viernes, 28 de junio de 2013

España ingresa en la Sociedad de Naciones

El instigador del organismo, Woodrow Wilson, lo creó para superar las consecuencias de la guerra. Sin embargo, se impusieron tratados que llevaron a una guerra aún peor.


Tal día como hoy, 28 de junio de 1919, España ingresaba en la Sociedad de Naciones, el organismo internacional creado por los aliados después de la primera guerra mundial a iniciativa del presidente norteamericano Woodrow Wilson. Teóricamente la Sociedad de Naciones tenía por objeto superar las consecuencias de la guerra, que habían sido devastadoras tanto en vidas humanas como en coste económico. Sin embargo, el mismo Tratado de Versalles que creaba la Sociedad de Naciones imponía también a los perdedores de la guerra, y en particular a Alemania, un castigo tan severo que terminó conduciendo a una guerra aún peor.
España había sido neutral durante la primera guerra mundial. Nuestra política exterior se estaba centrando sobre todo en el Norte de África, donde el país trataba de asentar su dominio en Marruecos. El ingreso en la Sociedad de Naciones no representó ninguna ventaja, tampoco ninguna desventaja. La propia Sociedad fracasaba muy poco después por la deserción de los Estados Unidos y por la exclusión de Alemania, Turquía y la Unión Soviética.
Después, la política exterior española se preocupó más por estrechar lazos con Londres y, especialmente, París. Y en Europa se iba dibujando el decorado para una nueva guerra que sería todavía más terrible que la anterior.
José Javier Esparza

martes, 25 de junio de 2013

Murió hace quince años

La película versa sobre los niños españoles llevado a Rusia durante la Guerra Civil y la vuelta de uno de ellos a España como espía comunista.

La película está protagonizada por Rafael Rivelles y Francisco Rabal.


jueves, 20 de junio de 2013

Los mitos fundacionales del nacionalismo catalán

Entre las imágenes que el nacionalismo catalán ha difundido con más éxito encontramos una primera que asegura que Cataluña y España son dos realidades políticas contrapuestas.


El motivo de dicha convocatoria, que se celebrará el próximo mes de diciembre, es mostrar cómo España, en su conjunto menos desarrollada, ha venido parasitando a la industriosa Cataluña en los últimos siglos y sigue haciéndolo en la actualidad. El título del evento “España contra Cataluña: una mirada histórica 1714-2014” resulta muy esclarecedor.
El propósito es el de definir a Cataluña como una nación mártir -condición natural de cualquier nacionalismo que se precie-, aplastada por un verdadero alud de políticas impositivas dirigidas desde Madrid. Estas políticas no sólo la han esquilmado, sino que han convertido su sacrificio en estéril por cuanto España no ha dudado en reprimir la cultura catalana en todas sus formas. Desde el catastro del siglo XVIII -comienzo del presunto expolio- hasta nuestros días, y desde la guerra de Sucesión -que el nacionalismo pretende de Secesión- hasta el franquismo, toda la historia de Cataluña ha sido la de una represión de proporciones colosales ejercida por España.
El origen de toda la victimización catalanista se sitúa en 1714, cuando Barcelona fue tomada por las tropas felipistas en el marco de la guerra de Sucesión. La verdad, sin embargo, es que dicha guerra fue un enfrentamiento entre españoles -e, insertos en el conflicto, también entre catalanes- a causa de la sucesión al trono de España, que por supuesto tuvo sus connotaciones económicas y culturales, pero en el que no faltaron catalanes entre los partidarios de Felipe de Borbón. Muchos de los cuales, por cierto, tuvieron que emigrar a otras partes de España, pues fueron sometidos a una persecución sin cuartel por parte de los austracistas catalanes, aunque los nacionalistas no echan cuenta de ellos cuando se refieren al exilio que han protagonizado los catalanes en la historia.
Lo cierto es que los episodios en los que se refleja el apoyo de una parte sustancial de Cataluña a la causa borbónica no son escasos; el de los somatenes de Tortosa, que ayudaron al rey a la conquista de Tarragona; el de la Compañía de Guardas de Cataluña o el del Regimiento de Fusileros de Montaña del Rosellón; el de los defensores de la franja de Aragón, voluntarios huidos de la dominación austracista; o los mil de Vic, voluntarios catalanes que defendieron esta localidad.
Es claro, sin embargo, que una mayoría de catalanes se decantó por la causa del archiduque Carlos. Tan claro como que esta causa no tenía la más mínima cualidad nacionalista. Rafael Casanova, convertido hoy en un símbolo separatista, era un austracista que luchaba para que en toda España triunfase la causa del archiduque; no para que venciese en una Cataluña opuesta a la borbónica España.
En la defensa de Barcelona de 1714, el último gran bastión del archiduque en la península -defensa que Voltaire consideró ejemplo de fanatismo religioso por la convicción que el propio Casanova puso en el mantenimiento de la fe católica, la moral y la costumbres- los bravos dirigentes catalanes se aprestaban al combate bajo inequívocas advocaciones, como la del barcelonés general Villarroel: “Por nosotros y por toda la nación española peleamos. Hoy es el día de morir o vencer, y no será la primera vez que con gloria inmortal fue poblada de nuevo esta ciudad defendiendo la fe de su religión y sus privilegios”.
Pese a lo desesperado de la situación, los barceloneses mantuvieron sus posiciones con decisión, llamando a un último combate, ya que de otro modo quedarían “esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”.
La resistencia, pese a todo, de nada sirvió. Abrumados por ejércitos más numerosos, el 11 de septiembre de 1714 los partidarios del archiduque en la ciudad condal hubieron de capitular. Jamás pudieron sospechar que, siglo y medio más tarde, su memoria sería raptada y falsificada por un grupo de catalanes en busca de un mito fundacional.
Si el mito nacionalista ha sido erigido sobre una patraña histórica de dimensiones poco comunes, el del expolio no lo ha sido menos.
A finales del siglo XVIII, dos terceras partes de todo lo que se consumía en España era de procedencia extranjera. Cuando en 1771 se fundó en Cataluña la Real Compañía de Hilados y Tejidos de Algodón la industria nacional estaba escasamente desarrollada, y se encontraba en una evidente situación de desventaja frente a los productos importados. Pero los catalanes supieron jugar tan bien sus bazas que en 1802 se prohibía la importación de tejidos fabricados de algodón. Durante los años siguientes ellos y los productores agrícolas lograrían mantener la política arancelaria, pero sólo a partir de 1832 se elevaría esta a la categoría de política económica nacional.
De la confluencia de estos intereses y de la necesidad de reducir un déficit público desbocado, nació la primera gran fábrica de maquinaria en Cataluña, creada con dinero de Hacienda, mediante la cesión de 350.000 pesetas a la sociedad Bonaplata, Vilaregut, Rull y Cía. que, junto a la abolición de los privilegios para la importación de tejidos, produjo la explosión de la industria catalana.
Que la evolución del conjunto del país en el siglo XIX vino determinada por los intereses de los industriales catalanes es algo que nadie discute. La presión para que el gobierno español mantuviese el arancel no cesó en ningún momento, y los industriales catalanes buscaron y encontraron aliados en los cerealistas castellanos y en los industriales vascos. Durante esta mitad del siglo, los aranceles se reforzaron casi sin interrupción: el objetivo era proteger la industria catalana aún a pesar de que aquel monopolio de facto era subvenido por el conjunto del país, al que perjudicaba.
La falta de competencia, empero, también terminó por ser lesiva para la propia industria textil catalana, que vio reducirse el número de sus fábricas a una cuarta parte. Aquél revés condujo a la necesidad de salir el marco regional y estar presente en Madrid, justo en el momento en el que el liberalismo comenzaba a abrirse paso con decisión en la política nacional. El pensamiento de que Cataluña era culpable de buena parte de los males nacionales por su empeño en el proteccionismo arraigó con rapidez, mientras los industriales catalanes reclamaban compensaciones ante el desequilibrio entre lo que Cataluña compraba y lo que vendía en el conjunto de España. El empuje librecambista fue, al cabo, infructuoso, pese a lo que prometía el gobierno de Narváez que, finalmente, concluyó plegándose a las presiones proteccionistas. El arancel de 1849 supuso el gran espaldarazo para los textiles catalanes, completado con el de 1891; para entonces, los gobiernos actuaban de completo acuerdo con los intereses de la industria barcelonesa.
Entre tanto se había desarrollado una corriente ideológica que cristalizó en torno al llamado catalanismo, y que se nutría de inspiraciones no pocas veces etnicistas, que no habrían llegado a desbordar la categoría de curiosidad exótica si no hubiese sido porque sirvió a los intereses de esa burguesía industrial. Increíblemente fue gestándose en Cataluña un sentimiento de singularidad, a la sombra de los ingentes beneficios económicos obtenidos del conjunto de España. De un modo ciertamente sorprendente, el nacionalismo catalán se fraguó como la protesta de los privilegiados.
Durante el siglo XX, todos los gobiernos españoles favorecieron el desarrollo de la región catalana, consecuencia lógica de haberla convertido en la punta de lanza de la industria nacional, incluyendo desde luego la época del general Franco.
Cataluña cimentó, además, su despegue industrial en una emigración procedente de las más variadas regiones de España. Allí cristalizó el esfuerzo de generaciones de españoles que han construido la Cataluña actual. Por eso, nadie ha lamentado los esfuerzos que se dedicaron durante tanto tiempo a la industrialización de Cataluña, por más que la Generalidad se permita sembrar un odio contra España que espera rentabilizar en forma de un poder político y de unos negocios tan dudosos como los que estos días saltan a la primera plana de la actualidad. 
Los peligros de la mitología

El notable hispanista británico JH Elliott ha puesto de manifiesto en muchas ocasiones la falsedad sobre la que se asienta la interpretación nacionalista de la historia de Cataluña. Discípulo de Vicens Vives, denuncia el peligro de la mitología en la formación de las identidades colectivas y nacionales, que en el caso de Cataluña deriva en una “mitología dominante y que entorpece la auténtica investigación”. Para el historiador, Cataluña no ha sido nunca ni “un Estado-nación embrionario”, ni “un Estado-nación abortado” ni “según les gusta describir a algunos historiadores catalanes, un Estado-nación pero con soberanía imperfecta”. 

Catalanes de Franco


La figura más destacada del catalanismo durante el primer tercio del siglo XX fue, sin duda, la de Francesc Cambó. Patriarca de un regionalismo que ya apuntaba maneras nacionalistas, al estallar la guerra civil Cambó creó para Franco la Oficina de Prensa y Propaganda en París. Formada casi exclusivamente por catalanes y financiado con los fondos de la Lliga, la Oficina difundió por toda Europa los argumentos que legitimaban la causa de la España nacional.
La labor propagandística de los catalanes de Franco fue de una gran importancia, pues se trataba del único servicio de propaganda de que disponían los nacionales a comienzos de la guerra. En manos de Joan Esterlich, hombre de confianza de Cambó, tuvo un cierto éxito a la hora de contrarrestar la propaganda republicana, sobre todo la dirigida a los católicos europeos.
Además de la revista Occident, en la que firmaban algunos de los intelectuales más destacados de Europa, revistió especial trascendencia la iniciativa de publicar el Bulletin d´Information Espagnole, que tiraba la enormidad de 70.000 ejemplares y que era enviado a los consulados y embajadas, y a los principales diarios y revistas. Los catalanes de Franco lograron, de este modo, difundir por todo el mundo el punto de vista de la España nacional.
Fernando Paz

Amor de Media Noche del Caballero Audaz

Hace un tiempo recomendé la lectura de otro libro del mismo autor, "El Jefe Político". Excelente novela que se puede releer varias veces y no cansarse, ya que siemrpe se aprende de ella.

Hoy recomiendo "Amor de Media Noche", no es una novela sino una serie de ellas, cortas, relacionadas con el amor y basadas en París, ciudad del amor y de la lujuria.

La primera de las novelas es amor de media noche y es el que da título a todo el libro. El tomo cuenta con 7 historias en total, cada una muy buena. Decir que todas las historias tienen su pequeña moraleja.

Las novelas que componen este volumen fueron escritas durante la vida errante del autor, en Madrid, París, Lóndres, Berlín, y durante los años 1929 y 30. El libro se editó en 1931.

Es una gran pena que autores como José Maria Carretero hayan sido olvidados por generaciones ingratas, o más que ingratas, ignornates, ignorantes de su destino.

Espero y deseo que a través de estas humildes líneas, alguien que tenga las ganas de leer algo muy bien escrito se decante por este autor y descubra lo maravilloso del mismo.

domingo, 26 de mayo de 2013

Yukio Mishima

Vamos a viajar esta semana hasta el extremo oriente, hasta el Japón. Allí encontramos a un personaje extraordinario, fuertemente polémico, difícil de entender, fascinante por su obra –hermosísima– y estremecedor por su vida y, sobre todo, por su muerte: Yukio Mishima, aquel escritor que en los años setenta organizó un grupo paramilitar, asaltó el cuartel general del Ejército japonés y allí mismo se hizo el ‘harakiri’.


Empecemos por esa escena trágica final. Es el 25 de noviembre de 1970. Un grupo de hombres uniformados ha penetrado en el cuartel general de las tropas de autodefensa japonesas; desde que acabó la Segunda Guerra Mundial, Japón no tiene propiamente Ejército, sino esas fuerzas que apenas mantienen un perfil militar. Los asaltantes son pocos y muy jóvenes. Los manda, sin embargo, un hombre conocido: el escritor Yukio Mishima, 45 años, tres veces propuesto para el premio Nobel y tan admirado por su obra como célebre por sus extravagancias. Mishima sube al balcón del edificio principal y dirige una arenga a los perplejos soldados.
El escritor habla del honor del Japón y sus tradiciones. Los semisoldados le responderán con abucheos y burlas. Mishima abandona el balcón y se quita la vida. Su suicidio conmoverá al Japón. El protagonista de ese acto teatral, Yukio Mishima, era el escritor más célebre de su país. Se había identificado con la tradición y con el espíritu samurái. Sin embargo, su infancia había estado en los antípodas de todo eso. Hijo de un alto funcionario gubernamental, se había criado bajo el mando de una abuela absorbente e hiperprotectora, un tanto demente, que le aisló del mundo. Niño débil y enfermizo, intentó alistarse en el ejército durante la segunda guerra mundial, pero una tuberculosis hizo que se le rechazara. Para él fue una humillación.

La conquista de sí mismo


Toda la frustración que el joven Mishima experimenta en el plano físico, es satisfacción en el plano cultural. Educado con esmero, desde muy temprano encuentra refugio en la literatura. Escribe sus primeras historias con doce años. Publica por primera vez en 1944, con diecinueve. La vocación literaria de Mishima es un drama familiar: su padre se opone; su madre le protege. Después de estudiar leyes, ingresa en la burocracia del Estado, como quería su padre, pero no por ello deja de escribir. Esa doble dedicación le resulta tan agotadora que su padre, por fin, cede y le permite entregarse sólo a la literatura. En 1948 publica su primera novela, Ladrones. Enseguida aparece su primer gran éxito, Confesiones de una máscara. Tiene sólo 24 años y ya se ha convertido en una celebridad.
¿Qué tiene dentro este joven Mishima? Un mundo escindido, roto. En su interior permanece el joven débil y pálido de su infancia, afeminado y morboso, fascinado por la muerte. Pero también pugna por salir una sensibilidad distinta que reivindica la fuerza, la salud, el ejercicio físico. A partir de aquí, Mishima emprende una auténtica conquista de sí mismo: se somete a una rígida disciplina de entrenamiento, hace pesas, se inicia en el kendo y otras artes marciales. Construye su personalidad, exterior e interior, con el rigor y la delicadeza que se tributa a una obra de arte. No es sólo una apuesta estética; es también una apuesta ética. Ahora bien, una ética que entra en clara contradicción con el Japón de la posguerra.
En efecto, el horizonte que la posguerra ofrece a los japoneses está a años luz del ideal heroico: un país lanzado a toda velocidad por la senda del crecimiento económico y el progreso industrial. Y para la sensibilidad de Mishima, esos valores son en realidad antivalores, y la “acción” que proponen es sencillamente miserable.
Después del banquete


Así lo explicó en Introducción a la filosofía de la acción: “¿Cómo es posible denominar “hombre de acción” a quien por su trabajo de presidente en una empresa hace ciento veinte llamadas telefónicas diarias para adelantarse a la competencia? ¿Y es tal vez un hombre de acción el que recibe elogios porque aumenta las ganancias de su sociedad viajando a países subdesarrollados y estafando a sus habitantes? Por lo general, son estos vulgares despojos sociales los que reciben el apelativo de hombres de acción en nuestro tiempo.
Revueltos entre esta basura, estamos obligados a asistir a la decadencia y muerte del antiguo modelo de héroe, que ya exhala un miserable hedor. Los jóvenes no pueden dejar de observar con disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, al que aprendieron a conocer por las historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán pertenecer algún día”.
Los jóvenes a los que apela Mishima no son los rebeldes yeyés de las protestas estudiantiles.Porque el Japón de este momento, años sesenta, se mueve al mismo ritmo que el mundo occidental: ha adoptado sus vestimentas, sus músicas, su misma apariencia exterior. Y también la agitación juvenil parece ser la misma que se respira en los Estados Unidos o en Europa. Pero Mishima descree de esa efervescencia.
Así lo había escrito en 1960, en Después del banquete:
“Los jóvenes de ahora hacen exactamente lo que siempre hicieron los jóvenes. Sólo la indumentaria difiere. Los jóvenes creen estúpidamente que lo que es nuevo para ellos debe serlo también para cualquier otro. Por mucho que abominen de los convencionalismos, están simplemente repitiendo lo que otros hicieron antes. La única diferencia es que la sociedad ya no se asombra tanto como antes de sus extravagancias y que para llamar la atención los jóvenes han de incurrir en exageraciones cada vez mayores”. 
A esos jóvenes, Mishima les ofrece un ideal distinto: frente a la decadencia moral y espiritual, reencontrar la huella perdida de su tradición. Nuestro protagonista defiende la figura del emperador como la mayor señal de identidad de su pueblo; defiende la memoria del samurai; defiende el entrenamiento bélico; defiende el cultivo de las tradiciones culturales japonesas. Todo ello en el mismo paquete, en un mismo corpus doctrinal. A mediados de los años sesenta el propio Mishima se apunta a cursos de entrenamiento en las Fuerzas de Autodefensa. Y enseguida empieza a reclutar un pequeño ejército privado: la Tatenokai, la “Sociedad del Escudo”, integrada por jóvenes estudiantes patriotas a los que proporciona entrenamiento militar e imbuye de ideología tradicionalista.
No estamos hablando de un marginal o de un extremista; estamos hablando de un autor que entre los años cincuenta y sesenta ha construido una obra tan cuantiosa como extraordinaria –40 novelas, 18 obras de teatro, 20 libros de relatos, 20 libros de ensayos, un libreto–, que ya está siendo traducido masivamente al inglés y que, por otra parte, lleva una vida aparentemente normal, incluso occidentalizada. Es un triunfador, un hombre de éxito: también su vida privada parece normal: casado, con dos hijos. Pero Mishima se hace espectáculo, como corresponde a la sociedad moderna: se hace retratar en innumerables poses, hasta desnudo.
¿Un provocador? Mucho más que eso: por ejemplo, Mishima se retrata desnudo sin otro atavío que las joyas de su mujer y una espada del siglo XVI, pero el espejo, la joya y la espada son los símbolos del emperador. Bajo la provocación y el espectáculo, tan modernos, hay un mensaje cifrado de defensa de la tradición. Todo es contradictorio en este artista que representa al mismo tiempo la cara más contemporánea del Japón y la defensa de las tradiciones perdidas.
Y todo esto, ¿es arte o es política? ¿Es la creación estética de un artista o es un movimiento que aspira a hacerse con el poder? Es ambas cosas. Para Mishima, las fronteras entre el arte y la política se han borrado. ¿Por qué? Porque los políticos tratan de hacer suya la irresponsabilidad del artista. Él lo explicaba así:
“El arte pertenece a un sistema que siempre resulta inocente, mientras que la acción política tiene como principio fundamental la responsabilidad. (...) El problema es que la situación política moderna ha comenzado a actuar con la irresponsabilidad propia del arte, reduciendo la vida a un concierto absolutamente ficticio; ha transformado la sociedad en un teatro y al pueblo en una masa de espectadores, y, en definitiva, es la causa de la politización del arte; la actividad política ya no alcanza el nivel del antiguo rigor de lo concreto y de la responsabilidad”.
En esas condiciones, el artista adquiere voluntariamente una responsabilidad que pasa de lo estético a lo político o, mejor aún, que funde ambas esferas. El gesto político del artista no puede dejar de ser un gesto artístico. Ese es el contexto que permite entender su suicidio, el 25 de noviembre de 1970, con el que abríamos nuestro relato.
Esa mañana, Mishima entregó a su editor la última parte de El mar de la fertilidad, su obra más perfecta; una excelente tetralogía comenzada en 1964 e integrada por las novelas Nieve de primavera, Caballos desbocados, El templo del alba y La corrupción de un ángel. Cumplido ese trámite, recogió un poema escrito días antes: el llamado jisei, poema que uno debe componer antes de morir. También verificó sus últimas disposiciones para la familia: que todos los papeles estuvieran en orden.
Acto seguido, se dirigió con cuatro hombres de la Tatenokai, ataviados con su uniforme propio, al cuartel general en Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Pidieron visitar al comandante en jefe. Éste les recibió en su despacho. Mishima y sus hombres ataron al general a una silla, cercaron el despacho con barricadas y salieron al balcón desplegando pancartas con sus reivindicaciones. Mishima subió a la balaustrada y tomó la palabra ante la tropa, apiñada en el patio.
‘Seppuku’


¿Qué pedía el escritor? Muy sucintamente: que las fuerzas de autodefensa se levantaran, dieran un golpe de Estado y devolvieran al emperador a su legítimo lugar. La reacción de la tropa fue desoladora: gritos, burlas. A Mishima, en todo caso, no le importaba la tropa. Terminó su discurso y volvió al despacho. Allí cometerá seppuku.
El seppuku es una técnica compleja. El suicida debe abrirse el vientre e, inmediatamente después, un ayudante ha de decapitarle con un tajo de katana. El encargado de este último trance es el lugarteniente de Mishima, Masakatsu Morita. Pero Morita falla por dos veces. Otro miembro de la Tatenokai, Hiroyasu Koga, será quien dé el golpe de gracia. Morita se suicidará también. Todos ellos pensarían en las palabras que Mishima había escrito en su Introducción a la filosofía de la acción: “La acción tiene el misterioso poder de compendiar una larga vida en la explosión de un fuego de artificio. Se tiende a honrar a quien ha dedicado toda su vida a una única empresa, lo cual es justo, pero quien quema toda su vida en un fuego de artificio, que dura un instante, testimonia con mayor precisión y pureza los valores auténticos de la vida humana”.
¿Por qué traer aquí, hoy, a Mishima? Porque desde su mundo, que era el de la tradición japonesa, tan distinta a la nuestra, reivindicó valores permanentes y además los expresó con una calidad sobresaliente. Mishima desborda veneración por la belleza, gratitud al héroe, amor a una tradición perpetuamente renovada, denuncia de la decadencia moral y espiritual. Su final trágico, en el contexto de la cultura japonesa, quiso ser consecuente con una opción de vida y de pensamiento. Hay que ser japonés para hacer algo así, pero no es preciso serlo para entender el gesto; tampoco hay que ser japonés para reconocer en Mishima a uno de los autores más sugestivos del siglo XX. 
José Javier Esparza

Un samurái de Occidente: Dominique Venner

Hay quien dice que, en ocasiones, el gesto es lo único que queda. Si es así, el de Dominique Venner, que eligió quitarse la vida el pasado martes en la Catedral de Nôtre-Dame de Paris, fue el aldabonazo a una trayectoria vital marcada por Europa.


La llama de Esparta que ardía en él no eligió el templo parisino por casualidad para apagarse. El historiador que era Dominique Venner lo expresó en su carta de despedida: Notre-Dame enlazaba con la propia identidad de Europa con un hilo que corría desde el antiguo lugar de cultos paganos a una de las más bellas catedrales del Viejo Continente.
Ahora, fallecido, es cuando aflora una mayor preocupación por el gesto, el de su propia muerte, en sus escritos y reflexiones de los últimos meses: el valor de lo simbólico. Quienes le conocían coinciden en el mismo juicio: permaneció fiel a sí mismo hasta el final. ¿Murió como protesta por la legalización de los matrimonios homosexuales? Pese a su crítica a los mismos, sería reduccionista quedarse en ello. Lo ha explicado su editor, Pierre-Guillaume de Roux: la preocupación de Venner iba más allá.
La batalla de París


Su desvelo era la decadencia de una Europa desarraigada, masoquista consigo misma y a la que consignaba una fecha de inicio de su caída en picado: el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa en Sarajevo el 28 de junio de 1914. Los disparos de Gavrilo Princip generaron unos mecanismos que acabaron en la primera guerra civil europea, de la que el Viejo Continente nunca más se recuperaría.
Combatiente durante dos años en Argelia tras haber pasado por la Escuela Militar de Rouffach, Venner llegó a la conclusión de que la batalla no se ganaría en el djebel, sino en París. Fueron años de militancia activa y dura, años en los que la traumática descolonización marcaría a toda una generación que fluctuaría en el nacionalismo. Sin el contexto de la época, con el conflicto argelino y el Mundo bipolar, no se comprenderían algunas actitudes. Su defensa de la permanencia europea en Argelia a todo coste le llevó a conocer las celdas de la Santé. No fueron buenos momentos para quienes se integraron en las redes clandestinas de apoyo a la Organisation Armée Secrète (OAS).
Hoy día es fácil calificar con trazo grueso aquello pero ¿quién recuerda que uno de los primeros grupos civiles contra el FLN en Argel estaba compuesto por conductores de trolebús sindicados y con ideas de izquierda? ¿Se puede olvidar que uno de sus activistas, Jean-Claude Pérez, contó entre sus hombres con excombatientes de las Brigadas Internacionales y republicanos exiliados o descendientes de éstos? Sin olvidar que hoy día nadie discute a Jean-Paul Sartre pese a haber prologado a aquél apóstol del racismo, Frantz Fanon, con su frase de “matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro: suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido”.
Fueron años complejos donde los barbouzes –los siniestros parapoliciales encargados de la represión– del presidente De Gaulle eran asimilados con la Gestapo y la OAS, dirigida por militares que había combatido contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial o padecido sus campos de concentración, hacía un guiño con sus siglas a una de las agrupaciones de la Resistencia francesa, la Armée Secrète. Una Resistencia, por cierto, que como señaló Venner en una de sus obras más polémicas, comenzó de la mano de la derecha germanófoba, y no de un PCF rendido a los encantos del Pacto Ribbentrop-Molotov.
Legión Extranjera

Para Venner el final de su aventura política terminó a finales de los años sesenta del pasado siglo. Sin él sería difícil entender la eclosión de la escuela de pensamiento denominada Nueva Derecha. Pero lo suyo, desde entonces, fue la escritura y la reflexión. Su obra sobre la guerra civil rusa fue coronada por la Academia Francesa y su pasión por la caza le llevó a compartir amistad con François de Grossouvre, consejero de François Miterrand, que más tarde se suicidaría en su despacho del Palacio del Elíseo. El calado de su obra y ensayos históricos le ganó el respeto de historiadores tan reputados como François-Georges Dreyfuss o uno de los mayores expertos en Napoleón, Jean Tulard, que no dudaron en colaborar en La Nouvelle Revue d’Histoire que fundó en 2002.
No resulta tan curioso, sin embargo, que fuese un admirador crítico de Ernst Jünger, con el que mantuvo relación. Como él, siendo adolescente intentó alistarse en la Legión Extranjera francesa, viendo su decisión frustrada por su padre. Ambos compartieron, en conflictos muy diferentes, su experiencia guerrera -de la que jamás renegaron-, un interés intelectual y una evolución de la política al ensayo.
“Nosotros, camaradas, podemos mostrar nuestras heridas”, le escribió el propio Jünger tras la lectura de sus Memorias, Le Coeur rebelle. El “corazón rebelde” de Venner nunca ocultó su admiración por el anciano, al que definió como un “arquetipo europeo, desaparecido de forma provisional, por el que quizá subsista una secreta nostalgia”, aunando al escritor con el joven oficial de tropas de asalto de la Primera Guerra Mundial
“Por su vida, el antiguo soldado ofrece el modelo de una nobleza de comportamiento de la cual todo joven europeo podría servirse como referencia en el futuro. También ha trazado en su obra las pistas de lo que será un futuro en ruptura con lo que nos fue impuesto por el siglo de 1914”, escribió Venner sobre el alemán en uno de sus ensayos. Era la mejor definición de sí mismo, apóstol estoico de la “plus longue memoire” y apasionado de El caballero, la muerte y el diablo de Alberto Durero.
Breviario para insumisos


Pocas horas después de su muerte el editor Pierre-Guillaume de Roux confirmaba que Dominique Venner había dejado una obra póstuma con visos de testamento vital que aparecerá en junio con un título definitorio, ‘Samurái de Occidente. Breviario para insumisos’, que recuerda al gesto de Yukio Mishima, al del joven Alain Escoffier pegándose fuego ante la oficina de Aeroflot en París para protestar contra la dictadura soviética o al de otro escritor, Henry de Montherlant, apasionado del mundo clásico romano que, al quedarse ciego, se quitó la vida.
“Habiendo inventado un personaje lleno de valentía y resplandor, terminó por tomarlo para sí y lo ajustó hasta el final”, escribió de él el estadounidense Julien Green. El valor del gesto y de ser fiel a sí mismo. 
Manuel Ortega

lunes, 20 de mayo de 2013

Ramiro de Maeztu

La gente del 98 dejó escritas páginas inolvidables por su belleza, su profundidad, su intensidad… Esos nombres -Baroja, Unamuno, Valle-Inclán, etc.- iban a ejercer una influencia enorme en nuestra cultura. Sin embargo, uno los lee y no deja de advertir una laguna enorme: en un mundo tan convulso como el del primer tercio del siglo XX, con revoluciones de ambición planetaria, cambios brutales en las formas de vida, guerras mundiales y genocidios en masa, los del 98 viven como de espaldas a todo eso, encerrados en una temática hispano-española irremediablemente alicorta. Sólo un autor del 98 vislumbró con claridad lo que estaba pasando: el hundimiento de las formas políticas decimonónicas, la explosión de la técnica, la universalización del dinero, el surgimiento de la figura del trabajador. Ese visionario fue Ramiro de Maeztu.

Alavés de madre inglesa, Ramiro de Maeztu Whitney nació en Vitoria en 1875. Su familia tenía dinero, así que pudo permitirse una buena educación, muchos viajes y un conocimiento muy directo de aquel mundo vertiginoso que pasaba del siglo XIX al XX. Estuvo en La Habana, donde su familia llevaba varios negocios; estuvo en París, que era ya la capital de la cultura, también en Londres… Era un tipo inquieto y lúcido. Como además era combativo y quería hacerse escuchar, el camino hacia el periodismo fue casi natural; un periodismo como el de aquel tiempo, donde la opinión era tan importante como la información. En 1897 se traslada a Madrid. Escribe en Germinal, El País, Vida Nueva, La España Moderna, El Socialista…

Traba amistad con Azorín y Baroja, entre otros.¿Quién es este Maeztu? Un reformador. Un reformador de ideas poco claras, tan confusas como el momento que el mundo vive, pero que ha identificado algunos claros movimientos: la industria lo llena todo, la situación de los trabajadores pasa al primer plano de la preocupación social e intelectual, la cohesión de las sociedades tradicionales se ha roto, los regímenes políticos heredados del siglo XIX ya han caducado… Maeztu se alinea con el socialismo reformista, no marxista. Nuestro autor mira a España, mira luego a Europa y concluye que España debe renovarse a fondo. De esa época data su volumen Hacia otra España, donde compila algunos de sus escritos periodísticos de este tiempo.

Síntesis superadora


España vive la víspera del Desastre: en 1898 perdemos los últimos restos del imperio. Y para Maeztu, su particular desastre llega en 1904: su familia pierde todo lo que tenía en Cuba. Ramiro tiene que ganarse la vida sin apoyo de nadie. Aprovechando la educación inglesa recibida de su madre, ejercerá como corresponsal en Londres de La Correspondencia de España, Nuevo Mundo y Heraldo de Madrid. Es un corresponsal singular: no informa sólo sobre política, sino que traslada al público español la actualidad de la filosofía, la literatura y el arte. Tampoco se ciñe a Londres, sino que viaja además por Alemania y Francia. Cuando empieza la primera guerra mundial, en 1914, Maeztu es un europeo; como tal asiste a los combates y, como tal, saca las oportunas conclusiones.
Bajo el impacto de la gran guerra, Maeztu escribe su primera colección vertebrada de ensayos. Lo hace en inglés para la revista The New Age, que defendía una especie de socialismo gremial. En 1916 los publica bajo el título común Authority, Liberty and Function in the light of the war. Tres años después aparecía en español como La crisis del humanismo. ¿De qué se trata? De tomar el pulso a lo que está viendo nacer en los campos de batalla. El principio democrático de libertad se ha deshecho al contacto con la dura realidad de la guerra; al mismo tiempo, el principio socialista de autoridad e igualdad se ha desvanecido entre olas revolucionarias. ¿Qué hacer? Volver a definirlo todo desde el principio; encontrar una síntesis que supere tanto al principio socialista como al principio democrático.
Era el imperativo de aquel tiempo. Lo mismo estaban intentando otros socialistas británicos no marxistas. Maeztu explorará la vía por el camino de lo que él llama “función”, es decir, el lugar que la persona ocupa en el orden social y político. No hay derechos subjetivos innatos en el plano político -dice Ramiro-. Los derechos se adquieren por la función que se desempeña. Tampoco el soberano se legitima por la herencia ni por la elección: sólo el que sirve mejor a los intereses comunes tiene derecho al primer puesto. “Nadie es más que otro si no hace más que otro”. 
Esta idea de servicio va a ser una constante a partir de ahora en su pensamiento. En el plano de la organización social y política, Maeztu empieza además a propugnar una organización gremial o sindical de la sociedad donde “los hombres se agrupan en torno a las funciones que desempeñan”. Cada ciudadano elegirá varios representantes si pertenece a varios círculos de actividad. Está empezando a definir una democracia orgánica.
El golpe de Primo


En ese momento Maeztu podía haberse convertido en un pensador inglés. Sin embargo, en 1919 decide volver a España. ¿Por qué vuelve? En realidad, por patriotismo. ¿Y qué podía hacer aquí? Escribir. Ramiro escribía, escribía… Sobre todo en la prensa. El pensador de este tiempo -lo estaban haciendo también Ortega y D’Ors- es un pensador de periódico. Si uno además necesitaba dinero, como la pasaba a Maeztu, entonces el periódico era el único horizonte posible. Eso tenía un inconveniente: es difícil construir así una obra estructurada. A cambio, el intelectual mantiene una relación directa, estrechísima, con su público y con la propia actualidad que le rodea.
Esa actualidad, en la España de 1919, era la misma que Maeztu había visto en Europa: el modelo liberal -en nuestro país, el sistema de la Restauración- se agota y el socialista no es una alternativa fiable. Hacen falta síntesis nuevas. Todo el país está pensando lo mismo. En Italia, Mussolini se ha hecho con el Estado en 1922. En España, al año siguiente, el general Primo de Rivera se pronuncia y toma el poder con apoyo del Rey. El golpe de Primo, en realidad, está dando respuesta a una necesidad que todo el mundo siente.
Hay que recordar que, con excepción de los anarquistas, casi todas las fuerzas políticas saludaron la dictadura de 1923, incluidos los socialistas y los catalanistas, al menos al principio. Se abría una etapa nueva en la que todo era posible. Maeztu ya tenía entonces un modelo: tradicionalista, católico, corporativista, hispánico… Ramiro se adhiere al régimen de Primo de Rivera. Quiere dar forma política a sus ideas. Entra en la comisión que debe elaborar un proyecto constitucional. Maeztu lleva allí sus ideas sobre una democracia orgánica. Quedará en agua de borrajas.
En el régimen de Primo había demasiadas fuerzas contradictorias; algunas, decididamente disolventes. Aquel proyecto de Constitución terminó congelado. Maeztu, no obstante, no volverá la espalda al general: en 1928 acepta el puesto de embajador de España en Argentina. Allí nacerá otro concepto clave en su pensamiento: el de Hispanidad. La idea de Hispanidad la había desarrollado unos pocos años antes el sacerdote vasco Zacarías de Vizcarra, que vivía precisamente en Argentina. Maeztu recoge la idea, la perfecciona y la abandera. “La patria es espíritu –piensa Maeztu-.
Ello dice que el ser de la patria se funda en un valor o en una acumulación de valores, con los que se enlaza a los hijos de un territorio en el suelo que habitan”. ¿Y cuál es, en el caso de los españoles, esa acumulación de valores? Es la Hispanidad: “servicio, jerarquía y hermandad –dice Ramiro-, el lema antagónico al revolucionario del libertad, igualdad, fraternidad”.
En España, todo se va poniendo cabeza abajo: el régimen de Primo de Rivera cae con estrépito, la Corona comete un error tras otro y, finalmente, es la propia monarquía la que se hunde. Ramiro lo veía venir. Desde unos meses antes de 1931 ha empezado a alentar a un grupo de intelectuales conservadores: Acción Española, que apuesta por una línea inequívocamente tradicionalista, hispánica y católica. Acción Española se convierte en revista en diciembre de 1931. Maeztu la dirige. Su espíritu es de un compromiso sin paños calientes.
En Acción Española escriben Vegas Latapié, Víctor Pradera, José Calvo Sotelo, Pemán, González Ruano, José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma, el cardenal Gomá, Eugenio Montes, Aunós, Giménez Caballero, Antonio Vallejo-Nájera… todo el universo intelectual de la derecha española del momento. El Gobierno de la II República identifica claramente al grupo como enemigo; en 1932 llega incluso a detener a Maeztu, que pasará algunos meses en la cárcel, y a prohibir Acción Española, que no volverá a publicarse hasta que la derecha gane las elecciones en 1933. En esas elecciones, por cierto, Ramiro de Maeztu se ha presentado por el grupo monárquico Renovación Española y ha obtenido un escaño de diputado por Guipúzcoa. La política y las ideas no son mundos escindidos. Ramiro publica en 1934 Defensa de la Hispanidad, que es la exposición más sistematizada de su ideario.
Política de exterminio


En 1935 ingresa Maeztu en la Real Academia. España está ardiendo desde la Revolución del 34, el golpe socialista-catalanista contra la República, y la ola de violencia ya no va a dejar a salvo a nadie. Las elecciones de febrero de 1936, con la irregular victoria del Frente Popular, dispara los acontecimientos. Numerosas personas vinculadas a Acción Española están conspirando contra lo que parece una inevitable revolución bolchevique. El 13 de julio de 1936, la policía del Frente Popular asesina a José Calvo Sotelo.
El 17 de julio comienza la sublevación militar en Melilla. El día 30, una cuadrilla de milicianos y policías detiene a Ramiro de Maeztu en Madrid. El diario socialista Claridad, entre otros, le había señalado como “escritor traidor”. A Ramiro lo encierran en la cárcel de Ventas. Le esperan tres meses de cautiverio. Así describió Arrarás a aquel Maeztu cautivo: “Maeztu rezaba el rosario con todos, departía interminablemente con los mejores y pronunciaba largas y encendidas parrafadas sobre la reedificación de la Hispanidad. Vivía como iluminado. Su alta y enjuta silueta parecía agigantarse por momentos. Su ánimo no decayó jamás, en medio de tantas flaquezas y de todas las contrariedades”.
El Frente Popular ha comenzado ya su política de exterminio de la oposición. El 29 de octubre de 1936, Maeztu es sacado de la cárcel y llevado al cementerio de Aravaca. Allí ataban a los presos de dos en dos, ante unas zanjas, y los tiroteaban. Ramiro de Maeztu sabe que su vida ha terminado. Altivo, eleva la voz y se dirige al pelotón de ejecución: “Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero: ¡Porque vuestros hijos sean mejores que vosotros!”.
Con aquel hombre caía asesinado una de las cumbres de la cultura española. Buena parte de su ideario fue adoptado -más en la teoría que en la práctica- por el régimen de Franco. Pronto, sin embargo, comenzó a ser olvidado, más aún, desterrado de la vida cultural. Hoy empieza a recuperarse su legado intelectual. Lo esencial de su obra está disponible incluso en Internet. También tenemos excelentes ensayos sobre su obra y su figura: desde la izquierda, el de José Luis Villacañas, y desde la derecha, el de Pedro Carlos González Cuevas. Maeztu sigue hablándonos como uno de los intérpretes más agudos del siglo XX. Y también como el primer gran teórico de eso que llamamos Hispanidad.
José Javier Esparza