eficaces. Con razón los primeros en reconocer su trabajo son los liberales clásicos: en 1947, Jouvenel funda con Friedrich Hayek, Jacques Rueff y Milton Friedman la Mont Pelerin Society.
¿Es, pues, Jouvenel un neoliberal? No. Pronto se separa del grupo de Mont Pelerin porque no comparte su individualismo doctrinal, su desdén de lo político ni su abandono de la dimensión moral de las acciones comunes. Su posición es otra, y queda plasmada en su estudio La ética de la redistribución, de 1947, sobre la base de unas conferencias en Cambridge. En este texto Jouvenel empieza reprobando la bondad del socialismo: el socialismo –escribe- no es una política del espíritu y la justicia, sino una ideología burguesa y materialista cuyo ideal “se injerta en la veneración por la comodidad, por el ensalzamiento de los apetitos carnales y el enorgullecimiento del imperialismo técnico”. Es decir que el socialismo conduce al empobrecimiento espiritual.
Al mismo tiempo, critica el ideal redistributivo tal y como lo han aplicado las sociedades modernas, pues su consecuencia ha sido proletarizar a las clases medias al convertirlas en la principal productora de bienes para el Estado. Eso ha supuesto una mengua galopante de su libertad. En este punto Jouvenel reivindica el papel de la familia, que es el lugar de donde emana toda la riqueza social y política, pero que el Estado moderno ha desmantelado. La familia, como la Iglesia, han sido sustituidas por el Estado del Bienestar. En definitiva, el principio de la redistribución, aparentemente benéfico, ha sido esencialmente nocivo.
Conversión al catolicismo


Para nuestro autor, el problema fundamental desde el punto de vista económico es cómo garantizar el mejor uso de las consecuencias del progreso, es decir, cómo usar de la mejor forma posible la riqueza. ¿Y qué propone Jouvenel? Por decirlo en dos palabras, una sociedad construida sobre instituciones naturales -por ejemplo, la familia, y ante todo la libertad real de las personas-, no manejada por el Estado, y donde la intervención política quede reducida a un mínimo regulador, sin alterar el circuito natural de la riqueza.
Sobre Jouvenel aún pesaba en su propio país la hostilidad de la izquierda, de manera que se dedicará sobre todo a enseñar en universidades anglosajonas (Oxford, Cambridge, Berkeley, Yale), donde era mucho más apreciado que en su propio país. En esta época, años cincuenta, su principal apoyo es su segunda y ya definitiva esposa, Helene Duisegneur, de quien escribió: “De Helene he aprendido que vivimos para aprender a amar”. Por mediación de Helene, Jouvenel, que era agnóstico, se convierte al catolicismo.
Aunque retornó a la universidad francesa, fue por poco tiempo; entre otras cosas por la presión de los comunistas. En 1960 había creado en París la Sociedad de Estudios y Documentación Económicos, Industriales y Sociales (SEDEIS), una empresa intelectual privada con vocación de interés público, que a partir de 1975 prolongaba sus trabajos como Asociación Internacional Futuribles. ¿De qué se trataba? No de conocer el futuro, sino de ordenar y conocer mejor los elementos determinantes del presente a partir de una especie de observatorio instalado hipotéticamente en el futuro”. Bertrand de Jouvenel murió en París en 1987, con 83 años. 
José Javier Esparza.

Obertura Forza del Destino de Verdi

Al final no estoy poniendo mucha música de Verdi y Wagner en su aniversario, craso error. La música clásica es una de las cosas más bellas que existen y debemos escucharla lo máximo posible, ya que enbellece nuestra alma.

lunes, 8 de abril de 2013

Vintila Horia

Vintila Horia nació en Segarcea, en el sur de Rumanía, en 1915. Hijo de una familia acomodada, él mismo hablaba de su infancia como de una “primavera de oro”: sin necesidades, rodeado de amor, con una guía moral clara y sin más obligaciones que aquellas que él sentía como una vocación, es decir, las obligaciones del estudio. Se graduó en Derecho en la Universidad de Bucarest. A los 25 años ingresó en el cuerpo diplomático rumano. Estuvo destinado como agregado de prensa y cultura en Roma y en Viena. Enamorado del conocimiento, aprovechó esos traslados para estudiar Filosofía y Letras en Perugia y en Viena.


Una vida deliciosa. Sin embargo, esa primavera de oro no iba a tardar en convertirse en un frío y oscuro invierno.Vintila Horia tiene ideas tradicionalistas y conservadoras, como la mayor parte de la juventud intelectual rumana de su tiempo. En el clima de la guerra mundial –que envolvió a Rumanía a partir de 1941–, eso pone a esta generación en el lado del Eje y contra el comunismo soviético. Otros nombres célebres, como Mircea Eliade o Emil Cioran, militan en los movimientos más radicales de la derecha. Vintila, no: él no oculta sus ideas, pero ve la política con distancia. En realidad, sólo es un funcionario que aprovecha sus destinos diplomáticos en Italia y Austria para completar estudios. Sin embargo, esa condición le va a hacer extremadamente vulnerable ante los vendavales de la política y la guerra.
Amigo de Papini


En 1944, Rumanía, que ha sido aliada de Alemania, cambia de bando. A partir de ese momento, Alemania declara enemigos a los rumanos. En consecuencia, los funcionarios de Rumanía son apresados. Vintila Horia, que está en Viena, es capturado por los alemanes e internado en los campos de concentración de Krummhübel y Maria Pfarr. La guerra sigue y Alemania retrocede. Vintila es liberado por los ingleses y junto con su esposa, Olga, es trasladado a Bolonia, en Italia. En Rumanía, el régimen de Antonescu cae. Vintila intenta volver a su país, pero los soviéticos se han hecho con el poder y el escritor, perseguido antes por ser enemigo de Alemania, se ve ahora perseguido por ser funcionario del viejo mariscal. A los Horia no les queda otra alternativa que el exilio. Se quedan en Italia.
En Italia, Vintila conoce a Papini y se sumerge en la cultura del país. Escribe italiano con soltura y publica de manera incesante: versos, prosas, ensayos. De aquí sale una obra que verá la luz años más tarde: Cuaderno Italiano. La amistad con Papini, muy intensa, no sólo le permite sobrevivir en el ambiente cultural italiano, sino que también le lleva a ahondar en la Italia de Dante y Miguel Ángel, que para nuestro autor es la esencia de la cultura europea. Pero Italia, país desolado por la guerra, ofrece poco futuro al matrimonio Horia. Vintila quiere probar fortuna fuera del viejo continente. Encuentra una oportunidad en Buenos Aires. Y hacia allá marcha el exiliado.
Cinco años en Argentina. ¿Qué hace allí? Lo que sabe hacer: enseña Literatura y escribe. Y lo hace en español. Estamos hablando de un hombre que aún no tiene 35 años, pero con una cultura enciclopédica, una inteligencia portentosa y una capacidad increíble para adaptarse a cualquier idioma. Vintila escribe ahora en español con la misma perfección con que lo ha hecho en rumano y en italiano, y del mismo modo que lo hará luego en francés. Después de cinco años en Argentina, el matrimonio Horia se instala en España. Es 1953. Aparecen algunas obras suyas: una antología poética en rumano, el volumen de poesía Presencia del mito, los ensayos Poesía y libertad y La rebeldía de los escritores soviéticos. Pero todo su ser está puesto en una novela que iba a marcar su vida: Dios ha nacido en el exilio, que escribe en francés.

Y llegó el escándalo


El exilio es la fuerza fundamental de esta novela. Su pretexto literario: Ovidio, el poeta romano que, por su pitagorismo, fue desterrado a un remoto pueblo de la vieja Dacia, precisamente en lo que hoy es Rumanía. Y en la circunstancia del exilio, Vintila recrea una luz de esperanza: el destierro es frío y es oscuridad, pero en ese mundo lúgubre brilla un día la esperanza porque ha nacido un Dios entre los hombres. El exilio de Ovidio queda iluminado por el nacimiento de Cristo y el exilio de Vintila se ilumina a su vez por esa certidumbre de la redención. Así el autor emprende un viaje en busca de sus raíces espirituales. Y no es sólo un viaje personal, sino que es toda la civilización occidental, literalmente exiliada de sí misma por la guerra, la que ha de emprender esa búsqueda para encontrar su ser.
Dios ha nacido en el exilio es una enorme novela. Escrita en francés, a Vintila le valió el cotizadísimo premio Goncourt, el mayor galardón de la literatura europea en aquel tiempo. Pero con la celebridad llegaría también el escándalo. Escocido por el éxito de un disidente, el Gobierno rumano reacciona y activa a todas las terminales comunistas en Europa. La Embajada rumana en París filtra la noticia del escándalo: en 1945, cuando las tropas soviéticas ocupaban Rumanía, Vintila había sido condenado a trabajos forzados a perpetuidad. En la Europa de aquel momento, aquello no era un timbre de gloria, sino todo lo contrario. La prensa se llena inmediatamente de acusaciones: Vintila es un fascista, un reaccionario, un tipo indeseable que ha desertado de la patria del proletariado y que, por tanto, algo tendrá que esconder. Hoy nos parece inconcebible, pero en la Europa de los años sesenta se hacía más caso al verdugo que a la víctima.
Ante el escándalo de París, Vintila Horia renunció al premio Goncourt. Para alguien que había tenido que renunciar nada menos que a su país, no era algo que se saliera del programa. Nuestro autor hace acopio de resignación como Radu Negru (protagonista de su novela El Caballero de la Resignación), abandona París, donde se había instalado, y vuelve a España. Se ve a sí mismo como un Odiseo contemporáneo en navegación perpetua. El destierro, que ha hecho de él un “apolide exiliado” (alguien que no pertenece ya a ninguna polis, a ningún país), le lanza a la búsqueda de una Itaca ideal, la patria perfecta de esa raza de exiliados a la que pertenece. Una raza con ilustres antecesores: Ovidio, Platón, Boecio, el Greco, Rilke, Dante. Todos ellos serán fuente de inspiración de Vintila.
Esas condición de desterrado, para nuestro autor, es una fuerza que le empuja a nuevas fronteras del conocimiento. Se abre así una etapa nueva en la obra de Vintila. ¿Dónde está la clave? Sólo el conocimiento puede salvar al hombre, esclareciendo el misterio de la condición humana y de la naturaleza, del destino y del cosmos, de las leyes que rigen la vida. Pero el saber científico no es suficiente para revelar estos misterios fundamentales. ¿Y entonces? Entonces hay que acudir al saber teológico y filosófico. Esa es la clave. Vintila la explora en una novela de urgente actualidad: La séptima carta, sobre la célebre Carta Séptima de Platón, donde reinventa al filósofo griego y nos lo presenta sumergido en su búsqueda metafísica, religiosa y política, porque todo es en el fondo una y la misma cosa.
Estamos a finales de los años sesenta y Vintila Horia ha encontrado una veta de reflexión decisiva: el auténtico sentido del saber está más allá del conocimiento; la ciencia es en realidad sólo un instrumento, y su finalidad no es la simple aplicación técnica, sino que ha de permitirnos viajar hasta una comprensión más profunda de las cosas. El materialismo queda descartado. Vintila conoce y estudia a los científicos de la física cuántica, como Heisenberg o Lupasco, que han visto una dimensión sobrenatural en la materia. También hay que descartar un espiritualismo primario elemental, de consumo, como el que predicará la “nueva era”. De aquí nace una obra que iba a ejercer mucha influencia, Viaje a los centros de la tierra, que es una recopilación de conversaciones con algunos de los nombres más importantes de la cultura del siglo XX: Gabriel Marcel, Urs von Balthasar, Carl Gustav Jung, Ernst Jünger, Raymond Abellio, Marshall Mc Luhan, Werner Heisemberg, Federico Fellini…
La agonía de los tiempos


Otras obras de Vintila Horia iban a terminar de completar su perfil sobre el eje de lo que él, profesor de Literatura, llamaba “literatura metafísica”. ¿Qué es eso? Una narrativa que, utilizando la poesía y la tragedia como modalidades simbólicas del conocimiento, sepa expresar la temática de la cultura contemporánea, buscando una explicación profunda y global del hombre y de la vida. Hay ilustres precedentes. Nuestro autor elige inscribirse en esa línea. Y sus novelas responden a ese impulso: Perseguid a Boecio, Un sepulcro en el cielo…
Vintila Horia hizo muchas más cosas, y todas no nos caben aquí. Por ejemplo, su labor docente en la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, que varias promociones de periodistas recuerdan. Por ejemplo, su incesante trabajo de promotor cultural, con iniciativas como la excelente revista Futuro Presente y la colección Punto Omega de la editorial Guadarrama. O por ejemplo, su visión del quinto centenario del Descubrimiento de América con el ensayo Reconquista del Descubrimiento, de 1991, publicado en Chile porque en España no encontró editor. Nuestro autor murió en su casa del pueblo madrileño de Collado Villalba, en 1992, después de que un tumor cerebral fuera apagando rápidamente su vida. Una de las últimas alegrías de su vida fue saber que en la Rumanía del post-comunismo empezaba a distribuirse su obra.
¿Por qué, en fin, nos interesa hoy Vintila Horia? Porque denunció con voz valiente e insobornable la gran agonía de los tiempos modernos, ese materialismo que ha conducido a un desorden planetario generalizado. Frente al desorden establecido, Vintila propuso la fidelidad a los principios trascendentes –la Revelación, la Tradición– para que nuestra civilización recuperara la verticalidad. Y lo hizo con una hondura intelectual sobresaliente: El Greco y Dante, Boecio y Platón, Ovidio… El mundo de Vintila es el de la gran tradición cultural europea, pero actualizada al paso de la ciencia del siglo XX y sus cruciales descubrimientos. Alguien que le conoció muy bien, Isidro Juan Palacios, dijo que Vintila Horia perteneció a esa rara clase de hombres que saben ver en el atardecer un amanecer, en el crepúsculo una aurora. No se puede definir mejor el espíritu del eterno exiliado Vintila Horia.

jueves, 4 de abril de 2013

Misa en B menor de Bach.

En relación a la entrada anterior, nada mejor que disfrutar de una de las obras más maravillosas, o mejor dicho, divinas de la música clásica y en especial de Bach. Esta dirigida por Karajan, uno de los mejores directores de orquesta que jamás hayan existido.

Amén.

lunes, 1 de abril de 2013

Bach como metáfora

Sería de justicia poética abrir una causa de beatificación de Juan Sebastián Bach. Hubo algún conato hace años. Según me dicen no existe un obstáculo teológico insalvable para iniciar la causa. Sí podría haber obstáculos curiales o incluso canónicos, salvables con dispensas papales. Benedicto XVI tenía las virtudes necesarias para emprender la difícil labor: amaba la música y creía en la Vía Pulchritudinis de acercamiento a Dios. Pero tal vez le faltaron fuerzas y tiempo para empeño tan revolucionario y tan reaccionario como intentar llevar a los altares a quien acaso sea el artista más sublime y que ha llevado a más gente a postrarse ante los altares. A la Fe. Pero no se le puede pedir a un anciano Pontífice que siempre nade contra corrientes tan fuertes.

No tengo indicios suficientes para suponer que el actual Pontífice sea melómano -aunque ha declarado públicamente su afición a los tangos- ni que considere tan relevante la Vía Pulchritudinis como la ve su predecesor. Es cierto que ha mentado la belleza varias veces en sus recientes declaraciones, pero obras son amores, que no buenas razones. No ha pasado inadvertida en Roma su indiferencia al ars celebrandi en la Misa de Inauguración del 19 de marzo, celebrada sin fuerza ni esplendor, según muchos. Otros recuerdan el poco empeño que puso el Arzobispo de Buenos Aires en cumplir en su archidiócesis el motu proprio de Benedicto XVI Summorum Pontificum, que en 2007 restableció la posibilidad de celebrar sin entorpecimientos la misa tridentina en latín, así como las formas preconciliares de la mayoría de los sacramentos. Veremos ahora cuánto dura en vigor en otros lugares el citado motu proprio. La cuestión está muy ligada a la Vía Pulchritudinis, pues la liturgia católica es parte importante del glorioso patrimonio artístico y cultural de la Cristiandad. Igual de importante que los templos como la Basílica de San Pedro y que el Palacio del Vaticano, donde según acabo de oir por la radio no quiere vivir "al menos por ahora" el Papa Francisco. Sin duda no cree ser simple depositario de un legado secular pero con la grandiosa obligación de custodiarlo. Tal vez se cree propietario con derecho a desamortizar y liquidar.

Volviendo a Bach, tan sólo veo un destello de esperanza. El Obispo de Roma gusta mucho de los gestos ecuménicos, lo que quizá le haga atractiva la posibilidad de beatificar a un luterano. Dios lo quiera; Dios a veces escribe derecho con renglones torcidos.


Sería bueno que ahora, en la Semana Santa, el Santo Padre hallase un rato para escuchar la estremecedora Pasión según San Mateo:
      O una de las más hermosas misas -católica, claro- de Bach, la Misa en Si menor:

      Y también podría leer la opinión de encendido amor y admiración por Bach que expresa el Padre Finbarr Flanagan OFM; acaso le interesaría, tratándose de un franciscano:
http://www.ad2000.com.au/articles/2007/feb2007p13_2449.html
       A lo mejor muchos terminamos comprendiendo que era cierta la frase de Dostoyevski, "la belleza salvará al mundo". Tan verdadera como su reverso: la fealdad perderá al mundo.

marquesdetamaron.blogspot.com.