sábado, 12 de marzo de 2016

Batallas cruciales de la Segunda Guerra Mundial. Siegfried Westphal.

Batallas Cruciales de la Segunda Guerra Mundial es el estudio y la historia de seis batallas decisivas de una nación que llegó en pocos años a las más altas cumbres de las victorias militares oara caer luego en la mayor derrota de la historia, escrito por los generales que estuvieron directamente relacionados con el planteamiento de esas grandes operaciones.

La Batalla de Inglaterra por el General del Ejército del Aire Werner Kreipe, uno de los principales oficiales tácticos del Estado Mayor del Aire Alemán.

La Batalla de Moscú por el General Günther Blumentritt, Jefe de Estado Mayor del Mariscal de Campo von Rundstedt, Comandante en Jefe del Grupo Sur del Ejército alemán en Rusia.

La Batalla del Alamein por el Teniente General Fritz Bayerlein; una gráfica descripción del que participó en la misma como Jefe de Estado Mayor del Mariscal de Campo Rommel.

La Batalla de Normandía por el el Teniente General Bodo Zimmerman, que a la sazó era el principal oficial de las operaciones en el frente occidental.

La Batalla de Stalingrado por el Coronel General Kurt Zeitzler, Jefe del Estado Mayor alemán desde septiembre de 1942 a julio de 1944.

La Batalla de las Ardenas por el General von Manteuffel, Comandante del 5º Ejército Panzer.

El Teniente General Siegfried Westphal, Jefe de Estado Mayor del Comandante en Jefe del Frente occidental, ha escrito un comentario que relaciona las varias fases y define el panorama de cada batalla.


sábado, 5 de marzo de 2016

Historias de las reinas de España: la Casa de Borbón. Carlos Fisas.

María Gabriela de Saboya: amada por su loco esposo. Isabel de Farnesio: ambiciosa y de mal genio. Luisa Isabel de Orleans: alocada, maleducada y efímera reina. Bárbara de Braganza: obesa, fea y melancólica. María Amalia de Sajonia: la buena esposa de un buen rey. María Luisa de Parma: ¿amante de Godoy? Princesa María Antonia de Nápoles: odiada por su suegra, no llegó a reinar. Isabel de Braganza: fea, pobre y portuguesa, ¡chúpate esa! María Josefa Amalia de Sajonia: el Papa la tuvo que convencer de que hacer el amor con su marido no era pecado. María Cristina de Borbón; viuda de un rey y esposa de un guardia. Isabel II: buena, simpática, sensual, popular… y destronada. María Victoria del Pozzo de la Cisterna: democrática, buena y fugaz reina. Mercedes de Orleans: o ¿dónde vas Alfonso XII? María Cristina de Habsburgo Lorena: la discreta regente. Victoria Eugenia de Battenberg: la reina de la hemofilia. Sofía de Grecia: culta, simpática y popular.

Historias de las reina de España: la Casa de Austria. Carlos Fisas.

Una semblanza de las grandes desconocidas de nuestra historia, las mujeres que compartieron el trono de España.

Juana la Loca: la reina que enloqueció de celos. Isabel de Portugal: la mas bella de las reinas. María de Portugal: la princesa que no llegó a reinar. María Tudor: o cómo Inglaterra y España hubieran podido llegar a ser un solo Estado. Isabel de Valois: ¿estuvo el príncipe don Carlos enamorado de su madrastra? Ana de Austria: modesta y virtuosa. Margarita de Austria: o la casualidad como razón para un matrimonio. Isabel de Borbón: madre de un capador de gatos y supuesta musa del conde de Villamediana. Mariana de Austria: más matrimonios consanguíneos o la decadencia de una familia. María Luisa de Orleans: la fea esposa de un rey degenerado: Mariana de Neoburgo: la ambición. 

Más el protocolo de las comidas de palacio y numerosas curiosidades de la época.

Un samurái de Occidente.



ALAIN DE BENOIST


No podemos abordar Un samurái de Occidente como se abordan otros libros. Cuando se lee esta frase: «Sólo la muerte súbita carece de sentido. Buscada, tiene el sentido que se la da, incluso cuando carece de utilidad práctica», o también: «Es aquí y ahora donde se juega nuestro destino. Y este último segundo tiene tanta importancia como el resto de una vida. Es por ello que hace falta ser uno mismo hasta ese último instante, sobre todo en el último instante. Es decidiendo uno mismo, queriendo verdaderamente su destino, como se vence a la nada». Leyendo esto, es difícil que no te tiemblen las manos.

La nobleza del alma

Dominique Venner acabó de escribir este libro “el solsticio de invierno” de 2012. Sabía en aquel momento, y desde hacía tiempo, que se daría muerte. Se mató en París el 21 de mayo de 2013, sabemos dónde y de qué manera. Su último libro, aparecido algunas semanas más tarde es, así pues, un testamento. Esa muerte voluntaria, de la que François Bousquet pudo escribir, “largamente meditada, minuciosamente preparada y serenamente realizada”; “lleva en sí la nobleza espiritual que acompaña acompañó todas las etapas de su vida”, es la misma, evidentemente, que ilumina y da sentido a todo su libro.

Un libro que señala la aurora

Un samurái de Occidente es un libro simple, en el mejor sentido de ese término, un libro que muestra una “línea clara”, que podría también llamarse auroral, porque hace aparecer verdades. La verdad, a fin de cuentas, siempre es muy sencilla. Las complicaciones no comienzan sino cuando es necesario argumentar. Dominique Venner no era un intelectual, ni hablando correctamente, un teórico (a su vez por buenas y malas razones, no tenía una gran simpatía hacia los intelectuales). No por ello su ensayo deja de ir al fondo de las cosas – la misma cosa, es decir, a lo esencial. Comprendemos por qué, cuando leemos, en la pluma de este admirador incondicional de los poemas homéricos, acerca de “esos poemas sagrados que nos cuentan lo que éramos en nuestra aurora, parecidos a nadie más”, que “Homero muestra pero no explica, no conceptualiza”. Tal es la vía tomada por Venner. Para exponer y hacer comprender su concepto del mundo, lo muestra también él. Conduce la mirada, y a través de ésta al espíritu, hacia aquello que muestra la verdad de la historia, el hombre y el mundo.

La relación con la naturaleza y los modelos éticos
La obra, acabamos de decirlo, quiere ser la exposición de un concepto del mundo. Un concepto estructurado.

Venner dice que “el primer principio del estoicismo es la coherencia” (siendo el segundo “la indiferencia a las cosas indiferentes”). Su visión del mundo también es perfectamente coherente. Privilegia también dos ejes: la relación con la naturaleza y los modelos éticos que permiten al hombre dar lo mejor de sí mismo.

Lo esencial del libro, que recupera los temas de muchos textos publicados estos últimos años, reuniéndolos de tal manera que logran precisamente aparentar coherencia, está consagrado a esos dos temas.

Y ante todo a la belleza de la Naturaleza, esa Naturaleza de la que Heráclito decía que “le gusta esconderse”, que fue por largo tiempo desacralizada y constituye, sin embargo, siempre un recurso. «Rompiendo absolutamente con la sabiduría antigua, escribe Venner, la razón de los modernos, cristianos o ateos, ha buscado acabar con el encanto de la Naturaleza tanto como con la percepción de los límites necesarios y con el sentimiento trágico de la vida cultivado desde Homero». Explica cómo regresar al mismo de una manera que no deja de evocar el “recurso al bosque” de que hablaba Jünger en su Tratado del rebelde.

¿Compostura? «Significa ser uno mismo su propia norma por fidelidad a una norma superior. Mantenerse firme frente a la nada. Vigilar el no curarse nunca uno de su juventud. Preferir echarse el mundo a la espalda a tirarse al suelo». Venner revisa algunos de los “maestros de la compostura” que le son familiares: los héroes homéricos, a lo que consagra algunas de sus mejores páginas, los antiguos romanos, cuya vida se organiza en torno a la gravitas, la virtus y la dignitas, los estoicos que “hicieron del suicidio el acto filosófico por excelencia, un privilegio negado a los dioses”, finalmente, los samuráis.

La portada del libro reproduce el célebre grabado de Durero, El Caballero, la Muerte y el Diablo (1513). «El solitario caballero de Durero, la sonrisa irónica en los labios, continua cabalgando, indiferente y calmado. Al Diablo no le concede ni una mirada». Dominique Venner se sentía, evidentemente, hermano de aquel gran insumiso que ha cruzado el tiempo y aún nos habla. Sin embargo, él, que pensaba que las grandes civilizaciones constituyen “planetas diferentes”, no duda en presentarse también como un “samurái de Occidente”, un adepto a los principios del Bushido. Uno de los capítulos del libro propone por lo demás un “desvío por el Japón, ejemplo de alteridad total respecto a Europa”.

“Existir es combatir aquello que me niega”

«Existir es combatir aquello que me niega», dice también Dominique Venner. De la invasión programada de nuestras ciudades a la negación voluntaria de la memoria europea, a lo largo de las páginas, no cesa efectivamente de rebelarse contra aquello que le niega. Discute la “metafísica de lo ilimitado”, es decir, esa desmesura (hybris) con la que el hombre toma al abordaje al mundo, confundiendo lo “más” con lo “mejor”. «Si los europeos han podido aceptar durante largo tiempo lo impensable, es porque han sido destruidos internamente por una muy vieja cultura de la falta y la sumisión», escribe también, proponiendo oponer a esa cultura una ética del honor. «Deseo que en el futuro, en el campanario de mi pueblo, como en el de nuestras catedrales, continúe escuchándose el sonido tranquilizador de las campanas. Pero deseo aún más que cambien las invocaciones escuchadas debajo de sus bóvedas. Deseo que cese de implorarse el perdón y la piedad para llamar al vigor, la dignidad y la energía».

"La tradición es lo que no pasa y siempre regresa"
Dominique Venner reivindicaba la tradición, término al que daba un sentido que no es el más habitual. «La tradición es la fuente de las energías fundacionales. Es el origen y el origen precede al comienzo […] La tradición no es el pasado, sino por el contrario, aquello que no pasa y regresa siempre bajo formas diferentes». Es encarnando a la tradición como Antígona se alza frente a Creonte, en nombre de una legitimidad inmemorial opuesta a la legalidad del desorden establecido. «El insumiso está relacionado íntimamente con la legitimidad. Se define contra aquello que percibe como ilegítimo».

Tal es también la razón por la que Venner rechaza toda fatalidad histórica. Aquellos que lo han conocido saben hasta qué punto era ajeno a los pensamientos negativos, las críticas personales y los chismes. Era igualmente ajeno a los profetas de la desgracia que anuncian la ineludible decadencia. Si se dirige a una Europa “adormilada”, es con la certeza de que se despertará. Martin Heidegger ha escrito que el hombre es inagotable, en el sentido de que siempre guarda más de lo que muestra: “Siempre tiene la disposición de ser”. Venner dice simplemente: «La historia es el dominio de lo desconocido». Así, con su gesto romano, quiso dar un mensaje de protesta («Confieso mi asco ante la impostura satisfecha de los poderosos e impotentes señores de nuestra decadencia»), pero también de fundación, es decir a la vez de voluntad y esperanza –“esperanza argumentada y razonada”, como ha escrito Bruno de Cessole.

“La naturaleza como pedestal, la excelencia como objetivo, la belleza por horizonte”
Este “breviario” no es un catecismo ni un libro de fórmulas (incluso si el autor transmite algunos consejos “para existir y transmitir”). Es más bien una brújula. Y también una mano tendida para llevarnos hasta las cimas, allá donde el aíre es más vivo, donde las formas se hacen más claras, donde se abren los panoramas y aparecen las apuestas. Es una invitación a convertirse en lo que uno es. Es de nuevo desde la obra de Homero –que para los antiguos era “el comienzo, el medio y el final”–, desde donde Dominique Venner hace surgir esta tríada que resuena como una consigna: «La naturaleza como pedestal, la excelencia como objetivo, la belleza por horizonte».

Llegado a la historia a través de la observación crítica del presente, convertido en “historiador contemplativo” después de haber sido combatiente, ese hombre “que ofrecía una curiosa mezcla de acero templado y terciopelo, frialdad e incandescencia, rigidez y elegancia” (de nuevo François Bousquet) se ha convertido con su muerte en un personaje de la historia de Francia –un “hombre ilustre” en el sentido de Plutarco. El historiador es, a partir de ahora, parte de la historia.

¡LEED SU TESTAMENTO!

martes, 23 de febrero de 2016

!Qué noche la de aquél día en El Alcazar¡ Eduardo García Serrano.

Aquella noche se empezó a construir la mentira de consenso que acuna la democracia española maquillando biografías, construyendo héroes de cartón piedra y blasonando conductas que ni a la sombra ni al solano de los acontecimientos merecen los laureles que las almenan. Aquella noche, del 23 al 24 de febrero de 1981, yo era un joven periodista de 24 años que trabajaba en la redacción de El Alcázar, diario de la Confederación Nacional de Combatientes nacido durante el asedio de la fortaleza toledana al inicio de la Guerra Civil.

Entonces los periódicos eran artesanales: máquina de escribir, tipómetro y taquígrafo. Al llegar a la Redacción todos recibimos la orden de entregar cuanto antes nuestras páginas y secciones. Todo gravitaba sobre la sesión parlamentaria de la que Leopoldo Calvo Sotelo habría de salir investido presidente del Gobierno. Los ritmos de entrega y los plazos de cierre de las ediciones se adelantaron mucho, porque perder correos de distribución en aquel periodismo artesanal era un lujo que nadie se podía permitir y que los redactores jefe de cierre pagaban caro al día siguiente en el despacho del administrador del periódico.

El Alcázar estaba en el mismo edificio que Diario 16. Ellos en la sexta planta, nosotros en la tercera. El ascensor era el punto de encuentro de redactores y directivos de ambos diarios y, aquella noche fue, además, el termómetro del desarrollo de los acontecimientos.

Los receptores de radio y la TV de la Redacción estaban encendidos en todas las mesas. A primera hora de la tarde terminé mi página de Laboral. Estaba en maquetación contando cíceros e indicándole al maquetador con qué quería abrir, cuáles eran los faldones, las columnas de entrada y salida, la distribución de las fotos, las inserciones publicitarias, etc.

De súbito, en la Radio y en la TV la imagen y la voz de un teniente coronel de la Guardia Civil que daba órdenes en el Hemiciclo mientras distribuía por al Congreso a los 200 agentes que le acompañaban. A partir de ese momento se desató el caos en la redacción de El Alcázar. Ese caos que solo los grandes redactores jefe son capaces de cabalgar dándole sentido a todo. Los disparos al techo del Hemiciclo silenciaron al Congreso y llenaron las papeleras del periódico con toda la información que aquellas detonaciones habían dejado vieja a la voz de mando del teniente coronel Antonio Tejero Molina.

El despacho del director del periódico, Antonio Izquierdo, se convirtió en el sáncta santórum de El Alcázar. A él habían llegado las diferentes entregas del colectivo Almendros procedentes de los despachos del Poder. Desde el comunicado de Tejero, anunciando a los diputados la inminente llegada de la autoridad militar que se haría cargo de la situación, hasta que Milans del Bosch “tomó” Valencia, todo fue hacer, deshacer y rehacer en la Redacción. Se esperaba que las demás capitanías se sumaran a la iniciativa de Milans. Todos pendientes de a ver qué hace Madrid. Y Madrid, quieto. Pasaban las horas y sólo El Alcázar decidió hacer algo. O sea, periodismo mientras los demás colegas preparaban ya dobles ediciones, columnas de opinión favor y en contra y portadas laudatorias o condenatorias, según rodasen los dados.

Sonó el teléfono en el despacho del director del periódico. Al otro lado estaba nuestro redactor parlamentario, Joaquín Abad. El teniente coronel Tejero le había mandado llamar para dictarle las razones por las que había entrado en el Congreso y por qué se había sentido traicionado por el general Armada y su célebre lista de gobierno. Tejero quería que su comunicado se publicase en El Alcázar. Nos pusimos manos a la obra. Todavía no amanecía. Todo estaba listo para contarle al pueblo español qué había pasado, por qué había pasado y, sobre todo, qué tenía que haber pasado y no pasó. Todo. Hasta que llegó la policía con la orden de registrar el periódico, incautar las planchas, secuestrar la edición e impedir que el pueblo español leyese el comunicado de Tejero. Se llevaron hasta la apresurada nota taquigráfica que dictó Joaquín Abad desde el Congreso. Treinta y cinco años después, la “verdad” sobre aquella noche sigue siendo la que estableció Jesús de Polanco, contada en numerosas ocasiones por José Luis Martín Prieto. Cuando aún no se sabía qué iba a pasar, don Jesús se asomó al despacho del director de El País y, desde la puerta, le gritó. “Eh, Juan Luis, mañana, el periódico, con el que gane”. Y en esas estamos, desde entonces.

jueves, 11 de febrero de 2016

Cuando los rusos buscaban el arma secreta española. Juan E. Pflüger.

Febrero de 1943. La ofensiva rusa sobre la División 250 –la División Azul–, integrada por voluntarios españoles alistados para luchar contra el comunismo en el corazón de la URSS, se ha convertido en un episodio bélico que, 70 años después, sigue estudiándose en todas las academias militares del mundo. No por la preparación y actuación del Ejército soviético, que movilizó efectivos suficientes para arrasar a cualquier ejército –44.000 soldados, 1.000 cañones y más de 100 tanques–, sino por la heroica actuación de los españoles, considerada como tal por el mismísimo alto mando del Ejército de Stalin.

Hasta tal punto sorprendió la valentía y la disciplina en combate, quelos duros interrogadores del Ejército ruso preguntaban sorprendidos a los prisioneros españoles sobre su arma secreta. Así lo señaló en su informe para las autoridades españolas el capitán Teodoro Palacios, uno de los héroes del choque. Así lo publicó LA GACETA en su colección de “Documentos Inéditos”.

En efecto, para el alto mando militar soviético, y para el general ruso Gueorgui Zhúkov que se encontraba al frente de la ofensiva, en particular, era imposible que menos de 6.000 soldados, armados con fusiles, ametralladoras y granadas de mano, frenasen durante 24 horas la apisonadora soviética.

La actuación de los voluntarios de la División Azul permitió que los comunistas tuvieran que conformarse con avanzar en el frente 3 kilómetros y pasasen a la defensiva, retrasando un año la recuperación de Leningrado, objetivo real de la Operación Estrella Polar.

El sacrificio en vidas humanas que pagaron los españoles fue elevado, 1.127 muertos, 1.035 heridos y más de 300 prisioneros,muchos de los cuales acabaron en los campos de concentración hasta su regreso a España en 1954.

Por acciones como esta los soldados españoles obtuvieron numerosos reconocimientos, militares y personales. En total recibieron dos cruces de caballero, dos cruces de oro, 138 cruces de hierro de primera clase y 2.359 de segunda clase fueron otorgadas por la Wehrmacht a los divisionarios.

Poco describe de manera tan clara la actitud de los españoles ante los alemanes como las palabras del general Jürgens: “Si en el frente os encontráis a un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadraos ante él, es un héroe, es un español”.
El epílogo de la Guerra Civil en la Unión Soviética

Poco podía imaginarse Ramón Serrano Suñer que su discurso del 23 de junio de 1941 iba a traer consigo una movilización que acabaría escribiendo una de las páginas más heroica de la Historia militar española. La masiva afluencia de voluntarios que acudieron a su grito de “Rusia es culpable”, obligó a realizar varios reemplazos para el envío de tropas a luchar contra el comunismo en Rusia, en su casa.

Esos voluntarios dieron muestras de su valor extremo y señalaron, como dijo Dionisio Ridruejo –uno de esos miles de combatientes– que “más se entregará un soldado a la causa por la que lucha, cuanto mayor sea la unión de sus ideales con la causa por la que está dispuesto a morir”. Y murieron, más de 8.000 entre fallecidos y desaparecidos, sin contar con los 10.600 heridos y los 572 prisioneros.

Tras su paso por el frente oriental, la Historia militar española no se puede separar de nombres como el lago Ilmen, Novgorod, Podvereje o Krasni Bor.

Fue en esta última batalla en la que quedó claro el espíritu castrense de los españoles. A las siete de la mañana del 10 de febrero de 1943, las posiciones defendidas por los voluntarios españoles empezaron a sufrir un intenso bombardeo, procedente de los 1.000 cañones rusos. La primera línea defensiva de los españoles tuvo que retrasarse unos metros para ponerse a refugio en el interior de los búnkeres. Tras dos horas, cuando los soviéticos pensaban que habían allanado el terreno, llegó el rugido de los 100 tanques tras los que avanzaba la Infantería del Ejército Rojo.

La falta de previsión de los mandos militares comunistas no tuvo en cuenta que los blindados debían detenerse 200 metros antes de los nidos de ametralladoras de los hombres de la División 250.Se tuvieron que limitar a cubrir el avance de los soldados a los que cubrieron con sus cañones.

Los españoles, con escasos morteros, fusiles, ametralladoras y armas cortas rechazaron las oleadas enemigas, una detrás de otra, hasta siete. Se quedaron sin municiones y defendieron la posición con armas blancas.

Al mediodía del 11 de febrero, los últimos puestos aislados defendidos por los españoles caían, sin rendirse, en manos enemigas.

Tras más de 24 horas de defensa numantina, la Infantería de Stalin pasaba por encima de las posiciones españolas. Pero habían fracasado en su intención de recuperar Leningrado. Penetraron tres kilómetros en la zona controlada por Alemania y se fortificaron pasando a la defensiva.

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