Voy a ver cómo lo digo sin que el Ku Klux Klan de la corrección política me entierre en la arena con la cabeza empapada en hiel para que las termitas del Vade retro, Satana la devoren.
Dispongo de un salvoconducto que me permite disfrutar de las ventajas de la sala Vips en un sinfín de aeropuertos. Va aparejado a mi tarjeta de crédito. Su razón social es la misma de esta columna: Priority Pass.
Tras la rendición de Alepo se avecina una nueva oleada de refugiados, por no decir nada del incesante chaparrón de gota fría de los inmigrantes a palo seco. Si pocos éramos...
Siete de la mañana. Imaginemos que mi hijo Akela, cuyo nombre es el del lobo jefe de la manada que acogió a Mowgli, se despierta con hambre lupina. Sobre la mesa humea un panqueque. Sólo uno. Gajes de la crisis.
En eso llaman a la puerta. Es un refugiado. Acaba de llegar a España transportado en business class por los frailes mendicantes de una de ésas gubernamentalísimas organizaciones no gubernamentales que ayudan a todo cristo y más bien a todo alá con la pólvora del rey salida de los bolsillos del contribuyente y del negocio de la solidaridad. El refugiado está hambriento. Me lo indica llevándose una mano a la boca.
¿Qué debo hacer? No es una pregunta retórica. Se la dirijo, no sin angustia, a quienes piden papeles para todos con el argumento de que no hay personas ilegales y cuelgan en la Cibeles cartelones con el eslogan de Welcome refugees.
Insisto en que sólo hay un panqueque. Mi sueldo no da para más. Mi hijo, estimulado por el apetito propio de su edad, se relame con el tenedor y el cuchillo enarbolados. El inmigrante, al que he permitido pasar, lo mira con ojos golositos.
Reitero la pregunta. ¿Qué debo hacer? ¿A quién doy el panqueque? ¿A mi hijo o al forastero? ¿En cuál de las dos empieza la caridad?
Sólo cabe una respuesta: la que dan, en casos similares, los Verdaderos Finlandeses, los de Amanecer Dorado, los de Alternativa por Alemania, los okupas del Nuevo Hogar Social de la madrileña calle de Velázquez y tantos otros en otros tantos países. Los acusan de ser nazis. No sé si lo son, pero sí sé que yo no lo soy pese a terminar haciendo lo mismo que ellos hacen: conceder prioridad a lo propio sobre lo ajeno.
Pido al inmigrante que se marche. Sirvo a mi hijo el desayuno.
Lo siento, refugiados. Nada tengo contra vosotros (yihadistas aparte), pero aquí no hay panqueques para todos.
lunes, 2 de enero de 2017
miércoles, 28 de diciembre de 2016
martes, 27 de diciembre de 2016
Juana la Loca: la cautiva de Tordesillas. Manuel Fernández Alvárez.
El maestro de historiadores y uno de los mayores expertos en el siglo de oro escribió en este volumen una pequeña obra maestra, si la comparamos con sus magnas obras dedicadas a Carlos V y Felipe II.Juana la Loca es un personaje patético de nuestra historia, poco conocido y cuando se la trae a colación es para desprestigio patrio. A pesar de su enfermedad mental, enfermedad que en nuestra época es mucho mejor tratada que en nuestro quinientos, fue hija de reina, reina y madre no sólo de rey sino de emperador.
Su viaje con el féreto de su difunto marido por los campos de España, sus noches al aire libre para no pernoctar en un convento de mujeres, nos da una imagen triste y desoladora de nuestra cautiva de Tordesillas.
Culta y guapa, sobria castellana, perdida por los celos, pero que aún con ello tuvo la dignidad de aguantar el empuje de los comuneros y no firmar nada en contra de su hijo, Carlos V.
Dignidad por encima de todo, a pesar de haber sido mal tratada por su padre, Fernando el Católico, los marqueses de Denia y que encontró en San Francisco de Borja un refugio espiritual en sus últimos años.
Gran trabajo de Manuel Fernández Alvárez cuando nos habla de las diversas visitas de Carlos V con su familia a Tordesillas, amor sincero a pesar de las terribles circunstancias.
Libro recomendabilísimo de nuestro maestro para ahondar un poco más si cabe, en la época de mayor esplendor que nuestra patria ha conocido.
Isabel la Católica, su vida.
martes, 13 de diciembre de 2016
La crisis del mundo moderno. René Guénon.
"¡Pero qué época más singular es ésta donde tantos hombres se dejan persuadir de que se hace la felicidad de un pueblo sometiéndole a servidumbre, arrebatándole lo que tiene de más precioso, es decir, su propia civilización, obligándole a adoptar costumbres e instituciones que están hechas para otra raza, y forzando a los trabajos más penosos para hacerle adquirir cosas que le son de la más perfecta inutilidad! Pues así es: el Occidente moderno no puede tolerar que haya hombres que prefieran trabajar menos y que se contenten con poco para vivir; como sólo cuenta la cantidad, y como lo que no cae bajo los sentidos se tiene por inexistente, se admite que aquel que no se agita y que no produce materialmente no puede ser más que un «perezoso»; sin hablar siquiera a este respecto de las apreciaciones manifestadas corrientemente sobre los pueblos orientales, no hay más que ver cómo se juzgan las órdenes contemplativas, y eso hasta en algunos medios supuestamente religiosos. En un mundo tal, ya no hay ningún lugar para la inteligencia ni para todo lo que es puramente interior, ya que éstas son cosas que no se ven ni se tocan, que no se cuentan ni se pesan; ya no hay lugar más que para la acción exterior bajo todas sus formas, comprendidas las más desprovistas de toda significación. Así pues, no hay que sorprenderse de que la manía anglosajona del «deporte» gane terreno cada día: el ideal de ese mundo es el «animal humano» que ha desarrollado al máximo su fuerza muscular; sus héroes son los atletas, aunque sean brutos; son esos los que suscitan el entusiasmo popular, es por sus hazañas por lo que la muchedumbre se apasiona; un mundo donde se ven tales cosas ha caído verdaderamente muy bajo y parece muy cerca de su fin".
"Así pues, no hay lugar a desesperar; y, aunque no hubiera ninguna esperanza de desembocar en un resultado sensible antes de que el mundo moderno zozobre en alguna catástrofe, eso no sería todavía una razón válida para no emprender una obra cuyo alcance real se extiende mucho más allá de la época actual. Aquellos que estarían tentados a ceder al desánimo deben pensar que nada de lo que se cumple en este orden puede perderse nunca, que el desorden, el error y la obscuridad no pueden arrebatarlo más que en apariencia y de una manera completamente momentánea, que todos los desequilibrios parciales y transitorios deben concurrir necesariamente al gran equilibrio total, y que nada podría prevalecer finalmente contra el poder de la verdad; su divisa debe ser la que habían adoptado antaño algunas organizaciones iniciáticas del Occidente: Vincit omnia Veritas".
miércoles, 7 de diciembre de 2016
Verdad racista y ocultación. Hermann Tersch.
MARIA L., una joven estudiante de Medicina, desaparece mientras hace ejercicio en un parque en la ciudad alemana de Friburgo. La encuentran poco después violada y ahogada en un arroyo.
El miedo se extiende por la ciudad cuando dos semanas después es hallada otra joven mujer asesinada también con signos de haber sido forzada sexualmente. En cuestión de días se genera auténtica psicosis en la región de esta ciudad fronteriza con Suiza, de un cuarto de millón de habitantes.
El sábado pasado la Policía detiene finalmente al sospechoso de la primera muerte. Y resulta ser lo más temido por Policía y autoridades: un refugiado musulmán. Un afgano de 17 años que llegó a Alemania sin familia, entre otros muchos varones jóvenes, en el aluvión de centenares de miles de refugiados.
La televisión pública alemana ARD no informó sobre el caso. Consideró que el asesinato y el pánico en la región no tenían importancia. Eso no sería noticia. Son centenares los casos de delitos graves, en gran parte violaciones, que son ignorados por los medios si tienen como autores a refugiados. Por sistema.
Se considera que ofrecer a la población información de este tipo de crímenes fomenta el racismo y la islamofobia. Por esta razón se ocultan o maquillan estadísticas en muchos países.
El derecho a la información ha sucumbido por completo ante las precauciones que las autoridades creen tener que tomar para evitar lo que consideran actitudes políticamente incorrectas, bajas pasiones o sentimientos hostiles. En cuanto se produce ahora un crimen violento, los políticos y demás responsables rezan por que el autor no sea lo que ellos temen que será.
Porque si lo es, un inmigrante llegado con solicitud de refugiado y musulmán, se impone una reacción moralmente difícil, antes inconcebible y hoy habitual: la ocultación. Muchas veces con la impunidad como consecuencia. Todo en aras de bienes supuestamente superiores a la verdad y la seguridad de la ciudadanía, que serían la tranquilidad multicultural y la armonía interracial.
El caso más tremendo en Alemania de la masiva ocultación de delitos de refugiados e inmigrantes se produjo durante la fiesta de Nochevieja pasada en Colonia y en muchas otras ciudades alemanas. Las más de mil agresiones solo en Colonia fueron ocultadas por la Policía, por los políticos, por los fiscales y también por la prensa.
Nadie quería iniciar procedimientos susceptibles de ser tachados de racistas. Tanto que las dimensiones reales de lo sucedido tardaron en establecerse casi una semana. En los primeros días hubo intentos de negar la propia existencia de la agresión masiva y atribuirlo todo a malentendidos en la juerga multitudinaria.
De las 1.205 denuncias presentadas en Colonia apenas hubo procesados, seis condenas, y un solo reo cumple prisión once meses después. Recuerda a la red de prostitución y maltrato de niñas blancas por unos poderosos miembros de la comunidad paquistaní de Rotherham en Yorkshire.
Ayuntamiento, Policía y servicios sociales estaban al tanto de las monstruosidades de la red y nadie se atrevió a salvar a las niñas de aquellos desalmados por no enfrentarse a acusaciones de racismo e islamofobia.
Ahora en el caso de Friburgo ha sucedido algo insólito. La presión de la opinión pública sobre la cadena ARD ha sido tal que esta se ha visto obligada a informar sobre el asesino afgano de Maria L., a informar sobre la realidad.
Partes de la sociedad europea comienzan a tomar conciencia de que ciertas prácticas de sus gobernantes que obedecen a mandamientos ideológicos impuestos por la izquierda y asumidas por la derecha gobernante suponen un peligro inadmisible y una agresión intolerable. Ocultos tras la complicidad ideológica de poder y periodismo. Por eso exigen más verdad y menos ocultación. A esa demanda también la llaman populismo.
El miedo se extiende por la ciudad cuando dos semanas después es hallada otra joven mujer asesinada también con signos de haber sido forzada sexualmente. En cuestión de días se genera auténtica psicosis en la región de esta ciudad fronteriza con Suiza, de un cuarto de millón de habitantes.
El sábado pasado la Policía detiene finalmente al sospechoso de la primera muerte. Y resulta ser lo más temido por Policía y autoridades: un refugiado musulmán. Un afgano de 17 años que llegó a Alemania sin familia, entre otros muchos varones jóvenes, en el aluvión de centenares de miles de refugiados.
La televisión pública alemana ARD no informó sobre el caso. Consideró que el asesinato y el pánico en la región no tenían importancia. Eso no sería noticia. Son centenares los casos de delitos graves, en gran parte violaciones, que son ignorados por los medios si tienen como autores a refugiados. Por sistema.
Se considera que ofrecer a la población información de este tipo de crímenes fomenta el racismo y la islamofobia. Por esta razón se ocultan o maquillan estadísticas en muchos países.
El derecho a la información ha sucumbido por completo ante las precauciones que las autoridades creen tener que tomar para evitar lo que consideran actitudes políticamente incorrectas, bajas pasiones o sentimientos hostiles. En cuanto se produce ahora un crimen violento, los políticos y demás responsables rezan por que el autor no sea lo que ellos temen que será.
Porque si lo es, un inmigrante llegado con solicitud de refugiado y musulmán, se impone una reacción moralmente difícil, antes inconcebible y hoy habitual: la ocultación. Muchas veces con la impunidad como consecuencia. Todo en aras de bienes supuestamente superiores a la verdad y la seguridad de la ciudadanía, que serían la tranquilidad multicultural y la armonía interracial.
El caso más tremendo en Alemania de la masiva ocultación de delitos de refugiados e inmigrantes se produjo durante la fiesta de Nochevieja pasada en Colonia y en muchas otras ciudades alemanas. Las más de mil agresiones solo en Colonia fueron ocultadas por la Policía, por los políticos, por los fiscales y también por la prensa.
Nadie quería iniciar procedimientos susceptibles de ser tachados de racistas. Tanto que las dimensiones reales de lo sucedido tardaron en establecerse casi una semana. En los primeros días hubo intentos de negar la propia existencia de la agresión masiva y atribuirlo todo a malentendidos en la juerga multitudinaria.
De las 1.205 denuncias presentadas en Colonia apenas hubo procesados, seis condenas, y un solo reo cumple prisión once meses después. Recuerda a la red de prostitución y maltrato de niñas blancas por unos poderosos miembros de la comunidad paquistaní de Rotherham en Yorkshire.
Ayuntamiento, Policía y servicios sociales estaban al tanto de las monstruosidades de la red y nadie se atrevió a salvar a las niñas de aquellos desalmados por no enfrentarse a acusaciones de racismo e islamofobia.
Ahora en el caso de Friburgo ha sucedido algo insólito. La presión de la opinión pública sobre la cadena ARD ha sido tal que esta se ha visto obligada a informar sobre el asesino afgano de Maria L., a informar sobre la realidad.
Partes de la sociedad europea comienzan a tomar conciencia de que ciertas prácticas de sus gobernantes que obedecen a mandamientos ideológicos impuestos por la izquierda y asumidas por la derecha gobernante suponen un peligro inadmisible y una agresión intolerable. Ocultos tras la complicidad ideológica de poder y periodismo. Por eso exigen más verdad y menos ocultación. A esa demanda también la llaman populismo.
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