Entre los pocos españoles que sufrieron persecución por oponerse a la monarquía de Alfonso XIII, se encuentra el pensador vasco Miguel de Unamuno. Al enfrentarse a la dictadura de Primo de Rivera, fue desterrado a Fuerteventura y luego se exilió a Francia. Regresó en 1930 y en las elecciones municipales de 1931 figuró en la lista de la conjunción republicano-socialista al Ayuntamiento de Salamanca. El Gobierno Provisional le restituyó en el rectorado y fue elegido diputado a las Cortes Constituyentes.
Como tantos otros intelectuales que habían jugado a la política, en seguida entonó el "no es esto" de Ortega y Gasset. Su evolución, del republicanismo al apoyo a los militares alzados en 1936, se puede reconstruir a través de sus palabras. Yo he recurrido al libro de Emilio Salcedo Vida de Don Miguel de Unamuno.
"Un pueblo no tiene derecho al suicidio"
La amenaza de la ruptura de España le preocupaba tanto que ya incluso en el verano de 1931 advirtió sobre ella.
Discurso en el Ateneo contra el estatuto de autonomía catalán recogido (ABC, 1-7-1931):
"Un pueblo no tiene derecho al suicidio, porque no se suicida «para él sólo», sino que se suicida también «para los demás», y eso hay que evitarlo, aunque sea por la fuerza."
En El Sol (23-8-1931):
"Sé que los ingenuos españoles que voten por plebiscito un Estatuto regional cualquiera tendrán que arrepentirse, los que tengan individualidad consciente de su voto cuando la región los oprima, y tendrán que acudir a España, a la España integral, a la España más unida e indivisible, para que proteja su individualidad."
Apertura del curso universitario (1-10-1931):
"En nombre de Su Majestad España, una soberana y universal, declaro abierto el curso 1931-1932 en esta Universidad universal y española, de Salamanca, y que Dios Nuestro Señor nos ilumine a todos para que con su gracia podamos en la República servirle, sirviendo a nuestra madre patria."
En las Cortes Constituyentes, Unamuno se distinguió por garantizar la enseñanza del idioma nacional en las regiones que accedieran a la autonomía, porque conocía el odio y el racismo de los abertzales del PNV a cuyo fundador, Sabino Arana, había tratado en Bilbao.
El 29 de octubre de 1931, el rodillo republicano, socialista, catalanista y masónico rechazó una enmienda de Unamuno en la que proponía que el artículo 48 de la Constitución, dedicado a la enseñanza, obligara al Estado a garantizar la enseñanza en castellano en todos los grados, sin perjuicio de que en las regiones autónomas también hubiera enseñanza en las otras lenguas oficiales.
El vasco, decepcionado, se retiró de la política.
Invocaciones a la paz ante los jóvenes y los niños
El sectarismo de los republicanos le asqueaba. Así concluía un artículo que en noviembre de 1931 envió al diario El Sol, que presumía de liberal y democrático, y que éste le rechazó. Unamuno pasó a publicar en Ahora:
"No daré ni un viva a la República aunque deseo que viva, mientras no se pueda dar un viva al rey, a un rey cualquiera."
El 1 de octubre de 1934, pocos días antes del golpe de Estado del PSOE, la UGT y la Esquerra Republicana contra la República por haber perdido las elecciones del año anterior, Unamuno dictó su última lección en el Paraninfo de la Universidad. Sus profundas angustias sobre la degradación de la vida pública las empeoró la impresión que le produjo el descubrimiento por la Policía de un alijo de armas en la Ciudad Universitaria de Madrid, traído por los socialistas. Se dirigió a los estudiantes para tratar de separarles de la violencia.
"Salvadnos, jóvenes, verdaderos jóvenes, los que no mancháis las páginas de vuestros libros de estudio ni con sangre ni con bilis. Salvadnos por España, por la España de Dios, por Dios, por el Dios de España, por la Suprema Palabra creadora y conservadora."
En 1935, el presidente de la República le encargó un mensaje de Reyes a los niños y en el parlamento también apareció el temor a la guerra civil:
"venimos a que nos perdonéis. A que nos perdonéis muchos pecados contra vosotros, y, sobre todo, el que no siempre os dejemos jugar en paz. (…) Perdón, niños de España para vuestros mayores."
Salvar "la civilización cristiana"
Cuando un sector del Ejército se sublevó, Unamuno se puso del lado de los militares con tal pasión que aceptó participar en la constitución del nuevo Ayuntamiento. En este acto, el 26 de julio, dijo:
"Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana, tan amenazada. Bien de manifiesto está mi posición de los últimos tiempos, en que los pueblos estaban regidos por los peores, como si buscaran los licenciados de presidio para mandar los pueblos."
Los periodistas extranjeros acudían a él, uno de los españoles más célebres del mundo, para obtener declaraciones explosivas contra el Frente Popular.
International News (agosto de 1936):
"Yo no estoy a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado. Es el régimen de Madrid el que ha cambiado. Cuando esto pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré con los vencedores."
La Matin (agosto de 1936):
"El poder está en las manos de los presidiarios que fueron libertados y empuñaron las armas. Azaña nada representa. Lo imagino muy bien en su palacio, porque lo conozco hace treinta años. Se perdió en un sueño ocupado en tomar notas para escribir sus memorias. Es él el gran responsable de lo que acontece."
l 22 de agosto el Gobierno presidido por José Giral dictó un decreto, firmado por el presidente Azaña, por el que se destituía a Unamuno de todos sus cargos, se le retiraban los honores concedidos y se le reprochaba su traición, no haber guardado lealtad, "a la que estaba obligado", a un régimen que le había reservado "las máximas expresiones de respeto y devoción". En Bilbao, el PNV se unió alegre al linchamiento.
La Junta Técnica, el embrión de Gobierno de los rebeldes, en un decreto del 1 de septiembre confirmó a Unamuno en todos sus cargos y honores, y elogió "la adhesión fervorosa y el apoyo entusiasta" que el "ilustre prócer" prestaba a la "cruzada emprendida por España".
Sin embargo, las represalias que Unamuno conocía por gente que le pedía socorro, le causaban desazón.
"Vencer, pero no convencer"
Para conmemorar el Día de la Raza (entonces fiesta nacional mantenida por la República), asistió a un acto en el Paraninfo de la Universidad. El rector Esteban Madruga le preguntó el 11 de octubre si quería hablar y el catedrático jubilado contestó:
"No, no quiero hablar, pues me conozco cuando se me desata la lengua."
Después de escuchar unos discursos exaltados por el ambiente de la guerra, en los que saltaron insultos a vascos y catalanes, Unamuno pidió un turno de palabra. De su intervención, de la que no existen ni grabaciones ni notas, sino que se reconstruyó por los recuerdos de los escasos asistentes, sobresalen las siguientes frases:
"Vencer no es convencer y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión, el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de inquisición."
El general Millán Astray replicó con dureza, jaleado por la mayoría de los asistentes, muchos de los cuales habían sido republicanos hasta hacía unas semanas. Este mismo militar y la esposa del general Franco, Carmen Polo, escoltaron a Unamuno fuera de la Universidad para evitar cualquier agresión. La versión más completa del incidente, al que no se le dio ninguna importancia hasta finales de los años 60, se encuentra en la biografía de Millán Astray del historiador Luis Togores.
A continuación, los civiles, en la Universidad, el Ateneo y el Ayuntamiento, despojaron a Unamuno de sus cargos y honores. El desolado filósofo se quedó en su casa, sin apenas salir.
Dios y España
A las cuatro y media de la tarde del 31 de diciembre, mientras el viento frío sacude las maderas de las casas, el profesor Bartolomé Aragón, falangista, visita a Unamuno en su casa. Éste lo primero que hace es agradecerle que no vaya vestido con camisa azul y luego pronuncia un monólogo trabado de recuerdos y de opiniones sobre lo español y los españoles. Hablan un poco más. Aragón dice: "La verdad es que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos."
Unamuno golpea la mesa camilla alrededor de la que están sentados y alza la voz:
"¡No! ¡Eso no puede ser, Aragón! Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse."
Unamuno se reclina en su sillón y agacha la cabeza. Se hace el silencio. El visitante se da cuenta de que las zapatillas de Unamuno se están quemando en el brasero, pero que él no se mueve. A las seis de la tarde, la noticia se extiende por Salamanca: don Miguel ha muerto.
A las once la mañana siguiente, se ofician sus funerales. Los presiden el rector y dos hermanos de Unamuno. Se le entierra en el cementerio junto a su hija Salomé. El epitafio que cierra su tumba lo escribió él mismo:
"Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar."
lunes, 21 de noviembre de 2016
viernes, 18 de noviembre de 2016
Insumisión. Fernando Sánchez Dragó.
Lo que acaba de suceder en Estados Unidos, Colombia y Brexitania es lo contrario de lo que Houellebecq cuenta en su novela Sumisión. La gente se rebela contra la doctrina impuesta por las élites políticas, económicas y mediáticas de la actual progredumbre. Un biólogo (Kammerer), un psicólogo (Jung) y un físico (Pauli) elaboraron el concepto de sincronicidad. Las coincidencias causuales entre fenómenos consanguíneos son inquietantes. Franco murió el mismo día de noviembre en que José Antonio fue asesinado. Dicen, aunque no es cierto, que Tejero entró en el Congreso el mismo día del año en que, siglo y medio atrás, lo hizo el general Pavía. Trump, que tiene algo decowboy, lo ha hecho en la Casa Blanca un 9 de noviembre. Ésa es también la fecha en la que cayó el Muro de Berlín y comenzó una era de esperanza que se desvaneció muy pronto en los turbiones de la globalización y el neoliberalismo. Fue el 9 de noviembre de 1799 cuando Napoleón se convirtió en Cónsul del país que diez años antes había sufrido la revolución más famosa de la historia tras un golpe de estado que pasó a la misma como el del 18 Brumario y puso Europa patas arriba. Un lustro después ya era Emperador de quienes tres lustros antes habían aupado a los sans culottes a la cima de la República. Curiosa trayectoria para un hombre que después cometería el mismo error que cometió Hitler: invadir Rusia. Trump no lo cometerá. Al contrario. Cerrará filas con Putin para poner fin a la guerra fría atizada por Hillary, mantener fuera de Europa a Ucrania, bajar los humos de la OTAN y defender en Siria el sentido común apoyando a Asad. Dos cabalgan juntos y llegarán muy lejos. La era de la corrección política, la inmigración de barra libre y la ideología de género ha terminado. Mal perder tienen los que protestan. Muy demócratas no son. Tampoco lo parecen los periodistas que después de pegarse un planchazo colosal vaticinando la segura victoria de una tarasca ridiculizan a quien la ha derrotado en las urnas. Son ellos, y no él, quienes hacen el ridículo. Ya que estamos en el mes del Tenorio (más sincronías), consiéntanme que les aplique uno de los versos de Zorrilla: ¡Cuán gritan esos malditos! Pero, por mucho que los últimos teólogos del mayo francés discutan sobre el sexo de los ángeles buenistas y yihadistas, las tropas de la sensatez trepan ya por los muros de un mundo que no volverá a ser el mismo.
sábado, 12 de noviembre de 2016
miércoles, 2 de noviembre de 2016
Julián Marías o la sensatez. Pío Moa.
Julián Marías ha sido uno de los personajes más interesantes y menos típicos de la intelectualidad española desde hace 60 años. Y no sólo como filósofo, sino también como comentarista político e historiador; y por esa razón ha sido postergado sistemáticamente por esa caterva de intelectuales chillones, demasiado politizados y ávidos de fondos públicos, que parece llenarlo todo. Su España inteligible sería rechazada por muchos “historiadores profesionales” enredosos y pesados, pero arroja luz donde otros sólo embrollan. Uno no puede menos de recordar la época en que todo escritor o escribidor deseoso de pasar por progresista debía manifestarse marxista o muy respetuoso con el marxismo; y los desprecios que desde tales alturas recibía Marías, un pensador liberal y cristiano, amante de la verdad y de una sensatez que a algunos les parecía roma. Pero su agudeza previsora se manifestó, entre otras muchas ocasiones, ya en 1978, al criticar ciertos defectos de la Constitución derivados de una excesiva ansiedad por el consenso: “Los compromisos, en el menos grato sentido de la palabra, a su vez comprometen la realidad política de España”. Ahora mismo lo estamos comprobando duramente. También enseñó: “No hay que tratar de contentar a quienes no se van a contentar”
Marías sufrió también las primeras furias y, luego, las restricciones del franquismo. Él había contribuido, al lado de Besteiro, al golpe de Casado contra Negrín, y por tanto podía esperar que los vencedores le dejasen en paz. Pero no fue así. Sus memorias ofrecen el retrato de un tiempo dominado por el afán de dar un “escarmiento ejemplar” a las izquierdas revolucionarias, y no sólo a ellas. Un compañero de estudios a quien él creía amigo le denunció por envidias u otros sentimientos oscuros. La denuncia no podía ser más ponzoñosa: “Tan falsa como incomprobable: yo habría sido colaborador de Pravda, nada menos; acompañante voluntario del bandido Deán de Canterbury; no lo había visto en mi vida (…) Se añadía que yo debía conocer toda la trama de la propaganda roja, hábil insinuación que revelaba la esperanza de que me extrajeran tan preciada información por los procedimientos usuales”. Todo dependía de la rectitud o el fanatismo de los jueces. Tuvo suerte: “Un alférez jurídico iba a tomarme declaración; me contó que habían asesinado a su padre en Madrid; pero era bien nacido (…); me dijo que me iba a leer la denuncia para poder responder a los cargos (…) Al despedirse me dijo: ‘No le doy la mano porque nos ven y pueden pensar que tenemos alguna relación; pero espiritualmente estoy con usted’”.
Salió libre, pero no sin antes haber probado el hacinamiento y pésimas condiciones de detención de aquellos días, y una temporada de cárcel donde, de vez en cuando, moría a balazos algún preso en improbables intentos de fuga. Allí las autoridades le encargaron dar cursos de alfabetización a los presos iletrados, y de francés a los más cultos.
Estas experiencias las narra Julián Marías sin el rencor, y mucho menos la incitación al rencor, frecuentes en infinidad de libros y testimonios retorcidos. Lo señalo porque estoy preparando un libro sobre los años 40, años en verdad apasionantes, muy alejados de los tópicos con que nos los presentan los mismos que tan demostrablemente han mentido sobre la república y la guerra. De las penurias y represiones de entonces escribe Marías: “Todo esto es verdad; lo que no lo es, en absoluto, es la imagen lacrimógena que suele pintarse ahora de esa época. A pesar de todo, había una tremenda gana de vivir, en gran parte por el contraste de la paz –incluso de aquella paz—con el horror sin mitigación de la guerra. Los españoles tienen fuerte vitalidad, apetitos, incluso cierta estoica indiferencia ante las adversidades. Entonces gozaban de la vida con una intensidad que acaso no se ha dado después. La escasez, la dificultad de conseguir las cosas, les daba más valor”.
Hoy se habla sin tregua del duro destino de los vencidos, pero en realidad el número de los que se sentían así fue escaso: muy pocos siguieron identificándose con un Frente Popular cuyas tropelías habían contemplado, que había sucumbido en medio de masacres entre sus propios partidos, y cuyos dirigentes habían huido con enormes sumas saqueadas al tesoro artístico e histórico español, a los particulares y hasta a los montes de piedad. Esos pocos se ampliaron con las víctimas la represión inmisericorde de los primeros años, pero la inmensa mayoría de quienes habían luchado con las izquierdas o los separatistas, o les habían votado, pusieron todos sus afanes en reconstruir sus vidas en las difíciles condiciones de la época, sin nostalgias.
“El pueblo español –observa Marías-- no se sintió aplastado, sino vivo y entero; por eso fue posible la creación, en todos los órdenes, a pesar de todas las trabas, en parte espoleadas por ellas. Los que no tenían capacidad o no se atrevían han tratado de persuadir de que no se podía. Y es frecuente que los que más abominan de los cuarenta añosestuviesen adscritos con entusiasmo a su fase más dura y opresiva, al lado de la cual todo lo posterior fue venial”.
Sin necesidad de estar de acuerdo con cada palabra del filósofo, cuando uno lee frases como éstas sabe que está ante un testigo veraz, y también entiende los motivos de la persistente falsificación de la historia. El ambiente iba a resultar duro para Marías y tantos más, pero no aplastante. El régimen le manifestó su hostilidad, pero no le impidió vivir y escribir, dictar cursos o ser elegido a la Real Academia. He aquí una anécdota, de 1953: “Me llamó por teléfono el ministro de Información, Arias Salgado; me dijo que deseaba hablar conmigo, al día siguiente, a las siete. Saqué del bolsillo la agenda, la puse junto al aparato e hice sonar sus hojas: ‘Mañana a las siete –le dije–. Sí, estoy libre, con mucho gusto’ (…) Me recibió amablemente, me dijo que me leía con admiración; insistió en que nos hablásemos de tú. Después de larga conversación me dijo que mi artículo no iba a publicarse, porque era ‘muy polémico’. Le dije que no hacía más que rectificar una serie de falsedades. Insistió en la peligrosidad de la polémica. ‘¿Y por qué no bajas el telón un artículo antes?’, le pregunté. Como se mantuvo en su posición, le dije, literalmente: ‘Bueno, veo que en España no hay libertad más que para calumniar, y como eso no me va a interesar nunca, no tengo nada que hacer’. Protestó amablemente (…) Al llegar a casa, metí el artículo en un sobre de avión y lo mandé a La Nación de Buenos Aires, donde se publicó enseguida”. ¿Puede imaginar alguien algo así en Cuba, la URSS o cualquiera de aquellos regímenes tan admirados por la oposición antifranquista?
Las memorias de este escritor fundamental nos informan y explican más que muchos libros de historia: “Desde fines de 1955 empieza algo nuevo. Una generación muy joven queda muy influida por el marxismo, lo cual quiere decir que fue muy poco liberal (…) Forman grupos, y lo primero que hacen es fingir que son ellos los que empiezan: de ahí data la negación o el silencio sobre todo lo que se había hecho antes. Todavía se sigue hablando monótonamente del ‘páramo intelectual’ de España en aquellos años. En mi artículo ‘La vegetación de páramo’ di una impresionante lista de libros independientes y valiosos publicados en España precisamente entre comienzos de 1941 y la muerte de Ortega”.
La muerte de este testigo lúcido, veraz y sensato es una gran pérdida intelectual, porque tales cualidades son, por desgracia, muy poco frecuentes.
Marías sufrió también las primeras furias y, luego, las restricciones del franquismo. Él había contribuido, al lado de Besteiro, al golpe de Casado contra Negrín, y por tanto podía esperar que los vencedores le dejasen en paz. Pero no fue así. Sus memorias ofrecen el retrato de un tiempo dominado por el afán de dar un “escarmiento ejemplar” a las izquierdas revolucionarias, y no sólo a ellas. Un compañero de estudios a quien él creía amigo le denunció por envidias u otros sentimientos oscuros. La denuncia no podía ser más ponzoñosa: “Tan falsa como incomprobable: yo habría sido colaborador de Pravda, nada menos; acompañante voluntario del bandido Deán de Canterbury; no lo había visto en mi vida (…) Se añadía que yo debía conocer toda la trama de la propaganda roja, hábil insinuación que revelaba la esperanza de que me extrajeran tan preciada información por los procedimientos usuales”. Todo dependía de la rectitud o el fanatismo de los jueces. Tuvo suerte: “Un alférez jurídico iba a tomarme declaración; me contó que habían asesinado a su padre en Madrid; pero era bien nacido (…); me dijo que me iba a leer la denuncia para poder responder a los cargos (…) Al despedirse me dijo: ‘No le doy la mano porque nos ven y pueden pensar que tenemos alguna relación; pero espiritualmente estoy con usted’”.
Salió libre, pero no sin antes haber probado el hacinamiento y pésimas condiciones de detención de aquellos días, y una temporada de cárcel donde, de vez en cuando, moría a balazos algún preso en improbables intentos de fuga. Allí las autoridades le encargaron dar cursos de alfabetización a los presos iletrados, y de francés a los más cultos.
Estas experiencias las narra Julián Marías sin el rencor, y mucho menos la incitación al rencor, frecuentes en infinidad de libros y testimonios retorcidos. Lo señalo porque estoy preparando un libro sobre los años 40, años en verdad apasionantes, muy alejados de los tópicos con que nos los presentan los mismos que tan demostrablemente han mentido sobre la república y la guerra. De las penurias y represiones de entonces escribe Marías: “Todo esto es verdad; lo que no lo es, en absoluto, es la imagen lacrimógena que suele pintarse ahora de esa época. A pesar de todo, había una tremenda gana de vivir, en gran parte por el contraste de la paz –incluso de aquella paz—con el horror sin mitigación de la guerra. Los españoles tienen fuerte vitalidad, apetitos, incluso cierta estoica indiferencia ante las adversidades. Entonces gozaban de la vida con una intensidad que acaso no se ha dado después. La escasez, la dificultad de conseguir las cosas, les daba más valor”.
Hoy se habla sin tregua del duro destino de los vencidos, pero en realidad el número de los que se sentían así fue escaso: muy pocos siguieron identificándose con un Frente Popular cuyas tropelías habían contemplado, que había sucumbido en medio de masacres entre sus propios partidos, y cuyos dirigentes habían huido con enormes sumas saqueadas al tesoro artístico e histórico español, a los particulares y hasta a los montes de piedad. Esos pocos se ampliaron con las víctimas la represión inmisericorde de los primeros años, pero la inmensa mayoría de quienes habían luchado con las izquierdas o los separatistas, o les habían votado, pusieron todos sus afanes en reconstruir sus vidas en las difíciles condiciones de la época, sin nostalgias.
“El pueblo español –observa Marías-- no se sintió aplastado, sino vivo y entero; por eso fue posible la creación, en todos los órdenes, a pesar de todas las trabas, en parte espoleadas por ellas. Los que no tenían capacidad o no se atrevían han tratado de persuadir de que no se podía. Y es frecuente que los que más abominan de los cuarenta añosestuviesen adscritos con entusiasmo a su fase más dura y opresiva, al lado de la cual todo lo posterior fue venial”.
Sin necesidad de estar de acuerdo con cada palabra del filósofo, cuando uno lee frases como éstas sabe que está ante un testigo veraz, y también entiende los motivos de la persistente falsificación de la historia. El ambiente iba a resultar duro para Marías y tantos más, pero no aplastante. El régimen le manifestó su hostilidad, pero no le impidió vivir y escribir, dictar cursos o ser elegido a la Real Academia. He aquí una anécdota, de 1953: “Me llamó por teléfono el ministro de Información, Arias Salgado; me dijo que deseaba hablar conmigo, al día siguiente, a las siete. Saqué del bolsillo la agenda, la puse junto al aparato e hice sonar sus hojas: ‘Mañana a las siete –le dije–. Sí, estoy libre, con mucho gusto’ (…) Me recibió amablemente, me dijo que me leía con admiración; insistió en que nos hablásemos de tú. Después de larga conversación me dijo que mi artículo no iba a publicarse, porque era ‘muy polémico’. Le dije que no hacía más que rectificar una serie de falsedades. Insistió en la peligrosidad de la polémica. ‘¿Y por qué no bajas el telón un artículo antes?’, le pregunté. Como se mantuvo en su posición, le dije, literalmente: ‘Bueno, veo que en España no hay libertad más que para calumniar, y como eso no me va a interesar nunca, no tengo nada que hacer’. Protestó amablemente (…) Al llegar a casa, metí el artículo en un sobre de avión y lo mandé a La Nación de Buenos Aires, donde se publicó enseguida”. ¿Puede imaginar alguien algo así en Cuba, la URSS o cualquiera de aquellos regímenes tan admirados por la oposición antifranquista?
Las memorias de este escritor fundamental nos informan y explican más que muchos libros de historia: “Desde fines de 1955 empieza algo nuevo. Una generación muy joven queda muy influida por el marxismo, lo cual quiere decir que fue muy poco liberal (…) Forman grupos, y lo primero que hacen es fingir que son ellos los que empiezan: de ahí data la negación o el silencio sobre todo lo que se había hecho antes. Todavía se sigue hablando monótonamente del ‘páramo intelectual’ de España en aquellos años. En mi artículo ‘La vegetación de páramo’ di una impresionante lista de libros independientes y valiosos publicados en España precisamente entre comienzos de 1941 y la muerte de Ortega”.
La muerte de este testigo lúcido, veraz y sensato es una gran pérdida intelectual, porque tales cualidades son, por desgracia, muy poco frecuentes.
lunes, 31 de octubre de 2016
Jalogüín. Jesús Laínz.
Calabazas de Halloween acechan entre las verduras. ¡El Imperio ha llegado a la frutería!
Es una constante histórica que a las potencias políticas en sus épocas de grandeza les salgan imitadores. Además del caso más evidente, Roma, si España exportó su lengua, cultura y modas en el siglo XVI, Francia e Inglaterra recogieron el testigo en siglos posteriores. Pero lo que exporta la primera potencia de nuestros días no es precisamente lo elevado: la comida basura, las acrobacias de Michael Jackson y la idiotez de Halloween. Interesante síntoma.
Todas las calabazas son idénticas, perfectas, esféricas, del mismo tamaño y color. Parecen de plástico pero son de verdad. Lo artificial es el aparatoso envoltorio negro, lleno de brujas y espectros, más propio de un juguete que de una hortaliza. Al fin y al cabo se supone que no es para comer, sino para jugar.
Y que nadie eche la culpa a los yanquis: nunca ha existido nada parecido a unaHalloween Exportation Agency. Si se ha imitado la cosa en otros países es porque les ha dado la gana. Si el vacío espiritual de Europa se llena con cualquier tontería llegada de la otra orilla del Atlántico o de cualquier otro lugar, no es culpa de los norteamericanos.
Lo más divertido es que estas calabazas tan monas, tan perfectas, tan clónicas que daría grima comérselas, llegadas desde la metrópoli hasta los supermercados más alejados del Imperio, nacieron en Los Alcázares, Murcia, Spain.
Del mismo modo que la Semana Santa no tardará en ser confundida con las fiestas de moros y cristianos, la tomatina de Buñol o la defenestración de la cabra de no sé donde –para lamentar lo cual no hace falta ni siquiera ser creyente–, las iglesias no tardarán en ser nada más que testigos mudos de un culto extinguido, como los templos paganos y las pirámides. Ya hoy casi sólo cumplen la función de museos para masas ajenas e irrespetuosas con el culto que allí sigue celebrándose marginalmente. Y es la propia Iglesia la que se esfuerza en vulgarizar, en profanar el carácter sacro de sus edificios, rebajando sus ceremonias en persecución de un contraproducente populismo mediante decoraciones degradantes y musiquillas tontas que a veces incluso sirven de soporte para letras disolventes. Por ejemplo, elImagine de John Lennon durante la consagración. Debe de ser que los curas no saben inglés.
Y en cuanto a la fiesta ésta de las calabazas, no sólo ha barrido con la costumbre bisecular de representar el Tenorio de Zorrilla (¿Tenorio? ¿Zorrilla? No me suenan. ¿En qué equipo juegan?), sino que incluso ha conseguido que mientras los que peinan canas van al cementerio a depositar unas flores y dedicar una oración a sus seres queridos, la juventud más preparada de la historia de Expaña se va de fiesta disfrazada de zombi.
Si en la tradición grecolatina los muertos representaban una presencia benefactora que, generalmente a través de los sueños, aconsejaban y acompañaban a los vivos, los románticos anglosajones consiguieron hacer de ellos unas criaturas espeluznantes; y del Más allá, el reino de la oscuridad. Hasta los niños de corta edad han aprendido que eso de la muerte del cuerpo y la inmortalidad del alma consiste en un pasatiempo dedicado a asustar, perseguir, matar y comerse a la gente. De ello se han encargado hasta los colegios de monjas, donde se anima a la chavalería a celebrar el día de Todos los Santos bailando Thriller.
Esto se cae. Y no por la economía.
elmanifiesto.com
miércoles, 26 de octubre de 2016
La legión anticomunista de Franco para Hungría. Pedro Fernández Barbadillo.
En el otoño de 1956 se produjeron dos graves crisis internacionales: el ataque de Francia, Israel y Reino Unido contra Egipto por lanacionalización del canal de Suez ordenada por Gamal Abdel Nasser y la invasión de Hungría por tropas del Ejército Rojo. Ambas coincidieron en el tiempo (finales de octubre-principios de noviembre) y en ambas se demostró que el poder en el planeta dependía sólo de dos superpotencias, Estados Unidos y la URSS.
Como cuenta Henry Kissinger (Diplomacia),
"Cuando se disipó el humo, la crisis de Suez había destruido el estatus de grande potencia de Gran Bretaña y de Francia. Fuera de Europa, en lo sucesivo, los Estados Unidos se verían obligados a ocupar, casi por sí solos sus puestos en la Guerra Fría".
Por otro lado, con la negativa del creciente grupo de países no alineados a condenar a la URSS en la ONU en términos equivalentes a los usados contra Francia, Israel y Reino Unido comenzó la costumbre de ese tercer grupo de naciones de tratar con un doble rasero los actos de Occidente y los del bloque socialista: la severidad para el primero y la indulgencia o la comprensión para el segundo. La diferencia se debió al miedo que provocaba una URSS que no vacilaba en fusilar a antiguos camaradas húngaros, luchadores antifascistas, si le desobedecían, y encima con todos los partidos comunistas del mundo ovacionando las ejecuciones de los ‘contrarrevolucionarios’ o ‘espías’.
En España, la represión de Hungría se vivió con un gran atención por parte del régimen, que el año anterior, en diciembre de 1955, había concluido su regreso la comunidad internacional con el ingreso en las Naciones Unidas. Éste se había producido como parte de un bloque de 16 países (Italia, Austria, Libia, Hungría, Rumanía, Jordania…) y con el voto a favor de la URSS.
Como cuenta Henry Kissinger (Diplomacia),
"Cuando se disipó el humo, la crisis de Suez había destruido el estatus de grande potencia de Gran Bretaña y de Francia. Fuera de Europa, en lo sucesivo, los Estados Unidos se verían obligados a ocupar, casi por sí solos sus puestos en la Guerra Fría".
Por otro lado, con la negativa del creciente grupo de países no alineados a condenar a la URSS en la ONU en términos equivalentes a los usados contra Francia, Israel y Reino Unido comenzó la costumbre de ese tercer grupo de naciones de tratar con un doble rasero los actos de Occidente y los del bloque socialista: la severidad para el primero y la indulgencia o la comprensión para el segundo. La diferencia se debió al miedo que provocaba una URSS que no vacilaba en fusilar a antiguos camaradas húngaros, luchadores antifascistas, si le desobedecían, y encima con todos los partidos comunistas del mundo ovacionando las ejecuciones de los ‘contrarrevolucionarios’ o ‘espías’.
En España, la represión de Hungría se vivió con un gran atención por parte del régimen, que el año anterior, en diciembre de 1955, había concluido su regreso la comunidad internacional con el ingreso en las Naciones Unidas. Éste se había producido como parte de un bloque de 16 países (Italia, Austria, Libia, Hungría, Rumanía, Jordania…) y con el voto a favor de la URSS.
Un refugio para el archiduque Otto
Las relaciones del régimen franquista con Hungría habían sido muy buenas hasta la intervención alemana en 1944. El almirante Nicolás Horthy, regente del país desde 1920, reconoció al Gobierno de Franco en noviembre de 1937 y permitió el envío de suministros.
El pretendiente a la corona húngara, el archiduque Otto de Habsburgo, no sólo había vivido varios años en Lequeitio (Vizcaya) bajo la protección de Alfonso XIII, sino que era consejero de Franco en asuntos de política exterior. En 1948 le pidió que le permitiese abrir la Real Legación de Hungría para expedir documentación para los miles de húngaros exiliados. Por ello, muchos húngaros conservadores se instalaron en España.
Esta comunidad húngara acudió a Franco cuando el 23 de octubre sus compatriotas se sublevaron contra los comunistas locales y los soviéticos. En Budapest, los manifestantes derribaron una estatua de Stalin de 10 metros de altura y liberaron de su prisión al cardenal József Mindszenty.
De nuevo, Moscú le hizo al caudillo un favor impagable. El bloqueo de Berlín (1948) y la guerra de Corea (1950-1953) habían servido para que los occidentales, sobre todo EEUU, se reconciliasen con la dictadura franquista para contar con un aliado más en la Guerra Fría. La invasión de Hungría demostraba que la desestalinización no se extendía a la política exterior y, se pensaba en Madrid, corroboraba que Franco ‘tenía razón’. España, así, fue el país más activo en la ONU en favor de la causa húngara.
Sin embargo, otro acontecimiento internacional se mezcló con la revolución húngara y lo anuló. El 29 de octubre los israelíes atacaron Egipto y el 31 los aviones británicos y franceses, de acuerdo con los primeros, empezaron a bombardear objetivos egipcios. El objetivo de la coalición era tomar el canal de Suez.
Las relaciones del régimen franquista con Hungría habían sido muy buenas hasta la intervención alemana en 1944. El almirante Nicolás Horthy, regente del país desde 1920, reconoció al Gobierno de Franco en noviembre de 1937 y permitió el envío de suministros.
El pretendiente a la corona húngara, el archiduque Otto de Habsburgo, no sólo había vivido varios años en Lequeitio (Vizcaya) bajo la protección de Alfonso XIII, sino que era consejero de Franco en asuntos de política exterior. En 1948 le pidió que le permitiese abrir la Real Legación de Hungría para expedir documentación para los miles de húngaros exiliados. Por ello, muchos húngaros conservadores se instalaron en España.
Esta comunidad húngara acudió a Franco cuando el 23 de octubre sus compatriotas se sublevaron contra los comunistas locales y los soviéticos. En Budapest, los manifestantes derribaron una estatua de Stalin de 10 metros de altura y liberaron de su prisión al cardenal József Mindszenty.
De nuevo, Moscú le hizo al caudillo un favor impagable. El bloqueo de Berlín (1948) y la guerra de Corea (1950-1953) habían servido para que los occidentales, sobre todo EEUU, se reconciliasen con la dictadura franquista para contar con un aliado más en la Guerra Fría. La invasión de Hungría demostraba que la desestalinización no se extendía a la política exterior y, se pensaba en Madrid, corroboraba que Franco ‘tenía razón’. España, así, fue el país más activo en la ONU en favor de la causa húngara.
Sin embargo, otro acontecimiento internacional se mezcló con la revolución húngara y lo anuló. El 29 de octubre los israelíes atacaron Egipto y el 31 los aviones británicos y franceses, de acuerdo con los primeros, empezaron a bombardear objetivos egipcios. El objetivo de la coalición era tomar el canal de Suez.
Planes para la ayuda militar a los sublevados
La primera petición de ayuda la recibió el Gobierno español el 26 de octubre de parte de Ferenc Marosy, ministro de la Real Legación, en nombre del archiduque Otto. Éste le pedía a Franco que se dirigiese al Consejo de Seguridad para protestar por la agresión de Moscú y le calificaba de "primer campeón en Europa de la causa de los pueblos oprimidos" (documento recogido por María Dolores Ferrero).
Marosy fue el enlace entre Franco y Otto de Habsburgo. En sus informes aparece claro que el Gobierno español estaba dispuesto a enviar voluntarios, nacionales y extranjeros, a combatir en Hungría. Los estudiantes de la Universidad de Valladolid se presentaron voluntarios, incluidos dos hijos del ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo.
La madrugada del 4 de noviembre, cerca de 3.500 tanques soviéticos penetraron en Hungría. Unos 3.000 húngaros morirían ese día y los siguientes.
El embajador español en Londres comunicó el 5 de noviembre a su ministro que 2.000 húngaros residentes en Gran Bretaña, que querían combatir por la libertad de su patria, pedían a España sólo que les trasladase a la frontera. Luis Suárez (Franco y la URSS) asegura que Franco
alentó un curioso proyecto de reunir jóvenes húngaros, armarlos con dinero y material norteamericano y arrojarlos en paracaídas sobre algún lugar que aún controlaran los sublevados
Ese mismo día 5 habían aterrizado en Suez paracaidistas británicos y franceses. Artajo, por instrucciones de Franco, remitió a Morosy a un general español, para acordar la entrega de 10.000 fusiles y armas antitanque a los combatientes húngaros.
Pero Estados Unidos se negó a facilitar el transporte aéreo imprescindible; tampoco Austria quería que su territorio se usase como trampolín o se convirtiese en campo de batalla. Sólo quedaba ocuparse de los 200.000 fugitivos.
Paradójicamente, una dictadura de derechas que acababa de firmar una alianza con Estados Unidos apoyaba los esfuerzos del Gobierno húngaro para conseguir pluripartidismo, libertad de prensa, elecciones y un estatus de neutralidad similar al de Austria, de la que el año anterior se habían retirado las potencias ocupantes.
La primera petición de ayuda la recibió el Gobierno español el 26 de octubre de parte de Ferenc Marosy, ministro de la Real Legación, en nombre del archiduque Otto. Éste le pedía a Franco que se dirigiese al Consejo de Seguridad para protestar por la agresión de Moscú y le calificaba de "primer campeón en Europa de la causa de los pueblos oprimidos" (documento recogido por María Dolores Ferrero).
Marosy fue el enlace entre Franco y Otto de Habsburgo. En sus informes aparece claro que el Gobierno español estaba dispuesto a enviar voluntarios, nacionales y extranjeros, a combatir en Hungría. Los estudiantes de la Universidad de Valladolid se presentaron voluntarios, incluidos dos hijos del ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo.
La madrugada del 4 de noviembre, cerca de 3.500 tanques soviéticos penetraron en Hungría. Unos 3.000 húngaros morirían ese día y los siguientes.
El embajador español en Londres comunicó el 5 de noviembre a su ministro que 2.000 húngaros residentes en Gran Bretaña, que querían combatir por la libertad de su patria, pedían a España sólo que les trasladase a la frontera. Luis Suárez (Franco y la URSS) asegura que Franco
alentó un curioso proyecto de reunir jóvenes húngaros, armarlos con dinero y material norteamericano y arrojarlos en paracaídas sobre algún lugar que aún controlaran los sublevados
Ese mismo día 5 habían aterrizado en Suez paracaidistas británicos y franceses. Artajo, por instrucciones de Franco, remitió a Morosy a un general español, para acordar la entrega de 10.000 fusiles y armas antitanque a los combatientes húngaros.
Pero Estados Unidos se negó a facilitar el transporte aéreo imprescindible; tampoco Austria quería que su territorio se usase como trampolín o se convirtiese en campo de batalla. Sólo quedaba ocuparse de los 200.000 fugitivos.
Paradójicamente, una dictadura de derechas que acababa de firmar una alianza con Estados Unidos apoyaba los esfuerzos del Gobierno húngaro para conseguir pluripartidismo, libertad de prensa, elecciones y un estatus de neutralidad similar al de Austria, de la que el año anterior se habían retirado las potencias ocupantes.
El centro de la lucha contra el Pacto de Varsovia
El 6 de noviembre, EEUU y la URSS impusieron un alto el fuego en Suez a Londres, París y Tel Aviv. El último bastión de resistencia húngara, en un barrio de Budapest, se rindió a los invasores el 10 de noviembre.
En esos días,
"Washington demostró que casi nunca es capaz de enfrentarse simultáneamente a dos grandes crisis" (Kissinger) y desilusionó a sus aliados y admiradores. En otro despacho de Marosy al Comité Nacional Húngaro en Nueva York, el diplomático decía que "Según Otto de Habsburgo, en el Oeste de Hungría están tan desesperados por la inactividad de los EEUU, que ya odian más a los americanos que a los rusos".
La preocupación en el mundo libre ante la agresión soviética fue de tal magnitudque el archiduque Otto escribió al presidente Eisenhower para proponerle la organización de una brigada formada por exiliados del Este y anticomunistas para combatir en territorio europeo donde quiera que se produjese la siguiente crisis.
El príncipe Habsburgo proponía que esa unidad militar se entrenase con armas modernas suministradas por EEUU en un país donde no actuaban ni los espías de las embajadas del Pacto de Varsovia (fundado en 1955) ni sus quintacolumnas, los partidos comunistas: España.
El proyecto, que también lo trataron las autoridades políticas y militares españolas, se desechó unos pocos meses más tarde.
El 6 de noviembre, EEUU y la URSS impusieron un alto el fuego en Suez a Londres, París y Tel Aviv. El último bastión de resistencia húngara, en un barrio de Budapest, se rindió a los invasores el 10 de noviembre.
En esos días,
"Washington demostró que casi nunca es capaz de enfrentarse simultáneamente a dos grandes crisis" (Kissinger) y desilusionó a sus aliados y admiradores. En otro despacho de Marosy al Comité Nacional Húngaro en Nueva York, el diplomático decía que "Según Otto de Habsburgo, en el Oeste de Hungría están tan desesperados por la inactividad de los EEUU, que ya odian más a los americanos que a los rusos".
La preocupación en el mundo libre ante la agresión soviética fue de tal magnitudque el archiduque Otto escribió al presidente Eisenhower para proponerle la organización de una brigada formada por exiliados del Este y anticomunistas para combatir en territorio europeo donde quiera que se produjese la siguiente crisis.
El príncipe Habsburgo proponía que esa unidad militar se entrenase con armas modernas suministradas por EEUU en un país donde no actuaban ni los espías de las embajadas del Pacto de Varsovia (fundado en 1955) ni sus quintacolumnas, los partidos comunistas: España.
El proyecto, que también lo trataron las autoridades políticas y militares españolas, se desechó unos pocos meses más tarde.
A punto de entrar en el Consejo de Seguridad
El profesor Suárez concluye que la crisis de Hungría tuvo como consecuencia que "creció el prestigio de Franco ante los dos bandos implicados". El 21 de noviembre, España presentó su candidatura para ocupar uno de los puestos rotatorios del Consejo de Seguridad. Y podía haberlo conseguido gracias al respaldo de los países hispanoamericanos, árabes y algunos europeos.
El académico añade que las potencias que habían decretado en los años 40 el aislamiento de España en castigo por el régimen franquista, incluida la URSS, se unieron para promocionar la candidatura de Suecia, que tenía un Gobierno socialdemócrata (un Gobierno sueco presidido por el socialdemócrata Per Albin Hansson autorizó en el verano de 1941 la circulación de tropas nazis por su territorio entre Finlandia, miembro del Eje, y la invadida Noruega, hasta que en el verano de 1943 la guerra cambió para el III Reich).
En la primera votación, celebrada en diciembre de 1956, España obtuvo 32 votos de 78. El día 18, el embajador Lequerica, por orden de Madrid, retiró la candidatura y votó a Suecia para mantener la concordia en la ONU. Al día siguiente, en un editorial el periódico progresista The New York Times le hizo saber al presidente Eisenhower su molestia con el ascenso diplomático de España.
La primera vez que España perteneció al Consejo de Seguridad fue en el bienio 1969-1970. En la actualidad, concluye el quinto período (2015-2016) de nuestra patria en el organismo.
Otra consecuencia posterior es que la nueva oleada de exiliados húngaros chocó con los ya establecidos justo en la posguerra. Los veteranos eran monárquicos y conservadores, mientras que los nuevos eran republicanos y, lo que provocó la indignación de los primeros, antifranquistas.
El profesor Suárez concluye que la crisis de Hungría tuvo como consecuencia que "creció el prestigio de Franco ante los dos bandos implicados". El 21 de noviembre, España presentó su candidatura para ocupar uno de los puestos rotatorios del Consejo de Seguridad. Y podía haberlo conseguido gracias al respaldo de los países hispanoamericanos, árabes y algunos europeos.
El académico añade que las potencias que habían decretado en los años 40 el aislamiento de España en castigo por el régimen franquista, incluida la URSS, se unieron para promocionar la candidatura de Suecia, que tenía un Gobierno socialdemócrata (un Gobierno sueco presidido por el socialdemócrata Per Albin Hansson autorizó en el verano de 1941 la circulación de tropas nazis por su territorio entre Finlandia, miembro del Eje, y la invadida Noruega, hasta que en el verano de 1943 la guerra cambió para el III Reich).
En la primera votación, celebrada en diciembre de 1956, España obtuvo 32 votos de 78. El día 18, el embajador Lequerica, por orden de Madrid, retiró la candidatura y votó a Suecia para mantener la concordia en la ONU. Al día siguiente, en un editorial el periódico progresista The New York Times le hizo saber al presidente Eisenhower su molestia con el ascenso diplomático de España.
La primera vez que España perteneció al Consejo de Seguridad fue en el bienio 1969-1970. En la actualidad, concluye el quinto período (2015-2016) de nuestra patria en el organismo.
Otra consecuencia posterior es que la nueva oleada de exiliados húngaros chocó con los ya establecidos justo en la posguerra. Los veteranos eran monárquicos y conservadores, mientras que los nuevos eran republicanos y, lo que provocó la indignación de los primeros, antifranquistas.
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sábado, 22 de octubre de 2016
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