Aquella noche se empezó a construir la mentira de consenso que acuna la democracia española maquillando biografías, construyendo héroes de cartón piedra y blasonando conductas que ni a la sombra ni al solano de los acontecimientos merecen los laureles que las almenan. Aquella noche, del 23 al 24 de febrero de 1981, yo era un joven periodista de 24 años que trabajaba en la redacción de El Alcázar, diario de la Confederación Nacional de Combatientes nacido durante el asedio de la fortaleza toledana al inicio de la Guerra Civil.
Entonces los periódicos eran artesanales: máquina de escribir, tipómetro y taquígrafo. Al llegar a la Redacción todos recibimos la orden de entregar cuanto antes nuestras páginas y secciones. Todo gravitaba sobre la sesión parlamentaria de la que Leopoldo Calvo Sotelo habría de salir investido presidente del Gobierno. Los ritmos de entrega y los plazos de cierre de las ediciones se adelantaron mucho, porque perder correos de distribución en aquel periodismo artesanal era un lujo que nadie se podía permitir y que los redactores jefe de cierre pagaban caro al día siguiente en el despacho del administrador del periódico.
El Alcázar estaba en el mismo edificio que Diario 16. Ellos en la sexta planta, nosotros en la tercera. El ascensor era el punto de encuentro de redactores y directivos de ambos diarios y, aquella noche fue, además, el termómetro del desarrollo de los acontecimientos.
Los receptores de radio y la TV de la Redacción estaban encendidos en todas las mesas. A primera hora de la tarde terminé mi página de Laboral. Estaba en maquetación contando cíceros e indicándole al maquetador con qué quería abrir, cuáles eran los faldones, las columnas de entrada y salida, la distribución de las fotos, las inserciones publicitarias, etc.
De súbito, en la Radio y en la TV la imagen y la voz de un teniente coronel de la Guardia Civil que daba órdenes en el Hemiciclo mientras distribuía por al Congreso a los 200 agentes que le acompañaban. A partir de ese momento se desató el caos en la redacción de El Alcázar. Ese caos que solo los grandes redactores jefe son capaces de cabalgar dándole sentido a todo. Los disparos al techo del Hemiciclo silenciaron al Congreso y llenaron las papeleras del periódico con toda la información que aquellas detonaciones habían dejado vieja a la voz de mando del teniente coronel Antonio Tejero Molina.
El despacho del director del periódico, Antonio Izquierdo, se convirtió en el sáncta santórum de El Alcázar. A él habían llegado las diferentes entregas del colectivo Almendros procedentes de los despachos del Poder. Desde el comunicado de Tejero, anunciando a los diputados la inminente llegada de la autoridad militar que se haría cargo de la situación, hasta que Milans del Bosch “tomó” Valencia, todo fue hacer, deshacer y rehacer en la Redacción. Se esperaba que las demás capitanías se sumaran a la iniciativa de Milans. Todos pendientes de a ver qué hace Madrid. Y Madrid, quieto. Pasaban las horas y sólo El Alcázar decidió hacer algo. O sea, periodismo mientras los demás colegas preparaban ya dobles ediciones, columnas de opinión favor y en contra y portadas laudatorias o condenatorias, según rodasen los dados.
Sonó el teléfono en el despacho del director del periódico. Al otro lado estaba nuestro redactor parlamentario, Joaquín Abad. El teniente coronel Tejero le había mandado llamar para dictarle las razones por las que había entrado en el Congreso y por qué se había sentido traicionado por el general Armada y su célebre lista de gobierno. Tejero quería que su comunicado se publicase en El Alcázar. Nos pusimos manos a la obra. Todavía no amanecía. Todo estaba listo para contarle al pueblo español qué había pasado, por qué había pasado y, sobre todo, qué tenía que haber pasado y no pasó. Todo. Hasta que llegó la policía con la orden de registrar el periódico, incautar las planchas, secuestrar la edición e impedir que el pueblo español leyese el comunicado de Tejero. Se llevaron hasta la apresurada nota taquigráfica que dictó Joaquín Abad desde el Congreso. Treinta y cinco años después, la “verdad” sobre aquella noche sigue siendo la que estableció Jesús de Polanco, contada en numerosas ocasiones por José Luis Martín Prieto. Cuando aún no se sabía qué iba a pasar, don Jesús se asomó al despacho del director de El País y, desde la puerta, le gritó. “Eh, Juan Luis, mañana, el periódico, con el que gane”. Y en esas estamos, desde entonces.
martes, 23 de febrero de 2016
viernes, 19 de febrero de 2016
jueves, 11 de febrero de 2016
Cuando los rusos buscaban el arma secreta española. Juan E. Pflüger.
Febrero de 1943. La ofensiva rusa sobre la División 250 –la División Azul–, integrada por voluntarios españoles alistados para luchar contra el comunismo en el corazón de la URSS, se ha convertido en un episodio bélico que, 70 años después, sigue estudiándose en todas las academias militares del mundo. No por la preparación y actuación del Ejército soviético, que movilizó efectivos suficientes para arrasar a cualquier ejército –44.000 soldados, 1.000 cañones y más de 100 tanques–, sino por la heroica actuación de los españoles, considerada como tal por el mismísimo alto mando del Ejército de Stalin.
Hasta tal punto sorprendió la valentía y la disciplina en combate, quelos duros interrogadores del Ejército ruso preguntaban sorprendidos a los prisioneros españoles sobre su arma secreta. Así lo señaló en su informe para las autoridades españolas el capitán Teodoro Palacios, uno de los héroes del choque. Así lo publicó LA GACETA en su colección de “Documentos Inéditos”.
En efecto, para el alto mando militar soviético, y para el general ruso Gueorgui Zhúkov que se encontraba al frente de la ofensiva, en particular, era imposible que menos de 6.000 soldados, armados con fusiles, ametralladoras y granadas de mano, frenasen durante 24 horas la apisonadora soviética.
La actuación de los voluntarios de la División Azul permitió que los comunistas tuvieran que conformarse con avanzar en el frente 3 kilómetros y pasasen a la defensiva, retrasando un año la recuperación de Leningrado, objetivo real de la Operación Estrella Polar.
El sacrificio en vidas humanas que pagaron los españoles fue elevado, 1.127 muertos, 1.035 heridos y más de 300 prisioneros,muchos de los cuales acabaron en los campos de concentración hasta su regreso a España en 1954.
Por acciones como esta los soldados españoles obtuvieron numerosos reconocimientos, militares y personales. En total recibieron dos cruces de caballero, dos cruces de oro, 138 cruces de hierro de primera clase y 2.359 de segunda clase fueron otorgadas por la Wehrmacht a los divisionarios.
Poco describe de manera tan clara la actitud de los españoles ante los alemanes como las palabras del general Jürgens: “Si en el frente os encontráis a un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadraos ante él, es un héroe, es un español”.
El epílogo de la Guerra Civil en la Unión Soviética
Poco podía imaginarse Ramón Serrano Suñer que su discurso del 23 de junio de 1941 iba a traer consigo una movilización que acabaría escribiendo una de las páginas más heroica de la Historia militar española. La masiva afluencia de voluntarios que acudieron a su grito de “Rusia es culpable”, obligó a realizar varios reemplazos para el envío de tropas a luchar contra el comunismo en Rusia, en su casa.
Esos voluntarios dieron muestras de su valor extremo y señalaron, como dijo Dionisio Ridruejo –uno de esos miles de combatientes– que “más se entregará un soldado a la causa por la que lucha, cuanto mayor sea la unión de sus ideales con la causa por la que está dispuesto a morir”. Y murieron, más de 8.000 entre fallecidos y desaparecidos, sin contar con los 10.600 heridos y los 572 prisioneros.
Tras su paso por el frente oriental, la Historia militar española no se puede separar de nombres como el lago Ilmen, Novgorod, Podvereje o Krasni Bor.
Fue en esta última batalla en la que quedó claro el espíritu castrense de los españoles. A las siete de la mañana del 10 de febrero de 1943, las posiciones defendidas por los voluntarios españoles empezaron a sufrir un intenso bombardeo, procedente de los 1.000 cañones rusos. La primera línea defensiva de los españoles tuvo que retrasarse unos metros para ponerse a refugio en el interior de los búnkeres. Tras dos horas, cuando los soviéticos pensaban que habían allanado el terreno, llegó el rugido de los 100 tanques tras los que avanzaba la Infantería del Ejército Rojo.
La falta de previsión de los mandos militares comunistas no tuvo en cuenta que los blindados debían detenerse 200 metros antes de los nidos de ametralladoras de los hombres de la División 250.Se tuvieron que limitar a cubrir el avance de los soldados a los que cubrieron con sus cañones.
Los españoles, con escasos morteros, fusiles, ametralladoras y armas cortas rechazaron las oleadas enemigas, una detrás de otra, hasta siete. Se quedaron sin municiones y defendieron la posición con armas blancas.
Al mediodía del 11 de febrero, los últimos puestos aislados defendidos por los españoles caían, sin rendirse, en manos enemigas.
Tras más de 24 horas de defensa numantina, la Infantería de Stalin pasaba por encima de las posiciones españolas. Pero habían fracasado en su intención de recuperar Leningrado. Penetraron tres kilómetros en la zona controlada por Alemania y se fortificaron pasando a la defensiva.
Hasta tal punto sorprendió la valentía y la disciplina en combate, quelos duros interrogadores del Ejército ruso preguntaban sorprendidos a los prisioneros españoles sobre su arma secreta. Así lo señaló en su informe para las autoridades españolas el capitán Teodoro Palacios, uno de los héroes del choque. Así lo publicó LA GACETA en su colección de “Documentos Inéditos”.
En efecto, para el alto mando militar soviético, y para el general ruso Gueorgui Zhúkov que se encontraba al frente de la ofensiva, en particular, era imposible que menos de 6.000 soldados, armados con fusiles, ametralladoras y granadas de mano, frenasen durante 24 horas la apisonadora soviética.
La actuación de los voluntarios de la División Azul permitió que los comunistas tuvieran que conformarse con avanzar en el frente 3 kilómetros y pasasen a la defensiva, retrasando un año la recuperación de Leningrado, objetivo real de la Operación Estrella Polar.
El sacrificio en vidas humanas que pagaron los españoles fue elevado, 1.127 muertos, 1.035 heridos y más de 300 prisioneros,muchos de los cuales acabaron en los campos de concentración hasta su regreso a España en 1954.
Por acciones como esta los soldados españoles obtuvieron numerosos reconocimientos, militares y personales. En total recibieron dos cruces de caballero, dos cruces de oro, 138 cruces de hierro de primera clase y 2.359 de segunda clase fueron otorgadas por la Wehrmacht a los divisionarios.
Poco describe de manera tan clara la actitud de los españoles ante los alemanes como las palabras del general Jürgens: “Si en el frente os encontráis a un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadraos ante él, es un héroe, es un español”.
El epílogo de la Guerra Civil en la Unión Soviética
Poco podía imaginarse Ramón Serrano Suñer que su discurso del 23 de junio de 1941 iba a traer consigo una movilización que acabaría escribiendo una de las páginas más heroica de la Historia militar española. La masiva afluencia de voluntarios que acudieron a su grito de “Rusia es culpable”, obligó a realizar varios reemplazos para el envío de tropas a luchar contra el comunismo en Rusia, en su casa.
Esos voluntarios dieron muestras de su valor extremo y señalaron, como dijo Dionisio Ridruejo –uno de esos miles de combatientes– que “más se entregará un soldado a la causa por la que lucha, cuanto mayor sea la unión de sus ideales con la causa por la que está dispuesto a morir”. Y murieron, más de 8.000 entre fallecidos y desaparecidos, sin contar con los 10.600 heridos y los 572 prisioneros.
Tras su paso por el frente oriental, la Historia militar española no se puede separar de nombres como el lago Ilmen, Novgorod, Podvereje o Krasni Bor.
Fue en esta última batalla en la que quedó claro el espíritu castrense de los españoles. A las siete de la mañana del 10 de febrero de 1943, las posiciones defendidas por los voluntarios españoles empezaron a sufrir un intenso bombardeo, procedente de los 1.000 cañones rusos. La primera línea defensiva de los españoles tuvo que retrasarse unos metros para ponerse a refugio en el interior de los búnkeres. Tras dos horas, cuando los soviéticos pensaban que habían allanado el terreno, llegó el rugido de los 100 tanques tras los que avanzaba la Infantería del Ejército Rojo.
La falta de previsión de los mandos militares comunistas no tuvo en cuenta que los blindados debían detenerse 200 metros antes de los nidos de ametralladoras de los hombres de la División 250.Se tuvieron que limitar a cubrir el avance de los soldados a los que cubrieron con sus cañones.
Los españoles, con escasos morteros, fusiles, ametralladoras y armas cortas rechazaron las oleadas enemigas, una detrás de otra, hasta siete. Se quedaron sin municiones y defendieron la posición con armas blancas.
Al mediodía del 11 de febrero, los últimos puestos aislados defendidos por los españoles caían, sin rendirse, en manos enemigas.
Tras más de 24 horas de defensa numantina, la Infantería de Stalin pasaba por encima de las posiciones españolas. Pero habían fracasado en su intención de recuperar Leningrado. Penetraron tres kilómetros en la zona controlada por Alemania y se fortificaron pasando a la defensiva.
gaceta.es
domingo, 31 de enero de 2016
domingo, 24 de enero de 2016
Ernst Jünger. La Tradición.
Tradición: para una estirpe dotada de la voluntad de volver a situar el énfasis en el ámbito de la sangre, es palabra fiera y bella. Que la persona singular no viva simplemente en el espacio. Que sea, por el contrario, parte de una comunidad por la cual debe vivir y, dada la ocasión, sacrificarse; esta es una convicción que cada hombre con sentimiento de responsabilidad posee, y que propugna a su manera particular con sus medios particulares. La persona singular no se halla, sin embargo, ligada a una superior comunidad únicamente en el espacio, sino, de una forma más significativa aunque invisible, también en el tiempo. La sangre de los padres late fundida con la suya, él vive dentro de reinos y vínculos que ellos han creado, custodiado y defendido. Crear, custodiar y defender: esta es la obra que él recoge de las manos de aquéllos en las propias, y que debe transmitir con dignidad. El hombre del presente representa el ardiente punto de apoyo interpuesto entre el hombre pasado y el hombre futuro. La vida relampaguea como el destello encendido que corre a lo largo de la mecha que ata, unidas, a las generaciones… las quema, ciertamente, pero las mantiene atadas entre sí, del principio al fin. Pronto, también el hombre presente será igualmente un hombre pasado, pero para conferirle calma y seguridad permanecerá el pensamiento de que sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos.
Esto transforma una acción en un gesto histórico que nunca puede ser absoluto ni completo como fin en sí mismo, y que, por el contrario, se encuentra siempre articulado en medio de un complejo dotado de sentido y orientación por los actos de los predecesores y apuntando al enigmático reino de aquéllos de allá que aún están por venir. Oscuros son los dos lados, y se encuentran más acá y más allá de la acción; sus raíces desaparecen en la penumbra del pasado, sus frutos caen en la tierra de los herederos… la cual no podrá nunca vislumbrar quien actúa, y que es todavía nutrida y determinada por estas dos vertientes en las cuales justamente se fundan su esplendor sin tiempo y su suprema fortuna. Es esto lo que distingue al héroe y al guerrero respecto al lansquenete y aventurero: y es el hecho de que el héroe extrae la propia fuerza de reservas más altas que aquéllas que son meramente personales, y que la llama ardiente de su acción no corresponde al relámpago ebrio de un instante, sino al fuego centelleante que funde el futuro con el pasado. En la grandeza del aventurero hay algo de carnal, una irrupción salvaje, y en verdad no privada de belleza, en paisajes variopintos… pero en el héroe se cumple aquello que es fatalmente necesario, fatalmente condicionado: él es el hombre auténticamente moral, y su significado no reposa en él mismo únicamente, ni sólo en su día de hoy, sino que es para todos y para todo tiempo.
Cualquiera que sea el campo de batalla o la posición perdida sobre la que se halle, allí donde se conserva un pasado y se debe combatir por un futuro, no hay acción que esté perdida. La persona singular, ciertamente, puede andar perdida, pero su destino, su fortuna y su realización valen en verdad como el ocaso que favorece un objetivo más elevado y más vasto. El hombre privado de vínculos muere, y su obra muere con él, porque la proporción de esa obra era medida sólo respecto a él mismo. El héroe conoce su ocaso, pero su ocaso semeja a aquel rojo sangre del sol que promete una mañana más nueva y más bella. Así debemos recordar también la Gran Guerra: como un crepúsculo ardiente cuyos colores ya determinan un alba suntuosa. Así debemos pensar en nuestros amigos caídos y ver en su ocaso la señal de la realización, el asentimiento más duro dirigido a la propia vida. Y debemos arrojar lejos, con un inmundo desprecio, el juicio de los tenderos, de aquellos que sostienen cómo “todo esto ha sido absolutamente inútil”, si queremos encontrar nuestra fortuna viviendo en el espacio del destino y fluyendo en la corriente misteriosa de la sangre, si queremos actuar en un paisaje dotado de sentido y de significado, y no vegetar en el tiempo y en el espacio donde, naciendo, hayamos llegado por casualidad.
No: ¡nuestro nacimiento no debe ser una casualidad para nosotros! Ese nacimiento es el acto que nos radica en nuestro reino terrestre, el cual, con millares de vínculos simbólicos, determina nuestro puesto en el mundo. Con él nos convertimos en miembros de una nación, en medio de una comunidad estrecha de ligámenes nativos. Y de aquí que vayamos después al encuentro de la vida, partiendo de un punto sólido, pero prosiguiendo un movimiento que ha tenido inicio mucho antes que nosotros y que mucho después de nosotros hallará su fin. Nosotros recorremos sólo un fragmento de esta avenida gigantesca; sobre este tramo, sin embargo, no debemos transportar sólo una herencia entera, sino estar a la altura de todas las exigencias del tiempo.
Y ahora, ciertas mentes abyectas, devastadas por la inmundicia de nuestras ciudades, surgen para decir que nuestro nacimiento es un juego del azar, y que “habríamos podido nacer, perfectamente, franceses lo mismo que alemanes”. Cierto, este argumento vale precisamente para quienes lo piensan así. Ellos son hombres de la casualidad y del azar. Les es extraña la fortuna que reside en el sentirse nacido por necesidad en el interior de un gran destino, y de advertir las tensiones y luchas de un tal destino como propias, y con ellas crecer o incluso perecer. Esas mentalidades siempre surgen cuando la suerte adversa pesa sobre una comunidad sancionada por los vínculos del crecimiento, y esto es típico de ellas. (Se reclama aquí la atención sobre la reciente y bastante apropiada inclinación del intelecto a insinuarse parasitariamente y nocivamente en la comunidad de sangre, y a falsear en ella la esencia según el raciocinio… es decir, a través del concepto, a primera vista correcto, de “comunidad de destino”. De la comunidad de destino, sin embargo, formaría parte también el negro que, sorprendido en Alemania al inicio de la guerra, fue envuelto en nuestro camino de sufrimiento, en las tarjetas del pan racionado. Una “comunidad de destino”, en este sentido, se halla constituida por pasajeros de un barco de vapor que se hunde, muy diversamente de la comunidad de sangre: formada ésta por hombres de una nave de guerra que desciende hasta el fondo con la bandera ondeando).
El hombre nacional atribuye valor al hecho de haber nacido entre confines bien definidos: en esto él ve, antes que nada, una razón de orgullo. Cuando acaece que él traspase aquellos confines, no sucede nunca que él fluya sin forma más allá de ellos, sino en modo tal de alargar con ello la extensión en el futuro y en el pasado. Su fuerza reside en el hecho de poseer una dirección, y por tanto una seguridad instintiva, una orientación de fondo que le es conferida en dote conjuntamente con la sangre, y que no precisa de las linternas mudables y vacilantes de conceptos complicados. Así la vida crece en una más grande unidad, y así deviene ella misma unidad, pues cada uno de sus instantes reingresa en una conexión dotada de sentido.
Netamente definido por sus confines, por ríos sagrados, por fértiles pendientes, por vastos mares: tal es el mundo en el cual la vida de una estirpe nacional se imprime en el espacio. Fundada en una tradición y orientada hacia un futuro lejano: así se imprime ella en el tiempo. ¡Ay de aquél que cercena las propias raíces!… éste se convertirá en un hombre inútil y un parásito. Negar el pasado significa también renegar del futuro y desaparecer entre las oleadas fugitivas del presente.
Para el hombre nacional, en cambio, subsiste un peligro por otro lado grande: aquél de olvidarse del futuro. Poseer una tradición comporta el deber de vivir la tradición. La nación no es una casa en la cual cada generación, como si fuese un nuevo estrato de corales, deba añadir tan sólo un plano más, o donde, en medio de un espacio predispuesto de una vez por todas, no sirva otra cosa que continuar existiendo mal o bien. Un castillo, un palacio burgués, se dirán construidos de una vez y para siempre. Pronto, sin embargo, una nueva generación, empujada por nuevas necesidades, ve la obligación de aportar importantes cambios. O por otro lado la construcción puede acabar ardiendo en un incendio, o terminar destruida, y entonces un edificio renovado y transformado viene a ser construido sobre los antiguos cimientos. Cambia la fachada, cada piedra es sustituida, y todavía, ligada a la estirpe como se encuentra, perdura un sentido del todo particular: la misma realidad que fue en un principio. ¿Tal vez puede decirse que incluso tan sólo durante el Renacimiento o en la edad barroca ha existido una construcción perfecta? ¿Acaso es que entonces se detiene un lenguaje de formas válido para todos los tiempos? No, pero aquello que ha existido entonces, permanece de algún modo oculto en lo que existe hoy. Y hoy en día, ello es quizás audazmente articulado como expresión de un sentir en las valoraciones de las supremas energías productivas, aun cuando a pesar de todo tal expresión es pensable únicamente sobre el terreno estratificado de la tradición. En cada línea, en cada unidad de medida, vibra secretamente eso que ha sido, y todavía esto es el presente y determina el rostro del conjunto, tanto como para elevarnos y arrastrarnos en el sentimiento que así se expresa: he ahí aquello que somos, ¡he ahí aquello que somos nosotros mismos! Y así debe ser. Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo. E igualmente, este es el caso para quien contempla la forma que abrazan la nación y el Estado. Ayer teníamos un imperio, hoy tenemos una república… mañana tendremos acaso de nuevo un imperio, y pasado mañana una dictadura. Cada una de estas figuras guarda, como invisible heredad, más o menos oculta en la profundidad de su lenguaje de formas, el contenido de aquello que es pasado; cada una de ellas tiene en cambio el deber de ser en todo y por todo ella misma, porque sólo así será alcanzada la plena valoración de la fuerza.
Esto vale también en estos momentos, para cada uno de nosotros. Ser herederos no significa ser epígonos. Y vivir en una tradición no quiere decir limitarse a aquella tradición. Heredar una casa comporta el deber de administrarla, y no ciertamente el de hacer de ella un museo. Se conservará así el consejo de los ancestros: “El reino deberá permanecer para nosotros (1)”, dijo Lutero depositando la piedra para edificar una iglesia; él sabía bien que un reino y un edificio, una fuerza y su expresión temporal, no son la misma cosa. “En verdad, el reino deberá permanecer para nosotros”, y esto vale también para cuanto nos ocupa, y una semejante voluntad de lo esencial se refiere también a nuestra real tradición: con la cual podemos contar bajo el techo de una república con la misma seguridad con la que puede acomodarse bajo un imperio. Aquello que de verdad importa es que la gran corriente de sangre se sirva de cada medio y de cada dispositivo ofrecido por el tiempo. Si un enfrentamiento se consuma con los medios de una república o con aquéllos del directorio, en cada caso uno sólo y el mismo será el resultado, siempre que se alcance un tal resultado. En la época del arma blanca se debía vencer con la espada… en el tiempo de las máquinas, con las ametralladoras, los tanques, los enjambres de bombas y los asaltos con gas. En una época patriarcal, un ejército debía tener fe en la lucha por el propio soberano y señor.. en el tiempo de las masas puede uno ilusionarse con afrontar la muerte en nombre de cualquier progreso de naturaleza civil o económica. Las propias ideas, la propia fe y moralidad aparecerán cambiantes según la iluminación de los reflejos de las épocas. Precisamente así: cambiantes deberán ser, y esto no dependerá, por cierto, de las propias visiones particulares, de las preguntas singulares o de objetivos contingentes… dependerá del hecho de que toda la fuerza de aquellas ideas, fe y moralidad, deberá ser realizada en el ámbito del Reich.
También a nosotros nos ha sido impuesto el deber de apuntar hacia tal realización. También nosotros debemos buscar el poner al servicio del Reich las experiencias espantosas legadas al estado moderno, desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos y sobreponerle, hasta el grado extremo de oscilación, hasta el último fragmento de hierro, las leyes de la sangre. Sólo entonces viviremos la tradición. Estamos aún bien lejos de ello. Y es justamente la ostentación de formas externas de la tradición, propia de la actual juventud, lo que constituye la señal de una falta de fuerza interior. No vivamos en un museo, sino en un mundo activo y hostil. No es tradición reavivada aquélla que el viejo soltero ostenta pintada sobre la propia cajetilla de cigarros, o aquélla exhibida en el adorno blanco y negro estampado sobre cada cenicero y sobre los tirantes. Esta no es sino propaganda en el sentido deteriorado, como, igualmente, formas de propaganda de pésimo gusto son en gran medida nuestros desfiles, las celebraciones conmemorativas y las jornadas de honorificación: empalagoso kitsch, bueno sólo para conquistar a algún simpatizante.
Preparáos para una nueva batalla de Rosbach (2), que será realizada según las formas más auténticas de nuestro tiempo… y entonces lo antiguo, desde allá arriba, se sentirá por ello de nuevo y sumamente alegre. No escribáis una nueva novela de Federico [el Grande], sino la novela nacional de nuestro tiempo, para la cual la materia la tenéis desplegada ante los ojos, multiforme como la vida misma. No viváis como soñadores en un tiempo perdido, sino buscad crear para la República una fuerza de choque y una potencia orientada según la corriente de la sangre; o si no, si esta República no admite endurecerse, rompedla. No os cozáis a fuego lento en el recuerdo del bastón de mando de Federico Guillermo I (3), que en verdad fue esencial a su debido tiempo, pero dáos cuenta que del tiempo dependen los métodos sociales y que hoy todo se rige sobre la posibilidad de hallar una causa capaz de envolver también al trabajador en el frente nacional, como ya ha sucedido en otros países.
Sed en todo y para todo aquello que sois; entonces vuestro futuro y vuestro pasado vivirán en el fulcro, en el punto de apoyo ardiente del presente y en la más auténtica alegría de la acción. Tendréis entonces la verdadera tradición viviente y no sólo su centelleante reflejo, el cual podría proyectarse en cualquier sala de cine ciudadana.
* * *
La Tradición fue publicado originalmente en la revista Die Standarte (El Estandarte), publicación de la organización de excombatientes llamados los Stahlhelm (Cascos de acero): “Die Standarte. Beiträge für di geistige Vertiefung des Frontgedankens. Sonderbeilage des Stahlhelm. Wochenschrift des Frontsoldaten”. (“El Estandarte. Contribución para la profundización del pensamiento del frente. Suplemento extraordinario del semanal de los soldados del frente”) Magdeburgo, año 1, Nº 10 del 8 de Noviembre de 1925, pag.2.
Versión en español de Ángel Sobreviela.
NOTAS:
(1) : la cuarta estrofa del célebre canto eclesiástico de Lutero, titulado Ein feste Burg, dice: “Una sólida fortaleza es nuestro Dios, / una buena defensa y arma. / Nos libera de cada necesidad / que ahora nos golpea. / El antiguo y cruel enemigo tendrá serias razones para temerle; / grande es su potencia, y tan grande su astucia, /, tan temible su armadura. / No tendréis nada igual sobre la tierra”.
(2) : El 5 de Noviembre de 1757, la victoria de ejército prusiano, lograda bajo el mando de Federico el Grande sobre las fuerzas de combate unidas de franceses y de la armada imperial, muy superiores en número, marcó en Rosbach un giro decisivo en la Guerra de los Siete Años.
(3) : Federico Guillermo I (1688-1740), Rey de Prusia desde 1713 a 1740, pretendió de los propios súbditos la disciplina y la sumisión más rigurosas, y él mismo se cuidó de imponerlas personalmente entre el cuerpo de oficiales recurriendo al empleo de la vara.
Las notas al texto pertenecen a Sven Olaf Berggötz, recopilador y editor de la definitiva edición de Politische Publizistik, 1919-1933 de Ernst Jünger (2001, editorial Klett-Cotta, Stoccarda, Alemania).
Sven Olaf Berggötz, nacido en 1965 en Karlsruhe, enseña Ciencias políticas e Historia de las ideas en el Departamento de Ciencias políticas de la Universidad de Bonn.
Esto transforma una acción en un gesto histórico que nunca puede ser absoluto ni completo como fin en sí mismo, y que, por el contrario, se encuentra siempre articulado en medio de un complejo dotado de sentido y orientación por los actos de los predecesores y apuntando al enigmático reino de aquéllos de allá que aún están por venir. Oscuros son los dos lados, y se encuentran más acá y más allá de la acción; sus raíces desaparecen en la penumbra del pasado, sus frutos caen en la tierra de los herederos… la cual no podrá nunca vislumbrar quien actúa, y que es todavía nutrida y determinada por estas dos vertientes en las cuales justamente se fundan su esplendor sin tiempo y su suprema fortuna. Es esto lo que distingue al héroe y al guerrero respecto al lansquenete y aventurero: y es el hecho de que el héroe extrae la propia fuerza de reservas más altas que aquéllas que son meramente personales, y que la llama ardiente de su acción no corresponde al relámpago ebrio de un instante, sino al fuego centelleante que funde el futuro con el pasado. En la grandeza del aventurero hay algo de carnal, una irrupción salvaje, y en verdad no privada de belleza, en paisajes variopintos… pero en el héroe se cumple aquello que es fatalmente necesario, fatalmente condicionado: él es el hombre auténticamente moral, y su significado no reposa en él mismo únicamente, ni sólo en su día de hoy, sino que es para todos y para todo tiempo.
Cualquiera que sea el campo de batalla o la posición perdida sobre la que se halle, allí donde se conserva un pasado y se debe combatir por un futuro, no hay acción que esté perdida. La persona singular, ciertamente, puede andar perdida, pero su destino, su fortuna y su realización valen en verdad como el ocaso que favorece un objetivo más elevado y más vasto. El hombre privado de vínculos muere, y su obra muere con él, porque la proporción de esa obra era medida sólo respecto a él mismo. El héroe conoce su ocaso, pero su ocaso semeja a aquel rojo sangre del sol que promete una mañana más nueva y más bella. Así debemos recordar también la Gran Guerra: como un crepúsculo ardiente cuyos colores ya determinan un alba suntuosa. Así debemos pensar en nuestros amigos caídos y ver en su ocaso la señal de la realización, el asentimiento más duro dirigido a la propia vida. Y debemos arrojar lejos, con un inmundo desprecio, el juicio de los tenderos, de aquellos que sostienen cómo “todo esto ha sido absolutamente inútil”, si queremos encontrar nuestra fortuna viviendo en el espacio del destino y fluyendo en la corriente misteriosa de la sangre, si queremos actuar en un paisaje dotado de sentido y de significado, y no vegetar en el tiempo y en el espacio donde, naciendo, hayamos llegado por casualidad.
No: ¡nuestro nacimiento no debe ser una casualidad para nosotros! Ese nacimiento es el acto que nos radica en nuestro reino terrestre, el cual, con millares de vínculos simbólicos, determina nuestro puesto en el mundo. Con él nos convertimos en miembros de una nación, en medio de una comunidad estrecha de ligámenes nativos. Y de aquí que vayamos después al encuentro de la vida, partiendo de un punto sólido, pero prosiguiendo un movimiento que ha tenido inicio mucho antes que nosotros y que mucho después de nosotros hallará su fin. Nosotros recorremos sólo un fragmento de esta avenida gigantesca; sobre este tramo, sin embargo, no debemos transportar sólo una herencia entera, sino estar a la altura de todas las exigencias del tiempo.
Y ahora, ciertas mentes abyectas, devastadas por la inmundicia de nuestras ciudades, surgen para decir que nuestro nacimiento es un juego del azar, y que “habríamos podido nacer, perfectamente, franceses lo mismo que alemanes”. Cierto, este argumento vale precisamente para quienes lo piensan así. Ellos son hombres de la casualidad y del azar. Les es extraña la fortuna que reside en el sentirse nacido por necesidad en el interior de un gran destino, y de advertir las tensiones y luchas de un tal destino como propias, y con ellas crecer o incluso perecer. Esas mentalidades siempre surgen cuando la suerte adversa pesa sobre una comunidad sancionada por los vínculos del crecimiento, y esto es típico de ellas. (Se reclama aquí la atención sobre la reciente y bastante apropiada inclinación del intelecto a insinuarse parasitariamente y nocivamente en la comunidad de sangre, y a falsear en ella la esencia según el raciocinio… es decir, a través del concepto, a primera vista correcto, de “comunidad de destino”. De la comunidad de destino, sin embargo, formaría parte también el negro que, sorprendido en Alemania al inicio de la guerra, fue envuelto en nuestro camino de sufrimiento, en las tarjetas del pan racionado. Una “comunidad de destino”, en este sentido, se halla constituida por pasajeros de un barco de vapor que se hunde, muy diversamente de la comunidad de sangre: formada ésta por hombres de una nave de guerra que desciende hasta el fondo con la bandera ondeando).
El hombre nacional atribuye valor al hecho de haber nacido entre confines bien definidos: en esto él ve, antes que nada, una razón de orgullo. Cuando acaece que él traspase aquellos confines, no sucede nunca que él fluya sin forma más allá de ellos, sino en modo tal de alargar con ello la extensión en el futuro y en el pasado. Su fuerza reside en el hecho de poseer una dirección, y por tanto una seguridad instintiva, una orientación de fondo que le es conferida en dote conjuntamente con la sangre, y que no precisa de las linternas mudables y vacilantes de conceptos complicados. Así la vida crece en una más grande unidad, y así deviene ella misma unidad, pues cada uno de sus instantes reingresa en una conexión dotada de sentido.
Netamente definido por sus confines, por ríos sagrados, por fértiles pendientes, por vastos mares: tal es el mundo en el cual la vida de una estirpe nacional se imprime en el espacio. Fundada en una tradición y orientada hacia un futuro lejano: así se imprime ella en el tiempo. ¡Ay de aquél que cercena las propias raíces!… éste se convertirá en un hombre inútil y un parásito. Negar el pasado significa también renegar del futuro y desaparecer entre las oleadas fugitivas del presente.
Para el hombre nacional, en cambio, subsiste un peligro por otro lado grande: aquél de olvidarse del futuro. Poseer una tradición comporta el deber de vivir la tradición. La nación no es una casa en la cual cada generación, como si fuese un nuevo estrato de corales, deba añadir tan sólo un plano más, o donde, en medio de un espacio predispuesto de una vez por todas, no sirva otra cosa que continuar existiendo mal o bien. Un castillo, un palacio burgués, se dirán construidos de una vez y para siempre. Pronto, sin embargo, una nueva generación, empujada por nuevas necesidades, ve la obligación de aportar importantes cambios. O por otro lado la construcción puede acabar ardiendo en un incendio, o terminar destruida, y entonces un edificio renovado y transformado viene a ser construido sobre los antiguos cimientos. Cambia la fachada, cada piedra es sustituida, y todavía, ligada a la estirpe como se encuentra, perdura un sentido del todo particular: la misma realidad que fue en un principio. ¿Tal vez puede decirse que incluso tan sólo durante el Renacimiento o en la edad barroca ha existido una construcción perfecta? ¿Acaso es que entonces se detiene un lenguaje de formas válido para todos los tiempos? No, pero aquello que ha existido entonces, permanece de algún modo oculto en lo que existe hoy. Y hoy en día, ello es quizás audazmente articulado como expresión de un sentir en las valoraciones de las supremas energías productivas, aun cuando a pesar de todo tal expresión es pensable únicamente sobre el terreno estratificado de la tradición. En cada línea, en cada unidad de medida, vibra secretamente eso que ha sido, y todavía esto es el presente y determina el rostro del conjunto, tanto como para elevarnos y arrastrarnos en el sentimiento que así se expresa: he ahí aquello que somos, ¡he ahí aquello que somos nosotros mismos! Y así debe ser. Así también, la sangre de la persona singular está mezclada por millares de corrientes de sangre misteriosa, a pesar de que esa persona singular no es por esto la suma de sus predecesores, no es sólo el portador de su voluntad y de la calidad de aquéllos, sino que, según una neta y bien definida peculiaridad, él es también él mismo. E igualmente, este es el caso para quien contempla la forma que abrazan la nación y el Estado. Ayer teníamos un imperio, hoy tenemos una república… mañana tendremos acaso de nuevo un imperio, y pasado mañana una dictadura. Cada una de estas figuras guarda, como invisible heredad, más o menos oculta en la profundidad de su lenguaje de formas, el contenido de aquello que es pasado; cada una de ellas tiene en cambio el deber de ser en todo y por todo ella misma, porque sólo así será alcanzada la plena valoración de la fuerza.
Esto vale también en estos momentos, para cada uno de nosotros. Ser herederos no significa ser epígonos. Y vivir en una tradición no quiere decir limitarse a aquella tradición. Heredar una casa comporta el deber de administrarla, y no ciertamente el de hacer de ella un museo. Se conservará así el consejo de los ancestros: “El reino deberá permanecer para nosotros (1)”, dijo Lutero depositando la piedra para edificar una iglesia; él sabía bien que un reino y un edificio, una fuerza y su expresión temporal, no son la misma cosa. “En verdad, el reino deberá permanecer para nosotros”, y esto vale también para cuanto nos ocupa, y una semejante voluntad de lo esencial se refiere también a nuestra real tradición: con la cual podemos contar bajo el techo de una república con la misma seguridad con la que puede acomodarse bajo un imperio. Aquello que de verdad importa es que la gran corriente de sangre se sirva de cada medio y de cada dispositivo ofrecido por el tiempo. Si un enfrentamiento se consuma con los medios de una república o con aquéllos del directorio, en cada caso uno sólo y el mismo será el resultado, siempre que se alcance un tal resultado. En la época del arma blanca se debía vencer con la espada… en el tiempo de las máquinas, con las ametralladoras, los tanques, los enjambres de bombas y los asaltos con gas. En una época patriarcal, un ejército debía tener fe en la lucha por el propio soberano y señor.. en el tiempo de las masas puede uno ilusionarse con afrontar la muerte en nombre de cualquier progreso de naturaleza civil o económica. Las propias ideas, la propia fe y moralidad aparecerán cambiantes según la iluminación de los reflejos de las épocas. Precisamente así: cambiantes deberán ser, y esto no dependerá, por cierto, de las propias visiones particulares, de las preguntas singulares o de objetivos contingentes… dependerá del hecho de que toda la fuerza de aquellas ideas, fe y moralidad, deberá ser realizada en el ámbito del Reich.
También a nosotros nos ha sido impuesto el deber de apuntar hacia tal realización. También nosotros debemos buscar el poner al servicio del Reich las experiencias espantosas legadas al estado moderno, desembarazarnos del abrazo del intelecto que piensa según cálculos y sobreponerle, hasta el grado extremo de oscilación, hasta el último fragmento de hierro, las leyes de la sangre. Sólo entonces viviremos la tradición. Estamos aún bien lejos de ello. Y es justamente la ostentación de formas externas de la tradición, propia de la actual juventud, lo que constituye la señal de una falta de fuerza interior. No vivamos en un museo, sino en un mundo activo y hostil. No es tradición reavivada aquélla que el viejo soltero ostenta pintada sobre la propia cajetilla de cigarros, o aquélla exhibida en el adorno blanco y negro estampado sobre cada cenicero y sobre los tirantes. Esta no es sino propaganda en el sentido deteriorado, como, igualmente, formas de propaganda de pésimo gusto son en gran medida nuestros desfiles, las celebraciones conmemorativas y las jornadas de honorificación: empalagoso kitsch, bueno sólo para conquistar a algún simpatizante.
Preparáos para una nueva batalla de Rosbach (2), que será realizada según las formas más auténticas de nuestro tiempo… y entonces lo antiguo, desde allá arriba, se sentirá por ello de nuevo y sumamente alegre. No escribáis una nueva novela de Federico [el Grande], sino la novela nacional de nuestro tiempo, para la cual la materia la tenéis desplegada ante los ojos, multiforme como la vida misma. No viváis como soñadores en un tiempo perdido, sino buscad crear para la República una fuerza de choque y una potencia orientada según la corriente de la sangre; o si no, si esta República no admite endurecerse, rompedla. No os cozáis a fuego lento en el recuerdo del bastón de mando de Federico Guillermo I (3), que en verdad fue esencial a su debido tiempo, pero dáos cuenta que del tiempo dependen los métodos sociales y que hoy todo se rige sobre la posibilidad de hallar una causa capaz de envolver también al trabajador en el frente nacional, como ya ha sucedido en otros países.
Sed en todo y para todo aquello que sois; entonces vuestro futuro y vuestro pasado vivirán en el fulcro, en el punto de apoyo ardiente del presente y en la más auténtica alegría de la acción. Tendréis entonces la verdadera tradición viviente y no sólo su centelleante reflejo, el cual podría proyectarse en cualquier sala de cine ciudadana.
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La Tradición fue publicado originalmente en la revista Die Standarte (El Estandarte), publicación de la organización de excombatientes llamados los Stahlhelm (Cascos de acero): “Die Standarte. Beiträge für di geistige Vertiefung des Frontgedankens. Sonderbeilage des Stahlhelm. Wochenschrift des Frontsoldaten”. (“El Estandarte. Contribución para la profundización del pensamiento del frente. Suplemento extraordinario del semanal de los soldados del frente”) Magdeburgo, año 1, Nº 10 del 8 de Noviembre de 1925, pag.2.
Versión en español de Ángel Sobreviela.
NOTAS:
(1) : la cuarta estrofa del célebre canto eclesiástico de Lutero, titulado Ein feste Burg, dice: “Una sólida fortaleza es nuestro Dios, / una buena defensa y arma. / Nos libera de cada necesidad / que ahora nos golpea. / El antiguo y cruel enemigo tendrá serias razones para temerle; / grande es su potencia, y tan grande su astucia, /, tan temible su armadura. / No tendréis nada igual sobre la tierra”.
(2) : El 5 de Noviembre de 1757, la victoria de ejército prusiano, lograda bajo el mando de Federico el Grande sobre las fuerzas de combate unidas de franceses y de la armada imperial, muy superiores en número, marcó en Rosbach un giro decisivo en la Guerra de los Siete Años.
(3) : Federico Guillermo I (1688-1740), Rey de Prusia desde 1713 a 1740, pretendió de los propios súbditos la disciplina y la sumisión más rigurosas, y él mismo se cuidó de imponerlas personalmente entre el cuerpo de oficiales recurriendo al empleo de la vara.
Las notas al texto pertenecen a Sven Olaf Berggötz, recopilador y editor de la definitiva edición de Politische Publizistik, 1919-1933 de Ernst Jünger (2001, editorial Klett-Cotta, Stoccarda, Alemania).
Sven Olaf Berggötz, nacido en 1965 en Karlsruhe, enseña Ciencias políticas e Historia de las ideas en el Departamento de Ciencias políticas de la Universidad de Bonn.
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