sábado, 8 de julio de 2017
domingo, 2 de julio de 2017
Imprudentia victrix. Serafín Fanjul.
No es nada nuevo que en España triunfe la ignorancia (imprudentia en latín), nuestro mayor mal. Ahora también triunfa Rodríguez, que mucho hizo por ella: la Alianza de Civilizaciones, copiada al persa Jatamí, se consolida y la derecha política, tras haberla ridiculizado tanto y con tanta razón, la abraza entusiasmada elevándola a la categoría de Doctrina de Estado y Pensamiento Único, con exclusión y aplastamiento de cualquier resistencia. La Conjura de los Necios (volvemos al latín, como en todo lo importante: nescius, «el que no sabe») que urdiera el leonés de Valladolid con feliz desparpajo, prevalece y perdura como guía al hacerla suya la España oficial, tan proclive siempre a seguir las indicaciones que le den los políticos con mando, tampoco sobrados de lecturas. Pero vayamos primero con los de fuera, obstinados en buscar coartadas justificadoras de la rendición preventiva ante el islamismo y de su escasa convicción en combatirlo.
Recientemente, la inglesa Elizabeth Drayson (The Moor’s Last Stand: How Seven Centuries of Muslim Rule in Spain Came to an End, Profile Books, 2017) nos descubre su Mediterráneo al británico modo: repitiendo los tópicos más manidos y desgastados sobre al-Andalus y –de rechazo, claro– en torno a los españoles y la maravillosa «convivencia» perdida, obviamente para instrumentalizar el pasado en los gatuperios del presente: «[Los Reyes Católicos] dieron fin a siete siglos de convivencia y prosperidad, juntos y en paz». Con lo cual demuestra sus dudosos conocimientos acerca de la Granada Nazarí, mismo dislate en que incurre la galardonada Karen Armstrong –mera proselitista del islam a base de buenismo–, cuando asegura muy convencida que la entrada de Isabel y Fernando en la ciudad fue acompañada por el «repicar de campanas jubilosas»: ignora que en Granada no había cristianos sueltos (atados había miles), que se martirizaba a los frailes misioneros y que el sultanato, en sus dos siglos largos de existencia, fue monolingüe, monocultural y de nula tolerancia religiosa. No son las únicas que creen tales cosas y que, encima, las cuentan, bien jaleadas por las nubes de hispanos, ahítos de imprudentia, mientras los soberbios timoneles al mando están persuadidos de apaciguar a los bárbaros ofreciendo presentes a sus propagandistas y amigas. La visita del Papa a Egipto escenifica bien la situación: recibido con una matanza de cristianos días antes de su llegada, despedido con otra todavía peor jornadas después de su marcha y entre medias vagas cortesías y declaraciones protocolarias por parte del gran Sheij de al-Azhar, al que no sé por qué motivo los periodistas se empecinan en denominar «Imán», que es lo que les suena.
Hace unos días, Luis Ventoso daba la voz de alarma ante la concesión del Premio Princesa de Asturias a Karen Armstrong. Y tenía razón, porque los conocimientos de la misma sobre España y más en particular en torno a al-Andalus son manifiestamente mejorables. Pero estas dos señoras inglesas no inventan nada: se limitan a calcar estereotipos con casi dos siglos encima, los creados por los viajeros románticos que difundieron la maurofilia literaria por Europa, destacando que las costumbres hispanas diferían de las «europeas» –cuando realmente diferían, o así lo entendían ellos– por su origen árabe. Los elementos centrales del carácter español, según ellos (grandilocuencia, cortesía grave, ociosidad, giros poéticos en pensamiento y lenguaje) responderían a sus raíces «árabes y orientales», pasados por el fuego arrasador de avaricia y corrupción del catolicismo inquisitorial que lo estropeó todo. Esta estúpida construcción se edifica sobre la piedra angular de al-Andalus que, objetivamente, ninguna culpa tuvo del uso que más adelante se haría de su historia: «Cuando los moros dominaban Granada, eran un pueblo más alegre que hoy. Sólo pensaban en el amor, la música y la poesía. Componían estrofas con cualquier motivo y a todas les ponían música», dice Irving.
Casi todos esos escritores –los alemanes, menos: son más serios– buscan y, naturalmente, encuentran «el Oriente» en España. Afloran la rivalidad y los enfrentamientos del pasado con nuestro país, nunca olvidados (ni ahora mismo): las riquezas naturales de España («bajo el dominio de los romanos y los moros parecía un Edén, un jardín de la abundancia y las delicias») echadas a perder por los españoles («abandono y desolación», Ford). Y «Andalucía, antaño risueño jardín transformado en lo que ahora es desde que, por la expulsión de los moros de España, fue sangrada esta tierra de la mayor parte de su población» (Borrow). Línea despectiva también adoptada por su coetáneo, el historiador Lane-Poole (The Moors in Spain, Londres, 1887) y que perdura hasta nuestros días. Gautier, Poitou, Davillier, Amicis, Ford, Borrow, Maximiliano de Austria, etc. recrean la exaltación del placer sensual, del «espíritu de los califas» y, desde luego, de «la tolerancia». Y esa imagen de España y de al-Andalus en particular, cristalizada ya a mediados del XIX, con todos sus rasgos y características bien delineados, pasó de los viajeros románticos a los historiadores y eruditos que buscaban aquel paraíso sin par. Una imagen que la pereza y la comodidad se niegan a revisar ni a replantear en modo alguno, como deplora Bartolomé Bennasar refiriéndose a su país. El rizo bien rizado lo ponen los españoles –como con la Leyenda Negra, de la que forman parte estos delirios– tomando en serio y premiando semejantes dislates.
Y encontramos en respetables estudiosos contemporáneos –que en otros lugares hemos señalado adecuadamente– la misma propensión a creerse el carácter armónico y perfecto del paraíso andalusí (Lévi-Provençal y Braudel todavía mantienen las derivas neorrománticas de Dozy), un edén con tiempo ambiental fijo e inmutable, al que se endosan en el siglo IX sucesos, productos e ideas del XI, el XII o hasta el XIV o XV. Si en la vida material esto es relativamente fácil de detectar, en aspectos ideológicos o espirituales es mucho más difícil, con lo que, de manera inexcusable, terminan apareciendo los criterios, intereses y prejuicios de la actualidad. Fin de trayecto que a veces se declara desembozadamente: «La sociedad de al-Andalus, convivencial durante varios siglos, me ayudaba a comprender activamente los imperios del siglo XX» (Lucie Bolens).
Hace muchos años que vengo denunciando la falacia de presentar a al-Andalus como un paraíso. Me aburre insistir ante quienes no tienen la menor intención de escuchar, disciplina en la que los apologistas del islam a distancia son maestros. Por una vez cedo la palabra a mi colega y amiga la académica Mª Jesús Viguera, en la actualidad la mejor especialista en al-Andalus que tenemos: «En relación con la situación religiosa andalusí se ha creado el mito de la convivencialidad, como si al-Andalus fuera un paraíso de armonía, religiosa, cultural y social (…) La figuración de la convivencialidad muestra los intereses del presente en torno, sobre todo, a la situación de Oriente Medio y de la emigración en Europa».
Y así, la España oficial impertérrita, hasta el próximo premio, el siguiente bajonazo a nuestra historia y nuestra cultura.
Recientemente, la inglesa Elizabeth Drayson (The Moor’s Last Stand: How Seven Centuries of Muslim Rule in Spain Came to an End, Profile Books, 2017) nos descubre su Mediterráneo al británico modo: repitiendo los tópicos más manidos y desgastados sobre al-Andalus y –de rechazo, claro– en torno a los españoles y la maravillosa «convivencia» perdida, obviamente para instrumentalizar el pasado en los gatuperios del presente: «[Los Reyes Católicos] dieron fin a siete siglos de convivencia y prosperidad, juntos y en paz». Con lo cual demuestra sus dudosos conocimientos acerca de la Granada Nazarí, mismo dislate en que incurre la galardonada Karen Armstrong –mera proselitista del islam a base de buenismo–, cuando asegura muy convencida que la entrada de Isabel y Fernando en la ciudad fue acompañada por el «repicar de campanas jubilosas»: ignora que en Granada no había cristianos sueltos (atados había miles), que se martirizaba a los frailes misioneros y que el sultanato, en sus dos siglos largos de existencia, fue monolingüe, monocultural y de nula tolerancia religiosa. No son las únicas que creen tales cosas y que, encima, las cuentan, bien jaleadas por las nubes de hispanos, ahítos de imprudentia, mientras los soberbios timoneles al mando están persuadidos de apaciguar a los bárbaros ofreciendo presentes a sus propagandistas y amigas. La visita del Papa a Egipto escenifica bien la situación: recibido con una matanza de cristianos días antes de su llegada, despedido con otra todavía peor jornadas después de su marcha y entre medias vagas cortesías y declaraciones protocolarias por parte del gran Sheij de al-Azhar, al que no sé por qué motivo los periodistas se empecinan en denominar «Imán», que es lo que les suena.
Hace unos días, Luis Ventoso daba la voz de alarma ante la concesión del Premio Princesa de Asturias a Karen Armstrong. Y tenía razón, porque los conocimientos de la misma sobre España y más en particular en torno a al-Andalus son manifiestamente mejorables. Pero estas dos señoras inglesas no inventan nada: se limitan a calcar estereotipos con casi dos siglos encima, los creados por los viajeros románticos que difundieron la maurofilia literaria por Europa, destacando que las costumbres hispanas diferían de las «europeas» –cuando realmente diferían, o así lo entendían ellos– por su origen árabe. Los elementos centrales del carácter español, según ellos (grandilocuencia, cortesía grave, ociosidad, giros poéticos en pensamiento y lenguaje) responderían a sus raíces «árabes y orientales», pasados por el fuego arrasador de avaricia y corrupción del catolicismo inquisitorial que lo estropeó todo. Esta estúpida construcción se edifica sobre la piedra angular de al-Andalus que, objetivamente, ninguna culpa tuvo del uso que más adelante se haría de su historia: «Cuando los moros dominaban Granada, eran un pueblo más alegre que hoy. Sólo pensaban en el amor, la música y la poesía. Componían estrofas con cualquier motivo y a todas les ponían música», dice Irving.
Casi todos esos escritores –los alemanes, menos: son más serios– buscan y, naturalmente, encuentran «el Oriente» en España. Afloran la rivalidad y los enfrentamientos del pasado con nuestro país, nunca olvidados (ni ahora mismo): las riquezas naturales de España («bajo el dominio de los romanos y los moros parecía un Edén, un jardín de la abundancia y las delicias») echadas a perder por los españoles («abandono y desolación», Ford). Y «Andalucía, antaño risueño jardín transformado en lo que ahora es desde que, por la expulsión de los moros de España, fue sangrada esta tierra de la mayor parte de su población» (Borrow). Línea despectiva también adoptada por su coetáneo, el historiador Lane-Poole (The Moors in Spain, Londres, 1887) y que perdura hasta nuestros días. Gautier, Poitou, Davillier, Amicis, Ford, Borrow, Maximiliano de Austria, etc. recrean la exaltación del placer sensual, del «espíritu de los califas» y, desde luego, de «la tolerancia». Y esa imagen de España y de al-Andalus en particular, cristalizada ya a mediados del XIX, con todos sus rasgos y características bien delineados, pasó de los viajeros románticos a los historiadores y eruditos que buscaban aquel paraíso sin par. Una imagen que la pereza y la comodidad se niegan a revisar ni a replantear en modo alguno, como deplora Bartolomé Bennasar refiriéndose a su país. El rizo bien rizado lo ponen los españoles –como con la Leyenda Negra, de la que forman parte estos delirios– tomando en serio y premiando semejantes dislates.
Y encontramos en respetables estudiosos contemporáneos –que en otros lugares hemos señalado adecuadamente– la misma propensión a creerse el carácter armónico y perfecto del paraíso andalusí (Lévi-Provençal y Braudel todavía mantienen las derivas neorrománticas de Dozy), un edén con tiempo ambiental fijo e inmutable, al que se endosan en el siglo IX sucesos, productos e ideas del XI, el XII o hasta el XIV o XV. Si en la vida material esto es relativamente fácil de detectar, en aspectos ideológicos o espirituales es mucho más difícil, con lo que, de manera inexcusable, terminan apareciendo los criterios, intereses y prejuicios de la actualidad. Fin de trayecto que a veces se declara desembozadamente: «La sociedad de al-Andalus, convivencial durante varios siglos, me ayudaba a comprender activamente los imperios del siglo XX» (Lucie Bolens).
Hace muchos años que vengo denunciando la falacia de presentar a al-Andalus como un paraíso. Me aburre insistir ante quienes no tienen la menor intención de escuchar, disciplina en la que los apologistas del islam a distancia son maestros. Por una vez cedo la palabra a mi colega y amiga la académica Mª Jesús Viguera, en la actualidad la mejor especialista en al-Andalus que tenemos: «En relación con la situación religiosa andalusí se ha creado el mito de la convivencialidad, como si al-Andalus fuera un paraíso de armonía, religiosa, cultural y social (…) La figuración de la convivencialidad muestra los intereses del presente en torno, sobre todo, a la situación de Oriente Medio y de la emigración en Europa».
Y así, la España oficial impertérrita, hasta el próximo premio, el siguiente bajonazo a nuestra historia y nuestra cultura.
Emilio Aguinaldo sobre el Sitio de Baler.
Nada más llegar al pueblo, los españoles se dan cuenta de que el mejor edificio donde acuartelarse es la iglesia, por ser el lugar más sólido y seguro de la zona. Los primeros días en Baler son de una tranquilidad tensa. Los españoles se preparan para la lucha, acondicionando la iglesia para la defensa, reuniendo allí alimentos y municiones. Los rebeldes filipinos llegan a Baler el 27 de julio de 1898.El sitio de Baler durará 337 días, en los cuales los filipinos atacarán continuamente a los españoles, fracasando en todos sus intentos, a pesar de contar con cañones trasladados desde Manila, capital de la nueva República. Por otro lado se envían continuamente mensajeros ofreciendo la paz a los españoles, cosa que estos rechazan continuamente, aunque España se había rendido oficialmente en diciembre de 1898.
A las dificultades típicas del asedio, falta de alimentos o municiones, se sumó la aparición de una enfermedad tropical que diezmó a los españoles, el ber-iberi. Esta enfermedad acabará con el jefe del destacamento, el capitán Enrique de las Morenas, y con el teniente Juan Alfonso Zayas, quedando al mando de la tropa el teniente Saturnino Martín Cerezo.
Finalmente el teniente Martín Cerezo recibe noticias reales sobre la rendición de España, mediante un periódico de la época. Los españoles para rendirse, piden un trato honroso y que no sean considerados prisioneros de guerra, cosa que aceptan los filipinos. El 2 de junio de 1899, las tropas españolas abandonan la iglesia de Baler, entre la admiración de sus enemigos filipinos.
Para finalizar, estos “últimos de Filipinas” llegaran a Barcelona el primero de septiembre de 1899, entre el clamor popular por su gesta. Los honores que recibieron estos hombres fueron muchos, pero destaca el ofrecido por el primer presidente de la República de Filipinas, Aguinaldo, que decretó esto:
“Habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República que bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi Secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo a disponer lo siguiente:
Artículo Único. Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino, por el contrario, como amigos, y en consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlak a 30 de junio de 1899
El Presidente de la República, Emilio Aguinaldo”
jueves, 29 de junio de 2017
La fiel infantería.
SERTORIO
A Lara Sánchez, mujer de las de antes
Entre las características de los diccionarios no está el que se lean de un tirón en un par de días. Por lo común, ni la amenidad de su prosa ni la riqueza de los temas invita a ello. N siquiera sucede así con el del doctor Johnson. Sin embargo, algunos autores han convertido sus glosarios, reales o supuestos, en libros muy legibles, como Milorad Pavic y su Diccionario jázaro, Ambrose Bierce y su Diccionario del diablo,o el clásico de Voltaire, el Diccionario filosófico. En España, Cela vendió muchos ejemplares del Diccionario secreto, pero dudo que alguien se haya leído de una sentada los tres volúmenes. Cirlot editó su Diccionario de símbolos con la intención de que se leyera como un tratado, pero sólo a Rafael García Serrano (1917-1988) se le ocurrió convertir su Diccionario para un macuto (1964) en una vibrante, animada y fresca memoria de la guerra del 36, un diccionario épico, no exento de sátira y de nostalgia, donde uno rememora viejas narraciones de nuestros abuelos, aquellos capitanes de Oviedo, del Ebro, del Maestrazgo.
Si Rafael García Serrano hubiera militado en el lado correcto de las trincheras, hoy las ediciones cuidadas por doctorandos, los premios y hasta las fundaciones con su nombre serían muy abundantes, pero nuestro escritor fue falangista, alguien que, como tal, se subió a un autobús de La Bidasotarra en la plaza del Castillo de Pamplona y se bajó en Somosierra con el máuser en bandolera y el empuje de un miura al salir de chiqueros. Se entregó al españolísimo deporte de echarse al monte y disfrutó con bárbara alegría de la guerra y de la victoria. Al contrario que otros más avisados, este perenne alférez provisional no blanqueó el azul mahón de su camisa, ni mercó el percal de su chaqueta, ni se bajó los pantalones con descargos de conciencia y demás milongas. Fue un tío de una pieza, con los cojones bien puestos, que no se calló ni cuando un ministro muy demócrata y cristiano, hoy justamente olvidado, le intentó dejar en la inopia económica. En sus últimos años, desde su reducto de El Alcázar, inasequible al desaliento, no dejó de disparar sus flechas acerbas y recias a los tornadizos demócratas de nuevo cuño.
No es de extrañar que en el régimen actual sea un proscrito; más curioso resulta que también lo fuera con el anterior. Una de las taras del franquismo fue dejar la cultura en manos del clero; el régimen del Generalísimo apenas fue fascista en la superficie, nada más; tras la delgada costra azul se ocultaba un enjundioso tocino clerical que, además, no ahorraba ocasión de exudar su ranciedumbre de la forma más estúpida y gazmoña posible. A finales de 1943, García Serrano había ganado el Premio Nacional de Literatura con La fiel infantería, estupenda novela de lirismo bravío y de tensión juvenil, pues la fuerza de los años mozos es algo que este Kerouac con capote manta transmite de manera insuperable al lector, virtuoso del arte de evangelizar con la emoción. De los personajes, soldados y zagales sin desbravar, era de suponer que abundaran en frases como: “Yo quería saber si mi novia podía tener hijos. Hasta que no lo supe por mis propios medios, no me casé con ella”. O: “No pensaba más que en mujeres fáciles. Jamás habló con una muchacha sensible ni besó una boca que no le costase un billete”. O: “Está en cueros; no me atrevo a decir desnuda, como se dice de verdad. Seguramente que el decirlo sería pecado”. Por supuesto, no falta una visita de los voluntarios a un cabaret pueblerino con la muy cateta y sugerente razón social de La pájara verde. Tampoco escasean en la obra expresiones de católico paganismo falangista, inspiradas por Montherlant: “Lo que te digo es pagano, y pienso que un poco de paganía viene bien para descansar las espaldas. El aire, el laurel, el saltar dos metros y el correr cien, la victoria: todo eso es pagano”. O: “Lo primero, España. Y sobre España, ni Dios… [exabrupto falangista en discusión con un requeté]”. O: “Estos [los requetés] le llaman Dios a un cardenal cualquiera”. En definitiva, frases propias de jóvenes en guerra a los que les es difícil hablar de política y mujeres “conteniendo la sangre caliente que nos alzaba los cascos”.
No era de la misma opinión Monseñor Pla y Deniel, Primado de España y Dalai Lama del nacionalcatolicismo, aquella peste que confundía la piedad con el largo de las faldas, la catolicidad con el clericalismo y la devoción con la estrechez de mente. El 15 de enero de 1944, en el Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo apareció un decreto de Su Eminencia en el que se condenaba La fiel infantería por sus “expresiones indecorosas y obscenas” (ap. 3) y (ésta es mi objeción favorita) “porque se proponen como necesarios e inevitables los pecados de lujuria en la juventud” (ap. 1). ¡Jesús, María y José!
A la Iglesia española la salvaron del genocidio de 1936 los soldados y los jóvenes “lujuriosos” que se echaron al monte pro aris et focis; de no haber sido por aquellos legionarios que soltaban las “grandes blasfemias de su vocabulario de tigre”, de no haber tomado el fusil esos “locos sagrados, hijos de Dios, falangistas”, no habría quedado ni un altar sin profanar, ni un cura sin degollar, ni una monja sin violar y ni una iglesia sin quemar en toda la piel de toro. Por eso, el mismo cardenal Pla y Deniel denominó, con toda justicia, Cruzada al Alzamiento del 18 de Julio. La denominación hizo fortuna: en 1936, la Iglesia libraba una batalla a muerte contra los enemigos de la fe, y nuestros abuelos tuvieron clara conciencia de ello hasta el final de sus días: yo mismo, niño, escuché de mis mayores su testimonio de cruzados. Católicos de Portugal, Irlanda, Francia e Italia, ortodoxos rusos y rumanos, paganos germánicos y hasta marroquíes musulmanes —que decidieron luchar con los españoles creyentes antes que servir a la República atea— se movilizaron para combatir al enemigo común: la modernidad deicida.
Que los combatientes no se suelen expresar ni comportar como ursulinas es un lugar común literario, no sé si teológico. Las inocentes y brutales expansiones de los protagonistas de esta novela joven, idealista y un punto remarquiana, con muy poco de un pretendido tremendismo que no sé dónde se detecta, fueron ofensivas para los meapilas de servicio en 1943; semejante tranche de vie resultaba inaceptable para sus castos oídos de novicia. El caso es que la censura eclesiástica decidió mostrar su poder con La fiel infantería, echó mano del brazo secular, “y para Reyes del 44 ya iba la policía recogiéndola por los escaparates, como a una muchacha descarriada”, cuenta García Serrano en su prólogo a la edición de 1980. Clandestina, marginal, novela de culto, La fiel infantería se convirtió en el emblema de la Victoria sin alas, de la esperanza de renovación vital de España asfixiada en la cuna por la zafia derecha burguesa, por los judas del clero imbécil y por un poder militar patriota, pero de espíritu cuartelero y limitado.
De esta forma, la España de Franco se quedó sin su escritor, que siguió sirviendo con lealtad al espíritu del 18 de Julio y al Caudillo, aunque sólo para recibir amargas recompensas, como las que sufrió al proclamar el tradicional antimonarquismo de la Falange en las páginas no del ABC, sino de ¡Arriba!... Cosas de España.
Lo que jamás abandonó a Rafael García Serrano fue su juventud, el recuerdo tan vivo y presente de aquel decenio exaltado, cruel y sublime que va del Discurso de la Comedia al regreso de la División Azul, cuando parecía que España iba a cambiar de verdad. Eugenio o la proclamación de la primavera (1938) es la obra inaugural de su prosa, acabada de escribir con menos de veinte años en el Baztán carlista y guerrero del 36 y corregida en 1938, en el hospital, “mientras me moría a chorros”. En una época aberrante y degenerada como la nuestra, donde la literatura juvenil enseña a los chicos a vestirse de chicas, una obra como Eugenio es dinamita nietzscheana. Nada nos muestra mejor lo bajo que hemos caído que el leer uno de los diálogos:
—Nos llaman bárbaros y pistoleros.
—No saben que la civilización se defiende a tiros.
Eugenio me impresionó mucho en su primera lectura, cuando no sumaba yo los dieciséis abriles, y todavía me emociona en nuestros periódicos reencuentros, con trozos que me sé de memoria. Heroica y ejemplar, la vida de un escuadrista se convierte en novela de caballerías: Eugenio es un Amadís urbano, un Lanzarote con camisa azul, aunque en su violencia y su mística encontramos la pureza de un Parsifal. Sus breves páginas exaltadas transmiten el espíritu que se vivía entre los jóvenes del 36. El autor así lo reconoce en su prólogo de 1945: “Nacido el libro, mejor: la voluntad de este libro, para un tiempo peligroso, es posible que ahora parezca ingenuo, elemental, hasta infantil. Así lo quiero, así lo hice, así lo entendieron los de mi Bandera, muchos de los cuales, por todas estas razones ingenuas, elementales e infantiles, murieron más tarde repartidos entre una Bandera de Navarra y una Bandera de Aragón [...]. El mundo mismo ha dado una vuelta gigantesca, y entre ruinas y dolores se ha sepultado un concepto de la vida muy noble y muy bello. Lleno de equivocaciones, yo no lo sé, y otros sí que lo saben; pero ha fenecido un aire de existir que nos enamoró en la época de los amores inolvidables. De los dieciséis a los veinte años.
Mucho más madura, con un oficio excelente, es la tercera de las obras que dedica García Serrano a la guerra: Plaza del Castillo (1951), retrato minucioso y verista de la Pamplona de julio de 1936, entre los sanfermines y el Alzamiento. Aquí el falangista cede el paso al escritor, que lo es de categoría. A la recreación histórica se une la calidad de la prosa, de lo mejorcito que se puede leer de esa generación. Como un Manhattan Transfer pamplonés, los personajes y los ambientes desfilan ante nuestra atención encantada, hechizada por la excelente técnica del autor. La descripción del encierro del once de julio es magistral, así como lo eterno, lo que permanece en el espíritu de la fiesta: “Pensaba Joaquín, mirando en torno, que la diversidad se unificaba alrededor de la fiesta cristiana. Los buenos y los malos, los ricos y los pobres, los listos y los tontos, los analfabetos y los sabios, los guapos y los feos encontraban en el fondo de su alma cristiana la honda ligadura de una unidad cada día más difícil, cada día más cuarteada por las circunstancias. Entró Javier García con varios de su cuerda, el vendedor de Mundo Obrero, otro que pasaba por matón profesional y un par de estudiantes, y Joaquín se daba cuenta de que también ellos, esos cinco que entraban, estaban cogidos por la magia unitiva de la fiesta, por el légamo cristiano de sus corazones, por aquellas lejanas preces de la madre, por siglos de catolicidad en la sangre, y su blasfemia era cristiana y sus ganas de quemar iglesias eran cristianas, y ellos se sabían herejes porque también conocían e intuían una simple y hermosa ortodoxia. Era la rabieta contra Cristo, la pataleta de los desesperados que no saben o no quieren comprobar cómo Cristo, solamente Él, puede ser su centurión, su amigo, su camarada.”
Por fortuna, a ningún monseñor se le ocurrió fulminar con otra condena a esta novela. Sin embargo, el autor, más escarmentado por los años, no deja de reflejar sus desilusiones: “Y se gana. Se ganará. Pero ¿y después? Mire, la tribu de los privilegiados es mucho más difícil de combatir que la de los revolucionarios de barricada y quema de conventos. Me produce mucho más miedo un banquero español que un pobre Lenin español con su tartera de caviar y dinamita. Cuando el enemigo está delante se le dispara y santas pascuas. Pero cuando no se sabe dónde está, uno lo pasa francamente mal”. No le faltaba razón. Hoy, malbaratada la Victoria, poca diferencia hay entre el espíritu de aquella España decadente y la actual: “Y esa falta de un alto y claro estilo, de una manera de ser entera y verdadera, hacía de todos y cada uno de los españoles gente sin cultura, sin raigambre, aburridas y desesperanzadas. El gran acuerdo nacional, el programa común de izquierdas y derechas, de nobles y plebeyos, consistía en agarbanzar aún más la existencia, en escupir en corro. Quedaban unos cuantos locos, pero ¿qué podían hacer?”.
Pues en eso estamos, otra vez.
Elmanifiesto.com
A Lara Sánchez, mujer de las de antes
Entre las características de los diccionarios no está el que se lean de un tirón en un par de días. Por lo común, ni la amenidad de su prosa ni la riqueza de los temas invita a ello. N siquiera sucede así con el del doctor Johnson. Sin embargo, algunos autores han convertido sus glosarios, reales o supuestos, en libros muy legibles, como Milorad Pavic y su Diccionario jázaro, Ambrose Bierce y su Diccionario del diablo,o el clásico de Voltaire, el Diccionario filosófico. En España, Cela vendió muchos ejemplares del Diccionario secreto, pero dudo que alguien se haya leído de una sentada los tres volúmenes. Cirlot editó su Diccionario de símbolos con la intención de que se leyera como un tratado, pero sólo a Rafael García Serrano (1917-1988) se le ocurrió convertir su Diccionario para un macuto (1964) en una vibrante, animada y fresca memoria de la guerra del 36, un diccionario épico, no exento de sátira y de nostalgia, donde uno rememora viejas narraciones de nuestros abuelos, aquellos capitanes de Oviedo, del Ebro, del Maestrazgo.
Si Rafael García Serrano hubiera militado en el lado correcto de las trincheras, hoy las ediciones cuidadas por doctorandos, los premios y hasta las fundaciones con su nombre serían muy abundantes, pero nuestro escritor fue falangista, alguien que, como tal, se subió a un autobús de La Bidasotarra en la plaza del Castillo de Pamplona y se bajó en Somosierra con el máuser en bandolera y el empuje de un miura al salir de chiqueros. Se entregó al españolísimo deporte de echarse al monte y disfrutó con bárbara alegría de la guerra y de la victoria. Al contrario que otros más avisados, este perenne alférez provisional no blanqueó el azul mahón de su camisa, ni mercó el percal de su chaqueta, ni se bajó los pantalones con descargos de conciencia y demás milongas. Fue un tío de una pieza, con los cojones bien puestos, que no se calló ni cuando un ministro muy demócrata y cristiano, hoy justamente olvidado, le intentó dejar en la inopia económica. En sus últimos años, desde su reducto de El Alcázar, inasequible al desaliento, no dejó de disparar sus flechas acerbas y recias a los tornadizos demócratas de nuevo cuño.
No es de extrañar que en el régimen actual sea un proscrito; más curioso resulta que también lo fuera con el anterior. Una de las taras del franquismo fue dejar la cultura en manos del clero; el régimen del Generalísimo apenas fue fascista en la superficie, nada más; tras la delgada costra azul se ocultaba un enjundioso tocino clerical que, además, no ahorraba ocasión de exudar su ranciedumbre de la forma más estúpida y gazmoña posible. A finales de 1943, García Serrano había ganado el Premio Nacional de Literatura con La fiel infantería, estupenda novela de lirismo bravío y de tensión juvenil, pues la fuerza de los años mozos es algo que este Kerouac con capote manta transmite de manera insuperable al lector, virtuoso del arte de evangelizar con la emoción. De los personajes, soldados y zagales sin desbravar, era de suponer que abundaran en frases como: “Yo quería saber si mi novia podía tener hijos. Hasta que no lo supe por mis propios medios, no me casé con ella”. O: “No pensaba más que en mujeres fáciles. Jamás habló con una muchacha sensible ni besó una boca que no le costase un billete”. O: “Está en cueros; no me atrevo a decir desnuda, como se dice de verdad. Seguramente que el decirlo sería pecado”. Por supuesto, no falta una visita de los voluntarios a un cabaret pueblerino con la muy cateta y sugerente razón social de La pájara verde. Tampoco escasean en la obra expresiones de católico paganismo falangista, inspiradas por Montherlant: “Lo que te digo es pagano, y pienso que un poco de paganía viene bien para descansar las espaldas. El aire, el laurel, el saltar dos metros y el correr cien, la victoria: todo eso es pagano”. O: “Lo primero, España. Y sobre España, ni Dios… [exabrupto falangista en discusión con un requeté]”. O: “Estos [los requetés] le llaman Dios a un cardenal cualquiera”. En definitiva, frases propias de jóvenes en guerra a los que les es difícil hablar de política y mujeres “conteniendo la sangre caliente que nos alzaba los cascos”.
No era de la misma opinión Monseñor Pla y Deniel, Primado de España y Dalai Lama del nacionalcatolicismo, aquella peste que confundía la piedad con el largo de las faldas, la catolicidad con el clericalismo y la devoción con la estrechez de mente. El 15 de enero de 1944, en el Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo apareció un decreto de Su Eminencia en el que se condenaba La fiel infantería por sus “expresiones indecorosas y obscenas” (ap. 3) y (ésta es mi objeción favorita) “porque se proponen como necesarios e inevitables los pecados de lujuria en la juventud” (ap. 1). ¡Jesús, María y José!
A la Iglesia española la salvaron del genocidio de 1936 los soldados y los jóvenes “lujuriosos” que se echaron al monte pro aris et focis; de no haber sido por aquellos legionarios que soltaban las “grandes blasfemias de su vocabulario de tigre”, de no haber tomado el fusil esos “locos sagrados, hijos de Dios, falangistas”, no habría quedado ni un altar sin profanar, ni un cura sin degollar, ni una monja sin violar y ni una iglesia sin quemar en toda la piel de toro. Por eso, el mismo cardenal Pla y Deniel denominó, con toda justicia, Cruzada al Alzamiento del 18 de Julio. La denominación hizo fortuna: en 1936, la Iglesia libraba una batalla a muerte contra los enemigos de la fe, y nuestros abuelos tuvieron clara conciencia de ello hasta el final de sus días: yo mismo, niño, escuché de mis mayores su testimonio de cruzados. Católicos de Portugal, Irlanda, Francia e Italia, ortodoxos rusos y rumanos, paganos germánicos y hasta marroquíes musulmanes —que decidieron luchar con los españoles creyentes antes que servir a la República atea— se movilizaron para combatir al enemigo común: la modernidad deicida.
Que los combatientes no se suelen expresar ni comportar como ursulinas es un lugar común literario, no sé si teológico. Las inocentes y brutales expansiones de los protagonistas de esta novela joven, idealista y un punto remarquiana, con muy poco de un pretendido tremendismo que no sé dónde se detecta, fueron ofensivas para los meapilas de servicio en 1943; semejante tranche de vie resultaba inaceptable para sus castos oídos de novicia. El caso es que la censura eclesiástica decidió mostrar su poder con La fiel infantería, echó mano del brazo secular, “y para Reyes del 44 ya iba la policía recogiéndola por los escaparates, como a una muchacha descarriada”, cuenta García Serrano en su prólogo a la edición de 1980. Clandestina, marginal, novela de culto, La fiel infantería se convirtió en el emblema de la Victoria sin alas, de la esperanza de renovación vital de España asfixiada en la cuna por la zafia derecha burguesa, por los judas del clero imbécil y por un poder militar patriota, pero de espíritu cuartelero y limitado.
De esta forma, la España de Franco se quedó sin su escritor, que siguió sirviendo con lealtad al espíritu del 18 de Julio y al Caudillo, aunque sólo para recibir amargas recompensas, como las que sufrió al proclamar el tradicional antimonarquismo de la Falange en las páginas no del ABC, sino de ¡Arriba!... Cosas de España.
Lo que jamás abandonó a Rafael García Serrano fue su juventud, el recuerdo tan vivo y presente de aquel decenio exaltado, cruel y sublime que va del Discurso de la Comedia al regreso de la División Azul, cuando parecía que España iba a cambiar de verdad. Eugenio o la proclamación de la primavera (1938) es la obra inaugural de su prosa, acabada de escribir con menos de veinte años en el Baztán carlista y guerrero del 36 y corregida en 1938, en el hospital, “mientras me moría a chorros”. En una época aberrante y degenerada como la nuestra, donde la literatura juvenil enseña a los chicos a vestirse de chicas, una obra como Eugenio es dinamita nietzscheana. Nada nos muestra mejor lo bajo que hemos caído que el leer uno de los diálogos:
—Nos llaman bárbaros y pistoleros.
—No saben que la civilización se defiende a tiros.
Eugenio me impresionó mucho en su primera lectura, cuando no sumaba yo los dieciséis abriles, y todavía me emociona en nuestros periódicos reencuentros, con trozos que me sé de memoria. Heroica y ejemplar, la vida de un escuadrista se convierte en novela de caballerías: Eugenio es un Amadís urbano, un Lanzarote con camisa azul, aunque en su violencia y su mística encontramos la pureza de un Parsifal. Sus breves páginas exaltadas transmiten el espíritu que se vivía entre los jóvenes del 36. El autor así lo reconoce en su prólogo de 1945: “Nacido el libro, mejor: la voluntad de este libro, para un tiempo peligroso, es posible que ahora parezca ingenuo, elemental, hasta infantil. Así lo quiero, así lo hice, así lo entendieron los de mi Bandera, muchos de los cuales, por todas estas razones ingenuas, elementales e infantiles, murieron más tarde repartidos entre una Bandera de Navarra y una Bandera de Aragón [...]. El mundo mismo ha dado una vuelta gigantesca, y entre ruinas y dolores se ha sepultado un concepto de la vida muy noble y muy bello. Lleno de equivocaciones, yo no lo sé, y otros sí que lo saben; pero ha fenecido un aire de existir que nos enamoró en la época de los amores inolvidables. De los dieciséis a los veinte años.
Mucho más madura, con un oficio excelente, es la tercera de las obras que dedica García Serrano a la guerra: Plaza del Castillo (1951), retrato minucioso y verista de la Pamplona de julio de 1936, entre los sanfermines y el Alzamiento. Aquí el falangista cede el paso al escritor, que lo es de categoría. A la recreación histórica se une la calidad de la prosa, de lo mejorcito que se puede leer de esa generación. Como un Manhattan Transfer pamplonés, los personajes y los ambientes desfilan ante nuestra atención encantada, hechizada por la excelente técnica del autor. La descripción del encierro del once de julio es magistral, así como lo eterno, lo que permanece en el espíritu de la fiesta: “Pensaba Joaquín, mirando en torno, que la diversidad se unificaba alrededor de la fiesta cristiana. Los buenos y los malos, los ricos y los pobres, los listos y los tontos, los analfabetos y los sabios, los guapos y los feos encontraban en el fondo de su alma cristiana la honda ligadura de una unidad cada día más difícil, cada día más cuarteada por las circunstancias. Entró Javier García con varios de su cuerda, el vendedor de Mundo Obrero, otro que pasaba por matón profesional y un par de estudiantes, y Joaquín se daba cuenta de que también ellos, esos cinco que entraban, estaban cogidos por la magia unitiva de la fiesta, por el légamo cristiano de sus corazones, por aquellas lejanas preces de la madre, por siglos de catolicidad en la sangre, y su blasfemia era cristiana y sus ganas de quemar iglesias eran cristianas, y ellos se sabían herejes porque también conocían e intuían una simple y hermosa ortodoxia. Era la rabieta contra Cristo, la pataleta de los desesperados que no saben o no quieren comprobar cómo Cristo, solamente Él, puede ser su centurión, su amigo, su camarada.”
Por fortuna, a ningún monseñor se le ocurrió fulminar con otra condena a esta novela. Sin embargo, el autor, más escarmentado por los años, no deja de reflejar sus desilusiones: “Y se gana. Se ganará. Pero ¿y después? Mire, la tribu de los privilegiados es mucho más difícil de combatir que la de los revolucionarios de barricada y quema de conventos. Me produce mucho más miedo un banquero español que un pobre Lenin español con su tartera de caviar y dinamita. Cuando el enemigo está delante se le dispara y santas pascuas. Pero cuando no se sabe dónde está, uno lo pasa francamente mal”. No le faltaba razón. Hoy, malbaratada la Victoria, poca diferencia hay entre el espíritu de aquella España decadente y la actual: “Y esa falta de un alto y claro estilo, de una manera de ser entera y verdadera, hacía de todos y cada uno de los españoles gente sin cultura, sin raigambre, aburridas y desesperanzadas. El gran acuerdo nacional, el programa común de izquierdas y derechas, de nobles y plebeyos, consistía en agarbanzar aún más la existencia, en escupir en corro. Quedaban unos cuantos locos, pero ¿qué podían hacer?”.
Pues en eso estamos, otra vez.
Elmanifiesto.com
miércoles, 14 de junio de 2017
Psicología, Prozac y Dios. Jesús Laínz
¡Cuántas veces una anécdota encierra más sabiduría que mil explicaciones! Porque las cenizas de Carrie Fisher, la princesa Leia de La Guerra de las Galaxias, fueron enterradas en una urna con la forma de píldora de Prozac. Según explicó su hermano, este antidepresivo era una de las posesiones favoritas de la actriz, así que la familia decidió sepultarla en tan peculiar envoltorio por tratarse del "lugar donde le gustaría estar". Del Paraíso a una píldora de Prozac: desasosegante resumen de la Humanidad actual.
Podrían escribirse sesudos tratados sobre las causas de las neurosis que sufre buena parte de la población de eso que se llama mundo desarrollado. Podría hablarse de la invasión de la técnica, de las prisas de la vida moderna, de la deshumanización de las ciudades, de la crisis de la familia, del vacío existencial, pero todo eso, más que causas, son las consecuencias de males más profundos. Y quizá pudiéramos resumir todos ellos en uno solo: el olvido de Dios. O su destierro. O su muerte. Da igual. Lo esencial es que parece evidente que la pérdida del sentido de la trascendencia no suele sentarle bien al ser humano.
Antaño, cuando el mundo estaba ordenado, de las cuestiones angustiosas de la vida se ocupaban los curas, como es natural. Pero, como advirtió el inigualable Chesterton, cuando se deja de creer en Dios se pasa a creer en cualquier cosa. Hasta en la psicología. Buena parte de la culpa la tienen precisamente quienes han pasado de pastores de almas a gestores de beneficencia. De la resurrección a la revolución. Luego se extrañarán de que no les haga caso ni Dios.
Por eso uno de los síntomas de la debilidad terminal de nuestro blandito Occidente es la creciente necesidad de psicólogos que nos consuelen de nuestros problemas, problemillas o problemazos. María Oquendo, presidente de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, contaba hace unos meses que "no damos abasto con la cantidad de psicólogos y psiquiatras que se necesitan". Y lo más interesante del asunto es que la pobreza no tiene nada que ver con ello, pues son precisamente los países más desarrollados los más depresivos. Por el contrario, los habitantes de los países menos desarrollados, que no tienen ni nuestra riqueza ni nuestras infraestructuras ni nuestros servicios, no se distinguen por padecer depresiones. Sencillamente, no tienen tiempo para ello. Con espabilarse para poder comer todos los días tienen suficiente.
Aquí nos preocupan otras cosas. Hace ya tiempo que Spengler señaló, entre otros síntomas de debilidad del occidental contemporáneo, su afición a contratar seguros para cubrir cualquier riesgo, desde el rayado de la pintura del coche hasta la muerte. El miedo a la peste o a los vikingos ha dejado paso al miedo al gasto. ¡Cómo han decaído las cosas humanas hasta para temerlas!
Que el hombre occidental es un desequilibrado lo demuestran mil datos: hace ya unos cuantos años se puso de moda entre los ejecutivos norteamericanos desestresarse pegando alaridos por las ventanas. Poco después, las tendencias punteras en psicoterapia recomendaron hacer una pausa a media mañana para sentarse en cuclillas a jugar y cantar cancioncillas infantiles. Luego resultó que la técnica más vanguardista consistía en organizar guerras de almohadas en la oficina. Al parecer, el penúltimo berrido se llama mindfulness, lo que en román paladino siempre se llamó contar hasta diez antes de arrearle un guantazo al vecino. Y el último, diseñado para combatir problemas psicológicos como la tensión, la inseguridad y los miedos, consiste en acurrucarse en postura fetal dentro de un envoltorio, como un gusano en su capullo de seda. Según explican los expertos, una vez empaquetado hay que permanecer en silencio durante veinte minutos. En japonés lo llaman Otonamaki. En castellano antiguo, hacer el capullo.
Y junto a todas estas mamarrachadas, ¡y las que vendrán!, están la pedantería y la charlatanería, plagas de una época en la que la cultura no pasa de barniz. Un ejemplo entre mil: en la provinciana ciudad de este humilde escribidor se anuncia una charla sobre "Los seis pasos básicos para crear una Vida Extraordinaria". Así, con mayúsculas. Y la imparte una señora cuya profesión es –agárrense– Life Coach-Entrenadora de Vida. ¡Nada menos!
Pero, gracias a Dios, ante la retirada del espíritu y la licuefacción de la inteligencia, consuela ver que a veces, con el motivo más insospechado, el pueblo es capaz de dar una lección a tanta tontería. Hace un par de inviernos se nos regaló un hermoso ejemplo. Debido al mal tiempo, unos cuantos cientos de personas quedaron atrapadas durante una noche en la estación de esquí de Panticosa. Aunque, efectivamente, el temporal les impidió bajar cuando tenían previsto, pasaron la noche viendo la tele, bebiendo cubatas gratis y con los niños pasándoselo bomba por la pequeña aventura. Pues bien, a los encargados de resolver la situación no se les ocurrió otra idea que enviar psicólogos para ayudar a los afectados a soportar, comprender, aceptar, sobrellevar, interiorizar, somatizar, superar y sublimar (nunca la justificación de un sueldo necesitó tantos verbos) la tensión. La maravillosa respuesta de los atrapados fue: "¡Dejaos de psicólogos y subid tabaco!".
Sentido común 1 - Gilipollez ilustrada 0.
Podrían escribirse sesudos tratados sobre las causas de las neurosis que sufre buena parte de la población de eso que se llama mundo desarrollado. Podría hablarse de la invasión de la técnica, de las prisas de la vida moderna, de la deshumanización de las ciudades, de la crisis de la familia, del vacío existencial, pero todo eso, más que causas, son las consecuencias de males más profundos. Y quizá pudiéramos resumir todos ellos en uno solo: el olvido de Dios. O su destierro. O su muerte. Da igual. Lo esencial es que parece evidente que la pérdida del sentido de la trascendencia no suele sentarle bien al ser humano.
Antaño, cuando el mundo estaba ordenado, de las cuestiones angustiosas de la vida se ocupaban los curas, como es natural. Pero, como advirtió el inigualable Chesterton, cuando se deja de creer en Dios se pasa a creer en cualquier cosa. Hasta en la psicología. Buena parte de la culpa la tienen precisamente quienes han pasado de pastores de almas a gestores de beneficencia. De la resurrección a la revolución. Luego se extrañarán de que no les haga caso ni Dios.
Por eso uno de los síntomas de la debilidad terminal de nuestro blandito Occidente es la creciente necesidad de psicólogos que nos consuelen de nuestros problemas, problemillas o problemazos. María Oquendo, presidente de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, contaba hace unos meses que "no damos abasto con la cantidad de psicólogos y psiquiatras que se necesitan". Y lo más interesante del asunto es que la pobreza no tiene nada que ver con ello, pues son precisamente los países más desarrollados los más depresivos. Por el contrario, los habitantes de los países menos desarrollados, que no tienen ni nuestra riqueza ni nuestras infraestructuras ni nuestros servicios, no se distinguen por padecer depresiones. Sencillamente, no tienen tiempo para ello. Con espabilarse para poder comer todos los días tienen suficiente.
Aquí nos preocupan otras cosas. Hace ya tiempo que Spengler señaló, entre otros síntomas de debilidad del occidental contemporáneo, su afición a contratar seguros para cubrir cualquier riesgo, desde el rayado de la pintura del coche hasta la muerte. El miedo a la peste o a los vikingos ha dejado paso al miedo al gasto. ¡Cómo han decaído las cosas humanas hasta para temerlas!
Que el hombre occidental es un desequilibrado lo demuestran mil datos: hace ya unos cuantos años se puso de moda entre los ejecutivos norteamericanos desestresarse pegando alaridos por las ventanas. Poco después, las tendencias punteras en psicoterapia recomendaron hacer una pausa a media mañana para sentarse en cuclillas a jugar y cantar cancioncillas infantiles. Luego resultó que la técnica más vanguardista consistía en organizar guerras de almohadas en la oficina. Al parecer, el penúltimo berrido se llama mindfulness, lo que en román paladino siempre se llamó contar hasta diez antes de arrearle un guantazo al vecino. Y el último, diseñado para combatir problemas psicológicos como la tensión, la inseguridad y los miedos, consiste en acurrucarse en postura fetal dentro de un envoltorio, como un gusano en su capullo de seda. Según explican los expertos, una vez empaquetado hay que permanecer en silencio durante veinte minutos. En japonés lo llaman Otonamaki. En castellano antiguo, hacer el capullo.
Y junto a todas estas mamarrachadas, ¡y las que vendrán!, están la pedantería y la charlatanería, plagas de una época en la que la cultura no pasa de barniz. Un ejemplo entre mil: en la provinciana ciudad de este humilde escribidor se anuncia una charla sobre "Los seis pasos básicos para crear una Vida Extraordinaria". Así, con mayúsculas. Y la imparte una señora cuya profesión es –agárrense– Life Coach-Entrenadora de Vida. ¡Nada menos!
Pero, gracias a Dios, ante la retirada del espíritu y la licuefacción de la inteligencia, consuela ver que a veces, con el motivo más insospechado, el pueblo es capaz de dar una lección a tanta tontería. Hace un par de inviernos se nos regaló un hermoso ejemplo. Debido al mal tiempo, unos cuantos cientos de personas quedaron atrapadas durante una noche en la estación de esquí de Panticosa. Aunque, efectivamente, el temporal les impidió bajar cuando tenían previsto, pasaron la noche viendo la tele, bebiendo cubatas gratis y con los niños pasándoselo bomba por la pequeña aventura. Pues bien, a los encargados de resolver la situación no se les ocurrió otra idea que enviar psicólogos para ayudar a los afectados a soportar, comprender, aceptar, sobrellevar, interiorizar, somatizar, superar y sublimar (nunca la justificación de un sueldo necesitó tantos verbos) la tensión. La maravillosa respuesta de los atrapados fue: "¡Dejaos de psicólogos y subid tabaco!".
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