lunes, 26 de marzo de 2012

Los separatistas vascos contra el Siglo de Oro español

Los consejos escolares de dos colegios públicos de Basauri han decidido dar un golpe de timón y romper con la denominación que les une al Siglo de Oro del arte español. Las escuelas Lope de Vega y Velázquez están inmersas en un proceso interno para sustituir sus nombres por topónimos. En el caso del primero, el consejo escolar solicita denominarse Bizkotxalde. En el segundo, apuestan por Solobarria. Ambos lugares, cercanos a donde se ubican.
Los gestores del Lope de Vega ya intentaron el pasado diciembre que el Ayuntamiento diese el visto bueno a su aspiración, pero no lo lograron. El alcalde, el peneuvista Andoni Busquet, retiró el punto del orden del día del pleno al no existir un consenso entre los partidos políticos. Quería evitar trasladar a la ciudadanía una imagen de enfrentamiento y madurar un criterio que sirviese para «este y otros casos que vaya a haber en el municipio».
 
El asunto parecía haberse archivado, ya que no se han producido contactos entre las diferentes sensibilidades representadas en el Consistorio ni se ha debatido en el interior de las dependencias municipales. Pero no ha sido así. Los centros escolares continúan presionando para lograr su objetivo y sustituir los nombres. Hace unos días, los responsables del Lope de Vega solicitaron por registro que se aborde el asunto en el pleno de este mes.
 
Ante la insistencia, la comisión de Cultura municipal que se celebrará el lunes incluye en su orden del día las peticiones de la comunidad educativa. En principio, decidirá si finalmente traslada a pleno el asunto para que ratifique, o no, el cambio de designación. De aprobarse, el Departamento de Educación del Gobierno vasco modificará más adelante sus registros para adaptarlos a los nuevos nombres. Desde el primer momento, los responsables de los colegios han enmarcado la nueva denominación en la necesidad de que los centros se nombren conforme al lugar en el que se ubican. De hecho, algunos colegios locales ya disponen de ese tipo de calificativos. Aunque también es cierto que no ha habido otras peticiones de modificación en el resto de escuelas basauritarras que cuentan en su designación con nombres propios, como es el caso de Sofía Taramona o José Etxegarai.
 
Firmas en contra
 
La iniciativa para sustituir los nombres por topónimos ha generado desde el principio la crítica de algunos ex alumnos. En el Lope de Vega se han puesto a recoger firmas para mostrar su disconformidad y han entregado en el Ayuntamiento cerca de cuatrocientas. De llevarse al pleno de marzo, presentarán las que han recogido en las últimas semanas. Y no son los únicos a los que no les gusta la modificación. El portavoz del PP, José María Agüeros, mostró su rechazo porque «a nadie se le ocurre cambiar el nombre de Nueva York o Europa». Considera que detrás de la maniobra se encuentra la intención de «deshacerse de nombres que representan a la cultura española».
 
Por su parte, la socialista Loly de Juan también se preguntó por el motivo para eliminar el nombre de «personajes que son parte de la historia de España y del mundo». En el otro extremo, la coalición Bildu mostró su «apoyo» a la medida y el PNV, grupo que gobierna el Consistorio basauritarra, aseguró que las gestiones realizadas «no le parecen mal».

lunes, 19 de marzo de 2012

Prefiero que no lo hagan. Arturo Pérez Reverte

Sí, lo sé. Mañana se cumple el bicentenario de la Constitución de Cádiz, y podría ocuparme de eso. Dedicar esta página pecadora a la bonita efemérides del 19 de marzo de 1812. Pero no me apetece nada. Primero, porque a estas alturas del telediario estarán ustedes hasta arriba de artículos de prensa y reportajes mencionando el asunto. Empachados de doceañismo hasta la glotis. Segundo, porque hace un par de años escribí una novela gorda contando aquello, o intentándolo. O sea, que ya hice mi parte. Y en tercer lugar, porque si hoy hablase de la Pepa, también tendría que hablar de quienes se la cargaron en pocos días: los políticos visionarios, meapilas o incompetentes, los curas fanáticos, los animales con sable, los reyes infames y los súbditos analfabetos que, entonces como ahora, aplauden constituciones y gritan vivan las caenas al día siguiente, según sople, con esa habilidad asombrosa que tenemos los españoles para triturar cartas magnas, monarquías, repúblicas, democracias y lo que nos pongan a tiro. Lo que nunca nos cargamos son las tiranías, de la clase que sean. Qué curioso. Ésas son de duralex. Irrompibles. Aquí, los dictadores, los reyes felones y los hijos de puta suelen durar más que el resto, y palman tranquilamente en la cama. O jubilados con sueldo oficial. 

Así que, como unas cosas suelen llevar a otras, voy a hablarles de algo que no tiene que ver directamente con la Pepa, pero en el fondo sí tiene que ver. O eso creo. Y disculpen si arranco de una circunstancia personal. De vez en cuando, los responsables de alguna biblioteca o centro escolar, gente bien intencionada que tiene la amabilidad de leer con indulgencia mis novelas o mis teclazos dominicales, me hace el honor de proponer mi nombre para bautizar el asunto. Biblioteca Tal, colegio Cual. Suena desmesurado, lo sé. Pero soy inocente. Hasta hay quien, en arrebato de fervor inmerecido por mi parte, propone mi nombre para una calle. Un par de ellas ya me han sido adjudicadas a traición, y precisamente estos días circula una iniciativa semejante por Cartagena; que, pese a la generosidad de mis paisanos, confío en que la descarte el sentido común. Sobre todo, para no obligarme a cumplir una vieja promesa: si ponen mi nombre a una calle en mi ciudad, es probable que acuda con un spray grafitero a tacharlo, en plan Banksy. Quedaría ingrato. Y feo, si me pilla un guardia. 

No se trata de modestia, y a eso voy. Se trata sólo de prudencia. Uno es lobo viejo, con algún colmillo flojo y el rabo pelado. Y esto es España, o sea. El sitio del que hablaba en el primer párrafo. El de la Pepa. Aquí tu nombre en una calle, salvo raras excepciones, sólo sirve para dos cosas: para que la peña te tenga más ganas, o te las tenga si no te las tenía, y para que, a la menor oportunidad, lo cambien por otro nombre. Te pongan al día por el artículo catorce. En menos de un siglo, una calle española puede llamarse sucesivamente calle Real, de la Constitución, de la Restauración, de la República, del general Fulano, de la Libertad, del General Mengano, del payaso Fofó, de la Madre Que Nos Parió... Esto es España, insisto. Y eso de los nombres volátiles vale para calles, colegios, bibliotecas y lo que ustedes quieran poner en una placa. Aliñado, naturalmente, con la estupidez y la mala leche propias de este putiferio. Por poner un ejemplo reciente y calentito, ahí está, sin ir más lejos que a Basauri, el noble empeño de un par de consejos escolares de allí, decididos -supongo que por estas fechas estará hecho, o a punto de nieve-, con el no menos digno apoyo del alcalde local, vasquísimamente apellidado Busquet, a rebautizar como Bizkotxalde y Soloarte dos colegios públicos llamados Lope de Vega y Velázquez: esos dos conspicuos franquistas. 

Así que yo de ustedes me andaría con tiento cuando les propongan homenajes, porque las placas de las calles las carga el diablo. Y permítanme un consejo práctico. Cuando sus vecinos, amigos o clientes vayan, con ingenua buena fe, a proponer su nombre para algo, digan lo de aquel personaje de Melville, el escribiente Bartleby: prefería no hacerlo. O que no lo hagan. Porfa. Nunca sabe uno lo que puede durar. Lo que tardarán los queridos paisanos, que con tan sincero fervor le dedican a uno la calle, el colegio o la biblioteca, en cambiar de opinión, quitar la placa, poner otro nombre y arrastrar al antiguo titular, simbólica o físicamente, camino de la farola más próxima, el exilio, la cárcel o el paredón. Si creen que exagero, hagan memoria. La historia de los nombres de calles arrancados es la historia de España, desde Istolacio, Indortes y Orisón -que igual también tuvieron calle- hasta hace medio minuto. Nuestra puerca historia.