viernes, 21 de agosto de 2015

ORATIO DE HOMINIS DIGNITATE. Pico de la Mirandola.



Nec certam sede, nec propiam faciem, nec munus ullun peculiare tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem, quam faciem, quae munera tute opta veros, ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas. Definita ceteris natura intra praescriptas a nobis leges coercetur. Tu, nullis angustiis coercitus, pro tuo arbitrio, in cui us manu te posui, tibi illam praefinies. Médium te mundi posui, ut circumspiceres inde commodius quicquid est in Mundo. Nec te caelestem neque terrenum, neque mortalem neque immortalem fecimus, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute formam effingas.....

Pico de la Mirandola
ORATIO DE HOMINIS DIGNITATE



No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, oh Adan! , con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tu quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mi establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del Mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.....

Pico de la Mirandola
ORATIO DE HOMINIS DIGNITATE

domingo, 16 de agosto de 2015

¿Cómo se fijó el primer sueldo de Franco como jefe de Estado? Pedro Fernández Barbadillo.

En sus memorias, el abogado del Estado José Larraz, que fue ministro de Hacienda (agosto de 1939-mayo de 1941), narra, junto con otros datos interesantísimos como el plan del jefe del Estado para recuperar la economía, que se resumía en gasto público para grandes obras y subsidios financiado con la emisión de dinero por el Banco de España, cómo le puso sueldo a Franco.

Dentro de la ordenación de las finanzas del Estado después de la guerra, se planteó el asunto de la partida presupuestaria correspondiente a la jefatura del Estado. Larraz tenía que llevar una propuesta al Consejo de Ministros del 12 de enero de 1940 para que se discutiese y aprobase. Ahora bien, ¿qué cantidad?


No podía hablar del asunto Franco, que ello era violento; no debía manosearlo con los ministros antes del Consejo, porque hubiera podido ser objeto de cualquier indiscreción o discusión.

Por ello, Larraz consultó con Valentín Galarza, entonces subsecretario de la Presidencia y luego ministro de Gobernación en octubre de 1940. Después de pensarlo unos días (no se sabe si lo consultó con el interesado), le dijo:



Creo que sería una buena fórmula fijar para la jefatura del Estado la misma cantidad global que se fijó para la República, pero, dentro del globo, aumentar la dotación de los servicios y disminuir la remuneración personal de Su Excelencia. ¿Y cuánto al mes?

50.000 pesetas, "la cifra de él mismo", según Galarza.

En conclusión, el Presupuesto para el Jefe del Estado se fijó en 2.200.000 de pesetas, frente a los 2.250.000 que tenía la Presidencia de la República en 1935. Una cantidad menor, pese a la inflación.

El mimetismo con el régimen republicano se dio también en otro departamento. Añade Larraz:


La cantidad para los gastos de oficina, material, indemnizaciones y demás del Consejo de Falange, Junta Política, Instituto de Estudios Políticos y Secretaría General del partido, con cierta repugnancia por mi parte, pero conforme a la Ley de 21 de octubre de 1939. Era la misma cantidad que en el Presupuesto de 1935 se consignaba para las Cortes.

Qué curioso que el régimen del 18 de Julio mantuviese las retribuciones y los presupuestos de los dos principales organismos de la detestada República: la Presidencia y las Cortes.
El plan de Azaña para un 'veraneo real'

Por comparar, expongo el comportamiento de Manuel Azaña en los meses desde su elección inconstitucional como presidente de la República el 11 de mayo de 1936 al estallido de la guerra. En la correspondencia con su cuñado Cipriano Rivas (Retrato de un desconocido), Azaña cuenta que se trasladó a La Quinta del Pardo, a las afueras de Madrid, mientras se hacían obras en unas habitaciones del Palacio Real que ocupó la reina María Cristina.

El republicano en seguida adquirió costumbres de príncipe. En una carta del 5 de junio de 1936, Azaña cuenta que las obras se aplazaban:


Ha surgido la huelga del ramo de la construcción, que según los bien enterados durará tres o cuatro semanas, de modo que será entrado julio, suponiendo que no haya nuevas complicaciones, cuando el Palacio esté habitable.

Mientras las bandas y los pistoleros de izquierdas cortaban carreteras, tiroteaban a derechistas, quemaban iglesias y periódicos, ocupaban cortijos y apaleaban a burgueses, Azaña pensaba en su veraneo. En la misma carta le explicaba a Rivas que el Ayuntamiento de Santander, como había hecho con Alfonso XIII a principios de siglo, le invitaba a instalarse en la ciudad gratis total.


Las gentes de Santander quieren que veranee allí y he recibido a una gran comisión de "fuerzas vivas", que me ofrecían un palacio de nuevo rico. El Ayuntamiento estaba dispuesto a gastarse dos millones en adquirirlo. Les dije que de ninguna manera. (…) Les indiqué cuánto lamentaba que no estuviese libre la Magdalena, y me confesaron que su intención era sacar a la Universidad de donde está, llevársela al Hotel Real, y dejarme a mí aquel sitio. Si lo logran, nos iremos a tan fresco rincón, que es independiente y cómodo. Hasta tanto, continuaremos aquí, y no me pesa. Está magnífico el Pardo.

Franco también escogió el Pardo como su residencia (no La Quinta, sino el Palacio), pero no se trasladó a vivir al Palacio Real, donde sólo solía recibir las cartas credenciales de los embajadores, ni veraneó en Santander.

Para concluir, Juan Carlos de Borbón cobró oficialmente en el último ejercicio presupuestario como jefe del Estado 140.519 euros en concepto de dotación y 152.233 en concepto de gastos de representación; en total, más de 48 millones de pesetas.

libertaddigital.com

domingo, 9 de agosto de 2015

El fin de la Segunda Guerra Mundial.

Tras el ataque a Pearl Harbor, el ejército japonés inició una fulgurante expansión por el área del Pacífico y el sureste asiático que parecía correr paralela a la guerra relámpago alemana en Europa y el norte de África. Durante los primeros seis meses, entre diciembre de 1941 y junio de 1942, todo fueron triunfos; las posiciones europeas en el Asia oriental del continente fueron expugnadas con enorme facilidad, y las islas y atolones del Pacífico conquistados sin apenas esfuerzo. La velocidad y rotundidad con las que los japoneses se impusieron produjo una honda impresión en los vencidos y, sobre todo, en los pueblos dominados por los europeos, que aprendieron la inolvidable lección de que el hombre blanco no era invencible.



La fortaleza japonesa, empero, tenía algo de ficticio, por cuanto ni los norteamericanos ni los británicos y holandeses derrotados disponían de defensas a la altura de la tarea de enfrentar a un ejército moderno. En general, estas apenas estaban concebidas con criterios actualizados, sino más bien con el objetivo de controlar a los pueblos asiáticos sojuzgados (con la notable excepción de Singapur y algunos enclaves en Filipinas). Y los estadounidenses apenas habían comenzado su movilización. Pero, en definitiva, para un Japón que veía en la guerra la respuesta a un bloqueo norteamericano que le condenaba a retroceder a la era pre-industrial, las victorias no resultaban menos enervantes. De hecho, los más avisados de los generales nipones, como Yamamoto, deploraban la guerra –en especial contra los Estados Unidos- pero estaban de acuerdo en que a su patria no le habían dejado otra posibilidad.
Devorados por los tiburones


En el verano de 1945, la época gloriosa de las grandes victorias hacía mucho tiempo que pertenecía al pasado. En junio de 1942 Japón había alcanzado su cénit y a comienzos de 1943 –en Guadalcanal- comenzó a retroceder. A partir de ese momento, un salto de isla en isla había ido acorralando a los japoneses cada vez más hacia su archipiélago. Para junio de 1945 los marines llevaban dos meses peleando en Okinawa –que ya pertenecía al territorio nacional japonés-, en la quizá más terrible batalla que hayan librado nunca.



Mientras tanto, en Los Álamos un comité confidencial decidía los blancos del lanzamiento atómico previsto sobre Japón, calculando cuáles eran los núcleos urbanos más propicios para que el hongo extendiese su manto mortal sobre ellos. Por primera vez se pronunció el nombre de Hiroshima, y Oppenheimer explicó a los presentes lo relativo a la destrucción nuclear, reflexiones que han alimentado desde entonces un debate que no cesa. Lo que condenaría a Hiroshima sería, irónicamente, el que se trataba de una de las ciudades en las que no había campos de prisioneros aliados.

En los medios políticos norteamericanos, la bomba de uranio respondía a una necesidad militar y al propósito de ahorrar vidas propias, pero también tenía el objetivo de mostrar el poderío de los aliados occidentales, particularmente de los estadounidenses, a los soviéticos. No cabe duda de que el ejército soviético, en términos convencionales, era el más potente del mundo, pese a sus gigantescas pérdidas durante la guerra, tanto por el número de hombres como por la cantidad de material blindado y de artillería que poseía. Además, la URSS gozaba de una reputación enorme en Europa occidental y en los Estados Unidos en parte como consecuencia de la propaganda de guerra aliada, y en parte como consecuencia de las terribles bajas sufridas durante la guerra para obtener la victoria sobre Alemania (que hoy se estiman en torno a los 27 millones de muertos). Los aliados occidentales eran superiores a los soviéticos sólo en fuerzas aéreas y navales -muy superiores-, pero no podían compararse en tierra, de modo que la exhibición nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki jugó un innegable papel disuasorio a la hora de moderar las apetencias expansionistas de Stalin.

El 26 de julio, para llevar a efecto el bombardeo nuclear sobre Japón, la US Navy transportó a bordo del crucero Indianapolis la bomba –desmontada- hasta Tinian. Allí esperaban los científicos y los aviadores, que se encargarían de completar el proceso y arrojar la bomba, respectivamente. Tres días más tarde, tras haber entregado el material que había de constituir la bomba, el Indianapolis fue torpedeado por submarinos japoneses, hundiéndose cerca de la isla de Guam; entonces comenzó uno de los episodios más truculentos de la historia de la armada norteamericana, al ahogarse en medio de la oscuridad unos trescientos cincuenta hombres a causa de la explosión y del hundimiento del buque, que los arrastró en su descenso. Otros ochocientos se salvaron provisionalmente de la muerte, aunque medio centenar murió con inmediatez, probablemente a causa de las heridas recibidas durante el ataque enemigo.

Torpedeado sin haber detectado al submarino japonés, el buque no había tenido tiempo de efectuar ninguna llamada de socorro antes de hundirse, de modo que sus camaradas de la armada ignoraban la situación de la nave. Nadie lo echó en falta durante unos días, mientras los supervivientes se afanaban en sobrevivir en medio del océano Pacífico. Pero, entre tanto, los marinos estadounidenses estaban viviendo una horrible pesadilla; cada mañana, manadas de tiburones plagaban las aguas en busca de carne humana que devorar, atraídos por los sangrantes cuerpos mutilados. Privados de toda ayuda bajo el durísimo sol ecuatorial, los hombres se estremecían aterrorizados viendo cómo el círculo de los voraces escualos que les rodeaban se estrechaba hora tras hora. Además, pese a que conocían los efectos de ingerir agua de mar, muchos no resistieron la sed y la bebieron, enloqueciendo. Así pasaron casi cinco días, durante los que murieron casi quinientos marinos, la mayoría devorados por los tiburones; cuando fueron avistados por los aparatos de la USAAF, el 2 de agosto, apenas sobrevivían trescientos dieciocho hombres. El total de muertos ascendió casi a novecientos.
La guerra ruso japonesa

La muerte de Roosevelt en abril de 1945 había dado paso a la presidencia de Truman quien, a diferencia de su predecesor, pretendía hacer frente a los soviéticos, frustrando las expectativas de Moscú de que las tropas norteamericanas fuesen evacuadas de Europa tal y como Roosevelt había prometido en Yalta para cuando terminara la guerra contra Alemania. Al mismo tiempo, el finado presidente norteamericano había comprometido a los soviéticos para que declarasen la guerra a Tokio al cumplirse tres meses del final de la guerra en Europa, pese a que los japoneses habían permanecido en una neutralidad exquisita durante los últimos seis años, neutralidad que había permitido la supervivencia del estado comunista: si Japón hubiese coordinado con el III Reich un ataque contra la URSS en el verano u otoño de 1941, mientras la Wehrmacht infligía unas terribles derrotas a los ejércitos de Stalin, el destino de la Unión Soviética habría sido sellado sin la menor duda. Pero, por una variada serie de causas, Japón se mantuvo neutral en todo momento, lo que salvó a la URSS de la desaparición. Naturalmente, Moscú jamás mostraría el menor agradecimiento por este hecho.

Tras la batalla de Okinawa resultaba evidente tanto para Washington como para Tokio que el siguiente objetivo eran las islas principales de Japón, Honsu y Hokkaido. Privados de una flota digna de ser tenida en cuenta desde la catástrofe de Leyte el octubre anterior, y con un poderío aeronáutico que era una sombra de lo que había sido, la última gran reserva militar de Japón era el llamado ejército Kwantung, estacionado en la más antigua posesión colonial japonesa, China.

Desde hacía años esta fuerza se hallaba acuartelada frente al ejército de Stalin en la frontera chino-soviética del Amur y Mongolia. Se produjeron choques muy sangrientos que degeneraron en batallas como la de Khalkin Gol en agosto de 1939, donde un joven general llamado Gueorgui Zhukov propinó una contundente paliza a los japoneses. Estos, escarmentados ante las potentes y modernizadas fuerzas soviéticas, no olvidarían la clase de enemigo que era. Japón, que en esos años dudaba acerca de la expansión hacia el este (Pacífico) o el oeste (Siberia), tomó buena nota de los problemas que acarreaba enfrentarse a los soviéticos, así que se abstuvieron -aunque no sólo por ese motivo- de participar de la invasión alemana de 1941.

Los japoneses podían recordar la escena que un Stalin embriagado protagonizó en la estación de ferrocarril de Moscú cuando, en la primavera de 1941, se despidió de Matsuoka –diplomático japonés- abrazándole efusivamente y haciéndole prometer que siempre serían amigos, pasase lo que pasase. Además, en abril de 1945 Molotov había asegurado al embajador japonés en Moscú que el Pacto de Neutralidad entre ambos estados se mantendría hasta abril de 1946. Pero todo eso, el 9 de agosto de 1945 carecía de importancia, por cuanto se cumplían tres meses exactos del fin de la guerra en Europa. Stalin ya no buscaba la amistad japonesa. El implacable estadista que consideraba el poder del papa en función de las divisiones de las que disponía, podía ignorar que la abstención japonesa en los años anteriores había salvado al poder soviético. Lo esencial, ahora, era obtener la mayor cantidad de territorio posible.

En ese mismo momento, Japón estaba considerando la rendición tras el lanzamiento de las dos bombas sobre su territorio, y Moscú lo sabía. Pese a que el gobierno estaba dividido, el emperador decidió poner término a la guerra, a la que ya no veía sentido, el 10 de agosto. Las bombas atómicas habían noqueado a Japón de un modo brutal, pero la URSS lo aprovecharía para caer sobre los últimos restos de las tropas niponas en el Manchukuo.

Las noticias que de allí llegaban a Tokio no podían ser peores. La madrugada del día anterior, en medio de una espectacular tormenta con gran aparato eléctrico, más un millón y medio de soldados soviéticos se había lanzado a lo largo de un frente de unos cuatro mil quinientos kilómetros contra el ejército Kwantung, muy disminuido con respecto a sus efectivos iniciales. La penetración fue tan profunda que el primer día los blindados soviéticos recorrieron hasta 150 kms. Además, los japoneses, pese a que tenían evidencia del masivo transporte de tropas soviéticas desde Europa hasta el extremo oriente, se habían negado a evacuar a la población japonesa que habitaban esa región por considerarlo un acto de derrotismo. Las consecuencias para estos, caídos en manos soviéticas, serías terribles. Mientras, la operación de ataque se completaba con el desembarco en la isla de Sajalín el 14 de agosto y las islas Kuriles.

Pero los soviéticos no sólo aprovecharían las circunstancias para asentarse en la región extremo oriental asiática, sino que, por irónico que resulte, esa operación la financiarían los Estados Unidos. Stalin había negociado el que los norteamericanos aprovisionasen a sus tropas ya que estas iban a ahorrarles vidas; de modo que Washington ordenó el transporte en buques de ochocientas mil toneladas de provisiones más otras doscientas mil de gasolina, además de quinientos carros de combate Sherman que sumar al gigantesco despliegue de más de cinco mil blindados propios. Es cierto que cuando se acordó la entrada de la URSS en la guerra contra Japón se consideró que esta podía ser de gran ayuda, pues no se tuvo en cuenta la posibilidad de un derrumbe como el que estaba aconteciendo; pero en esos momentos, la participación soviética no acortaba un solo día el conflicto, mientras permitía a Moscú implantar su influencia –que resultaría decisiva para la conversión de China en una potencia comunista- en esa región del globo.

El que los soviéticos no ignorasen el estado terminal en el que se encontraban las fuerzas japonesas y el subsecuente deseo de Tokio de poner fin a la guerra, constituía una excelente razón para ocupar el mayor territorio posible. Pero las unidades kamikazes del ejército japonés, con su fanatismo extremo, retrasaban lastimosamente la victoria; pese a la enorme diferencia entre uno y otro ejército, los atacantes pronto aprendieron que a los japoneses había que matarlos dos veces.

Además, no podía decirse que los soviéticos prodigasen los cuidados a sus hombres; muchos de ellos llevaban varios días sin dormir y, particularmente los que estaban destinados desde hacía años en las unidades del ejército rojo estacionadas en el extremo oriente, padecían de una malnutrición alarmante. Cuando los soldados del Frente Transbaikal pusieron en marcha los carros de combate en dirección a las líneas japonesas, hacía días que padecían deshidratación y chorreaban sangre de la nariz. El polvo levantado por los motores de los blindados y el calor que rozaba los cuarenta grados formaban espejismos de agua dulce en los que aquellos hombres trataban de calmar una sed que les torturaba. Desmoralizados, concluyeron que había que terminar con aquella guerra; nadie ignoraba que se trataba de la última operación de la IIGM, y la mayoría, sobre todo los veteranos, maldecían estar allí.

La breve campaña apenas duró una semana. La resistencia japonesa fue quebrada con los más expeditivos métodos, tal y como dejaron claro los soviéticos el 12 de agosto al tomar la fortaleza Hutou después de haber quemado vivos y asfixiados a sus defensores lanzando gasolina por los conductos de la ventilación. Tras haberse masacrado a placer a los kamikazes de la infantería japonesa lanzados contra ellos en Hualin, los T-34 se dirigieron contra el tren que transportaba refuerzos japoneses y dispararon contra los vagones, matando a todos los soldados –unos novecientos- antes de que ni uno solo pusiese el pie en tierra. Durante las siguientes fechas este fue el tono de la campaña; aplastantes victorias sobre un enemigo inferior y desesperado. A primera hora del 15 de agosto los atacantes habían penetrado más de cuatrocientos kilómetros tras las líneas japonesas, con lo que la campaña estaba liquidada.
El trágico final

El día anterior, 14 de agosto, la radiodifusión japonesa anunció que pronto se retransmitiría una proclama imperial en la que “se aceptará la decisión de Potsdam”, que produjo una inmensa impresión en los oyentes, pues no tenían idea de la extrema gravedad de la situación. Sabedores de que la alocución imperial ya había sido grabada por Hiro-Hito, los militares de la guarnición de Tokio -que se negaban a admitir la derrota- no dudaron en asaltar el palacio imperial para hacerse con dicha cinta e impedir su difusión; unos mil soldados penetraron en las instalaciones, para lo que hubieron de enfrentarse con los miembros de la guardia imperial. El comandante del cuerpo murió en el enfrentamiento, pero lograron rechazar a los asaltantes; de todos modos, la grabación no se encontraba allí.

Aquella noche, el general Anami, ministro de la guerra, se suicidó. No podía admitir la derrota de Japón, que veía como un deshonor sin precedentes, pero tampoco desobedecer al emperador. Anami fue solo el primero de una larga de serie de militares japoneses que cometieron suicidio para no ser testigos de la deshonra de su patria.

Onishi, creador de los kamikazes, se suicidó al día siguiente, para “honrar a mi pueblo y a mi emperador”; y, tras él, los generales Sugiyama, Tanaka Siichi y Honjo Shigeru. Unos meses más tarde, se suicidará también el príncipe Konoye. Además, numerosos miembros de asociaciones patrióticas se practicaron el seppuku en masa, como los doce de la Meiró Kai o los veinticuatro de Daitó Juku, en un corolario lógico del sentido del honor que había impulsado a tantos antes que a ellos en el camino del sacrificio máximo por la patria.

Al día siguiente, a las 12 de la mañana, Radio Tokio emitió el himno nacional tras pedir a los oyentes que se pusieran en pie para escucharlo. Por más que el anuncio fuese esperado, cuando se comunicó que Japón se había rendido una inmensa alegría sacudió a los prisioneros aliados en manos de los nipones y conmovió a los millones de combatientes norteamericanos que sabían, ahora sí, que sobrevivirían a la guerra. En todo el mundo, muchos millones de civiles respiraron aliviados: se ponía fin al conflicto más cruel, duro e inhumano que había vivido la humanidad.

Pero, inadvertidamente, y apenas cuatro días más tarde, cierto nacionalista y comunista llamado Ho-Chi-Mihn tomaba el poder en el norte de Indochina, mientras un grupo de franceses saltaba en paracaídas algunos cientos de kilómetros al sur; y en China, un grupo de combate comunista asesinaba a cuatro miembros de las fuerzas especiales estadounidenses comandadas por el capitán John Birch.

A pesar de su derrota, los japoneses habían dejado una herencia imborrable en el Asia amarilla: la conciencia de que el hombre blanco no era invencible.

Fernando Paz. 

Gaceta.es.

sábado, 25 de julio de 2015

Aniversario de la caída del fascismo italiano



En medio del delirio de la fiel parroquia fascista, el 10 de junio de 1940, Benito Mussolini se asomó al balcón del Palazzo Venezia paraproclamar la entrada de Italia en la guerra:

-“Ha sonado la hora de las decisiones irrevocables” –declamó con aquella voz poderosa y familiar que se abrió paso entre el clamor fervoroso de los cientos de miles que se agolpaban para escucharle; “la declaración de guerra ya ha sido entregada a los embajadores…”

No pudo seguir. El entusiasmo se desbordó, como si una corriente eléctrica sacudiera la plaza entera de un extremo al otro; la declaración de guerra había sido entregada. Naturalmente, era ocioso precisar a quién, pero Mussolini quiso concluir su alocución de modo protocolario:

“…a los embajadores de Gran Bretaña y de Francia.”

El incontenible oleaje de vítores, imposible de serenar, se confundió con los arrebatados abucheos que surgieron de la multitud al conjuro del nombre del doble enemigo. La enardecida muchedumbre prorrumpió en los gritos de “¡Duce, Duce!” antes de desbordarse por las calles de Roma celebrando el acontecimiento.

Ni en Italia, ni fuera de ella, apenas se tenían dudas de que Mussolini apostaba a caballo ganador: el mundo jamás había contemplado nada semejante al vertiginoso poder con el que Alemania estaba aplastando a todos sus enemigos. El conflicto parecía tan decantado que Roosevelt se apresuró a calificar despectivamente de “puñalada trapera” la decisión del Duce.

Francia firmaría la paz doce días más tarde y al Reino Unido no le quedaría más que buscar un acuerdo con el Reich en una humillante posición de inferioridad. En aquella soleada mañana de finales de primavera, los italianos parecían tener todas las razones para sonreír al futuro.
Tres años más tarde

Pero después de tres años de guerra, el triunfal paseo que Mussolini y su pueblo habían soñado se había transformado en una negra pesadilla. Italia, mal preparada para una guerra que finalmente se había complicado de forma inimaginable, había fracasado en todos sus empeños. Y no sólo eso: se había convertido en un peso muerto para su aliado alemán, abriéndole frentes en latitudes donde este nunca hubiera sospechado tener que combatir. Su torpe intento de desarrollar una guerra paralela a la de Hitler, alcanzó una formidable muestra de impotencia: ni siquiera fue capaz de asegurar los suministros básicos entre la propia Italia y la Cirenaica para que el Afrika Korps, enviado a Libia para defender las colonias italianas, sobreviviese en los desiertos que se extienden de Túnez a Egipto.

Consecuencia de tanta ineptitud, en mayo de 1943 las fuerzas del Eje habían sido derrotadas y atrapadas en el norte de Africa, y el 10 de julio los Aliados desembarcaron en Sicilia. Aunque los alemanes hicieron pagar un alto tributo a los anglo-norteamericanos por la conquista de la isla -la evacuación de Sicilia, en términos militares, casi fue un éxito para la Wehrmacht- la pérdida de parte del territorio nacional se convirtió en algo difícil de digerir para el régimen fascista.

Subordinado a las directrices bélicas que el mando alemán imponía,el 19 de julio de 1943 Mussolini se encontraba en Feltre reunido de urgencia con Hitler. El Führer le estaba recriminando la conducción de la guerra cuando llegaron las noticias del primer bombardeo serio que los Aliados efectuaban sobre Roma. Un tanto apresuradamente, Mussolini hubo de regresar a la capital.

En Roma, algo –mucho- se estaba moviendo. El ambiente se había enrarecido tras los recientes desastres militares y los bombardeos, yel propio Mussolini había convocado al Gran Consejo Fascista para la tarde del 24 de julio. El Gran Consejo no tenía otro valor que el consultivo, pero servía para pulsar cuál era el estado de la opinión dentro del régimen. En aquellos días, la situación era tan convulsa que la esposa del Duce aconsejó a este: “Arréstalos a todos antes de la reunión”. Su marido, sin embargo, no quiso hacerle caso pues creía poder dominar a los consejeros –por él nombrados- sin dificultad.

El Duce comenzó hablando durante dos horas aunque, lejos de su tono recio y confiado de costumbre, lo hizo de modo monocorde. Sabedor de que el tema principal a tratar era la conducción de la guerra, intentó mostrarse como víctima del estado de cosas imperante y culpó al mariscal Badoglio del calamitoso estado del ejército, lo que tampoco distaba tanto de ser cierto. Pero había una conspiración en marcha, y esta no se iba a detener.

Lo que los conspiradores pretendían era apartar a Mussolini del poder para salvar lo que se pudiera. El jefe entre ellos era Dino Grandi, elocuentemente secundado por Ciano, yerno del propio Mussolini. Grandi proponía que el Duce devolviese sus poderes al rey para facilitar las maniobras de la corona fin de sacar a Italia de la crisis en la que estaba inmersa. La propuesta estaba teñida de un patriotismo difícil de rechazar, pero suponía una enorme deslealtad para con el Duce. Por eso, otros –como Farinacci- trataron de que solo devolviese el poder militar, reteniendo el político. La votación, que tuvo lugar a las dos de la madrugada del 25 de julio, arrojó un desolador resultado para Mussolini, que fue derrotado por 19 a 8. “Habéis provocado la crisis del régimen” se despidió el Duce, rechazando el algo incongruente saludo brazo en alto que le dispensaban los miembros del Gran Consejo Fascista.
La entrevista con el Rey

A continuación se encerró con sus fieles en un despacho, mientras era sometido a presiones para que ordenase detener a los traidores, a lo que se negó. Grandi, entre tanto, sabedor de que el Duce no tenía por qué sentirse vinculado a la resolución adoptada y podía, en efecto, ordenar el arresto de todos ellos, decidió jugar su única baza:poner en conocimiento del rey lo que había sucedido.

Cuando al día siguiente –sin haber dormido- Mussolini se dirigió a su despacho, le llegó una citación del monarca mientras despachaba con el embajador japonés. Al enterarse de que la entrevista estaba concertada para las 5 de la tarde, no pudo evitar comentar ante su secretario:

-Las diecisiete…vaya, un número de mala suerte…

Su mujer, doña Rachele, implacablemente realista, le rogó que no acudiera:

-No vayas, Benito, no se puede confiar en ese hombre.

Pero la debilidad y el cansancio, sumados a los años de derrota, sin duda contribuían a nublar su juicio. De camino a casa había atravesado el Tiburtino, popular barrio romano del centro de la capital arrasado por las bombas en el último ataque aéreo, en dondehabía arrancado los aplausos de la población. También aquello le había estimulado fuertemente, sabiéndose aún popular.

Al llegar a Villa Saboya, apenas tuvo que esperar. El pequeño monarca –medía 1,53 mts.- quiso abordar sin más dilación el asunto por el que había convocado el encuentro. Aunque Mussolini trató de minimizar la trascendencia de lo acaecido en el Gran Consejo, el rey le cortó en seco, subrayando la situación ruinosa en todos los órdenes por la que atravesaba Italia.

-En este momento es usted –dijo a quien había nombrado primer ministro veintiún años atrás- el hombre más odiado de Italia. Yo soy su único amigo; me encargaré de que le protejan.

Aún tuvo Víctor Manuel el coraje de fingir que dos oficiales de carabineros, que realmente le detenían, estaban allí para escoltarle. El Duce fue introducido en una ambulancia de la Cruz Roja y desapareció de la vista del público. Había sido secuestrado por el monarca en un intento desesperado –e inútil- de salvar la dinastía.
Cambio de guardia

A continuación, el rey nombró jefe del gobierno al mariscal Pietro Badoglio. Durante los primeros días, todo el empeño del nuevo gobierno fue el de convencer a los alemanes de que la alianza con ellos seguía en pie, aunque el fascismo hubiera dejado la escena. Pero Hitler no se tragó el anzuelo.

Desde antes de que cayese Mussolini, algunos militares italianos venían manteniendo contactos con los Aliados en Lisboa. Pese a las protestas de lealtad para con el Reich, Badoglio había comisionado al general Castellano para que estableciese contacto con el general británico Alexander a fin de concretar el cambio de bando. Los últimos días de agosto de 1943 el acuerdo estaba lo suficientemente maduro para acordar la fecha del 3 de septiembre como la del armisticio, que fue firmado en secreto. Ese mismo día, los Aliados desembarcaban en Salerno, al sur de Nápoles.

El anuncio de que Italia se retiraba de la guerra lo anunció la radiodifusión norteamericana, posiblemente por error, el día 8, lo que precipitó la reacción alemana. El gobierno italiano hubo de retirarse aceleradamente al sur de la península italiana para ponerse a salvo, junto con la familia real. La retirada de tan regia comitiva tuvo poco de gloriosa, con un Badoglio vestido de civil y tartamudeando, tal era la forma en que somatizaba la perspectiva de ser apresado por los alemanes. Pero ni quien fuera hecho mariscal por el fascismo, ni quien hiciera primer ministro a Mussolini tendrían un futuro en la Italia de posguerra. Víctor Manuel III ni siquiera fue capaz de legar la corona a su hijo Humberto.

Lo acaecido durante el tiempo que media entre la jornada del 25 de julio y el anuncio del armisticio del 8 de septiembre es conocido como la etapa de “los 45 días”. Muy pocos, si es que alguien, han reivindicado en Italia el episodio.
La guerra fue la tumba del fascismo

La caída de Mussolini está indudablemente ligada al mal cálculo que le llevó a entrar en la guerra.

Para llegar al poder, Mussolini aceptó pactar con las elites y con el ejército y la monarquía, a quienes jamás cuestionó ni lesionó en sus intereses. La revolución fascista quedó lejos de la radicalidad que imprimiría Hitler a la suya, quien sólo pactó como mecanismo para alcanzar el poder, sustituyendo a sus socios con más o menos premura, y constituyendo organismos paralelos que iban suplantando a las tradicionales instituciones del estado. Mussolini nunca quiso recorrer ese camino, y sin duda eso facilitó su pérdida del poder.

Sin la guerra, el fascismo probablemente se hubiera prolongado mucho más en el tiempo. El propio Mussolini lamentó pronto la decisión tomada en junio de 1940, como admitió ante Franco cuando se entrevistaron apenas ocho meses más tarde en Bordighera y este le preguntó si no abandonaría la guerra de poder hacerlo en ese mismo momento.

Mussolini, algo sorprendido, contestó: “¡Ciertamente, ciertamente!“ Pero ya era demasiado tarde.

Fernando Paz.

Gaceta.es

El poeta de la jaula.

Ezra Pound no mató a nadie. Se limitó a revolucionar la poesía moderna en un siglo atravesado por la barbarie de la guerra industrial. Su pecado fue político, que le dio por admirar a Mussolini.



Mucho se abusa del adjetivo maldito referido a los artistas, sólo para decir que alguno estuvo un par de noches en una comisaría, que otro bebía como un cosaco y la gente se apartaba de él para esquivar el vómito, o que uno más sufrió mucho porque le negaron el carnet comunista a causa de sus preferencias sexuales.

Pero estar maldito debiera significar otra cosa, por ejemplo que te encierren como a una alimaña en una jaula de madera, a la intemperie, que por la noche te enfoquen luces potentísimas que destierran el sueño, y que te paseen luego un centenar de kilómetros, expuesto a la cobardía atroz de las masas, igual que enjaularon y pasearon a nuestro señor Don Quijote. Todo esto se lo hicieron a Ezra Pound. Y mucho más, que luego de aquello le confinaron en un manicomio durante trece años, alguno de ellos encerrado en una celda sin luz natural, y ofreciéndole como única alternativa el patíbulo.

Ezra Pound no mató a nadie. Se limitó a revolucionar la poesía moderna en un siglo atravesado por la barbarie de la guerra industrial, y se puede decir -como de muy pocos- que hay que diferenciar entre la poesía de antes y la de después de él. Su pecado fue político, que le dio por admirar a Mussolini -como Gandhi, como Churchill-, pero no supo rectificar al tiempo que los otros, e incluso siguió al Duce hasta la efímera República de Saló. Durante la guerra hablaba por la radio de Roma, y le echaba la culpa de la masacre a lo que él llamaba la usurocracia, el gobierno totalitario de los prestamistas: “Usura mata al niño en el útero, con usura no hay paraíso pintado para el hombre en el muro de su iglesia”. Y también culpaba a los intereses del dinero de descarriar a los artistas, que no podían rendir al máximo por seguir buscando el éxito comercial. Por eso hasta trató de fundar una sociedad que ayudase a los creadores sin recursos, y él mismo era conocido por conseguir mecenas y ayudas al que de verdad lo necesitaba. Muchísimo le deben James Joyce, y T.S. Eliot, y Yeats. Gracias a él se conocieron poetas como Frost o D.H. Laurence, y Hemingway describió así su labor de oenegé literaria: “Los defiende cuando los atacan, les mete en las revistas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Les vende sus cuadros. Les arregla conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta mujeres ricas. Les busca editores a sus libros. Pasa toda la noche con ellos cuando dicen que se están muriendo y asiste a sus testamentos. Les paga por adelantado el hospital y los disuade del suicidio. Y, al fin, muy pocos se han abstenido de enterrarle el cuchillo en la primera ocasión”. Qué creíble resulta todo esto a poco que uno trate algo a poetas, periodistas y demás ralea.

De nada le sirvió su descomunal genio poético, que casi nadie -en cualquier orilla ideológica- es capaz de negar. Todo estaba maldito porque quiso ver en el fascismo una fórmula regeneradora de un tiempo que él creía absolutamente corrompido- “yo simplemente quiero una nueva civilización”-, por esas alocuciones radiofónicas que siempre comenzaban de la misma manera. “Esta es la voz de Europa. Habla Ezra Pound.”

Y es cierto que Europa se quedó un poco más muda cuando le encerraron. En los años de su cautiverio su obra siguió recibiendo premios, y se sucedían las peticiones de indulto, suscritas desde Giovani Papini a TS Eliot, pasando por la revista Esquire o por Radio Vaticano. Intelectuales de todo el mundo entendían que era una infamia mantener preso un talento tan excepcional, y al fin Robert Frost, en nombre de escritores ingleses y norteamericanos, consiguió la revisión del proceso. Pound recobra entonces la libertad y vuelve a la Europa enmudecida. Él también está cambiado: “He llegado tarde a la incertidumbre total, y he llegado por el sufrimiento”

Con ochenta y siete años muere en Venezia -no podía irse en otro sitio- después de pronunciar su breve despedida: “Acabó la comedia, los aplausos durarán siglos y yo los escucharé desde la casa del Eterno”

Nació en Idaho (EEUU) en 1885. Poeta, crítico y ensayista, tuvo que abandonar su cátedra en la universidad americana por ser “demasiado bohemio”. Recorrió Europa en distintos viajes, vivió en Londres y Paris y acabó en Roma, identificándose con el régimen fascista, lo que le valió ser acusado de traición al terminar la guerra mundial. Su obra cumbre, los “Cantos”, que tardó décadas en terminar, está considerada como una de las más importantes de la poesía occidental. En ella se presenta una visión global de la historia del hombre y del espíritu de un tiempo, quizá comparable a la Divina Comedia de Dante

Kiko Méndez-Monasterio

domingo, 5 de julio de 2015

Hombres buenos. Arturo Pérez-Reverte.

Arturo Pérez Reverte necesita pocas presentaciones, ya que es tremendamente conocido. Su última novela está realmente bien, muy bien escrita, ambientada y los personajes muy bien tratados y traídos a lo largo de la novela.

La novela trata sobre el viaje de dos miembros de la Real Academia Española en el  París prerevolucionario para conseguir los 28 volúmenes de la Enciclopedia de D´Alembert y Diderot. Pérez Reverte ha realizado un trabajo exhaustivo de documentación y la descripción del viaje hasta París está contado con todo lujo de detalles, así como el París de la época antes de su reforma, lo que obviamente complica la documentación y la localización de determinados escenarios, pero Pérez Reverte consigue superar esos problemas y realiza una obra maestra.

Tiene detalles, para mí, de gran calidad, como la recreación de Carlos III y Benjamín Franklin, breves apariciones, pero muy bien traídas. Otro de los detalles es la alternancia entre conversaciones de alto nivel, con la recreación de los bajos fondos o el París pobre. La figura del abate Bringas es simplemente magistral, que manifestación de odio tan natural. El conde Aranda, su pertenencia masónica, lo bien traído que está en su conversación con el almirante don Pedro Zárate, uno de los dos académicos, el otro el bibliotecario don Hermógenes Molina, que fueron a París en busca de la Enciclopedia.

Quitando el argumento ideológico, es una grandísima novela, altamente recomendable para disfrutar, aprender y amar los libros.