miércoles, 16 de noviembre de 2011

Respuesta de Pío Moa a César vidal (III)


César Vidal ha suscitado un tema sugestivo, el de la educación. Me interesa especialmente, porque mi tesis, expuesta en  Nueva historia de España, consiste en que la decadencia española procede de la caída de la educación (enseñanza, más bien). Una caída que solo se recupera de forma importante bajo el franquismo –época de catolicismo mucho más intenso que la época anterior o posterior--, cuando el analfabetismo quedó reducido a la marginalidad, las universidades empezaron a masificarse (con lo bueno y lo malo de ello), y el conjunto de la economía se acercó a la de los países ricos, con tal ímpetu que se esperaba superase en un plazo no muy largo la renta per capita de Inglaterra e Italia. Por desgracia,  la mediocridad política posterior ha hecho que retrocedamos cualitativamente en numerosos índices comparativos. Pero observo que la estricta fe protestante del señor Vidal  le lleva a distorsionar la cuestión y a tratarla de forma un tanto metafísica y ahistórica, como vimos ya en relación con el trabajo y la banca. Expondré mi punto de vista en dos partes: la concepción general y la realidad de España.
   Creo que hay que felicitar a don César por haber superado las feroces condenas y amenazas contra los hebreos vertidas por sus maestros Lutero y Calvino. Sin embargo da la impresión de haberse pasado a un excesivo y acrítico fervor hacia lo judío, quizá no del todo recomendable. Así, opina que el consejo de Moisés a Josué de atenerse a la Torá y que él interpreta como el comienzo de la alfabetización, “alteró la marcha de la historia de manera espectacular”. Quizá alteró la historia de los judíos, pero me parece que de nadie más, máxime teniendo en cuenta el exclusivismo hebreo como pueblo elegido. Por otra parte no solo los judíos tuvieron cultura escrita. Por las mismas épocas, la cultura griega superaba de modo absoluto a la hebrea. Y tampoco prueba el consejo mosaico que los judíos, en general, supieran leer y escribir. En apoyo de su tesis, dice don César que nadie se extrañó de que  Jesús, hijo de un carpintero, supiera leer y explicar el Libro. Sí hubo cierta extrañeza, y no conviene generalizar en exceso un caso particular. En la segunda parte de este examen crítico le expondré otro ejemplo al respecto.
   El entusiasmo del señor Vidal se vuelve chocante cuando elogia como un gran avance judío, antes de la destrucción de Jerusalén por los romanos, “haber depositado la guía espiritual no en los sacerdotes, sino en los sabios”. Francamente, la guía de aquellos sabios no demostró ser muy fructífera para su pueblo, a la vista de los catastróficos resultados. Aparte de que los propios sabios debían de estar muy divididos, pues sus seguidores organizaron sectas que se odiaban entre sí, llegando a extremos de vesania en sus luchas internas. ¡Quizá practicaban cierto libre examen de los textos! Además, y sobre todo, aquellos sabios condenaron a Jesús, que por algo reclutó a sus apóstoles entre gente humilde y no entre los “sabios”. Estos hechos bien conocidos no parecen preocupar al señor Vidal, pero yo creo que debieran hacerlo, sobre todo si él se proclama cristiano.
   Algo semejante cabe decir sobre las normas de higiene que, según cree el señor Vidal, libraban a los judíos de las plagas que afectaban a los cristianos católicos. Quien consulte las normas de la Biblia verá que a menudo resultan dudosamente higiénicas y de carácter un tanto obsesivo. Y la idea de que se libraban de las plagas comunes a los cristianos no sé en qué la fundamenta, realmente. 
   Las tesis del señor Vidal parten de una lectura peculiar de la Biblia. Peculiar pero tan legítima como cualquier otra, de acuerdo con la tesis protestante del “libre examen”, que el autor explica así:Resulta curioso observar la manera machacona en que algunos persisten en considerar el libre examen de la Biblia como una conducta malvada. En realidad, no pasaba de ser la afirmación de un derecho fundamental, el de acercarse al texto sagrado y poderlo leer en la propia lengua y no en un latín que era desconocido para la mayoría. Por otro lado –y volviendo con ello a una línea ya existente en el judaísmo– el pastor en el protestantismo dejó de ser un sacerdote para convertirse en el sabio que conoce las Escrituras al igual que sucedía desde hacía siglos con los rabinos.
   Estudios recientes han demostrado que el libre examen se practicaba ya antes de Lutero con bastante normalidad. Y no creo que nadie hable de “conducta malvada”, sino, en cualquier caso, peligrosa. Porque un escollo de la Biblia es que en ella se encuentran justificaciones para cosas muy dispares y hasta contrarias, incluso justificaciones del genocidio. Ya he dicho que es un libro misterioso y difícil de interpretar,  problema que no puede resolverse recogiendo algún versículo que satisfaga una tesis preconcebida. Lutero encontró en su concepción del libre examen un modo de subvertir a la Iglesia Católica, pero en cuanto lo consiguió – parcialmente--, dejó claro que el examen realmente “libre” era el suyo, como ya indiqué en otro capítulo del debate (todos iguales y libres, pero algunos, los “sabios”, más iguales y libres que los demás). Es decir, si la Iglesia Católica no fue destruida, aunque sí dañada, en cambio el libre examen estaba rompiendo el protestantiscmo en decenas de grupos o sectas a menudo enfrentadas entre sí, y que podían dar lugar a choques tan sangrientos como la guerra de los campesinos. Por otra parte, de acuerdo con la tesis, la interpretación católica de la Biblia era tan libre y tan válida como todas las que se les ocurrieran a los protestantes. Y de hecho fue la más seguida por los cristianos.
   Don César trata de convencernos de que el catolicismo se oponía a la educación y la lectura porque  no fomentaba la lectura de la Biblia en lengua vernácula. Lo segundo es cierto en parte, pero aún es más cierto que el catolicismo fue desde la caída del Imperio romano de Occidente el bastión de la cultura y la enseñanza, del Trivium y del Quadrivium,  de la formación de bibliotecas, de las universidades, de las traducciones de los clásicos griegos y latinos, de la exposición de las leyes en las lenguas corrientes,  etc. etc. El señor Vidal no puede olvidar estos hechos tan decisivos que todo el mundo conoce. Es cierto que todo ese enorme esfuerzo cultural no se hacía para leer la Biblia, o no solo para leerla, pero sí para promocionar todo tipo de saberes, literarios, técnicos y científicos. A veces da la impresión de que don César habla de la Biblia como los musulmanes del Corán.  
   Sugiere también el señor Vidal que el catolicismo tiene mucho de pagano, por haber adoptado ritos o tradiciones de ese origen. El argumento tendría valor si ello hubiera dado lugar  a una especie de sincretismo, pero lo que ha hecho la Iglesia ha sido transformar y adaptar esas tradiciones a la doctrina cristiana, cosa diferente. Y ello no debe extrañarnos demasiado, porque el catolicismo nace rompiendo con el judaísmo en muchas cosas, entre ellas el concepto de pueblo elegido, para universalizar la doctrina y la posibilidad de salvación. Ya he expuesto la hipótesis de que el protestantismo recoge la idea de pueblo elegido, aunque sin el carácter racial y nacional que le aplicaban los judíos: para los protestantes sería el pueblo de los justos, elegidos por la gracia de Dios sin diferencia de naciones. Idea que puede haber tenido una derivación “científica” en el nazismo, en la que el pueblo ario resultaría el elegido por la selección natural darviniana. Es una cuestión creo que muy interesante y que solo propongo desde aquí.
   No menos chocante su acusación al catolicismo de admitir santos analfabetos. La santidad, obviamente, nunca dependió para la Iglesia católica del grado de alfabetización, ni siquiera del conocimiento de las Escrituras (como tampoco para Cristo cuando escogió a sus apóstoles). Basta constatar los actos nada santos de miles de personas ilustradas y conocedoras de la Biblia para comprenderlo.  
   En la próxima entrega abordaré el problema en relación con España.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Las razones de una diferencia por César Vidal (III)

En las dos entregas anteriores, he mostrado cómo la raíz de las diferencias que España –y no sólo España– tiene con otras naciones arranca de una visión del trabajo o del mundo de las finanzas que procede de la Edad Media y que no se vio afectada por la Reforma del s. XVI. No terminan ahí nuestras diferencias. Otra –y de las más fundamentales– se halla en el terreno educativo.
La Biblia señala que cuando Moisés se despidió de su sucesor, Josué, le encargó lo siguiente: "Nunca se apartará de tu boca este libro de la Torah, sino que, de día y de noche, meditarás en él, para que guardes y te comportes de acuerdo con todo lo que está escrito en él, porque de esa manera prosperará tu camino y que todo te saldrá bien" (Josué 1: 8). Pocas veces un consejo habrá alterado la marcha de la Historia de una manera tan espectacular ya que la conducta y la práctica religiosas no iban a estar vinculadas en el futuro tanto al rito –aunque existiera– como a la lectura de un texto sagrado que se abría no a una casta sacerdotal sino al conjunto del pueblo. Como señalaba el capítulo 6 de Deuteronomio, los padres debían poder explicar a sus hijos los mandatos contenidos en la Torah. Esta circunstancia tuvo una consecuencia inmediata para los miembros del pueblo de Israel como fue la creación de una cultura que necesitaba desesperadamente la alfabetización para creer. El proceso de alfabetización era tan obvio, por ejemplo, en la época de Jesús que a nadie le sorprendía que el hijo de un carpintero o de un pescador supiera leer, escribir y discutir sobre lo leído. Semejante circunstancia dotó de una extraordinaria capacidad de supervivencia a los judíos, que incluso antes de la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d. de C., habían depositado la guía espiritual de la nación no en los sacerdotes sino en los sabios.
Por supuesto, semejante conducta también tuvo efectos colaterales negativos. Por ejemplo, conocedores de lo que establecía la Torah, los judíos mantuvieron unas normas de higiene y limpieza durante la Edad Media que los libraron de no pocas enfermedades y padecimientos... sólo para que la gente los acusara de causar las epidemias y por eso verse libres de su efecto. Con todo, para los judíos –que seguían lo señalado en la Torah– el pertenecer a una religión del libro tuvo, entre otras consecuencias benéficas, la de una mayor alfabetización que la que pudiera darse en otras culturas.
Religión del libro surgida del judaísmo, el cristianismo debería haber seguido la senda marcada por aquel en lo que a alfabetización se refiere. Así, fue en el s. I cuando Pablo, despidiéndose de Timoteo, le indicó que "desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras las cuales pueden hacerte sabio para la salvación por la fe en Cristo Jesús" (2 Timoteo 3: 15). El panorama cambió de manera radical en el siglo IV. Al respecto, el testimonio de J. H. Newman, cardenal católico procedente del anglicanismo, no puede ser más claro:
En el curso del siglo cuarto dos movimientos o desarrollos se extendieron por la faz de la cristiandad, con una rapidez característica de la Iglesia: uno ascético, el otro, ritual o ceremonial. Se nos dice de varias maneras en Eusebio (V. Const III, 1, IV, 23, &c), que Constantino, a fin de recomendar la nueva religión a los paganos, transfirió a la misma los ornamentos externos a los que aquellos habían estado acostumbrados por su parte. No es necesario entrar en un tema con el que la diligencia de los escritores protestantes nos ha familiarizado a la mayoría de nosotros. El uso de templos, especialmente los dedicados a casos concretos, y adornados en ocasiones con ramas de árboles; el incienso, las lámparas y velas; las ofrendas votivas al curarse de una enfermedad; el agua bendita; los asilos; los días y épocas sagrados; el uso de calendarios, las procesiones, las bendiciones de los campos; las vestiduras sacerdotales, la tonsura, el anillo matrimonial, el volverse hacia Oriente, las imágenes en una fecha posterior, quizás el canto eclesiástico, y el Kirie Eleison son todos de origen pagano y santificados por su adopción en la Iglesia (An Essay on the Development of Christian Doctrine, Londres, 1890, p. 373).
A partir de Constantino, el cristianismo fue cambiando el énfasis en el Libro por una visión ceremonial y sacerdotal que se fue desarrollando todavía más durante la Edad Media. Sin duda, los monasterios desempeñaron un papel notable en la preservación de la cultura clásica y no es menos cierto que hubo algún intento –fallido– de popularizar en cierta medida esa cultura. Sin embargo, en el curso de la Edad Media quedó claro que, al igual que en el paganismo, en el seno del cristianismo, se podía ser piadoso –incluso un santo– y, a la vez, analfabeto. El saber leer y escribir no era condición para conocer el camino de la salvación y, dicho sea de paso, tampoco para otras tareas como la guerra o el campo. Esa visión saltó hecha añicos con la Reforma protestante del siglo XVI.
Para los reformadores, la única regla de fe y conducta era la Biblia, un libro al que todos debían tener acceso para poder examinarlo con libertad y sin las ataduras de una jerarquía porque, al ser la Palabra de Dios, se explicaba por sí mismo. Resulta curioso observar la manera machacona en que algunos persisten en considerar el libre examen de la Biblia como una conducta malvada. En realidad, no pasaba de ser la afirmación de un derecho fundamental, el de acercarse al texto sagrado y poderlo leer en la propia lengua y no en un latín que era desconocido para la mayoría. Por otro lado –y volviendo con ello a una línea ya existente en el judaísmo– el pastor en el protestantismo dejó de ser un sacerdote para convertirse en el sabio que conoce las Escrituras al igual que sucedía desde hacía siglos con los rabinos.
Se podía –y se puede– ser un fiel católico sin saber leer ni escribir. Esa circunstancia es imposible para el judaísmo y también para el protestantismo. ¿Cómo se puede acercar nadie a un texto que procede de Dios por definición si no se sabe leer ni escribir? Las consecuencias de esa circunstancia fueron extraordinarias siquiera porque la Reforma deseaba sobrevivir y además expandirse y ninguna de esas metas era alcanzable sin extender la alfabetización. Así, en 21 de mayo de 1536 se estableció la primera escuela pública y obligatoria de la Historia. El lugar era la protestante Ginebra. No fue una excepción. La Primera confesión escocesa de 1547 establecía una reforma de la educación exigiendo que en los medios rurales se enseñara a los niños en escuelas adjuntas a las iglesias; en las ciudades con superintendentes se abrieran escuelas y universidades con un personal debidamente pagado. Era el inicio, pero iba a crear en pocos años diferencias abismales entre unas naciones y otras. Dejaré para una próxima entrega el impacto que esa diferencia crearía en el ámbito de la investigación científica, pero en el de la educación fue abrumador.
Las naciones donde había triunfado la Reforma multiplicaron los esfuerzos por educar no a élites –como la Compañía de Jesús– o a niños vagabundos –como pretendió con más corazón que éxito José de Calasanz– sino a toda la población sin excepciones. A finales del siglo XVI, el índice de alfabetización de la Europa protestante era muy superior al de la católica, sin excluir una España en la que Felipe II había decretado que los estudiantes no cursaran estudios en universidades extranjeras por miedo a la contaminación de la herejía o una Francia en la que la población hugonote estaba mucho más alfabetizada que la católica. En el caso de algunas confesiones, el avance fue verdaderamente espectacular. Por ejemplo, a mediados del siglo XVII, los cuáqueros tenían un índice alfabetización del cien por cien lo que explica no poco sus avances en las décadas siguientes en áreas como la banca, el comercio o la ciencia, tres áreas de las que, no por casualidad, España se iba a descolgar lamentablemente.
No puede sorprender que en 1808, el noventa por ciento de la población española fuera analfabeta ni tampoco que seis años después gritara "¡Viva las caenas!". ¿Podía, a decir verdad, haberse comportado de otra manera un pueblo ciertamente heroico, pero mayoritariamente analfabeto?    
Es bien significativo que los primeros intentos para revertir esa situación se dieran en España ya en pleno siglo XIX, por impulso de los liberales y chocando no pocas veces con la iglesia católica que deseaba mantener el monopolio de la enseñanza. 
La Ley Moyano fue el primer éxito en el camino hacia una educación pública. Pero se aprobó en 1857. ¡1857! Habían pasado más de trescientos veinte años desde aquella ley ginebrina que establecía la escuela obligatoria y pública. Como en otras áreas, España había perdido siglos precisamente cuando más necesitaba por su condición de potencia no quedarse rezagada. Cuando, siglos después, intentó remontar esa situación lo hizo además en no pocas ocasiones con la mancha del sectarismo que no veía la educación como algo bueno per se sino como un instrumento de adoctrinamiento. Para remate, ese atraso no iba a limitarse, por desgracia, al área de las finanzas o al terreno educativo.

Los intereses creados por Jacinto Benavente

Este blog está dedicado al conocimiento de nuestra historia, así como de nuestra cultura y dentro de esta, la literatura, poesía, teatro, música, pintura, etc.

Dentro de nuestra cultura, el teatro ha sido una de las cotas más altas a la que ha llegado a nuestra cultura, desde Lope de Vega hasta Alejandro Casona, viéndose que no solamente hemos despuntado en una época, sino en varias.

La obra que recomiendo es "Los intereses creados" de Don Jacinto Benavente, (1866-1954) premio Nobel de Literatura y miembro de la Real Academia Española.

La edición que sugiero es la de cátedra a cargo de Fernando Lázaro Carreter, donde en su contraportada nos dice:

"Es habitual considerar Los intereses creados como una de las obras maestras de la prosa dramática. Y, en efecto, tanto el planteamiento teatral, como el diseño de caracteres han sido manejados con una habilidad nada común. Quizá el mayor acierto de Benavente fue el de dar forma de farsa guiñolesca a su pieza y encuadrarla en la tradición de la <<commedia dell´arte>>. El acopio de fuentes literarias extranjeras, pero, sobre todo, españolas -según ha demostrado Dámaso Alonso- ha servido en este caso para crear una obra de carácter verdaderamente universal."

Para ir conociendo un poco más al personaje, dejo el siguiente vídeo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Ramón Carande

Aprovechando el artículo de César Vidal traigo este vídeo para dar a conocer un poco al historiador Ramón Carande.

Respuesta de Pío Moa a César vidal (II)


 Me critica Luis del Pino no haber rebatido la tesis de César Vidal, que él comparte, según la cual la ética del trabajo llegó mucho antes a los países protestantes que a España. Le contesto que, por economía de esfuerzo, he eludido una guerra de citas y me he centrado en contrastar la teoría de don César con hechos históricos bien conocidos. La teoría mejor hilvanada se derrumba cuando choca con los hechos, y me temo que eso ocurre claramente a la del señor Vidal (para una refutación párrafo a párrafo puede ver este enlace:http://infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php/1111011050-cesar-vidal-y-el-prejuicio-an)

  Insiste  don Luis en que en España ha sido tradicional la aversión al trabajo y lo sigue siendo en buena medida. Le contesto que se trata de un tópico tan falso como el de España como país de toreros, bandoleros y bailarinas gitanas. Si fuera así, el país estaría económicamente al nivel de Marruecos o peor, y salvo el bache del siglo XIX nos hemos mantenido en una posición muy semejante a la del resto de Europa. Por otra parte, don César cae en cierta perogrullada al atribuir la diferencia de España a su catolicismo. En efecto, en religión España difiere de los países protestantes –que a su vez son muy diferentes entre sí--, pero se parece a los demás países católicos, que son bastantes. En fin, no sé si habré convencido a don Luis o al propio don César, pues estas cosas suelen estar cargadas de emociones.

   He eludido otros aspectos de la tesis en cuestión, pero podríamos ir también a ellos. Por ejemplo a su interpretación del cristianismo. Cita que en el Paraíso terrenal Dios ya encomendó al hombre el trabajo de la tierra. Cierto, pero olvida que después del pecado original el trabajo se convirtió en una penalidad, casi en una maldición: “Ganarás el pan con el sudor de la frente”; y la historia del hombre es, justamente, la posterior a su expulsión del Edén, no la anterior. La Biblia es un libro sumamente enigmático, en torno al cual son peligrosas las interpretaciones parciales. A mi juicio, el mito de Adán y Eva expone, con enorme profundidad, el paso de la animalidad a la humanidad, del instinto animal a la moralidad humana, con sus glorias y sus tremendas cargas. (http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/yave-prometeo-y-naturaleza-humana-manifiesto-gibraltar-es-arbitraria-la-historia-9328/ Tengo otra intervención más larga al respecto, pero no la encuentro ahora).
  
César Vidal centra la cuestión de España en la  economía –aunque de forma discutible, como vamos viendo--, lo cual coincide con cierta visión protestante, pero no tanto con los Evangelios, en los que la riqueza dista mucho de ser el eje de la vida humana y llega a presentarse como un obstáculo a la salvación. Claro que el protestantismo nació muy ligado a la riqueza, y no precisamente adquirida por medio del trabajo. Los príncipes alemanes protectores de Lutero se sentían estimulados por el permiso e incitación de este a saquear los monasterios y los bienes de la Iglesia, “labor” que realizaron a conciencia. A aquellos príncipes no les contagió Lutero nada parecido a una ética del trabajo. Por el contrario, el desprecio a los trabajadores humildes y la extrema codicia les llevaron a sangrar a los campesinos hasta el punto de provocar una rebelión. Los rebeldes creían interpretar las escrituras según Lutero, pero este les desengañó y marcó límites al “libre examen”. El libre examen valía siempre que coincidiese con la interpretación luterana, de otro modo podía ser rebatido a sangre y fuego, como así ocurrió (ver más abajo).
     
 Por otra parte, la ética del trabajo aparece más bien en Calvino. Un problema del protestantismo consistía en la extrema angustia en que deja al hombre acerca de su salvación. Dado que Dios ha decidido desde la eternidad a quienes concederá la gracia, el individuo, incapaz de penetrar los designios divinos y sabiendo que sus obras carecen de valor, nunca estará seguro de si se salvará o no, por mucha fe que se empeñe en profesar. Para calmar la angustia eran precisas señales, y los calvinistas encontraron algunas de ellas en el éxito económico, indicio de la bendición divina. Aunque, repito, es muy difícil encontrar en los Evangelios nada parecido. Por otra parte, ello tiende a convertir implícitamente a la riqueza (adquirida honradamente, se supone) en la medida de la vida humana en este mundo, otra idea que tampoco se encuentra en Jesús. 

  Coherente con su visión economocentrista, el señor Vidal insiste en un nuevo comentario sobre la banca, donde afirma que no existió en España hasta el siglo XIX. La afirmación es muy inexacta. Tampoco rebasa el nivel del tópico al hablar de la expulsión de los judíos (la he examinado con un poco más de detalle en Nueva historia de España), a quienes Lutero y Calvino recomendaban oprimir sin tasa, fin ni compasión. Pero, aparte otras objeciones de detalle,  hay que darle algo de razón en líneas generales: España se retrasó en lo que respecta al desarrollo bancario. Es más, en ese retraso yace en buena medida la causa de su débil industrialización. Pero aquí vuelve a ser incoherente don César, pues dicho desfase no es achacable al catolicismo, dado que fue en los países católicos donde surgió la banca. Aparte de precedentes judíos y otros, basados sobre todo en la usura, fue la católica Orden Templaria la que desarrolló actividades bancarias bastante modernizadas, por no hablar de las también católicas ciudades italianas o de la Taula de Canvi en España. Los banqueros de Carlos I y de Felipe II creo que también eran católicos, y algunos españoles; y en el siglo XVIII tuvimos el Banco de San Carlos. Y  debe admitirse que en los siglos XIX y XX España  recuperó con bastante rapidez el terreno bancario perdido, sin por ello hacerse protestante. También creo interesante el dato de que la industrialización comenzara en nuestro país por Bilbao y Barcelona, capitales, precisamente, de las regiones más tradicionalistas y católicas.
  
   Cabe recordar, por lo demás, que España también quedó retrasada en la piratería y el tráfico negrero, negocios practicados ávidamente por los protestantes holandeses e ingleses, entre otros y que, sobre todo la trata de negros, cimentó buena parte de la prosperidad de esos países (España combatió la piratería con notable eficacia). Es decir, que por espacio de siglo y medio, mientras España descubría, conquistaba, colonizaba, evangelizaba y civilizaba América y el Pacífico, y sus flotas ponían en comunicación, por primera vez en la historia humana, a todas las culturas importantes del mundo y establecían rutas comerciales, los países protestantes apenas pasaban de practicar la piratería y la depredación. Tardaron en superar ese nivel. No siempre las diferencias van en contra de España, como espero sepa apreciar don César.

Fuente: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/

Las razones de una diferencia por César Vidal (II)


Aquí dejo el siguiente artículo escrito por él sobre las razones, que según el señor Vidal, nos hacen diferentes. 
La semana pasada expuse cómo el hecho de quedar fuera de la zona de Europa donde triunfó la Reforma marcó una diferencia radical en la cultura del trabajo. El que España, como Portugal o Italia, no asimilaran la ética del trabajo tuvo consecuencias nada positivas que llegan hasta el día de hoy a pesar de los esfuerzos legislativos para eliminarlas. Con todo, ésa no fue ni es nuestra única diferencia, compartida con otras naciones frente a la Europa donde triunfó la Reforma. También, para inmensa desgracia de un imperio y después de una nación que necesitaba modernizarse, nuestra visión de las finanzas iba a ser diferente.

Hace unos días el director de un medio económico en internet arremetía contra la Unión Europea y ponía como ejemplo de lo que, a su juicio, debería ser la Europa unida al Sacro Imperio Romano-Germánico, donde supuestamente la iglesia católica había sido la entidad felizmente rectora. Lo cierto es que, como suele suceder en estos casos, el autor de aquellas líneas demostraba más entusiasmo religioso que conocimiento de la Historia. El papa Juan XII (955-964) coronó emperador efectivamente a Otón I inaugurando el Sacro Imperio Romano-Germánico, pero cuando Juan XII fue depuesto, Otón I fue el que autorizó que su sucesor fuera León VIII (963-965), el que a continuación permitió que fuera papa Juan XIII (965-972) y el que tuvo esperando a Benedicto VI (973-974) para subir al trono pontificio hasta que le apeteció. Era el emperador y no la sede romana la que mandaba en aquel imperio y eso que Otón I no fue el emperador peor. Por ejemplo, Enrique III de Alemania designó a cuatro papas – Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II– en un ejercicio de cesaropapismo que no se habría dado ni en Bizancio. No nos desviemos, sin embargo. Relato todo esto para dejar de manifiesto cómo hay personas que anteponen su prejuicio –en este caso, el aborrecimiento de las finanzas y los mercados– sin base histórica al razonamiento documentado. Ése ha sido un mal que ha aquejado –y aqueja– a España durante siglos.
De entrada, la cultura eclesiástica medieval vio siempre mal el préstamo a interés. No porque la Biblia dijera nada en su contra –no hay un solo párrafo en el Nuevo Testamento donde se arremeta contra prestamistas o banqueros–, sino porque Aristóteles (un genio, pero no en el terreno de la economía) escribió páginas contra el dinero y los préstamos que santo Tomás de Aquino y otros autores eclesiásticos repitieron con fruición. No sorprende que con ese punto de vista –de origen helénico-pagano y no cristiano– se multiplicaran las condenas del préstamo con interés. El Segundo concilio de Letrán (1139) prohibió su ejercicio a laicos y clérigos; el Tercero (1179) impuso a los prestamistas la pena de excomunión y les negó cristiana sepultura; el Cuarto (1215) ordenó el destierro incluso de los judíos que lo practicaran. El II Concilio de Lyon (1274) ordenó la expulsión de los prestamistas disponiéndose que los obispos que no los excomulgaran fueran suspendidos. El concilio de Vienne (1311) ordenó que se procediera a investigar a los gobernantes que toleraran el préstamo a interés y el de 1317 incluso calificó como herejía el negar que el préstamo a interés fuera pecado. Son sólo botones de muestra de una corriente continua que no veía la diferencia entre el préstamo con interés y la usura y que además aumentaba las penas –llegó a equiparar el préstamo con el adulterio o la homosexualidad– visto que no terminaban de extirpar el pecado de la grey. Algún economista ha afirmado recientemente que incluso la imposición de la confesión auricular a inicios del siglo XIII estuvo directamente relacionada con el deseo de acabar con el préstamo a interés, pero no voy a entrar en ese tema.
Lo cierto es que negar que los préstamos a interés –un instrumento esencial para el tráfico comercial– pudieran ser lícitos tuvo consecuencias perversas. Por un lado, se acabó permitiendo el préstamo a interés, pero a los judíos, lo que los convirtió en chivos expiatorios de los odios que acaban sufriendo los que desean cobrar los créditos. He mostrado en mi España frente a los judíos como, a pesar del antisemitismo y de que periódicamente los judíos de corte recibían la muerte por los servicios prestados, los reyes hispanos siempre acababan por volverlos a llamar siquiera porque eran más eficaces y honrados que los clérigos y nobles que los sustituían ocasionalmente. Sin embargo, ésa no era solución. Por un lado, se fue formando una imagen satanizada –e injusta– de los judíos que explica, por ejemplo, la cadena de progromos de 1392 que acabó con la mayor parte de las juderías de la Península Ibérica un siglo antes de la Expulsión; por otro, obligó a pensar en maneras para financiarse que acabaron bordeando si es que no entrando claramente en la simonía y, finalmente, los problemas siguieron sin solventarse. A inicios del siglo XVI, el préstamo a interés había sido sustituido por un contrato trino –buen nombre para una institución derivada del deseo de desbordar disposiciones canónicas– que combinaba el mutuo, el comodato y el seguro. Algo era, pero resultaba abiertamente insuficiente y, desde luego, equivocado moral y económicamente.
Esa condena de la actividad bancaria tuvo funestas consecuencias para las naciones católicas que, como era de esperar, obedecieron los criterios de la Santa Sede al respecto o si los violaron lo hicieron de manera clandestina y con mala conciencia. De hecho, no podrían evitar en los siglos siguientes que buena parte de sus poblaciones relacionara –sigue haciéndolo– la simple actividad bancaria con algo sucio, pecaminoso o indigno. El Flandes católico, Lieja o Colonia sufrieron no poco con esa situación, pero, con todo, la peor parte le tocó a España. De manera espectacular e innegable, en unas décadas, los reformados desarrollaron la banca moderna y, lógicamente, se hicieron con su control. Incluso naciones especialmente atrasadas en esa cuestión a finales del siglo XVI habían avanzado mucho más que sus rivales católicas.
Los efectos políticos y militares de esa circunstancia fueron fulminantes. Durante los inicios de la guerra de los Treinta años, Cristian IV de Dinamarca y Gustavo Adolfo de Suecia fueron los campeones de la defensa de la libertad religiosa protestante frente a los intentos católicos de acabar con ella violando pactos como la paz de Augsburgo. Naturalmente, como supo ver Fernando el Católico, el nervio de la guerra es el dinero y Cristian IV basó financieramente su esfuerzo bélico en los hermanos Willem, una firma banquera con sede en Ámsterdam, y después en los Marcelis. Ambas bancas eran de familias calvinistas. En el caso de Gustavo Adolfo –un genio militar que ha sido comparado con Federico de Prusia y Napoleón– su base financiera estuvo en Geer y Trip. La firma bancaria, a decir verdad, hubiera podido servir a España, pero la intolerancia religiosa la expulsó del Flandes español obligándola a establecerse en Ámsterdam. Se convirtieron así en lo que algún historiador ha denominado los "Krupp del siglo XVII".
Se podría objetar que como protestantes los banqueros protestantes servían a potencias protestantes. No fue así. Los protestantes –como los judíos antes que ellos– aplicaban una regla contenida en la Biblia, la de mantener la lealtad al rey que fuera siempre que garantizara su libertad religiosa. Puestos a ser santos no iban a serlo más que José que fue ministro de finanzas del faraón o que Daniel que aconsejó al impío Nabucodonosor. Trabajaban, por lo tanto, para los clientes que los requerían. Los católicos que conservaron en aquella época un poco de sensatez lo supieron ver y lo aprovecharon. Por ejemplo, el cardenal Richelieu, príncipe de la iglesia católica, pero no hasta el punto de perjudicar los intereses de Francia, supo que la banca segura era la protestante y a ella recurrió. Al igual que Enrique IV, el cardenal sabía que el talento financiero se hallaba en los hugonotes, los calvinistas franceses, y no tuvo problemas de conciencia en utilizarlo. Así, su gran banquero fue el hugonote Barthélemy d´Herwarth. Gracias a él, Francia pudo, entre otras victorias, hacerse con el control de Alsacia. Persona de tanto talento y hereje por añadidura no tardó en despertar las envidias de los católicos franceses. Sin embargo, Richelieu lo defendió ante el niño Luis XIV con palabras tajantes: "Monsieur d´Herwarth ha salvado a Francia y preservado la corona para el rey. Sus servicios nunca deberían ser olvidados. El rey los hará inmortales mediante las marcas de honor y reconocimiento que le concederá a él y a su familia". Luis XIV siguió el consejo del cardenal y lo nombró Intendant des Finances. Mazarino, otro cardenal, mantuvo en el puesto a d´Herwarth que colocó en los puestos de finanzas a gente competente, es decir, calvinistas que creían que el dinero y su gestión no eran algo malo. El resultado fue óptimo para Francia y pésimo para España donde el conde-duque de Olivares no consiguió anular el Edicto de expulsión que pesaba sobre los judíos desde 1492 y, por supuesto, jamás hubiera podido emplear a herejes.
Pero además es que el caso de Richelieu no fue excepcional. Wallenstein, el gran héroe católico de la primera parte de la Guerra de los Treinta años, también recurrió a aquellos que eran buenos banqueros simplemente porque no creían que en la actividad bancaria existiera pecado alguno. En su caso, su hombre de confianza fue un calvinista –¿sorprende?– de Amberes llamado Hans de Witte. Verdadero artífice financiero de las victorias de Wallenstein, aprovechó su puesto para defender a otros calvinistas que ya sabían lo que significaba la cercanía de los jesuitas. La Compañía de Jesús ya estaba expulsando a sangre y fuego a los protestantes de Europa central y Bohemia sólo había sido un cruento ejemplo. De Witte fue respetado mientras tuvo éxito. Cuando Wallenstein fue vencido y De Witte se arruinó, su vida dejó de ser útil. Un día apareció ahogado en un estanque. Había sufrido la suerte de tantos judíos de corte en el pasado o de tantos otros herejes o agnósticos que han trabajado para instancias católicas después. Durante todo el s. XVII, los banqueros de élite en Europa fueron calvinistas, pero lo más doloroso es que en su mayor parte habían huido de los Países Bajos españoles donde el hecho de tener otras creencias distintas de la católica les habría costado la vida. Así el deseo de preservar la libertad religiosa y la vida había evitado que pudieran servir al rey de España y los había colocado a las órdenes de príncipes protestantes que creían en la bondad de la banca o de católicos que no veían la necesidad de anteponer la obediencia estricta a las enseñanzas vaticanas sobre los intereses de su patria. El resultado es de todos sabido porque, desde luego, difícilmente pudo resultar más nefasto para España. A decir verdad, nunca recuperaría su posición de potencia de primer orden. Y es que, como ha señalado, H. R. Trevor-Roper, "las sociedades protestantes eran, o se habían convertido, en sociedades con una visión más adelantada que las sociedades católicas tanto económica como intelectualmente".
Sin embargo, España, por desgracia, no aprendió la lección que habían captado Wallenstein, Richelieu o Mazarino. Siguió despreciando los bancos y su actividad durante siglos. Como en el caso del trabajo al que quiso privar del carácter infamante que le daban los españoles, también Carlos III intentó que la nación se desprendiera de sus prejuicios. También fracasó en ese intento. Hasta mediados del siglo XIX no aparecieron los primeros bancos en España. De nuevo, la nación se había quedado varios siglos –en este caso más de cuatrocientos años– retrasada en relación con la Europa donde había triunfado la Reforma. Por añadidura, el prejuicio continúa a día de hoy. Hace apenas unos días, Tomás Gómez, un dirigente socialista no caracterizado precisamente por sus aciertos económicos, llamaba a la gente a rebelarse contra los mercados. Lo hacía apenas unos días después de que la Comisión para justicia y paz de la Santa Sede condenara en un documento la "idolatría de los mercados". En el último caso, es bien cierto que algunos economistas católicos se apresuraron a decir por los pasillos que la Santa Sede podía ocuparse de cosas más importantes que disparatar en materia económica. Tenían razón, pero ya era un poco tarde para salvar el imperio español e igualarnos con otras naciones que comenzaron a adelantarnos hace casi medio milenio.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Horacio Vázquez-Rial y libros

Horacio Vázquez Rial escribió un artículo en donde recomendaba veinticinco libros para entender España. Unos podrán estar de acuerdo y otros no, pero desde mi punto de vista considero que la lista es una manera de empezar a andar por la senda que lleva al conocimiento de España. Aquí está lista:

España inteligible. Razón histórica de las Españas (1985). Julián Marías.
España invertebrada (1921). José Ortega y Gasset.
España, un enigma histórico, (1957). Claudio Sánchez Albornoz.
La realidad histórica de España, (1954). Américo Castro. 
La España del Cid, (1929). Ramón Menéndez Pidal.
La idea imperial de Carlos V, (1938). Ramón Menéndez Pidal.
El padre Las Casas: su doble personalidad, (1963). Ramón Menéndez Pidal.
Al-Ándalus contra España. La forja del mito (2000). Serafín Fanjul.
La quimera de Al-Ándalus (2005). Serafín Fanjul.
Erasmo y España (1950). Marcel Bataillon.
Carlos V y sus banqueros (1943). Ramón Carande.
La mesta, (1979). Julius Klein.
La época del mercantilismo en Castilla (1500-1700), (1943). José Larraz.
El tesoro americano y la revolución de los precios en España (1501-1650) (1983). Earl Hamilton. 
La cultura del barroco (1975)José Antonio Maravall.
La leyenda negra (1917). Julián Juderías.
La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII (1954). Jean Sarrailh.
Carlos III y la España de la Ilustración (1988).  Antonio Domínguez Ortiz. 
Los afrancesados (1989).Miguel Artola.
La España de Fernando VII (1999). Miguel Artola.
La civilización española a mediados del siglo XIX (1992). José María Jover Zamora.
Realidad y mito de la Primera República (1991).José María Jover Zamora.
El laberinto español. Gerald Brenan.
Los latifundios en España. Pascual Carrión.
La guerra civil española, (1961). Hugh Thomas.
La guerra civil española: revolución y contrarrevolución, (1991). Burnett Bolloten.
España, una historia única (2008). Stanley Payne.