jueves, 18 de abril de 2013

Sinfonía nº4 de Anton Bruckner

Grabación de 1939 y dirigida por uno de los mejores intérpretes de Bruckner, Eugen Jochum.

La triste muerte de Cristobal Colón

Colón apenas sobrevivió año y medio a la reina Isabel. En mayo de 1506 moría en Valladolid, adonde se había trasladado la corte. Al almirante se le fue la vida sin conseguir que el rey Fernando le reconociera los títulos de gobernador y virrey de las Indias.


Porque en realidad eso era todo lo que preocupaba al descubridor: que la Corona le reconociera aquellos títulos como privativos de su persona y, por tanto, pudiera legarlos a sus herederos. No era poca cosa, ciertamente: establecer un linaje de su nombre que gobernara las Indias como tierra propia. Pero si ya la reina Isabel había recelado de las condiciones de Colón como gobernante, mucho más suspicaz era a ese respecto el rey Fernando.
Y no sin razones.Cristóbal Colón había regresado de su último viaje en noviembre de 1504. La reina murió tres semanas después. El almirante, aunque enfermo, intentó a toda costa desplazarse a Sevilla para entrevistarse con el rey. No pudo moverse hasta el mes de mayo siguiente. Mientras tanto, se dedicó a enviar cartas a su hijo Diego; cartas que más bien parecen escritas para que las leyeran otras personas, porque eran un compendio de reivindicaciones económicas y críticas al gobierno de las Indias. Esas cartas y otras de esta misma época han creado la leyenda de que Colón pasó sus últimos años hundido en la más atroz miseria. Eso no es exactamente así. Ciertamente el descubridor distaba de llevar una vida principesca, pero no vivía en la pobreza y, por otro lado, mantenía su sitio en la corte.
Cuando Colón llegó ante el rey Fernando, en aquel mayo de 1505, halló a un monarca que lo último que tenía en la cabeza eran los problemas del navegante. Colón pidió una vez más que se le reconocieran los privilegios firmados años atrás en Santa Fe: almirante, virrey, gobernador. Fernando, una vez más, respondió con buenas palabras, evasivas y dilaciones. La corte se trasladó a Salamanca y Colón fue con ella. Después marchó a Valladolid, y Colón, detrás. Ya era abril de 1506 y Fernando el Católico parecía haberse desentendido por completo de la causa colombina.
Los quebrantos del rey Fernando


¿Había caído Colón en desgracia? ¿Tal vez el rey Fernando detestaba al descubridor? Ni una cosa ni otra. Sencillamente, en aquel momento Fernando tenía entre manos asuntos muy distantes del problema americano. En 1502 había estallado de nuevo la guerra entre Francia y España por el control del Reino de Nápoles, la vieja llave del Mediterráneo occidental. Las dos potencias habían llegado dos años atrás a un acuerdo para repartirse el territorio napolitano –el Tratado de Granada–,pero inmediatamente surgieron discrepancias y la guerra se reavivó. Para Francia, controlar Nápoles significaba rodear a España por oriente y cortar de raíz la hegemonía naval hispana en el Mare Nostrum.
Para España, hacerse con la pieza era tanto como frenar en seco las aspiraciones francesas de proyección hacia el sur. Fue una guerra muy intensa, salpicada de choques cruentos por tierra y por mar. Las armas españolas, aun en inferioridad numérica, consiguieron la victoria gracias, entre otras cosas, al talento militar de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Allí comenzó la leyenda de la infantería española.
En febrero de 1504 Francia se avino a firmar un tratado, el de Lyon, que reconocía la soberanía española sobre Nápoles. Pero la enemistad entre las dos potencias estaba lejos de haberse apagado.
Para complicar las cosas, el rey Fernando había entrado en conflicto con su yerno Felipe de Austria, llamado Felipe el Hermoso. Conflicto que, naturalmente, había servido de acelerante para que volvieran a prender las viejas querellas internas de los reinos españoles. Así, mientras que la nobleza castellana encontraba en Felipe una magnífica bandera para oponerse al rey Fernando, que no dejaba de ser un aragonés, las ciudades veían en Fernando a su único valedor frente a la nobleza y, por tanto, frente a Felipe. Ahora bien, esta dimensión nacional sólo era uno de los rostros del problema, y seguramente en el ánimo de Fernando el Católico pesaban mucho más las consecuencias de la ambición de Felipe en el plano exterior.
Felipe había desposado a Juana de Castilla, la heredera de Isabel y Fernando, en 1496. Aquella boda tenía por objeto vincular los intereses de Castilla y Aragón a la Casa de Habsburgo, titular del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero Felipe, el yerno, rápidamente mostró un acusado interés por acercarse a Francia, lo cual despertó mil sospechas en la siempre inquieta mente del rey Fernando: si Felipe y Juana pactaban con Francia, el Reino de Aragón podía quedar despedazado en beneficio de los franceses. Felipe el Hermoso, ladino, había firmado en 1504 un acuerdo secreto con el rey Luis XII de Francia. Por ese acuerdo, Luis respaldaría las ambiciones de Felipe sobre el trono de Castilla –del que el Hermoso sólo era consorte– y Felipe daría a su hijo Carlos en matrimonio a la hija de Luis. La maniobra era una respuesta diplomática de los franceses a sus reveses en Nápoles. Y una excelente maniobra.
Fernando vio venir el peligro de lejos, como de costumbre, y maniobró a su estilo. Promovió otro acuerdo semejante con el rey de Francia y subió la apuesta: él, Fernando, ya viudo, se casaría con una sobrina del rey francés, Germana de Foix, y la descendencia de ambos reinaría sobre Nápoles. Además, Fernando pagaría al rey de Francia una rica dote y liberaría a los cautivos franceses de las guerras napolitanas. Puestos a elegir entre un consorte de Castilla y un rey de Aragón, Luis de Francia escogió lo segundo. Así, Fernando el Católico terminó casado con Germana y, sobre todo, Felipe el Hermoso se vio privado de apoyos extranjeros. Fernando había ganado una vez más. La oportuna muerte de Felipe, apenas un año después de esta carambola diplomática, enderezaría definitivamente la situación.
El síndrome de Reiter


Todos estos eran los asuntos que preocupaban al rey Fernando, y bien puede entenderse que, en medio de tales berenjenales, las reivindicaciones de Cristóbal Colón sobre las lejanas Indias le parecieran un abominable engorro. Es verdad que le devolvió los atrasos que le debía, lo cual alivió la situación personal del descubridor, pero poco más. El almirante tampoco mejoró las cosas cuando, decepcionado por el silencio de Fernando, optó por acercarse a Felipe y Juana, los cual debió de ser visto en la corte del aragonés como una traición; para colmo, a Juana y Felipe, obsesionados como estaban por asentar su poder sobre tierra europea, todo aquello de las Indias les sonaba a libros de caballerías. Las reclamaciones del descubridor, en fin, no hallaron en ninguna parte oídos receptivos. El almirante iba a dejar esta tierra sin que se le hiciera justicia.
El 19 de mayo de 1506, Colón se siente morir. No aguanta más. Llama al escribano de cámara de los Reyes, Pedro de Inoxedo, y le dicta testamento. Designa como legatarios y albaceas de sus últimas voluntades a sus hijos Diego y Fernando, a su hermano Bartolomé Colón y al tesorero de Vizcaya, Juan de Porras. Colón se autotitula como “almirante, virrey y gobernador de las islas y tierra firme de las Indias descubiertas y por descubrir”, es decir, los mismos títulos que se le reconocieron en las capitulaciones de Santa Fe. Y aquel testamento decía así:
“Yo constituí a mi caro hijo don Diego por mi heredero de todos mis bienes e ofiçios que tengo de juro y heredad, de que hize en el mayorazgo, y non aviendo el hijo heredero varón, que herede mi hijo don Fernando por la mesma guisa, e non aviendo el hijo varón heredero, que herede don Bartolomé mi hermano por la misma guisa; e por la misma guisa si no tuviere hijo heredero varón, que herede otro mi hermano; que se entienda ansí de uno a otro el pariente más llegado a mi linia, y esto sea para siempre. E non herede mujer, salvo si non faltase non se fallar hombre; e si esto acaesçiese, sea la muger más allegada a mi linia”.
¿Y qué es lo que había que heredar? Precisamente, el título de virrey de las Indias, una dignidad que, sin embargo, valía de bien poco si no llevaba adjunta la gobernación efectiva del territorio descubierto. Este asunto iba a ser objeto de pleitos sin fin durante muchos años, porque la Corona no estaba dispuesta a conceder a los Colón la titularidad del nuevo mundo; serán los llamados pleitos colombinos. Con todo, hay que decir que la Corona tampoco se mostró hostil a Diego, el heredero: el rey Fernando le facilitó un buen matrimonio con la casa de Alba y, apenas dos años después de la muerte del almirante, le designó gobernador de La Española. Pero ya llegaremos a eso.
El almirante murió un día después de dictar testamento: expiraba el 20 de mayo de 1506. ¿De qué murió exactamente Cristóbal Colón? Durante siglos se pensó que la causa de su muerte, aquella enfermedad que durante años le había torturado, era la gota, pero en fecha reciente se ha descubierto que lo que el almirante padecía era el síndrome de Reiter, es decir, una artritis reactiva que suele venir como consecuencia de infecciones gastrointestinales o genitourinarias. El hallazgo se debe al profesor de la Universidad de Granada Antonio Rodríguez Cuartero.
Los síntomas del síndrome de Reiter, incluida la pérdida de visión por conjuntivitis y los fuertes dolores de articulaciones que le obligaron varias veces a guardar cama, encajan con las dolencias que las crónicas atribuyen al descubridor. Sus últimos años en España debieron de ser un calvario: al dolor de la enfermedad se unía la angustia de sentirse víctima de una injusticia. Fue seguramente un fallo cardiaco lo que terminó llevando a la muerte a un cuerpo que ya no aguantaba más.
Cristóbal Colón fue enterrado con honores de almirante. Su cuerpo fue descarnado –un tratamiento muy extendido en la época, sobre todo en Italia, para conservar el cadáver– e inhumado en el convento de San Francisco de Valladolid, primero, y en la Cartuja de Sevilla después. Mucho más tarde su hijo Diego ordenará que se traslade el cuerpo a Santo Domingo, y de allí pasará, ya en el siglo XVIII, a La Habana. Los restos de Cristóbal Colón terminarán en la catedral de Sevilla en 1898. Un estudio genético realizado en 2006 por la Universidad de Granada confirmó que esos huesos eran, sí, los de Cristóbal Colón, al que los investigadores definían como “varón, de entre 50 y 70 años, sin marcas de patología, sin osteoporosis y con alguna caries; mediterráneo, medianamente robusto y de talla mediana”. Pero los huesos que hay en esa tumba sevillana –un precioso catafalco– apenas llegan al 15%, de manera que se supone que el resto del esqueleto se halla disperso por distintos puntos de América. En el fondo, un digno final para el primer europeo que halló el nuevo continente.
José Javier Esparza

Leyendas y Misterios de Madrid. José María de Mena

Pocas ciudades hay en el mundo tan ricas en historia , en sucesos pintorescos, en leyendas, en episodios -ora románticos ora truculentos-, en tradicones y en costumbres populares que componen todo un tapiz de la más bella literatura oral y escrita, como Madrid, capital de las Españas.

José María de Mena, escritor e historiador que ha vivido intensamente la  vida madrileña y recorrido páginas y lugares no muy conocidos de la biografía de Madrid, nos ofrece en este libro un relato, rigguroso por sus fuentes y ameno por su estilo, en que el curioso lector podrá encontrar cuanto puede interesarle, tanto si ha nacido en la Villa y Corte, como si ha nacido en cualquier otro punto de la geografía española de éste o del otro lado del Atlántico, si desea conocer los entresijos espirituales de tan apasionante ciudad.

José María de Mena resume aquí para el lector cuanto ha recogido en su escudriñar por los más diversos archivos secretos de peronajes como Don Rodrigo Calderón, el Conde de Villamediana, el bandido Luis Candelas, y ocurrencias tan sorprendentes como la del fúnebre reloj del Monasterio de San Plácico, o la del ingeniero que quiso convertir a Madrid en puerto de mar...

lunes, 15 de abril de 2013

Sinfonía de Wagner

Esta fue la primera y única sinfonía de Wagner. Dentro de su producción no es lo más conocido, pero como lo demás es extremedamente bello.

La compuso cuando tenía 19 años y caso curioso, Wagner ofreció la sinfonía a Mendelssohn, quién la extravió. Se recuperó debido a la aparición de una maleta llena de partituras en Dresde tiempo después.

En esta sinfonía se aprecia la influencia de Mozart y sobretodo de Beethoven.

¡A disfrutar!


Bertrand de Jouvenel des Ursins

Bertrand de Jouvenel des Ursins, barón de Jouvenel, era hijo de una familia de la vieja aristocracia francesa. Su padre, Henri de Jouvenel, senador de la República, era editor del diario Le Matin y una de las figuras del Partido Radical; su madre, Sarah Boas, era hija de un industrial judío. Bertrand nació en 1903. Sus padres se divorciaron en 1912, cuando Henri se prendó de la escandalosa escritora Colette. En cuanto a Bertrand, educado en las matemáticas, la economía, el derecho y la biología, desde muy joven quiso hacerse su propia idea de las cosas.La infancia de Jouvenel fue de privilegio: educado en casa hasta los quince años con institutrices y maestros, y las frecuentes visitas de Anatole France, D’Annunzio, Claudel, Bergson. En esa casa, sin embargo, la vida le iba a deparar una sorpresa traumática: se lió con su madrastra, Colette, cuando tenía 17 años. Típica historia de los locos años veinte. El escándalo aniquiló el matrimonio del senador Henry, evidentemente. Y Bertrand, por su parte, cuando acabe sus estudios llevará una vida errante como corresponsal diplomático y enviado especial.

Experimentos fascistas


Era una vida que amanecía turbia en unos años que se presentaban más turbios aún. ¿Qué hizo Jouvenel en el periodo de entreguerras? Literalmente, dar tumbos. No desde el punto de vista material, porque tenía la vida resuelta, pero sí en lo intelectual y en lo político. En 1929, con veintiséis años, impresionado por el problema social, escribe una obra económica notable: La economía dirigida. En 1931 se casa con la periodista norteamericana Martha Gellhorn, a la que ha conocido en París. Lo que está pasando en América -la enorme crisis económica- es un síntoma del hundimiento de un mundo. Jouvenel lo describe en un libro de circunstancias: La crisis del capitalismo americano.
El joven barón constata la debilidad de las democracias, pero al mismo tiempo detesta la arrogancia del socialismo. Es casi inevitable que esa posición le conduzca, como a tantos otros, a experimentar interés por los experimentos fascistas. Puede ser difícil entender estos giros desde las habituales simplificaciones de nuestros días, pero en los años treinta las cosas se veían de otra manera. Martha, la mujer de Jouvenel, está escribiendo en el New York Times reportajes terribles sobre los devastadores efectos sociales de la Gran Depresión. El capitalismo a la americana ha entrado en pleno colapso. Al mismo tiempo, las democracias europeas están demostrando una debilidad pasmosa. Por el contrario, la economía de la Alemania de Hitler está exhibiendo una fortaleza innegable: en muy pocos años ha creado seis millones de empleo y, lo más sorprendente, parece asegurar mecanismos efectivos de redistribución. El propio Jouvenel entrevista a Hitler para el Paris Midi en febrero de 1936.
Jouvenel se divorcia pronto de Martha Gellhorn, que ha virado hacia el socialismo (y que se liará enseguida con Hemingway). Seducido por el modelo alemán, nuestro autor entra en el Partido Popular Francés de Jacques Doriot, líder del partido comunista hasta 1934, reconvertido ahora en líder fascista. Cuando estalle la guerra, Doriot será la principal figura de la colaboración con los alemanes después de la ocupación; incluso acudirá al frente a combatir contra la Unión Soviética. Jouvenel, sin embargo, se mantendrá al margen. Hay quien dice que en realidad estaba trabajando para los servicios secretos franceses. En todo caso, su vida en la Francia ocupada es cómoda: no forma parte de la elite del poder, pero tampoco es un resistente, más bien al contrario.
Después de la guerra, esta posición ambigua le valdrá serios disgustos. El historiador israelí Zeev Sternhell lo definió directamente como “pensador totalitario” en su libro La ideología fascista, de 1976. Jouvenel denunciará a Sternhell por difamación. El asunto acabará en los tribunales en 1983. Nuestro autor ganará el pleito. En su defensa intervino el pensador liberal judío Raymond Aron.
En marcha hacia la guerra


En septiembre de 1945 Jouvenel gana la frontera suiza. La derrota alemana en la guerra no le había inquietado, pero sí la ola de represión que se abate sobre Francia inmediatamente después, inspirada por el Partido Comunista: la depuración está afectando sobre todo a los políticos, los intelectuales y los artistas. La fuga es penosa: a pie. En su maleta, sólo un cuaderno, y en el cuaderno, sólo una obra: Del poder. Historia natural de su crecimiento. Este libro aparecerá inmediatamente, ese mismo año, en Ginebra. Y es el libro que significará la consagración mundial de Bertrand de Jouvenel.
Nuestro protagonista ha escrito Del poder en la Francia ocupada, y él mismo lo define como un libro de guerra: no sólo porque ha sido concebido en una época sometida a los estragos bélicos, sino porque ha surgido de una meditación sobre la marcha histórica hacia la guerra total. La base de este libro es la reflexión sobre un contraste agudísimo, típico del siglo XX: por un lado, los medios del poder han crecido de manera formidable; por otra, los instrumentos para controlar el empleo de ese poder se han limitado de manera exponencial. El resultado es que el poder se ha convertido en una fuerza devastadora.
Jouvenel describe el poder con una figura: el Minotauro, el hombre con cabeza de toro. El Minotauro es una fuerza que todo lo arrasa a su paso. Pero, ojo, Jouvenel no pretende oponerse a las prerrogativas del Estado ni recusar la idea del poder, sino que su objetivo es conocerlo y describirlo para exponer la forma más eficaz de darle un cauce y limitarlo. El poder no es un fenómeno atmosférico ni una cosa sin rostro; tampoco es un mal. El poder es una realidad con rostro, con responsables, y también con un camino histórico que es posible reconstruir.
¿Cuál es ese camino histórico? El de la lucha por ganar la libertad, que es también la lucha por el poder. Esa lucha se da tanto en el interior de las sociedades como entre unas sociedades y otras. Y son las patriarcales las que consiguen una evolución más rápida, las que fundan estados y también las que se muestran mejor dotadas para la guerra. El valor guerrero es un factor de distinción social. En esas sociedades, las familias más vigorosas son las que están en condiciones de conquistar su dignidad y, con ella, su libertad. Porque la libertad no es algo que un Estado conceda, sino un bien que las personas conquistan. Posiblemente esto disguste a quienes sueñan con un mundo pacífico de libertades naturales, pero la realidad histórica es la que es: la libertad siempre hay que conquistarla a viva fuerza.
Esta naturaleza del poder no ha cambiado nunca: siempre ha sido la misma. ¿Y las revoluciones modernas no han suavizado el camino, no han hecho más amables las formas del poder? Jouvenel piensa que no, y se remite a la experiencia de las revoluciones, que no han creado más garantías contra los excesos del poder, sino que han multiplicado sus efectos. De estas reflexiones sobre la naturaleza de los procesos revolucionarios, Jouvenel deduce una desconfianza profundísima hacia los discursos que, so capa de democracia, limitan la libertad real. Por eso desdeña la idea de libertad como participación (en los asuntos políticos) y pone el acento en la libertad como soberanía personal, como autonomía, lo que él llama libertad-resistencia, que es la forma más primaria y original de libertad. Así hay hombres que buscan ante todo su seguridad, y están dispuestos a pagarla entregando su libertad, y hombres que ante todo quieren defender su libertad. Estos últimos serán siempre unos pocos, una minoría, y en ese sentido constituyen una aristocracia. ¿Y cómo hacer para que esa libertad-resistencia revierta en el bien común? Jouvenel reconoce que esta libertad es frágil y consigna una serie de difíciles condiciones: ha de haber tanto una minoría respaldada por una masa como una elite dotada de alto sentido moral (autodisciplina, conciencia responsable de la propia función social) y, además, un cierto equilibrio de fortunas que haga tolerable la situación de los inferiores.
Las tesis de Del poder, que evidentemente están muy alejadas de cualquier connotación fascista, conocerán una gran influencia. En 1972 el libro será reeditado sin una sola modificación. Es interesante, porque sus posiciones parecen las menos adecuadas para el Occidente que nace de la segunda guerra mundial. Por una parte, Jouvenel reprocha a las democracias que no estén sabiendo controlar adecuadamente el poder. Por otra, se aparta de la economía socializante en un momento en que las experiencias de economía dirigida no sólo están de moda, sino que además parecen eficaces. Con razón los primeros en reconocer su trabajo son los liberales clásicos: en 1947, Jouvenel funda con Friedrich Hayek, Jacques Rueff y Milton Friedman la Mont Pelerin Society.
¿Es, pues, Jouvenel un neoliberal? No. Pronto se separa del grupo de Mont Pelerin porque no comparte su individualismo doctrinal, su desdén de lo político ni su abandono de la dimensión moral de las acciones comunes. Su posición es otra, y queda plasmada en su estudio La ética de la redistribución, de 1947, sobre la base de unas conferencias en Cambridge. En este texto Jouvenel empieza reprobando la bondad del socialismo: el socialismo –escribe- no es una política del espíritu y la justicia, sino una ideología burguesa y materialista cuyo ideal “se injerta en la veneración por la comodidad, por el ensalzamiento de los apetitos carnales y el enorgullecimiento del imperialismo técnico”. Es decir que el socialismo conduce al empobrecimiento espiritual.
Al mismo tiempo, critica el ideal redistributivo tal y como lo han aplicado las sociedades modernas, pues su consecuencia ha sido proletarizar a las clases medias al convertirlas en la principal productora de bienes para el Estado. Eso ha supuesto una mengua galopante de su libertad. En este punto Jouvenel reivindica el papel de la familia, que es el lugar de donde emana toda la riqueza social y política, pero que el Estado moderno ha desmantelado. La familia, como la Iglesia, han sido sustituidas por el Estado del Bienestar. En definitiva, el principio de la redistribución, aparentemente benéfico, ha sido esencialmente nocivo.
Conversión al catolicismo


Para nuestro autor, el problema fundamental desde el punto de vista económico es cómo garantizar el mejor uso de las consecuencias del progreso, es decir, cómo usar de la mejor forma posible la riqueza. ¿Y qué propone Jouvenel? Por decirlo en dos palabras, una sociedad construida sobre instituciones naturales -por ejemplo, la familia, y ante todo la libertad real de las personas-, no manejada por el Estado, y donde la intervención política quede reducida a un mínimo regulador, sin alterar el circuito natural de la riqueza.
Sobre Jouvenel aún pesaba en su propio país la hostilidad de la izquierda, de manera que se dedicará sobre todo a enseñar en universidades anglosajonas (Oxford, Cambridge, Berkeley, Yale), donde era mucho más apreciado que en su propio país. En esta época, años cincuenta, su principal apoyo es su segunda y ya definitiva esposa, Helene Duisegneur, de quien escribió: “De Helene he aprendido que vivimos para aprender a amar”. Por mediación de Helene, Jouvenel, que era agnóstico, se convierte al catolicismo.
Aunque retornó a la universidad francesa, fue por poco tiempo; entre otras cosas por la presión de los comunistas. En 1960 había creado en París la Sociedad de Estudios y Documentación Económicos, Industriales y Sociales (SEDEIS), una empresa intelectual privada con vocación de interés público, que a partir de 1975 prolongaba sus trabajos como Asociación Internacional Futuribles. ¿De qué se trataba? No de conocer el futuro, sino de ordenar y conocer mejor los elementos determinantes del presente a partir de una especie de observatorio instalado hipotéticamente en el futuro”. Bertrand de Jouvenel murió en París en 1987, con 83 años. 
José Javier Esparza.

Obertura Forza del Destino de Verdi

Al final no estoy poniendo mucha música de Verdi y Wagner en su aniversario, craso error. La música clásica es una de las cosas más bellas que existen y debemos escucharla lo máximo posible, ya que enbellece nuestra alma.