miércoles, 15 de mayo de 2013

Colonizados


Me lo ha contado una fiscal de los juzgados de Madrid. Hace unos días, en la vista por un robo de poca monta, un maleante de medio pelo se puso muy tieso y exclamó: “¡Me acojo a la quinta enmienda!”. La sala pasó del estupor a la carcajada en un instante.
¿Cuántas películas americanas habrá visto ese sujeto? La quinta enmienda es una disposición constitucional de los Estados Unidos que, entre otras cosas, exonera a las personas de declarar contra sí mismas. En España no hay quinta enmienda, pero así de hondo ha calado la colonización cultural americana.
Otra: en el noroeste de la comunidad de Madrid hay una empresa de taxis que, para darse aire de modernidad, se ha bautizado como Northwest. O sea: Peralejo, Zarzalejo, Navalquejigo, Colmenarejo... el northwest de toda la vida, vaya. Asistimos a un lento suicidio cultural. Eutanasia del espíritu.

José Javier Esparza.

viernes, 26 de abril de 2013

El testamento de la reina Isabel


  • En noviembre de 1504 Cristóbal Colón acababa de regresar a España y Ovando estaba poniendo orden en La Española. Y en eso se murió la reina Isabel
  • Isabel la Católica, reina de Castilla y, por su matrimonio con Fernando, reina consorte de Aragón, falleció el 26 de noviembre de 1504 tras varios meses de sufrimiento; se la llevó un cáncer de útero. Tenía 53 años. Con ella desaparecía el motor principal del descubrimiento de América. Pero Isabel dejaba un testamento que iba a cambiar la Historia del mundo.Isabel había reinado en Castilla por espacio de tres decenios. Cuando ella llegó al trono, Castilla era un reino precario, con la corona en manos de las ambiciones nobiliarias, enviscado en permanentes querellas de facción, con sus campos esquilmados por la guerra y el desorden. Ahora se había convertido en la primera potencia de Europa.
    La unión con Aragón había creado un núcleo político de extraordinaria solidez. La voluntad política de los reyes imperaba sin discusión sobre los poderes feudales, sustituidos por una nueva clase rectora elegida ya no por sangre, sino por sus propios méritos. El reino funcionaba ya como un Estado prácticamente moderno –el más avanzado de Europa–, con instituciones sometidas a la Corona e independientes de los grandes magnates. La arbitrariedad había desaparecido casi por completo en beneficio de la justicia. Las riquezas del país fluían. La Iglesia había emprendido su propia reforma. Se había conquistado el Reino moro de Granada poniendo fin a la presencia musulmana en España. Se empezaba a saltar al otro lado del estrecho para establecer bases en el norte de África. Se había derrotado a Francia en Nápoles. Los barcos castellanos habían descubierto un mundo nuevo en las Indias. Unos logros, en fin, impresionantes.
    Los últimos años de Isabel, gloriosos en lo político, habían sido tristísimos en lo personal. El heredero Juan había muerto en 1497; dejaba una hija póstuma que murió al nacer. Su hija Isabel, casada con el rey de Portugal, moría igualmente al año siguiente en el parto de Miguel, llamado a unificar los reinos de Portugal y España, que también murió en el alumbramiento. Quedaba como heredera la princesa Juana, que enseguida empezó a dar muestras de la inestabilidad mental, que le valdría el sobrenombre de la Loca. Otra infanta, Catalina, casada con el heredero de la corona inglesa Arturo, veía morir a su marido poco después de la boda, en 1502; Catalina terminaría casándose con el hermano del difunto,el príncipe Enrique, que sería Enrique VIII. Esta sucesión de desastres golpeó severamente el alma de la reina católica. Isabel empezó a vestir de luto. Sólo su recia fe la libró de la depresión. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea su santo nombre”, dicen que dijo al conocer la noticia de la muerte de Juan, su heredero.
    La enfermedad fue la culminación inevitable de tanto sufrimiento. Isabel enseguida tuvo conciencia de que su vida se acababa. Se encerró en su castillo de Medina del Campo y dispuso misas diarias por su alma. Sólo le restaba dictar testamento y dejar en la tierra una buena siembra que le permitiera acudir con la frente limpia al encuentro con Dios. Escribe a su confesor, el anciano fray Hernando de Talavera: “Siendo la vida humana tránsito temporal hacia la eternidad, los reyes deben recordar que han de morir y que el juicio que Dios va a pronunciar sobre ellos es más severo que sobre el común de los mortales”. Isabel ordena que su entierro sea austero, que los gastos previstos se empleen más bien en limosnas y beneficencia y no ser embalsamada, sino vestida con un simple hábito franciscano. Sus joyas y objetos personales los deja a su marido para que haga con ellos lo que quiera; el resto de sus bienes los lega a obras de caridad.
    El codicilo
    Isabel sentía que su testamento debía ser no sólo la última voluntad de un moribundo, sino también y sobre todo un testamento político, como correspondía a un tiempo en el que la persona del monarca era inseparable de la existencia del Reino. Dispone que su hija Juana, heredera de la corona de Castilla y su esposo, Felipe de Habsburgo, queden obligados a reinar conforme a los fueros castellanos, y les veta entregar dignidades a nobles extranjeros. Isabel prevé también la incapacidad de su hija y manda que si Juana y Felipe no quisieran o no pudieran hacerse cargo del gobierno, la regencia sea desempeñada por su marido, Fernando de Aragón, hasta que el hijo de Juana, el príncipe Carlos, cumpla 20 años. Isabel sabía lo que tenía entre manos. Como sabía también cuáles tenían que ser los objetivos fundamentales de la política castellana: mantener la lucha contra el moro, ahora en suelo africano, y no entregar nunca la plaza de Gibraltar, baluarte contra futuras invasiones islámicas.
    Pero hubo algo más. Algo que iba a tener unas consecuencias decisivas. El 23 de noviembre, pocas horas antes de expirar, la reina ordenaba añadir a su testamento un codicilo con dos asuntos que le causaban gran inquietud de conciencia. Uno, de orden interno, era la fiscalidad, y concretamente el impuesto denominado alcabala, una tasa que tenía que pagar el comprador de cualquier bien y, en los contratos de compraventa, ambas partes; ese impuesto, que desde el siglo anterior era privilegio de la Corona, había dado lugar a numerosos abusos y la preocupación de la reina era que lo fijaran y recaudaran directamente las cortes. El otro asunto era de naturaleza puramente moral, y este es el fundamental para nuestro relato: que los indios de las tierras descubiertas no fueran esclavos, sino que se les considerara inmediatamente como súbditos de la Corona. Era la primera vez en la Historia que un monarca tomaba semejante decisión. Así lo escribió la Reina: “Cuando nos fueron concedidas por la santa sede apostólica las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue inducir y traer a los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir a los vecinos y moradores de ellas en la fe católica, y enseñarles y adoctrinarles en buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida. Por ende, suplico al rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa, mi hija, y al príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, sino que manden que sea bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien…”.
    Este codicilo de Isabel presentaba implicaciones de gran alcance. Si el propósito era convertir a los indios a la fe de la cruz, eso significaba que no podrían ser esclavos, pues no se podía esclavizar a un cristiano. Si a los nativos se los consideraba “vecinos y moradores”, eso significaba que se reconocía de antemano su derecho a mantener sus comunidades propias. Si se ordenaba respetar la inmunidad de “sus personas y bienes”, eso significaba garantizar su libertad y su propiedad, que eran las cualidades básicas de la dignidad individual según el Derecho Natural y la Teología de la época. La reina Isabel venía a dar una dimensión moral y religiosa a la conquista de América.
    No guerra, sino cruzada
    Desde ese momento el testamento de la reina iba a actuar como una guía para la conquista. No iba a ser una guerra: iba a ser una cruzada. La Evangelización no será algo que ocurra por accidente o por azar, sino que es desde el principio “nuestra principal intención”, según la reina, que ordena a sus sucesores que ese siga siendo su “principal fin”. Bastantes decenios de historiografía materialista han logrado cerrarnos los ojos ante la evidencia, pero ya es hora de quitarnos las legañas: si los españoles del siglo XVI cruzaron el océano para ir a un mundo que no era el que buscaban, si durante decenios gastaron en la empresa más dinero del que recuperaron y más hombres de los que podía permitirse un país poco poblado como España; si hicieron todas esas cosas, aparentemente absurdas, fue porque España se tomó aquello como una misión en el sentido religioso del término. Los españoles cruzaron la mar porque iban a poner la Cruz al otro lado; y sin eso, muy probablemente, no se habría acometido la mayor aventura de todos los tiempos.
    Pronto aparecerá, por supuesto, lo demás, todos esos rasgos tan “humanos, demasiado humanos”: la ambición, la rapiña, la demencia del oro, la violencia sobre la población conquistada… Es decir, aparecen todas y cada una de las cosas que vemos en todas las conquistas que en la Historia han sido. Pero la de América tiene una particularidad: cada vez que a alguien se le vaya la mano, ahí estará la Iglesia para denunciarlo, el poder civil para sancionarlo y los propios jefes de la conquista para poner orden. Esa norma correctora no la vamos a encontrar en ningún otro ejemplo histórico de gran conquista: ni en las de la Roma imperial ni en la de los ingleses y los franceses en América y África.
    El signo distintivo de la conquista española es que posee, desde el primer momento, una motivación religiosa y, por tanto, un freno moral. Y eso fue así precisamente por el protagonismo vigilante de la Iglesia y porque los conquistadores, además de ser aventureros, quizá locos, sin duda ambiciosos, eran hombres de fe. Por eso existieron casos como los de Montesinos o Las Casas, que tanto empeño pusieron en denunciar los abusos de las encomiendas. ¿Voces aisladas? En absoluto. Sabemos que en América muchos abusos se corrigieron, y que en Filipinas, donde la conquista es posterior, ni siquiera se llegaron a producir; los españoles ya sabían qué hacer. Y todo eso fue así porque la reina Isabel lo mandó en su testamento.
    Isabel de Castilla, sí, expiró el 26 de noviembre de 1504 en su palacio de Medina del Campo. Según sus deseos, fue enterrada en una sencilla tumba en el monasterio de San Francisco en la Alhambra de Granada, la ciudad por la que tanto luchó. Cuando murió su esposo, ambos fueron trasladados a la Capilla Real de la catedral granadina. E igualmente según sus deseos, la Corona española desarrollará a partir de ese día una intensa labor legisladora para proteger a los indios de América: las leyes de Indias. Ningún imperio había hecho nunca nada igual.
    José Javier Esparza.

jueves, 18 de abril de 2013

Sinfonía nº4 de Anton Bruckner

Grabación de 1939 y dirigida por uno de los mejores intérpretes de Bruckner, Eugen Jochum.

La triste muerte de Cristobal Colón

Colón apenas sobrevivió año y medio a la reina Isabel. En mayo de 1506 moría en Valladolid, adonde se había trasladado la corte. Al almirante se le fue la vida sin conseguir que el rey Fernando le reconociera los títulos de gobernador y virrey de las Indias.


Porque en realidad eso era todo lo que preocupaba al descubridor: que la Corona le reconociera aquellos títulos como privativos de su persona y, por tanto, pudiera legarlos a sus herederos. No era poca cosa, ciertamente: establecer un linaje de su nombre que gobernara las Indias como tierra propia. Pero si ya la reina Isabel había recelado de las condiciones de Colón como gobernante, mucho más suspicaz era a ese respecto el rey Fernando.
Y no sin razones.Cristóbal Colón había regresado de su último viaje en noviembre de 1504. La reina murió tres semanas después. El almirante, aunque enfermo, intentó a toda costa desplazarse a Sevilla para entrevistarse con el rey. No pudo moverse hasta el mes de mayo siguiente. Mientras tanto, se dedicó a enviar cartas a su hijo Diego; cartas que más bien parecen escritas para que las leyeran otras personas, porque eran un compendio de reivindicaciones económicas y críticas al gobierno de las Indias. Esas cartas y otras de esta misma época han creado la leyenda de que Colón pasó sus últimos años hundido en la más atroz miseria. Eso no es exactamente así. Ciertamente el descubridor distaba de llevar una vida principesca, pero no vivía en la pobreza y, por otro lado, mantenía su sitio en la corte.
Cuando Colón llegó ante el rey Fernando, en aquel mayo de 1505, halló a un monarca que lo último que tenía en la cabeza eran los problemas del navegante. Colón pidió una vez más que se le reconocieran los privilegios firmados años atrás en Santa Fe: almirante, virrey, gobernador. Fernando, una vez más, respondió con buenas palabras, evasivas y dilaciones. La corte se trasladó a Salamanca y Colón fue con ella. Después marchó a Valladolid, y Colón, detrás. Ya era abril de 1506 y Fernando el Católico parecía haberse desentendido por completo de la causa colombina.
Los quebrantos del rey Fernando


¿Había caído Colón en desgracia? ¿Tal vez el rey Fernando detestaba al descubridor? Ni una cosa ni otra. Sencillamente, en aquel momento Fernando tenía entre manos asuntos muy distantes del problema americano. En 1502 había estallado de nuevo la guerra entre Francia y España por el control del Reino de Nápoles, la vieja llave del Mediterráneo occidental. Las dos potencias habían llegado dos años atrás a un acuerdo para repartirse el territorio napolitano –el Tratado de Granada–,pero inmediatamente surgieron discrepancias y la guerra se reavivó. Para Francia, controlar Nápoles significaba rodear a España por oriente y cortar de raíz la hegemonía naval hispana en el Mare Nostrum.
Para España, hacerse con la pieza era tanto como frenar en seco las aspiraciones francesas de proyección hacia el sur. Fue una guerra muy intensa, salpicada de choques cruentos por tierra y por mar. Las armas españolas, aun en inferioridad numérica, consiguieron la victoria gracias, entre otras cosas, al talento militar de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Allí comenzó la leyenda de la infantería española.
En febrero de 1504 Francia se avino a firmar un tratado, el de Lyon, que reconocía la soberanía española sobre Nápoles. Pero la enemistad entre las dos potencias estaba lejos de haberse apagado.
Para complicar las cosas, el rey Fernando había entrado en conflicto con su yerno Felipe de Austria, llamado Felipe el Hermoso. Conflicto que, naturalmente, había servido de acelerante para que volvieran a prender las viejas querellas internas de los reinos españoles. Así, mientras que la nobleza castellana encontraba en Felipe una magnífica bandera para oponerse al rey Fernando, que no dejaba de ser un aragonés, las ciudades veían en Fernando a su único valedor frente a la nobleza y, por tanto, frente a Felipe. Ahora bien, esta dimensión nacional sólo era uno de los rostros del problema, y seguramente en el ánimo de Fernando el Católico pesaban mucho más las consecuencias de la ambición de Felipe en el plano exterior.
Felipe había desposado a Juana de Castilla, la heredera de Isabel y Fernando, en 1496. Aquella boda tenía por objeto vincular los intereses de Castilla y Aragón a la Casa de Habsburgo, titular del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero Felipe, el yerno, rápidamente mostró un acusado interés por acercarse a Francia, lo cual despertó mil sospechas en la siempre inquieta mente del rey Fernando: si Felipe y Juana pactaban con Francia, el Reino de Aragón podía quedar despedazado en beneficio de los franceses. Felipe el Hermoso, ladino, había firmado en 1504 un acuerdo secreto con el rey Luis XII de Francia. Por ese acuerdo, Luis respaldaría las ambiciones de Felipe sobre el trono de Castilla –del que el Hermoso sólo era consorte– y Felipe daría a su hijo Carlos en matrimonio a la hija de Luis. La maniobra era una respuesta diplomática de los franceses a sus reveses en Nápoles. Y una excelente maniobra.
Fernando vio venir el peligro de lejos, como de costumbre, y maniobró a su estilo. Promovió otro acuerdo semejante con el rey de Francia y subió la apuesta: él, Fernando, ya viudo, se casaría con una sobrina del rey francés, Germana de Foix, y la descendencia de ambos reinaría sobre Nápoles. Además, Fernando pagaría al rey de Francia una rica dote y liberaría a los cautivos franceses de las guerras napolitanas. Puestos a elegir entre un consorte de Castilla y un rey de Aragón, Luis de Francia escogió lo segundo. Así, Fernando el Católico terminó casado con Germana y, sobre todo, Felipe el Hermoso se vio privado de apoyos extranjeros. Fernando había ganado una vez más. La oportuna muerte de Felipe, apenas un año después de esta carambola diplomática, enderezaría definitivamente la situación.
El síndrome de Reiter


Todos estos eran los asuntos que preocupaban al rey Fernando, y bien puede entenderse que, en medio de tales berenjenales, las reivindicaciones de Cristóbal Colón sobre las lejanas Indias le parecieran un abominable engorro. Es verdad que le devolvió los atrasos que le debía, lo cual alivió la situación personal del descubridor, pero poco más. El almirante tampoco mejoró las cosas cuando, decepcionado por el silencio de Fernando, optó por acercarse a Felipe y Juana, los cual debió de ser visto en la corte del aragonés como una traición; para colmo, a Juana y Felipe, obsesionados como estaban por asentar su poder sobre tierra europea, todo aquello de las Indias les sonaba a libros de caballerías. Las reclamaciones del descubridor, en fin, no hallaron en ninguna parte oídos receptivos. El almirante iba a dejar esta tierra sin que se le hiciera justicia.
El 19 de mayo de 1506, Colón se siente morir. No aguanta más. Llama al escribano de cámara de los Reyes, Pedro de Inoxedo, y le dicta testamento. Designa como legatarios y albaceas de sus últimas voluntades a sus hijos Diego y Fernando, a su hermano Bartolomé Colón y al tesorero de Vizcaya, Juan de Porras. Colón se autotitula como “almirante, virrey y gobernador de las islas y tierra firme de las Indias descubiertas y por descubrir”, es decir, los mismos títulos que se le reconocieron en las capitulaciones de Santa Fe. Y aquel testamento decía así:
“Yo constituí a mi caro hijo don Diego por mi heredero de todos mis bienes e ofiçios que tengo de juro y heredad, de que hize en el mayorazgo, y non aviendo el hijo heredero varón, que herede mi hijo don Fernando por la mesma guisa, e non aviendo el hijo varón heredero, que herede don Bartolomé mi hermano por la misma guisa; e por la misma guisa si no tuviere hijo heredero varón, que herede otro mi hermano; que se entienda ansí de uno a otro el pariente más llegado a mi linia, y esto sea para siempre. E non herede mujer, salvo si non faltase non se fallar hombre; e si esto acaesçiese, sea la muger más allegada a mi linia”.
¿Y qué es lo que había que heredar? Precisamente, el título de virrey de las Indias, una dignidad que, sin embargo, valía de bien poco si no llevaba adjunta la gobernación efectiva del territorio descubierto. Este asunto iba a ser objeto de pleitos sin fin durante muchos años, porque la Corona no estaba dispuesta a conceder a los Colón la titularidad del nuevo mundo; serán los llamados pleitos colombinos. Con todo, hay que decir que la Corona tampoco se mostró hostil a Diego, el heredero: el rey Fernando le facilitó un buen matrimonio con la casa de Alba y, apenas dos años después de la muerte del almirante, le designó gobernador de La Española. Pero ya llegaremos a eso.
El almirante murió un día después de dictar testamento: expiraba el 20 de mayo de 1506. ¿De qué murió exactamente Cristóbal Colón? Durante siglos se pensó que la causa de su muerte, aquella enfermedad que durante años le había torturado, era la gota, pero en fecha reciente se ha descubierto que lo que el almirante padecía era el síndrome de Reiter, es decir, una artritis reactiva que suele venir como consecuencia de infecciones gastrointestinales o genitourinarias. El hallazgo se debe al profesor de la Universidad de Granada Antonio Rodríguez Cuartero.
Los síntomas del síndrome de Reiter, incluida la pérdida de visión por conjuntivitis y los fuertes dolores de articulaciones que le obligaron varias veces a guardar cama, encajan con las dolencias que las crónicas atribuyen al descubridor. Sus últimos años en España debieron de ser un calvario: al dolor de la enfermedad se unía la angustia de sentirse víctima de una injusticia. Fue seguramente un fallo cardiaco lo que terminó llevando a la muerte a un cuerpo que ya no aguantaba más.
Cristóbal Colón fue enterrado con honores de almirante. Su cuerpo fue descarnado –un tratamiento muy extendido en la época, sobre todo en Italia, para conservar el cadáver– e inhumado en el convento de San Francisco de Valladolid, primero, y en la Cartuja de Sevilla después. Mucho más tarde su hijo Diego ordenará que se traslade el cuerpo a Santo Domingo, y de allí pasará, ya en el siglo XVIII, a La Habana. Los restos de Cristóbal Colón terminarán en la catedral de Sevilla en 1898. Un estudio genético realizado en 2006 por la Universidad de Granada confirmó que esos huesos eran, sí, los de Cristóbal Colón, al que los investigadores definían como “varón, de entre 50 y 70 años, sin marcas de patología, sin osteoporosis y con alguna caries; mediterráneo, medianamente robusto y de talla mediana”. Pero los huesos que hay en esa tumba sevillana –un precioso catafalco– apenas llegan al 15%, de manera que se supone que el resto del esqueleto se halla disperso por distintos puntos de América. En el fondo, un digno final para el primer europeo que halló el nuevo continente.
José Javier Esparza

Leyendas y Misterios de Madrid. José María de Mena

Pocas ciudades hay en el mundo tan ricas en historia , en sucesos pintorescos, en leyendas, en episodios -ora románticos ora truculentos-, en tradicones y en costumbres populares que componen todo un tapiz de la más bella literatura oral y escrita, como Madrid, capital de las Españas.

José María de Mena, escritor e historiador que ha vivido intensamente la  vida madrileña y recorrido páginas y lugares no muy conocidos de la biografía de Madrid, nos ofrece en este libro un relato, rigguroso por sus fuentes y ameno por su estilo, en que el curioso lector podrá encontrar cuanto puede interesarle, tanto si ha nacido en la Villa y Corte, como si ha nacido en cualquier otro punto de la geografía española de éste o del otro lado del Atlántico, si desea conocer los entresijos espirituales de tan apasionante ciudad.

José María de Mena resume aquí para el lector cuanto ha recogido en su escudriñar por los más diversos archivos secretos de peronajes como Don Rodrigo Calderón, el Conde de Villamediana, el bandido Luis Candelas, y ocurrencias tan sorprendentes como la del fúnebre reloj del Monasterio de San Plácico, o la del ingeniero que quiso convertir a Madrid en puerto de mar...