Hace bastantes años compré una novela titulada el Jefe Político escrita por el caballero audaz, o lo que es lo mismo, José María Carretero.
José María Carretero fue un escritor popularísimo nacido en 1887 y fallecido en 1951. Aunque fue más conocido como el Caballero Audaz. Autor prolífico donde los haya, además de gran entrevistador. Sus entrevistas fueron famosísimas y entrevistó a un gran y variopinta cantida de personajes. Desde Hiltler, Blasco Ibañez, pasando por Perez de Ayala y terminando en Trotski.
Sus entrevistas se admiran por su calidad y son imprescindible para el estudio y comprensión de la historia.
Como novelista quiero resaltar esta novela, que me parece extraordinaria. La historia gira en torno a Leopoldo Quintana y sus ambiciones políticas. Desde sus comienzos como diputado provincial hasta lo más alto. La novela está ambientada en la Restauración y a través de sus páginas podemos ver el ambiente generalizado de corrupción existente en aquella época (vemos que la corrupción no es exclusiva de nuestra época).
Se lee de un tirón, está muy bien escrita, no se hace pesada para nada, la descripción de los personajes es tan cristalina que desde un primer momento captamos la naturaleza de cada uno, lo que permite tener una comprensión absoluta del mensaje que nos quiere transmitir el autor.
Amor, odio, celos, ambición, paciencia, maldad, avaricia, todos estos componentes están presentes en una de las mejores novelas que he leído hace bastante tiempo.
Espero que todos aquellos que la lean disfruten tanto que lo he hecho yo con su lectura.
miércoles, 20 de febrero de 2013
martes, 19 de febrero de 2013
La España inteligible. Julián Marías

Hoy traigo la recomendación de uno de los mejores libros que he leído sobre la historia de España. No es una historia de España, sino una interpretación, o mejor dicho, la razón histórica de las españas.
En el siguiente artículo, el propio Julián Marías explica su libro mejor de lo que yopodría hacer, por lo que lo único que me resta es animar a leer este libro.
"Hace quince años, en 1985, publiqué un libro por el que siento cierta predilección: España inteligible.No es que sea mi «mejor» libro –esto no tendría demasiado sentido–, pero es acaso el que ha ayudado más a que los españoles se entiendan a sí mismos. Tiene un subtítulo: «Razón histórica de las Españas», porque desde 1500 España es inseparable de América y el resto del mundo hispánico.
Este libro se ha leído bastante: diez ediciones en español, traducciones al inglés y al japonés. No se ha hablado demasiado de él, lo que puede ser explicable. Lo que me sorprende es la escasez de comentarios a su título. Dije que el libro cumple lo que el título promete: inteligibilidad. Por lo visto, esta noción irrita; se prefiere la idea de que España es un país «anormal», conflictivo, irracional, enigmático, un conglomerado de elementos múltiples y que no se entienden bien.
Mostré que España es coherente, más razonable que otros países, en suma, inteligible si se lo mira desde su génesis, sus proyectos, su argumento histórico. Como se ha decretado lo contrario, hay una manifiesta resistencia a mirar la realidad y tomarla en serio. Lo inaceptable es el título, que va contra las ideas recibidas y aceptadas sin crítica, aunque la experiencia las desmienta. Todo antes que admitir que se entienda lo que ha acontecido, que se comprenda un proceso histórico excepcionalmente coherente si se lo mira con la razón histórica y no con la razón abstracta; es mucho pedir que se mire la historia con mirada histórica, humana. Se trata de un caso particular de la evidente resistencia a mirar como personal la realidad humana, aunque sea al precio de no entenderla, de suplantarla por las «cosas» o, en el caso más favorable, por lo biológico, lo meramente animal. Si se considera casi todo lo escrito sobre cuestiones humanas en los dos últimos siglos, asombra el deliberado olvido de los caracteres personales, irreductibles a ninguna otra forma de realidad: no hay ningún «eslabón» ambiguo, equívoco, en que sea dudosa la condición humana, identificada con lo personal. Hay que refugiarse en el pasado imaginario para alojar en él lo que no existe en la realidad actual.
Se repiten monótonamente todos los tópicos acumulados sobre España durante varios siglos. Casi nadie se atreve a considerar la realidad y la interpretación fundada en su examen. El reconocer que las cosas no son como se dice parece a muchos una «infidelidad». Habría que preguntar a qué. He insistido a veces en la «fragilidad» de la evidencia, que se descubre y entrevé un momento y se pierde pronto por la presión del hábito. La idea de que España pueda ser «normal», una realidad colectiva humana y por tanto inteligible parece una «herejía».
Lo verdaderamente innovador e interesante es que habría que dar un paso más en la misma dirección. No solo España ha sido y es inteligible, sino también otros pueblos a los que se les ha atribuido esa condición sin suficiente motivo y sobre todo sin atender adecuadamente a su realidad y a los métodos que reclama. Quiero decir que otros países son más inteligibles de lo que se piensa, porque tampoco se los mira con los instrumentos mentales necesarios. Habría que intentar una revisión histórica de los demás países; creo que se aumentaría considerablemente su nivel de inteligibilidad, de racionalidad.
¿Podría extenderse este criterio de todos los pueblos? No lo creo así. Los pueblos procedentes de una herencia histórica que es la nuestra y que incluye el mundo helénico y el romano han conservado la continuidad y la pretensión de inteligibilidad. Por eso sus historias presentan, a pesar de azares, errores, violencias y crisis, que pueden ser graves y duraderas, algo que se puede entender y narrar; dicho con otras palabras, han realizado una historia que es susceptible de ser narrada, aunque en etapas bien distintas.
En otros casos la continuidad ha sido mucho menor, la inestabilidad de las poblaciones, la complejidad étnica, la ausencia de proyectos coherentes, el carácter precario y vacilante de su expresión, hace sumamente difícil esa inteligibilidad, precaria, vacilante. Finalmente, hay y por supuesto ha habido durante siglos o milenios, pueblos que sólo han poseído y conservado el mínimo de inteligibilidad que pertenece a lo humano, que sólo se encuentra en forma residual, como el grado inferior de la condición personal.
Vemos, pues, que la inteligibilidad, lejos de ser un privilegio de la condición histórica española, es la condición de lo humano y personal. Pero las diferencias de grado, forma y contenido pueden ser enormes. Para que esto se vea es menester una intensidad que lo haga perceptible. Lo curioso es que esto resulte particularmente evidente cuando se examina la historia española, objeto preferente de la imputación de conflicto e irracionalidad.
Pero las consideraciones que acabo de hacer descubren las diversas formas, las articulaciones y los límites de la historia. Podemos distinguir entre grados de ese carácter de todo lo humano que es la historicidad. Esto permitiría algo que no se ha hecho y que es una tarea apasionante: una tipología profunda y radical de las formas históricas. He mencionado apresuradamente tres niveles bien distintos, tanto que son irreductibles. En rigor, sólo desde los niveles superiores se puede percibir la forzosa historicidad.
Se ve igualmente la imposibilidad de una «historia universal» si no se ha llegado al descubrimiento de la inteligibilidad plena de algunas formas históricas. Solamente desde las formas superiores de inteligibilidad puede lanzarse una mirada al resto, y hallar así la universalidad de esa condición, aun en su grado ínfimo.
Todavía se suscita otra cuestión, cuyo interés teórico es del mayor alcance: en qué medida está ligada la noción de historia universal a la posibilidad de su realización, en la medida de las posibilidades reales. El hecho de que los griegos, los romanos y los españoles, en diversas épocas, hayan sido realizadores y teóricos de lo que podemos llamar «versiones» distintas de la historia universal llevaría a barruntar esa conexión. En otros ciclos humanos, ni la realidad ni el pensamiento parecen vinculados a la noción de historia universal.
Baste pensar un momento en estas cuestiones para recordar la complejidad y el apasionante interés de la condición histórica del hombre. Resulta inquietante, y sugestivo, darse cuenta de lo que falta para que esta condición de la vida personal se haya puesto adecuadamente en claro."
viernes, 1 de febrero de 2013
1643, La batalla de Rocroi.
En Rocroi nos dieron lo nuestro, pero aun despanzurrados y descoyuntados nosotros también les dimos lo suyo, exactamente hasta la última gota de sangre. Han pasado trescientos setenta años desde que las tierras de Rocroi fueran regadas tan generosamente por los nuestros con un derroche de vidas, valor y gallardía como pocas veces se han conocido.
Fue allá en Rocroi, entre Francia y Bélgica, sí, en las Ardenas, justo donde los norteamericanos se enfrentaran hace siete décadas con una terrible contraofensiva nazi, donde nuestros Tercios lo perdieron todo menos el honor y la gallardía. Hasta el último suspiro, cuando sus cuerpos ya estaban martirizados por heridas y magulladuras sin número, resistieron nuestros compatriotas, aquellos españolazos que a miles de kilómetros de su Patria (tanto la chica como la grande) consiguieron que con su sangre, su sudor y sus lágrimas (los hombres valientes no temen llorar) que en España no se pusiera el sol durante larguísimos y gloriosos años. Ardor guerrero legendario, que ni cuando se nos pusieron más que tiesas perdimos.
Pero el día no había amanecido, ni siquiera la del alba sería, cuando aquel 19 de mayo de 1643, y en la dicha Rocroi (que teníamos sitiada, prestos ya para el asalto) la gabachada innumerable se lanzó, cuentan que al hilo de las tres de la madrugada, contra nuestros paisanos.
Mandaba a los franceses Luis II de Borbón-Condé, Duque de Enghien, y a la tropa hispana el caballero de origen portugués Francisco de Melo, a la sazón entonces Capitán General de los Tercios de Flandes, que esperaba la llegada del apoyo de Jean de Beck. Durante seis larguísimas y dantescas horas, veintipicomil contra otros veintipicomil por cada lado, se clavaron picas, espadas, lanzas, hubo arcabuzazos, balas de cañón, caballos destripados, heridas espantosas, legiones de héroes sobre el polvo, mandoblazos, estacadas, puñadas y puñaladas, orina y barro... y una gigantesca legión de muertos por ambas partes. Pocos, aunque los hubo pero apenas ninguno con un apellido de los nuestros, rechazó aquel terrible envite de la Historia. Allí había que dejarse la piel y las entrañas y a fe que los españoles de aquellos Tercios memorables se la dejaron,
El cruel tablero de Rocroi
Pero pongámonos ya de una vez sobre cruel tablero de la terrible partida de Rocroi. Cuentan las crónicas que el flanco izquierdo franchutón lo comandaba La Ferté, que el centro lo capitaneaba L'Hôpital, y que a la derecha se situaba un tal Gassion. La retaguardia, a las órdenes del Marqués de Sirot.
Los nuestros pensaban en principio que los franceses se disponían a reforzar la ciudad y que al menos de momento no pensaban en una batalla a campo abierto. Así que nuestros paisanos colocaron a los temibles Tercios españoles en vanguardia, el privilegio que se habían ganado peleando como fieras durante décadas, mientras que los mercenarios valones y alemanes formaban la retaguardia dirigidos por el Conde Paul-Bernard de Fontaine, un tipo de Lorena, es decir, francés, de sesenta y seis años entonces, pero que servía al rey de España lo mejor que Dios le daba a entender.
En tanto, la caballería imperial se situaba en los flancos. El derecho, repleto de tropa alsaciana a las órdenes del Conde de Isenburg, mientras que la jinetería flamenca, mandada por el Duque de Alburquerque quedaba a la izquierda y, por delante de todos, la artillería.
Por supuesto y no siempre con lealtad, a lo largo de los siglos se han escrito crónicas y cronicones de esta batalla. Se ha dicho y escrito de todo, pero el transcurso de la Historia ha ido aclarando muchas cosas y dando las pistas suficientes para que hoy se pueda construir bastante aproximadamente el relato de aquella carnicería.
Los franceses encabalgaron, picaron espuelas y se lanzaron al galope con fuerza nutrida contra nuestra ala derecha. Se las veían muy felices, banderas al viento, espadas afiladas en la noche, pero de pronto dieron con una nutrida hueste de arcabuceros imperiales envalentonados sobre una pequeña colina. La pólvora española cayó como un rayo sobre la caballería francesa, haciéndole importantes desperfectos. Para rematarlos llegaron al galope los centauros flamencos mandados por Alburquerque, que tras repartir sablazos y lanzadas se lanzaron hacia la artillería gabacha a la que robaron varias piezas.Estrategas a posteriori
Cuentan expertos estrategas (a sabiendas y a posteriori, claro) que tal vez entonces, desorganizados y maltrechos los franceses, nuestro jefe, el tal Melo, debió jugarse entonces el todo por todo y dar cumplido finiquito del enemigo. Pero no lo hizo, mientras sí que anduvo presto y atinado el jefe de los galos, Enghien, que supo restablecer el orden en sus líneas y pasar al contraataque y consiguió hacer mucho mal entre nuestra gente.
Muchos españoles dejaron allí mismo esta tierra, otros se retiraron a toda la velocidad que les permitieron sus fuerzas, mientras el Duque de Alburquerque resistía al frente de sus jinetes como un toro, que ese apellido siempre ha sido de confianza y de genial cabalgar como mucho tiempo después demostraría en nuestros hipódromos uno de los herederos de este Duque, el también Duque de Alburquerque, decimoctavo de la estirpe, genial jinete llamado Beltrán de Osorio, y a la sazón fiel escudero de Don Juan de Borbón durante toda su vida.
Pero hora es de volver al campo de martirio de Rocroi, allí donde Marte quiso vestir sus mejores pero siempre siniestras ropas de combate.
El siguiente y terrible embate de los franceses comandado por Gassion vino a dar contra buena compaña de nuestra leal infantería en forma de varios escuadrones. La lucha fue cuerpo a cuerpo y hasta diríamos que alma contra alma. En ella se nos fueron un buen puñado de españoles de a pie, de corazón sublime, y también algunos de sus capitanes, como el Conde de Fontaine y oficiales como el Conde de Villalba y Antonio de Velandia, denodados comandantes de Tercio hasta ese día que firmaron el último contrato, el que se sella ante la Parca, en aras de la amada España.
Las cosas se estaban poniendo más que feas en nuestro costado izquierdo y el propio general en jefe, Francisco de Melo, se lanzó al galope hacia allí a fin de recomponer la situación, mientras los franchutes caían sobre la retaguardia española, nutrida de alemanes y valones, y producían en ella un gigantesco escarmiento. Heridos, muertos, prisioneros componían un gigantesco cambalache de espanto.
Ya no quedaba zona en el campo de Rocroi donde no se combatiera hasta el último aliento. Franceses y españoles demostraban sobre el campo con su sangre y con sus generosísimas agallas porque eran naciones a las que temer cuando hay una zurra de por medio. Allí, en Rocroi, hasta los jefes caían prisioneros, como el gabachón de La Ferté. Otro de los comandantes principales, La Barre, pasó allí mismo a mejor vida, mientras L’Hôpital también resultaba herido y el propio Capitán General en aquel día, Enghien, no daba abasto para poder animar a su tropa, ahora aquí, luego allá, luego acullá. Pero por muy españoles que seamos, y no olvidemos nunca lo del Dos de Mayo, hay que reconocer que aquel franchute de Enghien los tenía bien puestos.
Y no pequeños. Se la jugó en aquel momento de la batalla. Tiró de las bridas de lo que le quedaba de caballería y allí que se fue contra los adentros del ejército español, hincándole una terrible colmillada en su centro y aislando de paso a los Tercios españoles de los aliados extranjeros. Estábamos jodidos. La caballería de Isenburg, desparramada, los Tercios italianos huyendo en desbandada y Melo, que desde luego no tuvo su día, esperando que llegaran los supuestos refuerzos mandados por Beck, que tampoco sale muy bien parado de esta mañana, pues algunos cuentan que llegó a tiempo pero al enterarse de que las cosas iban de mal en peor no se metió en faena, mientras otros aseguran que apareció en la lid cuando ya nada se podía hacer.
A Melo lo pillan in fraganti
A Melo casi lo pillan in fraganti los franceses, aunque pudo cobijarse junto a una tropa de un Tercio italiano que no hacía otra cosa que salir por piernas cada vez que aparecían los gabachos. Los nuestros, mientras tanto, reunieron las pocas huestes que quedaban más o menos ilesas, pero llenas la mar de los casos de costurones, tajos, golpazos, y se unieron formando un gran rectángulo con las picas trabadas y los mosquetones preparados, unidos en un solo cuerpo como ya hicieran las falanges macedónicasmuchos siglos atrás. A las primeras y mientras fue posible tiraron de la mosquetería y resquebrajaron los primeros ataques franceses, hasta el punto de que casi le destapan la sesera al generalísimo Enghien, que recibió un disparo en la coraza y besó el suelo de Rocroi, pues su caballo quedó allí mismo hecho trizas.
Reconozcamos que también la gabachada estuvo a la altura de las circunstancias, y a pesar de la bravura de nuestros compatriotas volvían a la carga una y otra vez. Erre que erre. Y allí ya no se hablaba de pólvora, arcabuces ni mosquetes. Había llegado la hora de que el acero dirimiera quién había de llevarse la victoria. Cuerpo a cuerpo, cuchillada va, estocada viene, españoles y franceses se mataron a conciencia. Tras varios asaltos y acometidas, tan solo quedaban en pie algunos veteranos de los Tercios de Garcíez y Villalba, que ya, con las armas melladas, se defendían a mordiscos, hincándole las ponzoñosas dentaduras a cualquier cosa que por allí oliera a francés. Sin embargo, llegaba el final.
Y sobre este punto, los historiadores, cuatro siglos después, aún siguen discrepando. Parece ser no obstante que el astuto Enghien ofreció una negociación honrosa a nuestra gente, antes de que las cosas pudieran darse la vuelta por la llegada de los refuerzos. Se asegura que generoso, el adalid francés ofreció respetar la vida y libertad de los todavía supervivientes, dejarles ondear sus banderas y portar sus armas, e incluso si querían tomar el camino de la amada España tenderles un puente de plata.
Sin cañones, pero al pie del cañón
Algunos de los nuestros aceptaron. Pero otros no y siguieron al pie del cañón, aunque cañones, lo que se dice cañones, no nos quedaba ni uno. Finalmente, tuvieron que rendirse pero no perdieron el honor ni el orgullo, y los franceses siguieron fieles a sus generosas ofertas de rendición. Cinco mil de los nuestros ya nunca volverían a ver nuestro sol, ni nuestra tierra, para siempre quedaron, desaparecidos pero inmortales, en las arenas de Rocroi. A pesar del destrozo, los Tercios todavía darían mucha guerra, y obtendrían victorias resonadas y resonantes como la de Valenciennes, también ante el francés.
Para la historia, quizá mejor para la leyenda, ha quedado la respuesta de un superviviente de los nuestros cuando fue preguntado por un oficial francés sobre la cuantía de nuestra gente en Rocroi. «Contad los muertos», le contestó aquel español gallardo, honroso hasta en las últimas. Zurramos y nos zurraron. Perdimos la batalla, sí, pero no perdimos la vergüenza.
Manuel de la Fuente.
jueves, 31 de enero de 2013
Obertura de Tannhäuser. Wagner
Uno de los propósitos de este blog es dar a conocer la cultura española y europea en general y la música clásica en una parte importantísima de ella. Por eso y en el 200 aniversario de Wagner y Verdi voy a empezar subiendo su música.
Empezamos con la obertura de Tannhäuser dirigida por Karajan.
lunes, 7 de enero de 2013
domingo, 6 de enero de 2013
Wagner y Verdi, vidas paralelas
En 1813 Europa estaba revuelta. Las tropas napoleónicas se retiraban en todos los frentes. Tras el fracaso de la invasión de Rusia la guerra de la sexta coalición se encontraba en pleno apogeo. No existía lugar del continente en el que no rugieran los cañones. El imperio francés que se desmoronaba a toda prisa era una metáfora de la misma Europa. Se extendía como una mancha de aceite desde España a Polonia y de Italia a Holanda. Lo que la guerra contra el corso no había impedido es que nacieran niños. Ese año vinieron al mundo dos que marcarían la historia de la música con letras indeleble.
Ambos, un alemán y un italiano, nacieron franceses porque el Ejército napoleónico aún ocupaba sus respectivos principados. El alemán se llamaba Richard Wagner y vino al mundo en el barrio judío de Leipzig. El italiano atendía al nombre de Giuseppe Verdi y vio su primera luz en un pueblito de lo que, hasta la invasión francesa, había sido el ducado de Parma. Ninguno de los dos estaba llamado a ser lo que terminaron siendo. A diferencia de grandes compositores como Bach o Mozart, ni Verdi ni Wagner pertenecían a una familia de músicos. Verdi era hijo de un simple tendero, Wagner de un oficial de Policía. Y oficios así les hubiesen correspondido de no ser por la genética. Los dos nacieron con un talento fuera de lo común para la música y, más concretamente, para el género que triunfaría y se impondría sobre todos los demás en el siglo que acababa de empezar: la ópera.
Como coetáneos que eran Verdi y Wagner estudiaron a la vez. Verdi sintió la llamada gracias a los años que pasó en la escuela de los jesuitas de Busseto, que contaba con una fabulosa biblioteca llena de partituras. A Wagner le llamaron antes las letras que las notas. A los 13 años escribió su primera obra, Leubald, una tragedia al estilo de Shakespeare, un autor que le fascinaba. Una vez la hubo terminado sintió la necesidad de ponerle música. Así murió el escritor y nació el operista. Verdi, por su parte, se había mudado a Milán, donde perfeccionó su técnica mientras no se perdía una sola ópera de las que programaba el teatro de La Scala.
Pero disfrutar de la ópera era muy diferente a vivir de ella. Concluidos los estudios, Verdi se empleó como profesor de música, Wagner como maestro del coro en un teatro. Trabajos ambos ideales para dedicarse a la composición en los muchos ratos libres que dejaban. En la década de 1830, ya establecidos como músicos, comenzaron a componer, cada uno a su estilo. Desde ese momento la producción de óperas del dúo no cesaría hasta su muerte y los llevaría a convertirse en los compositores más famosos del mundo.
Ambos, un alemán y un italiano, nacieron franceses porque el Ejército napoleónico aún ocupaba sus respectivos principados. El alemán se llamaba Richard Wagner y vino al mundo en el barrio judío de Leipzig. El italiano atendía al nombre de Giuseppe Verdi y vio su primera luz en un pueblito de lo que, hasta la invasión francesa, había sido el ducado de Parma. Ninguno de los dos estaba llamado a ser lo que terminaron siendo. A diferencia de grandes compositores como Bach o Mozart, ni Verdi ni Wagner pertenecían a una familia de músicos. Verdi era hijo de un simple tendero, Wagner de un oficial de Policía. Y oficios así les hubiesen correspondido de no ser por la genética. Los dos nacieron con un talento fuera de lo común para la música y, más concretamente, para el género que triunfaría y se impondría sobre todos los demás en el siglo que acababa de empezar: la ópera.
Como coetáneos que eran Verdi y Wagner estudiaron a la vez. Verdi sintió la llamada gracias a los años que pasó en la escuela de los jesuitas de Busseto, que contaba con una fabulosa biblioteca llena de partituras. A Wagner le llamaron antes las letras que las notas. A los 13 años escribió su primera obra, Leubald, una tragedia al estilo de Shakespeare, un autor que le fascinaba. Una vez la hubo terminado sintió la necesidad de ponerle música. Así murió el escritor y nació el operista. Verdi, por su parte, se había mudado a Milán, donde perfeccionó su técnica mientras no se perdía una sola ópera de las que programaba el teatro de La Scala.
Pero disfrutar de la ópera era muy diferente a vivir de ella. Concluidos los estudios, Verdi se empleó como profesor de música, Wagner como maestro del coro en un teatro. Trabajos ambos ideales para dedicarse a la composición en los muchos ratos libres que dejaban. En la década de 1830, ya establecidos como músicos, comenzaron a componer, cada uno a su estilo. Desde ese momento la producción de óperas del dúo no cesaría hasta su muerte y los llevaría a convertirse en los compositores más famosos del mundo.
“¡Viva Verdi!”
Wagner fue un revolucionario musical. Reinventó la ópera alemana cortando los últimos lazos que la unían con Italia, país donde había nacido el género un siglo antes. Eliminó los números separados (arias, dúos, coros, etc.) para centrarse en lo que él denominaba la “melodía infinita”. Consideraba que la ópera era el arte total, el único que reunía a todos los demás. Por esa razón se empeñó en hacerlo todo él, desde el libreto hasta la puesta en escena, pasando, naturalmente, por la partitura. Estas últimas solían ser piezas muy largas y de difícil interpretación. Para que nada se escapase a su control se propuso levantar su propio teatro, un recinto con las últimas tecnologías escénicas en el que se pudiese plasmar la grandeza de sus creaciones. Lo consiguió gracias al patronazgo de Luis de Baviera, el rey loco, un admirador incondicional de Wagner que llegó a decorar los techos de su castillo de Neuschwanstein con frescos inspirados en las óperas wagnerianas.
Wagner fue un revolucionario musical. Reinventó la ópera alemana cortando los últimos lazos que la unían con Italia, país donde había nacido el género un siglo antes. Eliminó los números separados (arias, dúos, coros, etc.) para centrarse en lo que él denominaba la “melodía infinita”. Consideraba que la ópera era el arte total, el único que reunía a todos los demás. Por esa razón se empeñó en hacerlo todo él, desde el libreto hasta la puesta en escena, pasando, naturalmente, por la partitura. Estas últimas solían ser piezas muy largas y de difícil interpretación. Para que nada se escapase a su control se propuso levantar su propio teatro, un recinto con las últimas tecnologías escénicas en el que se pudiese plasmar la grandeza de sus creaciones. Lo consiguió gracias al patronazgo de Luis de Baviera, el rey loco, un admirador incondicional de Wagner que llegó a decorar los techos de su castillo de Neuschwanstein con frescos inspirados en las óperas wagnerianas.
Verdi era de ambiciones más modestas. Carecía de la vena excéntrica y genial del alemán. Con paciencia y muchas horas de trabajo renovó la ópera clásica y le dio su forma definitiva. Dotado de una pasmosa facilidad para crear bellas y pegadizas melodías, sus paisanos le convirtieron en un ídolo nacional. Era habitual que al concluir sus óperas los asistentes irrumpiesen en gritos de “¡Viva Verdi!”, lo cual tenía mucho de espontaneidad latina y, sobre todo, de nacionalismo ya que su apellido era también el acrónimo de “Vittorio Emanuele, Re D’Italia”.
Porque tanto a Verdi como a Wagner les tocó poner música a dos eventos históricos de primera magnitud: el nacimiento de sus respectivas naciones. Wagner se lo tomó mucho más en serio. Convencido pangermanista, puso su música y sus textos al servicio de la construcción nacional. El romanticismo alemán y todas sus derivaciones sería difícilmente explicable sin las óperas de Wagner. Verdi, por su parte, se tenía por un patriota italiano, aunque huía de los excesos nacionalistas de su contemporáneo. En su obras la idea de la libertad y la lucha contra la opresión son omnipresentes, pero debidamente camufladas por el argumento.
Pero no fue la siempre efímera política lo que les hizo célebres, sino su música, ese arte de lo etéreo que otorga a sus elegidos el don de la inmortalidad.
Fernando Díaz Villanueva.
jueves, 3 de enero de 2013
La conquista de Granada
En Roma se celebraron grandes solemnidades religiosas que culminaron con una gigantesca procesión de tres días, presidida por el Papa. En el reino de Nápoles, la victoria cristiana fue conmemorada con una obra teatral cuyos personajes alegóricos eran la Alegría, el Falso Profeta Mahoma y la Fe. En Londres, en la abadía de Westminster, el canciller de la Corona, ante una enorme multitud convocada por las campanas, anunció solemnemente la victoria de los cristianos sobre los musulmanes.
¿Qué era el Reino de Granada?
El Reino de Granada era, para la época, una potencia importante. Había nacido hacia 1236 de la descomposición del Islam español. Mohamed ibn Nasr, llamado “el Rojo”, Alhamar, por el color de su barba, se proclamó sultán e instauró un reino independiente y una dinastía propia: la nazarí, es decir, los descendientes de Nasr. El territorio de este reino no era desdeñable: algo más de la mitad oriental de lo que hoy es Andalucía. Tenía una población muy numerosa (se calcula en unos 300.000 habitantes), una economía muy activa, buen suelo agrícola y largas costas, con una posición privilegiada en el Mediterráneo.
En una situación así, los reyes de Granada tendrán sobre todo dos objetivos. Uno, arreglarse con los reyes cristianos, es decir, con Castilla y Aragón. Castilla era poderosa, pero estaba muy poco poblada y tenía muchos problemas para consolidar los territorios conquistados. En cuanto a Aragón, su principal finalidad era que nadie estorbara a sus barcos en el Mediterráneo. Los nazaríes ofrecerán arreglos satisfactorios para ambos, generalmente bajo la forma de tributos económicos, las parias.
Y el segundo objetivo de los reyes de Granada será asegurarse la amistad de los musulmanes del otro lado del mar, los benimerines del norte de África, por si acaso hacía falta su concurso. Con este sistema, el reino aguantará más de 200 años. Fue especialmente brillante el siglo XIV, con un gran impulso cultural. A partir de ese momento, sin embargo, Granada entrará en decadencia. Cuando Fernando e Isabel unen las coronas de Aragón y Castilla, en 1479, Granada ya es un caos.
Isabel y Fernando, en efecto. Dos reyes que vienen con ideas nuevas. En Occidente se ha impuesto el ideal de la república cristiana, de la organización política construida en torno a una identidad religiosa, y su columna vertebral es la Corona. Los predecesores de los Reyes Católicos no sabían nada de todo esto, pero Fernando e Isabel sí; son las ideas que flotan en el ambiente. Además, recobra vigencia la idea fuerza de la recuperación de la España perdida, una idea que nace en la Corte asturiana en el siglo IX, que a lo largo de la Reconquista aparecerá y desaparecerá para volver a reaparecer, que con el tiempo se funde con el ideal de la Cruzada y que ahora, además, encaja perfectamente con ese otro ideal de la república cristiana. Para lograr este objetivo hay que conquistar Granada. Y así la toma de Granada se convertirá en una auténtica obsesión.
Las etapas de la guerra
Fernando e Isabel acometen la empresa de Granada en 1482. Puede sorprender que la conquista durara nada menos que 10 años, pero es que no fue en modo alguno una guerra fácil. Las fuerzas que los Reyes Católicos tienen a su disposición no son muy numerosas. Algunas crónicas aportan cifras fabulosas, de hasta 80.000 hombres, pero la verdad es que la mayor parte de la gente que se movilizaba eran tropas auxiliares para servicios de intendencia y transporte.
La fuerza principal serán las huestes señoriales del territorio andaluz, y estas estaban compuestas por grupos relativamente pequeños. Sólo con el tiempo irá asentándose un ejército profesional que será, más tarde, el que dará origen a la infantería española y a los tercios. Por otro lado, la geografía del Reino de Granada, lleno de serranías, impedía librar grandes batallas campales. De manera que las batallas de la guerra de Granada serán largos episodios de sitio y asedio de fortalezas, al típico estilo medieval, combinados con correrías en campo enemigo para hacerse con víveres y volver después a las propias líneas.
En una guerra así, los nazaríes pueden resistir con alguna comodidad. Pero el Reino de Granada tenía dentro su propio cáncer: la enemistad a muerte en el interior de la familia real. El sultán Abul-Hasam Alí, llamado Muley Hacén en las crónicas cristianas, está en guerra con su hijo Boabdil. Muley Hacén se apoya en un poderoso clan, los abencerrajes, pero estos se insubordinan. Así que el sultán tiene que huir junto a su hermano, Muhamad al Zagal, llamado en las crónicas el Zagal, y se hace fuerte en Málaga. Cuando muere Muley Hacén, el Zagal reclama el trono. Mientras tanto, Boabdil reina en la ciudad de Granada. La situación es caótica: el Zagal combate a los cristianos por su lado, Boabdil hace lo propio por el suyo, y a la vez ambos bandos moros se enfrentan entre sí.
En uno de estos lances, Boabdil cayó preso de las tropas cristianas. Los Reyes Católicos le impusieron condiciones de vasallaje que dieron la vuelta a la situación. A Fernando se le ocurrió una idea realmente malévola: utilizaría a Boabdil como punta de lanza contra su tío, el Zagal. Fernando ofreció a Boabdil territorios propios en señorío, a cambio de pelear contra la otra facción mora. Así en la guerra civil nazarí los castellanos pasarán a combatir junto a Boabdil y contra el Zagal. Este, el Zagal,sucumbe en 1490: entrega a Castilla sus tierras y emigra a Argelia. Los Reyes Católicos anuncian el final de la guerra. Llega el momento de pedir cuentas a Boabdil. Pero Boabdil, al parecer presionado por los partidarios de seguir la guerra, incumple el contrato. Y vuelta a empezar.
El impulso final
A partir de la primavera de 1490, Boabdil intenta pasar a la ofensiva. Sueña con sublevar a los musulmanes de los territorios ya controlados por los Reyes Católicos. Pero fracasa: la población, que no guardaba buen recuerdo del gobierno despótico de Muley Hacén, vuelve la espalda a la dinastía nazarí. Boabdil termina encerrándose en la Alhambra. Fernando e Isabel saben que Granada es inexpugnable, de manera que preparan un largo asedio. Instalan un campamento permanente en Santa Fe y se disponen a rendir la ciudad por hambre.
Lo del hambre no es una metáfora. En las semanas anteriores a la rendición, los habitantes de la ciudad se comieron sus caballos, sus perros, sus gatos y, al final, a 260 cristianos que tenían en prisión. Lo cuenta un manuscrito inglés de la época, redactado por el prior de Leicestershire según las noticias de un cruzado que participó en el asedio; lo ha descubierto recientemente el profesor de Tenerife José Gómez Soliño. Según ese documento, en Granada había en aquel momento 24.000 personas de entre 12 y 23 años, además de viejos y niños más pequeños. Como la población total era de en torno a30.000 personas, podemos suponer que la defensa de la ciudad no provocó la muerte de demasiada gente.
A todo esto, nadie crea que, mientras tanto, Boabdil se dedicaba a guerrear. Más bien se dedicó, en secreto, a negociar y renegociar las condiciones de la rendición. Finalmente, el 25 de noviembre de 1491 Boabdil firmaba unas capitulaciones, bastante generosas, que significaban el final de la resistencia.
José Javier Esparza
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